Circo sin pan

Quo vadis

El circo se ha reinventado. Hace muchas décadas que los numeritos protagonizados por payasos, animales o personas deformes pasaron a la historia de las pistas bajo carpa. Hoy, el Circo del Sol es una referencia internacional de modernidad, de progreso, de cultura y de comunión con un público que llena todos sus espectáculos. El circo del payaso triste, del león desdentado, del elefante reumático y de la alopécica mujer barbuda, deambula trastabillando por la senda de la extinción.

En España, la troupe alcanforada se resiste a la modernidad, al progreso, a la cultura y a los deseos del público expresados en las urnas. Son payasas, domadores y gente deforme que, negando la evidencia, harán lo posible para que un espectáculo diferente no tenga lugar, incluso está en sus intenciones incendiar la carpa y arrasar la pista central. El espectáculo de la derecha durante la investidura no tiene nada que envidiar al de los césares en el circo romano, siempre con el pulgar hacia abajo.

La corte de los bufones en España está sobredimensionada y sus más rutilantes estrellas escupen payasadas día tras día. La competencia es feroz. Almeida, Ayuso o Arrimadas rivalizan con esmero en el difícil arte de soltar la necedad mayor ante las risas de un público desencantado. Los payasos y las payasas de la patria utilizan unos códigos intemporales que adornan sus intervenciones con el mediocre patetismo de quien carece del don del humor y el sarcasmo, amén de otras habilidades.

Y sobredimensionada está también la cohorte de domadores que, abandonando el látigo y la silla tradicionales, recurren a las armas de fuego para asegurarse de que sus deseos son cumplidos como mandan los cánones, como su dios manda. Da igual que el sujeto a domar sea elefante, león, primate o pulga: un disparo garantiza el cumplimiento de sus deseos o la muerte fulminante del indomable. Casado y Abascal, caído en combate Rivera, compiten para ver quién dispara antes, para calibrar su poder destructivo.

Cuando la familia Aragón (Gaby, Fofó y Miliki) inauguraron la transición del circo romano al del Sol, lo hicieron con canciones pegadizas que media España cantó a la menor oportunidad. Sus estribillos forman parte de la transición sentimental española, combinando antiguallas ideológicas (“Susanita tiene un ratón”) con asépticos absurdos rompedores (“El auto de papá”) y letanías finiseculares (“La gallina turuleta”, “Hola, don Pepito”). La dudosa madurez de España se alcanzó a golpe de payasadas, y eso marca.

A pesar de intentarlo, no he conseguido obviar el debate de investidura. En la calle, son muchas las personas que, asqueadas o encabronadas, comentan la intervención de tal diputado o cual diputada. También se comentan las furibundas reacciones de gentes que, sin actuar en la pista, deciden cómo debe discurrir la función: empresarios, banqueros, periodistas, curas… Es todo un espectáculo ver cómo las verdaderas fieras rugen entre bambalinas, en los despachos o en el foso del apuntador.

Ver tanto pulgar señalando al suelo, antes de que los artistas se desplieguen en la pista para ejecutar su número, pone los vellos de punta. Obispos llamando al rezo, políticos de cartuchera y apocalípticos opinadores anuncian una orgía de sangre y de llamas sin cesar de hurgar heridas, arrimar leña y rociar gasolina. Es la estrategia seguida en España a partir del 14 de abril de 1931, la que desembocó en el 23 de febrero de 1981, la de Bolsonaro en Brasil, la de Trump en el mundo, la de Áñez en Bolivia y tantas otras que destruyen las democracias para salvaguardar los privilegios de la minoría que se beneficia en exclusiva de la recaudación en taquilla.

Es el circo neoliberal, que sigue derramando inocente sangre sobre la arena en honor de césares y dioses.

En el país de los tuertos, el ciego es el rey

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El cambio climático, o vaya usted a saber qué otra calamidad, ha dado la vuelta al refrán: “En el país de los tuertos, el ciego es el rey”. Porque la humanidad se ha quedado tuerta de tanto forzar los ojos para ver y no ver lo que le ordenan las élites interesadas. Para colmo de males, al ojo útil le han colocado una anteojera hecha a la medida que evita distracciones y oculta realidades incómodas, una ortopedia efectiva y siniestra que acaba afectando a los cerebros inadvertidamente.

La ciudadanía en general ha renunciado a un ojo y ha optado por conservar el menos fiable de los dos, el ojo vago que prefiere no mirar para evitar pensar. Y entre tanta penumbra y tanto destello cegador, ¡quién lo iba a decir!, comprobamos que los ciegos son los reyes en la mayoría de los países. Ciegos de codicia, de odio y de sangre son aupados a los tronos del poder por legiones de tuertos y tuertas que atisban una mejoría para sus vidas en la desmejoría de su vecindario.

Cegados por el racismo, la xenofobia, la misoginia o la homofobia, con las anteojeras rojigualdas y el peligroso bastón de una historia falseada a la medida, los líderes de la oscuridad, la extrema derecha, se están haciendo con el poder aupados por los tuertos. Ocurre en todo el mundo, como una sinfonía perfectamente orquestada por los creadores de la última estafa llamada crisis, que los ciegos marcan el camino a los tuertos: Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orbán… y Abascal, Casado y Rivera.

En España, país fariseo por tradición secular, los ojos vagos han llorado torrencialmente, durante unos días, por el trágico accidente de un niño caído en un pozo. Los ojos estériles, secos y cegados se resisten a inmutarse por los miles de niños caídos, en incesante goteo, en el pozo de la ignominia llamado Mediterráneo. Enarbolando la bandera de la patria, los ciegos tapan esa realidad y condenan a una muerte cruel e innecesaria a todos los niños que seguirán aspirando a una vida mejor allende los mares y las fronteras.

En España, país de ADN hipócrita como el resto de los llamados “civilizados”, las mafias políticas que roban cegadas por la codicia son las opciones preferidas por millones de tuertos y tuertas. Tal vez se deba a que el electorado aspira a tapar su ojo seco con un parche, a calzar pata de palo y a empuñar un garfio para parecerse a tanto pirata parlamentario. El galeón español acabará hundido por el peso de tanto lastre corrupto con todos los piratas y aspirantes a pirata en sus bodegas.

En España, país de farsantes compulsivos, se da la circunstancia de que los cuatro partidos de la derecha (PP, Ciudadanos, Vox y PsoE) aceptan como bueno un golpe de estado en Venezuela. Tachan a Maduro de hacer exactamente lo mismo que ellos hacen con sus políticas, sus jueces, sus cárceles, su prensa domesticada y su Ley Mordaza. La ciudadanía mira con el ojo vago a Venezuela y con el seco a Arabia Saudí, Marruecos, Turquía o cualquier otra dictadura de las que agasajan y mantienen a los Borbones con reales mordidas Reales.

Se escandalizan los ciegos, y los tuertos aplauden, ante un régimen que todavía no ha asesinado a un periodista en una de sus embajadas, que no se apropia por la fuerza que Yahveh le otorga de vecinos territorios ocupados, que no bombardea con las armas que le vendemos a inocentes de un país cercano. El delito de Venezuela no es otro que tener la mayor reserva de petróleo del mundo y, sobre todo, que no esté controlada por el capital privado. Eso no se puede permitir de ninguna de las maneras. Ni por Trump ni por ningún otro ciego “civilizado” como ese cíclope de un solo ojo, tuerto y ciego a la vez, que es Pedro Sánchez.

El país que más golpes de estado ha impulsado, el que más sangre extranjera ha derramado, el que más ha robado en el mundo y en la historia, los Estados Unidos de América, está presidido por el ciego que controla al resto de los ciegos que pastorean a los tuertos en sus respectivos países.