La memoria en la urna

peceraLa memoria de pez suele designar la inclinación al olvido y otras tendencias humanas relacionadas con la apatía, la monotonía o la simpleza de comportamiento. La memoria de pez ilustra el comportamiento ciudadano a la hora de ejercer el voto, como demuestran algunos resultados del domingo. Que PP y PSOE sigan acaparando algo más del 50% de los votos emitidos habla de cierta fidelidad de unos millones de votantes y también de la memoria de pez que ejercitan otros tantos millones.

Políticamente hablando la memoria de pez permite trasladar el voto cada X años de uno de estos partidos hacia el otro. Es así como se explica la delirante insistencia de esa parte del electorado en tropezar una vez y otra con la misma piedra. Castigar al PP votando al PSOE y viceversa es el reiterado error que ha llevado a este país a sufrir la corrupción, las políticas antisociales y la servidumbre hacia los mercados durante los últimos treinta años. Se puede afirmar que hay una bolsa de unos cuatro millones de españoles con memoria de pez, de besugos para mayor exactitud.

Lo más estimulante de las elecciones pasadas es que parte del electorado les ha dado la espalda apostando por otras formaciones, exentas de memoria negativa, que nunca han gobernado. No se sabe qué pasará en unos días cuando comiencen a dialogar buscando pactos, pero es seguro que los gestos y políticas alejadas del pueblo, basadas en el ordeno y mando, tienen los días contados. Al menos, de ser estafados o robados, que no sean las mismas manos de siempre una y otra vez votadas sin ilusión, con hastío, vergüenza y desánimo.

Quienes sí disponen de buena memoria son los tiburones del IBEX que utilizan el rojo en las cotizaciones para recordar que votar en contra de sus delfines puede doler a la sociedad. También en Frankfurt y Londres, las capitales reales de España, han sacado a pasear los adjetivos radicales para referirse a lo que no es PP o PSOE y advertir que lo sucedido a Grecia puede suceder aquí. Los mercados tienen memoria de elefante y advierten de los destrozos que pueden ocasionar en cualquier cacharrería.

Pero el radicalismo más atroz, sanguinolento y carpetovetónico ha aparecido en eso que se ha presentado a la alcaldía madrileña y que, a lo Millán-Astray, intenta vencer donde no ha logrado convencer. Esperanza Aguirre, el fósil condal que jamás condenó el franquismo, la exprimidora electoral de las víctimas del terrorismo, la populista musa de la corrupción, agita sus fantasmas. Esta mujer, este peligro para la democracia, se atreve a cuestionar a quienes han competido en las urnas y logrado unos resultados que hacen más deplorables aún los ya de por sí inexplicables apoyos obtenidos por la arpía.

No es senil demencia, que le sobrevino precoz con la democracia, sino la amenaza más que real de una radical de extrema derecha. Rodeada de gentuza de ultraderecha que le ríe la gracia y la alienta, como Fernández Díaz, Margallo o el mismísimo Aznar, a esta decrépita mente se le humedecen los sueños con otra nueva Cruzada. Llevan tanto tiempo repitiendo lo de comunistas y bolivarianos, que han llegado a creérselo ella y los cuatro descerebrados que han salido del armario franquista desde que Aznar ordenó quitarse los complejos.

Conviene no olvidar, conviene ejercitar la memoria para tener muy presente que la deriva emprendida por Aguirre, la banca y la patronal, es la misma letra y la misma música que enlutó a España durante cuarenta años. Canciones parecidas se han interpretado en diversos lugares del mundo a lo largo de la historia cuando las élites han visto amenazados sus privilegios. La condesa recita: Chile, Argentina, Cuba, Venezuela, España… Pinochet, Videla, Batista, Carmona, Franco… peculiar letanía de su santoral particular.

La condesa de Bornos y de Murillo delira porque no soporta tanta democracia. En su memoria, el pez grande siempre se comió al chico. Que el chico se defienda y proteja sus espacios es, para ella, sencillamente insoportable. Causa belli.

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Aborto y otras mortandades

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Se podría estar de acuerdo con la nueva letanía del Partido Popular a cuenta del aborto si no fuera por la crueldad que conlleva. El aborto no es un derecho, reza el estribillo electoralista repetido mil veces por los peperos, como es costumbre, para que cale o cuele como verdad. Abortar es una decisión terriblemente dura que afrontan quienes sufren un embarazo no deseado percibido como amenaza para el presente de la mujer y el incierto futuro que aguarda a la criatura.

El PP, negando la mayor, el derecho a decidir en todas sus formas, se toma la libertad de decidir por la mujer, en este caso, y decide que el aborto no es un derecho. Se podría estar de acuerdo con que no es derecho, sino decisión, si tal decisión fuese tomada por la mujer dentro de unos parámetros amparados por la ciencia y no por un catecismo cualquiera. No se olvide que quienes atacan el aborto son los mismos que condenaron a Galileo y repudian a Darwin.

Pero la decisión la han tomado quienes hacen lo posible para que cuestiones como el trabajo, la vivienda, la educación o la sanidad dejen de ser derechos. Son los mismos cuyas hijas abortaban en la discreta clandestinidad londinense de los años 60 y 70 y ahora lo hacen en la costosa intimidad de las clínicas privadas. Para ellos no es asunto moral, ético, médico o jurídico, ni siquiera económico, nada de eso, se trata de un frío cálculo aritmético, una variable más de la proyección de voto, un imperdonable estacazo estadístico a la mujer.

El plumaje de la gaviota, manchado, sucio, mugriento, y en muchas zonas podrido, no es apto para mantener el vuelo y su caída en picado amenaza a lo que se le ponga por delante. Desnortado, el PP se erige en defensor de la vida una vez que el concepto pasa debidamente por su particular cedazo. El aborto no es un derecho, como lo son el derecho al suicidio de los desahuciados, a apurar hasta el último suspiro la hepatitis C o a pagar el entierro que la falta de recursos para el hospital o la nutrición adelanta en algunos casos.

Como campeones de la vida, paladines de los derechos y adalides de las libertades que son, también son dados a emprender santas cruzadas en los confines terráqueos. El síndrome de don Quijote ha aturdido sus mientes y se lanzan a reclamar a Maduro derechos que ellos merman o suprimen aquí en su tierra, en España. Proclaman que Venezuela es dictadura sin aceptar que es ahí donde conducen sus reformas neoliberales, sus recortes, su prensa bien pagada, sus presos políticos, sus cargas policiales y su ley Mordaza.

También tienen un cedazo para las calificaciones, otro para las libertades y un tercero para los derechos. Por el tamiz que que no cuela Venezuela, sin dificultad alguna pasan Marruecos, Guinea, Arabia Saudí, Guatemala y hasta la comunista China, como solventes democracias sin presos políticos, con prensa libre y sin sangre a sus espaldas. El colmo de la hipocresía es que sea Aznar, guerrero de Irak, negacionista de la dictadura franquista, comisionista de Gadafi, defensor de Videla o Pinochet, quien empuñe la antorcha libertaria en su carrera de guerras, dictaduras y dinero.

A tan orate señor le acompaña el sin par escudero Felipe González en tamaña aventura, esa de salvar patrias. Gran maestro del populismo, es indicada pareja para tratar asuntos del país cuyo presidente Carlos Andrés Pérez masacró a unas 3.000 personas en 1989 y González le ofreció 600 millones de dólares para aliviar tan crítico momento. El mismo escudero es sospechoso de aprender en Venezuela las virtudes de la guerra sucia del estado materializada en los GAL. Son gentes de esta ralea las que deciden qué cosa es el bien y dónde habita el mal, qué muerte es digna de compasión y qué derechos y libertades valen la pena.

Madrid-Caracas: ida y vuelta

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La campaña mediática e institucional desatada sobre Venezuela llama a la reflexión. Hay cosas de Venezuela que no me gustan desde mucho antes de esta campaña y otras muchas que sí me gustan y que no aparecen en ella. Me disgusta que sea España, su periodismo y su diestra casta, la que utilice a Venezuela para desactivar a la oposición interna. Me preocupa que este interesado discurso falsario cale hasta la médula en el español medio tabernario.

Han conseguido, martillo pilón, dibujar sobre el chavismo, ganador en 18 de 19 elecciones avaladas por observadores internacionales, rasgos dictatoriales. Me disgusta que se reprima a quienes exhiben símbolos contrarios a un jefe de estado, sentado en el trono por un dictador, que no ha ganado una sola elección y que está exento de pasar tan democrática prueba. El presidente venezolano se lo tiene que currar, y eso me gusta, para mantenerse en el poder o pasar a la oposición. El rey y la princesa Leonor, no.

Se le reprocha a Maduro que encarcele a opositores, cosa que me disgusta, desde un país que encarcela de forma ejemplarizante a quienes piensan en voz alta y en público de manera diferente al gobierno de la ley Mordaza y la ley de Partidos. Me disgusta que dé lecciones de democracia y de derechos humanos un país que ha abolido la Justicia Universal, que no condena el franquismo y que saca una moneda de curso legal que consagra como de paz 40 años de terror.

No me gusta que las élites venezolanas desabastezcan al pueblo para provocar su indignación contra el gobierno, y tampoco que las élites españolas se apropien de lo público con la complicidad del gobierno. Me gusta que, en lo que va de siglo XXI, la pobreza haya pasado del 49 al 27% de la población venezolana y me disgusta que España, en los últimos tres años, haya emprendido el camino inverso. Me gusta que la desnutrición venezolana haya pasado del 13,5 al 5%, el desempleo del 16 al 7% y que la UNESCO haya declarado a aquel país libre de analfabetismo. Me horroriza que la democracia española esté consiguiendo justo lo contrario.

Venezuela y España están hermanadas por oligopolios mediáticos que se vuelcan en denostar a la primera y encubrir las miserias de la segunda. Se echaba en cara a Chávez el uso de la televisión como elemento de propaganda, cosa que no me gustaba, y resultó un aprendiz comparado con lo que el PP ha hecho y hace con las televisiones públicas de España. Populismo llaman a Maduro y el pajarito, a Báñez y la virgen del Rocío. La prensa no es libre ni aquí ni allá y es la de España, sin duda, la más manipuladora y manipulada.

No me gusta un país que financia a partidos extrafronterizos. No me gustó la presencia de Carromeros en Cuba, ni las asesorías de Felipes González o Aznares a los Capriles de Hispanoamérica. No me gustan los países que apoyan dictaduras como la marroquí, la saudí o la guineana. No me gustan los países que flirtean y condecoran a dictadores como Pinochet o Videla. No me gusta que el dinero secuestre democracias y, en este sentido, no me gustan mis gobernantes, no me gusta mi país. Me gusta la utopía de que sea el pueblo quien gobierne España.

Me gusta que la dignidad de los pueblos latinoamericanos rechazara el Tratado de Libre Comercio de las Américas y escapasen del imperio norteamericano, ni Obama lo ha perdonado. La dignidad tiene un precio y Venezuela ha sido declarada enemigo público de USA, por su rebeldía y porque hasta EEUU se ha creído que es el modelo de la oposición al neoliberalismo europeo. Me disgusta y me horroriza que Europa haya caído en la sima de la indignidad permitiendo que las élites mercantiles y financieras, americanas y europeas, pacten en secreto, de espaldas a la ciudadanía, el TTIP, el tiro de gracia a la democracia.

Una diferencia a tener en cuenta entre Venezuela y España es que allí, para gobernar por decreto, el presidente pide permiso a la Asamblea Nacional. Aquí se hace sin permiso del Congreso, sin consenso, por la cara. ¿Venezuela o España? ¿Madrid o Caracas? Ni tan sucia ni tan limpia, ni tan dictatorial ni tan demócrata. O pueblo, o dinero: es lo que las separa.

Tromba política y mercados

Tromba

Alguien dijo que el tiempo mide la vida con precisión matemática y científica exactitud. Lo que nadie dijo es que la vida y los hechos que la jalonan alteran la percepción del tiempo de cada persona en cada momento. No hace falta, todo el mundo siente que así es porque, quien más quien menos, lo ha vivido alguna vez. Se podría afirmar que la infancia es un suspiro, la juventud un soplo, la vida adulta un jadeo y la vejez una disnea.

Las dimensiones temporales oscilan desde la lentitud hasta la celeridad coincidiendo parejamente con estados de infelicidad o ventura, como si de una divina maldición se tratara. Los derechos cívicos se instauraron en este país tras una lenta y dilatada época de conquistas iniciada en la transición hasta apenas entrado el siglo XXI. La dictadura eliminó las libertades en un estado de represión y mansedumbre de claros tintes fascistas y reactivar el reloj del progreso de España costó más de veinte años hasta alcanzar cierta decencia democrática.

Se cantó victoria, antes de tiempo, sin atender al coro franquista que comenzó a tararear, sin complejos, melodías de reconquista con la llegada de Aznar al poder. De nuevo, acalladas sus voces que pedían una vuelta al pasado, el PP pasó a la oposición, los colmillos retorcidos y el amenazador hocico bufando. Y llegó, como un rayo, como un trueno, como una centella, la global estafa financiera, que todo lo cambió, alterando los ritmos vitales de los individuos y la sociedad.

Con su cotidiana parsimonia, PP y PsoE, uno acechando, el otro errando, acataron los dictados de sus amos, los mercados, y pactaron la condena de sus inocentes representados. Las calles rugieron, las plazas gritaron, ni unos ni otros representaban a quienes en libertad clamaban, a quienes hacen sufrir y desprecian altaneros. Les pidieron que jugaran fuera de las plazas, en las urnas, y ahora, cuando lo han hecho, tratan de aniquilarlos estampándoles su propio y corrupto sello.

En tres años, apenas un suspiro en la historia, una tromba de leyes y decretos ha atrasado el reloj hispano hasta los años cincuenta del siglo pasado. Los derechos han retrocedido, los salarios se han diezmado, las libertades se han depreciado y la democracia, con la troica, se ha esfumado. Margallo lo ha dicho: las condiciones las ponen los bancos y no existe más reloj que el financiero. Rajoy, Montoro y de Guindos vacian los humildes bolsillos como locos buitres desatados.

Una tromba de dinero ha inundado, hasta ahogar las cotas de la decencia, los parqués, los mercados y sus cuentas de resultados, mientras economías desiertas rodean al pueblo estafado. Vuelve a la carga Margallo, para quien mentir no es delito ni pecado, y achaca los recortes en subsidios y pensiones al dinero que el gobierno y sus trileros a Grecia prestaron. España prestó al pueblo griego 6.659,48 millones y avaló otros 19.600 que sus compinches usureros prestaron a la casta helena. El ministro ultracatólico manipula y miente haciendo suyo el sucio negocio trucado, codicioso relojero, por Goldman Sachs.

Y los medios de comunicación, perdida la noción de la ética y del tiempo, se lanzan en tromba alabando la política económica del gobierno que los mantiene a flote y atacando, sin pudor ni recato, cualquier alternativa amenazante para el statu quo. La maquinaria mediática es un formidable aparato que pretende alterar el reloj del progreso manipulando, mintiendo y callando. Entre todos tratan de construir un pensamiento único que presenta el futuro como un regreso al pasado.

Grecia, España, miedos, radicales y esperanza

voto-griego

La ciudadanía parece haberse apeado de la realidad y vaga por los andenes, absorta, desorientada, buscando en el panel de salidas y llegadas el tren del que hablan los asiduos a clase business, premium o primera, el tren del progreso y la recuperación. Oxfam ha fijado en 80 las personas que poseen la misma riqueza que 3.500.000.000, un indicador de que el tren, el sistema, tiene capacidad limitada para esta clientela exclusiva, apenas dos vagones, y sus mercenarios.

Ellos, los estafadores beneficiados por la crisis, han azuzado a sus sicarios, desde Lagarde hasta Juncker, en contra de alternativas que pongan en riesgo el sistema del que se nutren. Ellos, los estafadores, hablan de izquierda radical para referirse a quienes representan una alternativa al radicalismo neoliberal, a todas luces injusto y nocivo, que aplasta y saquea al 50% de la humanidad, un genocida global. Definiendo a sus adversarios, se definen a sí mismos.

Graecia, Syriza, delenda est. Los 80 no pueden permitir que el reguero de pólvora que recorre la Europa de tercera y cuarta clase haga estallar la dinamita acumulada en sus cajas fuertes. Quiere impedir la derecha radical que no sean otros distintos a ella o la socialdemocracia, moderada derecha liberal, quienes, por voluntad popular, se hagan con los mandos de las desbocadas locomotoras y permitan subir a los trenes al populacho.

En España, a la utilización del miedo, se añade una disparatada distorsión de la realidad como arma electoral. Se ha escuchado en la corrupta convención del PP, en boca de su resucitado caudillo Aznar, cómo se tilda de izquierda todo lo que vaya a favor de la ciudadanía, en contra de los 80. Es curioso que, al aludir a las tres izquierdas, incluyendo en el concepto, de forma interesada, al PsoE, haga que el pueblo se pregunte dónde están las tres derechas.

La derecha moderada es el PsoE contrario a una banca pública o un banco de tierras, el compañero de Botines, el que coquetea con el dictador de Marruecos o pacta con el PP. También acoge a una minoría del PP, a UPyD, a Ciudadanos y a otras formaciones nacionalistas locales. Se trata de una derecha que habla de derechos cívicos y realiza dialécticos malabarismos para acabar indefectiblemente escuchando y obedeciendo a las élites.

La extrema derecha es la foto de la convención de los populares, la que pulula por los consejos de ministros y no se corta a la hora de sacrificar a la inmensa mayoría de los españoles siguiendo el rito ortodoxo que le marcan los 80. Es la extrema derecha que engorda las cuentas del 1% a costa del empobrecimiento de la mayoría, la que desahucia viviendas para sus propios fondos buitre, la que vende la sanidad al mejor postor, la que vende una realidad de cartón piedra al pueblo.

Y, por último, la ultraderecha, también presente en la convención, no deja escapar la ocasión de volver a meter a las víctimas de ETA en el microondas para volver a mojar las enésimas sopas en tan nutritivo caldo electoral. La misma ultraderecha que acosa y rechaza a minorías étnicas procedentes de la miseria, repudia a minorías catalanas o vascas o se queja de la indolencia de la minoría andaluza. Es esa ultraderecha a la que le sobra piel nacionalcatólica para meter en el congelador a las víctimas del terrorismo franquista.

Las tres derechas han acabado su convención dibujando una realidad, sin corrupción ni pobreza social, desconocida para la mayoría de los ciudadanos, apelando al miedo como argumento electoral y pidiendo que se despejen las vías para el tren de su sistema. Alea iacta est. En Grecia ha vencido la esperanza, aún no se sabe si con mayoría absoluta, y España está despabilando. Los votos del PASOK diluidos en Nueva Democracia son un aviso al PsoE, si lo quieren ver. Conviene un despertar generalizado de la población, incluso de quienes no están dispuestos a combatir sus pesadillas.

Dejen de crear empleo, por favor

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En 1982, el ilusionista Felipe González prometió crear 800.000 puestos de trabajo. En 1984, todavía existían sindicatos de clase en España, 8 millones de trabajadores (90% de la población activa) le hicieron una huelga general por abaratar los despidos y crear los contratos basura. En 1986, inició la reconversión industrial que desmanteló la escasa industria española y limitó la producción en sectores como el lácteo, la vid, el olivo y algunos más.

En 1996, Aznar, Rato y De Guindos arreglaron la economía española. Con la liberalización y desregulación del suelo y la vivienda, convirtieron a la mitad de los parados en opulentos albañiles y ávidos consumidores. En 2002 aprobaron un decretazo que recortó la protección por desempleo, facilitó y abarató el despido, universalizó la precariedad y fue declarado inconstitucional en 2007. España quedó embarazada de la burbuja de la crisis, preñada de estafa.

En 2004, Zapatero se dejó arrullar por la especulativa pujanza económica que colocó al país en la Champions de la economía mundial. En 2008, la burbuja rompió aguas y el desempleo golpeó como en ningún otro país. En 2010, implantó medidas para fomentar el empleo: más desprotección social, despido más barato y convenios colectivos en el cadalso del olvido. Su espíritu socialista y su vocación obrera le llevaron a reformar el artículo 135 de la Constitución, a mayor gloria del capital, de la mano de su socio bipartidista.

En 2011, Rajoy accedió al poder precedido por el aviso de Montoro a la portavoz de Coalición Canaria: “Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Bajo el auspicio de la Virgen del Rocío, Fátima Báñez diseñó, para crear empleo, una batería de recortes a trabajadores y pensionistas que resumió a la perfección Andrea Fabra: “¡que se jodan!”. Desde entonces, el paro se ha situado en máximos históricos y la calidad del empleo se asemeja a la del siglo XIX.

Tras los errores reconocidos por el FMI, la OCDE y el BCE en sus estimaciones macroeconómicas, ya nadie duda de que sufrimos una estafa. Ha quedado al descubierto el papel de las agencias de calificación como expertas crupiers que marcan la cartas para que la banca siempre gane. Sobre el verde tapete de la crisis, Barclays anuncia desastres si gobierna otro que no sea su PP o su PSOE, el BBVA sugiere que el trabajador se pague su despido, la bala con la que es fusilado, y el G20 felicita a Rajoy por su carnicería sin estallido social.

Crear empleo es la intención de la CEOE y sus satélites. Tras destruir millones de empleos, participar en las tramas corruptas y defraudar al fisco, tras el simbólico encarcelamiento de sus dirigentes, la patronal no está satisfecha aún. Le estorba, para crear empleo, el SMI, cotizar, la prestación por desempleo, la mujer embarazada, el horario decente, la jubilación, la prevención de riesgos, la baja laboral, el descanso y cualquier afeite humano y justo del trabajo. La patronal es reacia a crear empleo para malcriados españoles empeñados en comer a diario o disponer de techo, como si fuesen personas.

Cada vez que un político, un banquero o un empresario habla de crear empleo, está hablando de precariedad, explotación, pobreza y humillación, de ahondar la fosa donde yacen los derechos cívicos. Cada vez que se les oye, dan ganas de gritar ¡dejen de crear empleo, por caridad!

Tapando agujeros

Agujeros

Queda algo más de un mes para que los noticiarios ofrezcan imágenes de agraciados por la Lotería Nacional alegres porque el premio o la pedrea les permitirá tapar agujeros y ayudar a la familia. La economía es un queso emmental, suizo y con agujeros. Cuando Julio Anguita, en 1996, alertó de que Maastricht no era más que una Europa de y para los mercaderes, del diccionario político le llovieron chuzos como iluminado, desfasado o visionario.

Dieciocho años después se mira al cielo y sólo se ve un negro nubarrón económico sobre las cabezas. En estos años, España ha descubierto al mundo la hiperbólica dimensión de sus lumbreras económicas, desmesuradas y aparatosas, megalomaníacas, apreciadas piezas para la economía neoliberal. Gallardón y sus agujeros hicieron de Madrid el Ayuntamiento más entrampado de España y el PP ha hecho de España el segundo país más entrampado del mundo.

Cuando Aznar colocó el cartel de “se vende” sobre todo el territorio nacional, el mundo admiró la pujanza española hasta el punto de encumbrar a Rodrigo Rato en la presidencia del FMI. Eran los tiempos en que una ardilla podía cruzar la península saltando de grúa en grúa, de hipoteca en hipoteca, de burbuja en burbuja. Rato fue despedido por no prever la crisis financiera urdida y alimentada bajo su mandato. Luego vinieron, uno tras otro, los agujeros de Caja Madrid y Bankia.

Al agujero financiero nacional y global ayudó Luis de Guindos, quien, desde su centro, proclamó en 2003 que en España no había burbuja inmobiliaria. A su salida del gobierno Aznar, fue fichado para la dirección de Lehman Brothers en España y Portugal hasta su quiebra. De ahí saltó a la división financiera de PricewaterhouseCoopers donde cerró negocios con el presidente luxemburgués Juncker y juntos crearon los mayores agujeros fiscales de Europa y España.

Nos ha tocado la lotería, la pedrada en lugar de la pedrea. La política económica del PP, diseñada por estas dos lumbreras y algún que otro farol de la FAES, ya la conocemos. Sabemos que las cláusulas suelo, los desahucios, las preferentes o las abusivas comisiones tapan los agujerillos de las tarjetas negras o los indecentes beneficios de la banca. Somos conscientes de que la sanidad, la educación y otros derechos constitucionales han sido utilizados para tapar el negro agujero del rescate bancario. Ahí está la ciudadanía, tapando agujeros mientras los responsables siguen horadando.

También tapamos con el IVA y el IRPF el agujero tributario de las multinacionales que pagan impuestos en Luxemburgo, Irlanda, Andorra, Gibraltar y otros paraísos más lejanos. Las nóminas recortadas y los derechos laborales perdidos contribuyen a tapar el agujero que a las empresas causan las donaciones en B a los partidos que les facilitan públicas contratas. Los del estómago, la nariz y el bolsillo ciudadano son los únicos agujeros que en este país no se tapan.

La Europa de los mercaderes se ha consumado y se prepara para perderse en el agujero del Tratado de Libre Comercio e Inversión, sumidero universal, global cloaca. La Europa de las personas no existe y en Bruselas se habla de europeos de primera, de segunda, de tercera y de PIGS, los cerdos de Portugal, Italia, Grecia y España. El presente y el futuro del pueblo español y europeo ya lo han diseñado la troica y De Guindos: tapar agujeros.