El fantasma del fascismo

fascismo

Imbuida por la tradición, a veces inculcada, casi siempre impuesta, España se reconstruye cíclicamente con los escombros de sus sucesivas deconstrucciones. A ello contribuye el cimiento religioso, católico en su caso, que impregna la ideología de una nación imposible erigida sobre los inestables pilares del miedo y la falsedad. El español carpetovetónico reniega de la idiosincracia de cada uno de los pueblos milenarios que habitan la península con la misma fe que acepta la maternidad subrogada de la virgen María, dogmatizada mujer que dio a luz sin copular.

Es cuestión de fe o de hostias, enemigas de la razón, componer el bastardo collage español pregonado desde púlpitos gregarios y obligado a ser comprado por patriotas mercenarios. Ser español es una despiadada mentira histórica impuesta por la cruz y la espada con fusiles y rosarios. La fatua y delirante alma españolista exige la renuncia a las palpables raíces andaluzas, asturianas, extremeñas, murcianas, cántabras, valencianas, gallegas, castellanas, vascas, catalanas, riojanas, canarias o murcianas.

Cordobesa de cuna, alcanzo a distinguir las señas de identidad de la población andaluza y poco más. Todo lo que me venden como Marca España se expone en un escaparate de productos que no necesito, algunos indescifrables, otros absurdos y muchos que no encajan en mis cosmopolitas conceptos. Todos estos productos, para colmo, adolecen de obsolescencia programada. Como andaluza, no me reconozco en esa España que exige renuncias identitarias a los pueblos que la conforman para imponer una falacia artificiosa, peligrosa y estrafalaria.

Lo mismo me ocurre con el otro gran escaparate al que me han abocado por la ciega fe en los mercados: Europa. La trola española y la patraña europea, construidas sobre mentiras impuestas a sangre, fuego y dinero, vuelven a ser recorridas hoy por el viejo y reconocible fantasma del fascismo. Vuelve a funcionar el Eje de los años treinta del pasado siglo: Francia, Italia y España abanderan en el siglo XXI la intolerancia, la xenofobia y la dialéctica de los puños y las pistolas.

Apoyados por Le Pen en Francia, Orbán en Hungría, Duda en Polonia, Strache en Austria, Wilders en Holanda, Michaloliakos en Grecia, Salvini en Italia, Casado o Rivera en España, los instintos excluyentes, sectarios, han despertado con fuerza en Europa y España. Se persiguen y rechazan inmigrantes y se glorifican los criminales legados de Hitler, Mussolini y Franco. Europa se prepara para su tercera guerra mundial y España, ombliguista sempiterna, para su segunda guerra civil. Ambas guerras, de nuevo, en nombre de dios, de la patria y del dinero, la santísima trinidad del engaño.

El mismo truco, conocido y hace un siglo padecido, le vuelve a funcionar al fascismo, la fase terminal y depuradora del capitalismo. Se empobrece al pueblo hasta el desespero y se presenta al extranjero, más débil, como causante de sus males. Se airean repetidamente bulos, para encauzar a las masas sedientas de violencia, que señalan a los culpables. Se intoxican las mentes y se provocan violencias jaleadas por medios de comunicación al servicio de la causa.

En Europa son los inmigrantes y los pensamientos no fascistas, internos y vecinos. En España, son los inmigrantes y los apestados vascos y catalanes, luego seguirán el resto de identidades y todo pensamiento no constitucionalista o monárquico, exponentes continuistas (Corona y Constitución) del maldito franquismo redivivo. En EE.UU., el fascismo también ha alcanzado el poder y, como han hecho durante su corta y sangrienta historia, no dudarán en promover conflictos armados que les garanticen el negocio vendiendo armas a todos y cada uno de los bandos enfrentados.

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El peligro de la inmigración

Expolio

El ser humano es un contradictorio dechado de virtudes y maldades. Es capaz de entregar riquezas a totémicas deidades y negarlas a sus semejantes. Capaz de vencer a la enfermedad y provocar la muerte a mujeres y hombres. Capaz de cuidar de plantas y animales y despreciar con odio a sus iguales. El ser humano es el extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde, filántropo y misántropo respectivamente. Un caso de trastorno disociativo de la identidad.

Apenas hace ciento y pico años, andábamos las gentes de Europa expoliando el continente africano como hace cinco siglos hicimos con el americano. Vaciados sus recursos, los abandonamos maltrechos, empobrecidos y endeudados, sin más presente que el hambre y la guerra, ante un futuro desesperado. Y seguimos en lo mismo, robando su petróleo, su agricultura, sus diamantes, su grafeno, su pesca y su cultura tras cubrir sus desnudos con uniformes galonados.

Les enseñamos a disparar los excedentes de nuestras guerras, a sustituir sus dioses por escalas de mando, a identificar como enemigos a los más pobres entre los pobres, a matar a sus propios pueblos, a huir de sus hermanos, a considerar una utopía el desarraigo. Vienen huyendo de las armas que les vendemos, del hambre a que los condenamos, tras las riquezas que les robamos. Vienen despavoridos, aterrorizados, desfallecidos y cruzan el mar en precario para ser rechazados.

Lucha en Europa la filantropía con una creciente y alarmante misantropía. Resultan ser los más católicos, los más cristianos, quienes más desprecio muestran por estos seres humanos. Europa vuelve a ser el señor Hyde de extrema derecha expandiendo un terror que no existe pero que renta votos capaces de hacer gobernar a monstruos como Le Pen, Salvini, Rivera o Casado. No es verdad que vengan a robarnos, a matarnos, vienen a lo que vienen: a limosnear algo de lo que les robamos.

De pronto, la extrema derecha declara que la filantropía es buenismo, o sea, delito encubierto y mortal pecado, desde sus púlpitos mediáticos. Acusan a los supervivientes de mafiosos, cosa que no hacen con empresarios y bancos, auténticas mafias que nos roban a la luz del día el esfuerzo de nuestro trabajo. El señor Hyde, violento y depravado, está derrotando al doctor Jekill utilizando la más mortífera de las armas: el miedo a un enemigo inventado.

El trastorno disociativo de la identidad es lo que lleva a Casado a saludar, sin guantes en las manos, a un grupo de inmigrantes, después de condenarlos, antes de su rezo diario. Esa alma ultracatólica es una polifonía de incumplimientos: del primero al décimo ha transgredido todos los mandamientos, sobre todo el sintético “amarás al prójimo como a ti mismo”. Lo mismo sucede con Rivera, el otro clon de Aznar, y ambos tres dan por cumplida la tesis que Stevenson desarrolla en su obra: la lucha entre lo público y lo privado es el origen de la hipocresía social.

Pero lo peor viene cuando la misantropía se disfraza de filantropía para rascar votos al otro lado de la espalda del electorado. Utilizar la foto del Aquarius como propaganda, así lo hizo Pedro Sánchez, es hipocresía política que ha durado lo que una burbuja, en este caso solidaria. El ministro Marlaska (florero de derechas en un gobierno de centro derecha), en la práctica, ejecuta las mismas políticas migratorias que Le Pen, Salvini, Rivera o Casado.

En este maremagnum insolidario, destacan los beneficios de los empresarios agropecuarios propiciados por africana mano de obra semiesclava, los trabajos en negro y penosamente remunerados de las sudamericanas que cuidan de nuestra tercera edad, la rentabilidad de la mano de obra barata y sumisa de africanos, rumanos o sudamericanos en cualquier sector empresarial y, por último, el retorno de ese dinero escaso, pero agradecido, a nuestros comercios, a nuestros arrendadores de viviendas… a nuestros bolsillos.

La inmigración es un peligro: vean a los políticos de extrema derecha, vean a la extrema derecha. Ése es el peligro real y palpable.