En el país de los tuertos, el ciego es el rey

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El cambio climático, o vaya usted a saber qué otra calamidad, ha dado la vuelta al refrán: “En el país de los tuertos, el ciego es el rey”. Porque la humanidad se ha quedado tuerta de tanto forzar los ojos para ver y no ver lo que le ordenan las élites interesadas. Para colmo de males, al ojo útil le han colocado una anteojera hecha a la medida que evita distracciones y oculta realidades incómodas, una ortopedia efectiva y siniestra que acaba afectando a los cerebros inadvertidamente.

La ciudadanía en general ha renunciado a un ojo y ha optado por conservar el menos fiable de los dos, el ojo vago que prefiere no mirar para evitar pensar. Y entre tanta penumbra y tanto destello cegador, ¡quién lo iba a decir!, comprobamos que los ciegos son los reyes en la mayoría de los países. Ciegos de codicia, de odio y de sangre son aupados a los tronos del poder por legiones de tuertos y tuertas que atisban una mejoría para sus vidas en la desmejoría de su vecindario.

Cegados por el racismo, la xenofobia, la misoginia o la homofobia, con las anteojeras rojigualdas y el peligroso bastón de una historia falseada a la medida, los líderes de la oscuridad, la extrema derecha, se están haciendo con el poder aupados por los tuertos. Ocurre en todo el mundo, como una sinfonía perfectamente orquestada por los creadores de la última estafa llamada crisis, que los ciegos marcan el camino a los tuertos: Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orbán… y Abascal, Casado y Rivera.

En España, país fariseo por tradición secular, los ojos vagos han llorado torrencialmente, durante unos días, por el trágico accidente de un niño caído en un pozo. Los ojos estériles, secos y cegados se resisten a inmutarse por los miles de niños caídos, en incesante goteo, en el pozo de la ignominia llamado Mediterráneo. Enarbolando la bandera de la patria, los ciegos tapan esa realidad y condenan a una muerte cruel e innecesaria a todos los niños que seguirán aspirando a una vida mejor allende los mares y las fronteras.

En España, país de ADN hipócrita como el resto de los llamados “civilizados”, las mafias políticas que roban cegadas por la codicia son las opciones preferidas por millones de tuertos y tuertas. Tal vez se deba a que el electorado aspira a tapar su ojo seco con un parche, a calzar pata de palo y a empuñar un garfio para parecerse a tanto pirata parlamentario. El galeón español acabará hundido por el peso de tanto lastre corrupto con todos los piratas y aspirantes a pirata en sus bodegas.

En España, país de farsantes compulsivos, se da la circunstancia de que los cuatro partidos de la derecha (PP, Ciudadanos, Vox y PsoE) aceptan como bueno un golpe de estado en Venezuela. Tachan a Maduro de hacer exactamente lo mismo que ellos hacen con sus políticas, sus jueces, sus cárceles, su prensa domesticada y su Ley Mordaza. La ciudadanía mira con el ojo vago a Venezuela y con el seco a Arabia Saudí, Marruecos, Turquía o cualquier otra dictadura de las que agasajan y mantienen a los Borbones con reales mordidas Reales.

Se escandalizan los ciegos, y los tuertos aplauden, ante un régimen que todavía no ha asesinado a un periodista en una de sus embajadas, que no se apropia por la fuerza que Yahveh le otorga de vecinos territorios ocupados, que no bombardea con las armas que le vendemos a inocentes de un país cercano. El delito de Venezuela no es otro que tener la mayor reserva de petróleo del mundo y, sobre todo, que no esté controlada por el capital privado. Eso no se puede permitir de ninguna de las maneras. Ni por Trump ni por ningún otro ciego “civilizado” como ese cíclope de un solo ojo, tuerto y ciego a la vez, que es Pedro Sánchez.

El país que más golpes de estado ha impulsado, el que más sangre extranjera ha derramado, el que más ha robado en el mundo y en la historia, los Estados Unidos de América, está presidido por el ciego que controla al resto de los ciegos que pastorean a los tuertos en sus respectivos países.

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Aborto y otras mortandades

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Se podría estar de acuerdo con la nueva letanía del Partido Popular a cuenta del aborto si no fuera por la crueldad que conlleva. El aborto no es un derecho, reza el estribillo electoralista repetido mil veces por los peperos, como es costumbre, para que cale o cuele como verdad. Abortar es una decisión terriblemente dura que afrontan quienes sufren un embarazo no deseado percibido como amenaza para el presente de la mujer y el incierto futuro que aguarda a la criatura.

El PP, negando la mayor, el derecho a decidir en todas sus formas, se toma la libertad de decidir por la mujer, en este caso, y decide que el aborto no es un derecho. Se podría estar de acuerdo con que no es derecho, sino decisión, si tal decisión fuese tomada por la mujer dentro de unos parámetros amparados por la ciencia y no por un catecismo cualquiera. No se olvide que quienes atacan el aborto son los mismos que condenaron a Galileo y repudian a Darwin.

Pero la decisión la han tomado quienes hacen lo posible para que cuestiones como el trabajo, la vivienda, la educación o la sanidad dejen de ser derechos. Son los mismos cuyas hijas abortaban en la discreta clandestinidad londinense de los años 60 y 70 y ahora lo hacen en la costosa intimidad de las clínicas privadas. Para ellos no es asunto moral, ético, médico o jurídico, ni siquiera económico, nada de eso, se trata de un frío cálculo aritmético, una variable más de la proyección de voto, un imperdonable estacazo estadístico a la mujer.

El plumaje de la gaviota, manchado, sucio, mugriento, y en muchas zonas podrido, no es apto para mantener el vuelo y su caída en picado amenaza a lo que se le ponga por delante. Desnortado, el PP se erige en defensor de la vida una vez que el concepto pasa debidamente por su particular cedazo. El aborto no es un derecho, como lo son el derecho al suicidio de los desahuciados, a apurar hasta el último suspiro la hepatitis C o a pagar el entierro que la falta de recursos para el hospital o la nutrición adelanta en algunos casos.

Como campeones de la vida, paladines de los derechos y adalides de las libertades que son, también son dados a emprender santas cruzadas en los confines terráqueos. El síndrome de don Quijote ha aturdido sus mientes y se lanzan a reclamar a Maduro derechos que ellos merman o suprimen aquí en su tierra, en España. Proclaman que Venezuela es dictadura sin aceptar que es ahí donde conducen sus reformas neoliberales, sus recortes, su prensa bien pagada, sus presos políticos, sus cargas policiales y su ley Mordaza.

También tienen un cedazo para las calificaciones, otro para las libertades y un tercero para los derechos. Por el tamiz que que no cuela Venezuela, sin dificultad alguna pasan Marruecos, Guinea, Arabia Saudí, Guatemala y hasta la comunista China, como solventes democracias sin presos políticos, con prensa libre y sin sangre a sus espaldas. El colmo de la hipocresía es que sea Aznar, guerrero de Irak, negacionista de la dictadura franquista, comisionista de Gadafi, defensor de Videla o Pinochet, quien empuñe la antorcha libertaria en su carrera de guerras, dictaduras y dinero.

A tan orate señor le acompaña el sin par escudero Felipe González en tamaña aventura, esa de salvar patrias. Gran maestro del populismo, es indicada pareja para tratar asuntos del país cuyo presidente Carlos Andrés Pérez masacró a unas 3.000 personas en 1989 y González le ofreció 600 millones de dólares para aliviar tan crítico momento. El mismo escudero es sospechoso de aprender en Venezuela las virtudes de la guerra sucia del estado materializada en los GAL. Son gentes de esta ralea las que deciden qué cosa es el bien y dónde habita el mal, qué muerte es digna de compasión y qué derechos y libertades valen la pena.

Madrid-Caracas: ida y vuelta

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La campaña mediática e institucional desatada sobre Venezuela llama a la reflexión. Hay cosas de Venezuela que no me gustan desde mucho antes de esta campaña y otras muchas que sí me gustan y que no aparecen en ella. Me disgusta que sea España, su periodismo y su diestra casta, la que utilice a Venezuela para desactivar a la oposición interna. Me preocupa que este interesado discurso falsario cale hasta la médula en el español medio tabernario.

Han conseguido, martillo pilón, dibujar sobre el chavismo, ganador en 18 de 19 elecciones avaladas por observadores internacionales, rasgos dictatoriales. Me disgusta que se reprima a quienes exhiben símbolos contrarios a un jefe de estado, sentado en el trono por un dictador, que no ha ganado una sola elección y que está exento de pasar tan democrática prueba. El presidente venezolano se lo tiene que currar, y eso me gusta, para mantenerse en el poder o pasar a la oposición. El rey y la princesa Leonor, no.

Se le reprocha a Maduro que encarcele a opositores, cosa que me disgusta, desde un país que encarcela de forma ejemplarizante a quienes piensan en voz alta y en público de manera diferente al gobierno de la ley Mordaza y la ley de Partidos. Me disgusta que dé lecciones de democracia y de derechos humanos un país que ha abolido la Justicia Universal, que no condena el franquismo y que saca una moneda de curso legal que consagra como de paz 40 años de terror.

No me gusta que las élites venezolanas desabastezcan al pueblo para provocar su indignación contra el gobierno, y tampoco que las élites españolas se apropien de lo público con la complicidad del gobierno. Me gusta que, en lo que va de siglo XXI, la pobreza haya pasado del 49 al 27% de la población venezolana y me disgusta que España, en los últimos tres años, haya emprendido el camino inverso. Me gusta que la desnutrición venezolana haya pasado del 13,5 al 5%, el desempleo del 16 al 7% y que la UNESCO haya declarado a aquel país libre de analfabetismo. Me horroriza que la democracia española esté consiguiendo justo lo contrario.

Venezuela y España están hermanadas por oligopolios mediáticos que se vuelcan en denostar a la primera y encubrir las miserias de la segunda. Se echaba en cara a Chávez el uso de la televisión como elemento de propaganda, cosa que no me gustaba, y resultó un aprendiz comparado con lo que el PP ha hecho y hace con las televisiones públicas de España. Populismo llaman a Maduro y el pajarito, a Báñez y la virgen del Rocío. La prensa no es libre ni aquí ni allá y es la de España, sin duda, la más manipuladora y manipulada.

No me gusta un país que financia a partidos extrafronterizos. No me gustó la presencia de Carromeros en Cuba, ni las asesorías de Felipes González o Aznares a los Capriles de Hispanoamérica. No me gustan los países que apoyan dictaduras como la marroquí, la saudí o la guineana. No me gustan los países que flirtean y condecoran a dictadores como Pinochet o Videla. No me gusta que el dinero secuestre democracias y, en este sentido, no me gustan mis gobernantes, no me gusta mi país. Me gusta la utopía de que sea el pueblo quien gobierne España.

Me gusta que la dignidad de los pueblos latinoamericanos rechazara el Tratado de Libre Comercio de las Américas y escapasen del imperio norteamericano, ni Obama lo ha perdonado. La dignidad tiene un precio y Venezuela ha sido declarada enemigo público de USA, por su rebeldía y porque hasta EEUU se ha creído que es el modelo de la oposición al neoliberalismo europeo. Me disgusta y me horroriza que Europa haya caído en la sima de la indignidad permitiendo que las élites mercantiles y financieras, americanas y europeas, pacten en secreto, de espaldas a la ciudadanía, el TTIP, el tiro de gracia a la democracia.

Una diferencia a tener en cuenta entre Venezuela y España es que allí, para gobernar por decreto, el presidente pide permiso a la Asamblea Nacional. Aquí se hace sin permiso del Congreso, sin consenso, por la cara. ¿Venezuela o España? ¿Madrid o Caracas? Ni tan sucia ni tan limpia, ni tan dictatorial ni tan demócrata. O pueblo, o dinero: es lo que las separa.

Democráticas dictaduras

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Cuando las palabras, el diccionario y la semántica se esputan y vomitan con incuestionable ánimo de absolutismo verbal, la comunicación deriva hacia la demagogia. El debate razonado y el diálogo argumentado son abrazos de neuronas sanas que se gustan, se necesitan y complementan huyendo de enfermizas autocomplacencias. El debate comparado y el diálogo forzado son barreras que impiden la adecuada y vital convivencia de las ideas.

En los últimos tiempos, la palabra “dictadura” sufre como ninguna los corrosivos efectos de las maléficas lenguas que la utilizan. El DRAE define este vocablo como “Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente”. Tal definición del término debiera valer para arbitrar su uso y mitigar su abuso con una obligada dosis de prudencia, pero no es ésta virtud que acompañe a las élites españolas.

La citada definición sirve, por ejemplo, para nombrar académicamente lo ocurrido en Italia con Mussolini, en Rusia con Stalin, en Chile con Pinochet o en España con Franco. Fuera del academicismo, la palabra “dictadura” dispone de un vasto fondo de armario para vestir adjetivos y connotaciones más sociológicas que lingüísticas. Wikipedia ofrece una muestra de ropajes y complementos y las élites sociales ofertan los suyos propios.

En el discurso forzado y comparado, medios de comunicación y políticos pontifican para crear opinión y destruir oponentes con el tosco recurso de adornarlos con una “dictadura”. No se contraponen ideas cuando no se tienen o son malas las que se manejan; es entonces cuando se apela a los miedos latentes de la audiencia como apuesta segura de victoria por el miedo. Vencer sin convencer es el mal que corroe al bipartidismo, a sus medios de comunicación y a la democracia.

Después de casi 30 años de alternancia en el gobierno, PP y PSOE se ven asediados por la falta de ideas y la concreción de nefastas y nocivas políticas contrarias a los intereses del pueblo. Casi tres décadas prostituyendo los votos recibidos, con más o menos holgadas mayorías, han hecho que el electorado busque algo distinto asqueado de lo malo conocido. Tras casi 30 años de poder bipartito, su único, torticero y ya nada creíble argumento es vestir de amenaza a las incipientes mayorías.

El fácil y demagógico recurso de motejar a Izquierda Unida y Podemos con el término “dictadura”, a su vez adjetivada de cubana, venezolana, coreana, comunista o bolivariana, no es sino una huida hacia adelante de quienes no disponen de ideas o las que tienen son impresentables. No se debate sobre sistemas, ideas o programas, sólo se hace propaganda al más puro estilo goebbeliano: repetir una mentira hasta convertirla en verdad.

Las palabras, las mentiras, son de ida y vuelta, como las dictaduras. Quienes esgrimen relaciones de la oposición con regímenes subrayados como sanguinarios, totalitarios y dictatoriales, son los mismos que, sin ambages, comercian, en nuestro nombre, con China, Guinea Ecuatorial, Marruecos, Arabia Saudí, Baréin o la misma Venezuela. Quienes ven al diablo en Castro, Maduro o Kim Jong il son los mismos imprudentes que, en nuestro nombre, estrechan las sangrientas y represoras manos de Xi Jinping, Mohamed VI, Obiang, Abdelaziz o Al Jalifa.

La prudencia aconseja respeto a la oposición y al Diccionario de la Real Academia. El diálogo necesita ideas, no desnaturalizadas palabras usadas interesadamente con dos, tres o más sentidos.