Partidos que no aman a las mujeres

rapat

Las mujeres rapadas de Montilla (+ sobre la foto)

Sabemos, tristemente dan fe de ello con luctuoso rigor, de la existencia de un extenso grupo de hombres que no aman a las mujeres. Intuimos, la ciencia debe estudiarlo, que la actividad cerebral de esta ralea apenas llega a fallidas erecciones neuronales. Sufrimos, en cuerpos y almas, su dudoso encaje social, que llega a auparlos cual héroes dotados de cierta ignorancia violenta. Pensamos que no es fácil, y es peligroso, ignorarlos o hacer la vista gorda como hace la mayoría.

Conocemos, por la historia, a dónde pueden llegar, cuáles son sus fronteras, a cuánto están dispuestos, cuándo se aprestan a golpear. Y, si este conocimiento intelectual levanta sospechas, también podemos tomar la vía de Santo Tomás: ver con los ojos, escuchar con los oídos, acaso olfatear, más complicado gustar y, finalmente, hurgar en la herida con los dedos. Cualquiera lo puede verificar a diario a nada que observe un poco a quienes le rodean.

Son peligrosos los hombres que no aman a las mujeres, animales en celo al acecho, fieras acorraladas por su sed de sangre, asesinos en potencia. Son peligrosos y temibles cuando actúan en solitario, hasta ahora norma cotidiana. Pero se los ve últimamente agruparse en pandillas, en manadas, en jaurías grupales que multiplican sus devastadores saqueos de vidas y dignidades. Si peligrosos son ellos, más lo son quienes los justifican y normalizan.

El amor a las mujeres, históricamente, se ha diluido en la cloaca social hasta equipararse, y ser superado, por el oscuro deseo eréctil hacia ellas, por la satisfacción de ellos, por la posesión de ellas por ellos, por la anulación de ellas como personas e iguales. Es el inmemorial, inmoral e ¿inmortal? legado del supremacismo machista. Siglos de (des)educación, siglos de (in)cultura, siglos de (de)formación han hecho de ello costumbre sobre la que no caben incómodos cuestionamientos.

Pero esa inclinación gregaria, y vicaria por narcisismo, se manifiesta con virulencia desatada desde que las formas de congregación evocan épocas trágicas. Convivimos con individuos que, abierto el armario de la uniformidad, han pasado los niveles de gregarismo disponibles: pandilla, manada, peña, clan, banda, cuadrilla, basca, patrulla, orden… Avispadas, y con sus tropas mercenarias en estado de revista, las derechas exigen sojuzgar de nuevo a las mujeres.

La estrategia les funciona. En un país con anorexia cultural, un país con la soga laboral bien embridada, en un país predicado por hombres que visten faldas desde púlpitos y estrados, la estrategia les funciona. Superados los niveles de gregarismo barriobajero, Partido Popular, Ciudadanos y Vox –por orden de antigüedad, que no de ardor– han reactivado la manada ideológica con ímpetu y expresión nostálgica de guerra, posguerra y dictadura. Sin descartar las dos primeras.

El Partido Popular, ochenta años ya defendiendo ciertos valores inmundos, ha recuperado el espíritu de la Reserva Espiritual de Occidente que por historia y linaje le corresponde. Ciudadanos, desde su fundación, considera a la mujer en términos de mercado como sujeto productivo y le aterra cuantificar el trabajo no remunerado, el trabajo reproductivo. Vox, desde antes de nacer, es lo que dejan entrever sus palabras y sus actos: Millán-Astray, rapado, Calvo Sotelo, violación, Falange, ricino, José María Pemán, depuración y todo lo que supuso el golpe de estado y la dictadura para quienes habían cometido el delito y el pecado de nacer mujeres, de ser personas libres.

Anuncios

Yo he votado al de la pistola

reconquista-VOX

La reacción inmediata ante el hecho de que algo como VOX logre casi 400.000 votos en las elecciones de Andalucía es entrar en estado de shock. Casi nadie lo comprende, casi nadie se lo explica, casi nadie lo asimila, y las explicaciones que se escuchan son casi tan aberrantes como el hecho en sí. El electorado se ha pronunciado, como otras veces, otorgando el voto, o no otorgándolo, a las opciones que ha considerado más oportunas para sus desahogos.

No es cierto, echando la vista atrás, que la ultraderecha haya irrumpido sorpresivamente en un parlamento con una fuerza inesperada. La ultraderecha lleva cuarenta años con representación parlamentaria, ochenta para mayor precisión. Si entendemos por ultraderecha aquello que representa un ideal autoritario y sectario, recordemos que Alianza Popular era el partido que aglutinó los restos del franquismo para hacer frente a una Constitución con la que nunca estuvieron de acuerdo: cinco de sus diputados (8,34% de los votos) votaron que no y tres se abstuvieron. Su fundador y cabeza más que visible fue Fraga.

Tras varias vicisitudes, este partido se refundó y rebautizó como Partido Popular con parte del postfranquismo en sus entrañas y alentó el neofranquismo. José María Aznar, lograda la presidencia del partido y del gobierno, puso todo su empeño en abrir el armario de la ultraderecha reclamando a sus fieles ser la derecha sin complejos. La presidencia de este populista ya dio muestras de que la ultraderecha estaba bien representada en el Consejo de Ministros. Fraga fue el refundador y la cabeza más que visible del PP, el partido que ha blanqueado y normalizado la ultraderecha franquista.

Con la llegada al poder de Rajoy, asistimos a dos despropósitos monumentales: el primero, que el electorado decidiera dar una patada en el culo a Zapatero pateando sus propios traseros al votar a Rajoy; el segundo, que la extrema derecha ocupara carteras ministeriales como las de Justicia e Interior. Gallardón y Fernández Díaz ejercieron de extrema derecha, pero a Aznar no le pareció suficiente y, desde la FAES, apadrinó a Rivera y Casado para eliminar cualquier vestigio de moderación democrática en el partido más votado de España.

Así pues, hemos llegado al momento actual en el que VOX, submarino ultra con ADN aznariano, ha sido el modelo ultraderechista preferido por quienes no tienen suficiente con el PP o C’s, con quienes añoran un franquismo puro y duro. El mensaje de estos tres partidos ha sido prácticamente el mismo que Aznar y Rajoy, junto a la jauría mediática, vienen proclamando desde hace décadas: bandera, terrorismo, inmigrantes, Venezuela y todo lo demás.

Así que se puede concluir con que la extrema derecha en España no es nada nuevo, sino una mutación de ese cáncer auspiciado por la Constitución que Aznar ha conseguido convertir en metástasis. Por lo demás, la presencia de VOX en el parlamento andaluz debe preocupar porque se ha votado a un partido sin programa para los problemas reales de la ciudadanía, una mala copia de los de la extrema derecha disfrazada de demócrata (PP y C’s): más recortes, más impuestos para los de abajo, menos para los de arriba, menos derechos laborales y cívicos, desmantelamiento de la educación y la sanidad pública, etc., etc.

Puesta a jugar a la videncia y la sociología casera, tengo la impresión de que muchos de los votos cosechados por VOX obedecen a un deseo de dinamitar el sistema, injusto y cruel con las clases populares. La farándula mediática y los estrategas partidistas han hecho bien su trabajo conscientes de que un alto porcentaje de la población vota en unas elecciones con el mismo criterio que votan en Gran Hermano, Operación Triunfo o Eurovisión. Se trata de un voto de moda y la moda globalizada es votar a Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban o cualquier otro monstruo que disfrute castigando a quienes lo votan.

Llama la atención que el discurso de Abascal se centre en Patria, Familia, Dios, Propiedad y Mano Dura, ya lo hizo en su momento la CEDA. Llama la atención que Abascal y los suyos sean vividores del sistema constitucional que quieren eliminar. Llama la atención el interés de Abascal por que se sepa que siempre lleva encima una pistola Smith & Wesson para dialogar con quien haga falta, la dialéctica de los puños y las pistolas proclamada por la Falange. No te extrañe que alguien del vecindario, del trabajo o de la familia te diga orgulloso y sonriente: “Yo he votado al de la pistola”.

Votemos

papeletas

Acostumbrada a salmodiar liturgias en las que no cree o, en el mejor de los casos, de las que desconfía y teme, la ciudadanía se apresta a la ceremonia de la urna. Las campanas han tocado por segunda vez para anunciar que estamos en vísperas y hay que hacer examen de conciencias ajenas para no votar en pecado. El tercer toque será en la mañana del 2 de diciembre próximo y quien no acuda al colegio electoral, papeleta en mano, quedará fuera del paraíso democrático.

Como suele ocurrir, poca gente acude a las catequesis con verdadera fe y la devoción se derrama por las grietas que las prácticas de las jerarquías partidistas producen. Para paliar esta crisis vocacional, las sectas recurren al impagable esfuerzo de sus misioneros y misioneras de tertulia durante todo el año en los púlpitos mediáticos. Las hojas parroquiales son redactadas por la aristocracia política tras recibir el soplo divino de sus deidades que confluyen en un solo dios: el dinero.

Todos los evangelistas tratan al rebaño como si la estulticia fuese su estado natural y la verdad, la única, fuese patrimonio secular de los pastores. Pero ¿de qué hablan?, ¿cuáles son sus mensajes? Conscientes de que el pueblo llano está educado en el rezo inconsciente de letanías, la élite pastoril esboza unos argumentarios que, recitados una y mil veces, son repetidos por el rebaño cada vez que los balidos hacen coro entre bocado y bocado de la mala hierba con que es alimentado.

En las misas andaluzas, los párrocos locales la han liado. Los obispos y cardenales primados los han dejado en segundo plano para tomar la palabra y propagar la idea de que el diablo existe travestido de independentista golpista, comunista bolivariano y pecador antisistema. Es una vergüenza que los intereses del rebaño queden soslayados por el único interés de los pastores: el voto, sin compromiso por su parte, el voto para autoproclamarse salvadores de la patria.

No es de extrañar que Marín o Moreno cedan el púlpito a Casado y Rivera, no es de extrañar porque los proyectos políticos de los curas de aldea no tienen que ver con Andalucía. El PP y C’s hace años que se han embarcado en una cruzada para enfrentar, unos contra otros, a los españoles. De hecho, Ciudadanos nació para enfrentar a unos catalanes con otros, a unos vascos con otros y, una vez conseguido el objetivo, han importado esta dialéctica frentista a Andalucía y al resto de España.

Las propuestas de unos y otros se atienen al catecismo populista que limpia los pecados en la oposición. Un catecismo de calcetín al que se da la vuelta sin pudor una vez alcanzado el poder, como hacen Pedro Sánchez y Susana Díaz. Hay que declararse protestantes, ciudadanos y ciudadanas con libre albedrío y capacidad para interpretar las biblias sin la concurrencia del virtuosismo manipulador de los profesionales de la política, o, mejor, directamente practicantes del ateísmo.

El tercer toque de la campana electoral llevará a millones de andaluces a depositar su voto en la creencia ciega de que dará la victoria a unos o a otros, un falaz dogma de fe: ganarán, como siempre, las élites de la Meca y el Vaticano. Es así. El FMI, el BCE y la OCDE, esas élites que jamás estampan sus logotipos en las papeletas, serán los vencedores en las elecciones andaluzas porque sus prelados de PP, PsoE y C’s son acérrimos seguidores practicantes de la biblia capitalista.

Como en otras ocasiones, como casi siempre, me queda el consuelo de votar a quienes más les jode a los pudientes, a quienes más acercan su mensaje a mi propia realidad personal e irrenunciable. Pecare, humanum est.

Franco, ecce homo

FRANCO

En 1964, el aparato de propaganda del franquismo encargó un documental sobre la figura del dictador a Jose Luis Sáenz de Heredia. Su título es Franco, ese hombre y el guión fue realizado por una comisión interministerial presidida por Manuel Fraga, fundador del Partido Popular. El documental conmemoraba, bajo el terror de la dictadura, los 25 años de “paz”. Cinco años más tarde, Franco designaba a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la Jefatura del Estado.

Mientras los Procesos de Núremberg sancionaron las responsabilidades del régimen nazi y los partisanos italianos dieron cuenta de Mussolini, Franco, impune, prolongó su régimen represivo durante cuarenta años. El colofón a su sangrienta y terrorista biografía fue ordenar su entierro en el Valle de los Caídos, construido por prisioneros muchos de los cuales fueron enterrados en el siniestro y vergonzante mausoleo junto al fascista Primo de Rivera.

La Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1947) respondía al anhelo del dictador de dejarlo todo atado y bien atado. Tal es así que en 2018 la jefatura del estado recae en el heredero de su heredero y el partido más votado es el que da continuidad a sus postulados nacionalcatólicos. Es una vergüenza, pero la evidencia de que Franco vive es tangible y sobrecogedora. Habita en La Zarzuela y cohabita con el falso socialismo en La Moncloa cuarenta años después de su muerte.

En esta prolongación del franquismo, España encarcela a disidentes, pasean por sus calles torturadores condecorados y los últimos fascistas son enterrados escuchando el Cara al Sol. Y no es lo peor. Sus herederos se niegan a que sus víctimas sean recuperadas, a que se juzgue a los victimarios, a que sus símbolos corran la misma suerte que los del fascismo alemán e italiano, a aceptar que la tullida democracia española se convierta en una democracia real y no Real.

En este país de zotes domesticados, la conversión de RTVE en NO-DO por el gobierno del PP y la proliferación hegemónica de la prensa del Movimiento han abierto de par en par las puertas del armario franquista. Sin un atisbo de pudor, sintiendo impunemente que la calle vuelve a ser suya, por pantallas, micrófonos y rotativas desfilan franquistas exaltadores del fascismo que no dudan en oponerse a las leyes para glorificar a su infame y criminal Caudillo.

Un país democrático rechazaría una fundación dedicada al dictador, y mucho menos la subvencionaría. Un país democrático no permitiría la creación y concesión de un ducado con su nombre a sus familiares. Un país democrático habría juzgado los crímenes de lesa humanidad por él cometidos. Un país democrático no consentiría la exhibición pública de banderas, himnos y símbolos franquistas. Un país democrático habría desinfectado adecuadamente estamentos públicos como las Fuerzas de Seguridad del Estado, la Justicia y el Ejército. Un país democrático…: ¿lo es España?

El Valle de los Caídos es un síntoma de la escasa calidad democrática del país. La enorme cruz que lo corona es un símbolo populista evocador del nacional catolicismo que no cesa. El jefe de los ejércitos que ostenta la Jefatura del Estado es la máxima expresión de que la democracia fue fusilada el 18 de julio de 1936 y dejada en la cuneta el 1 de abril de 1939: nadie, como al generalísimo, lo puede votar. Franco juzgó, sentenció y ejecutó la democracia española, dejándola hecha un Ecce Homo. Sus seguidores siguen la misma senda marcada por el genocida.

¿Alguien vota a quienes gobiernan?

gobierno-de-EspanaTanto da quien preste su rostro para exhibirlo como una lombriz ensartada en el anzuelo de pescar votos. Tal vez incluso dé lo mismo votar que no votar, pues se acepta socialmente la actual dictadura como si de una democracia se tratase. Lo mismo dan colores, siglas y logotipos en un bazar electoral “todo a cien” donde lo único que importa es que el votante quede satisfecho, engañado pero feliz, alegremente embaucado, orgulloso de ser burlado.

Después de las municipales y las autonómicas, el patético espectáculo ofrecido por el PP y C´s ha elevado la mentira desde la categoría de sospecha a la de absoluta certeza. Ciudadanos ha respondido al deseo de quienes en tiempo récord lo han convertido en salvavidas para apuntalar el edificio bipartidista en grave riesgo de derrumbe. Rivera y su cuadrilla han dado una mano de barniz a la carcoma de la corrupción en Andalucía y en otras zonas de España. Con un código anticorrupción en la mano han pactado con todos los corruptos posibles a izquierda y derecha, sin siquiera taparse la nariz, con total transparencia.

La otra derecha, la de toda la vida, la radical y extremista, el Partido Popular para que se entienda, también ha competido con fuerza en patetismo y posibilismo. Han ocurrido en ayuntamientos, diputaciones y parlamentos autonómicos numerosos casos de candidatos electos depositados por el PP en la papelera de los pactos como clínex sin dignidad por exigencia de Ciudadanos para otorgar el mando. Estos días estamos viendo a Cristina Cifuentes arriar las bragas ideológicas de su partido ante C’s, con la bendición de Génova, para mantener algo de poder al precio que sea.

Completa el patético cuadro del posibilismo mendaz la más moderada de las derechas, la del centro derecha, la que hasta hace cuarenta años era, moderada también, centro izquierda, el PsoE. Susana Díaz, con la mayoría absoluta de los andaluces en su contra, se ha visto obligada a aceptar la caridad ofrecida por C’s, una cura de humildad que ha dado alas a su enemigo íntimo dentro del partido. Venido arriba, Pedro Sánchez ha visto con nitidez dónde echar la caña para evitar mayor descalabro y no ha dudado en competir con las derechas en tamaño de bandera para pescar los votos que la izquierda le niega.

Aún siendo estos rufianes y perillanes una dolencia grave, son las gentes que les dictan políticas y programas el verdadero cáncer de la democracia. La pandemia neoliberal procede de devastadoras cepas de Wall Street y la City de Londres y su mutación más virulenta, la troica, está focalizada en la Cancillería alemana. Existen laboratorios, el G7 o el Club Bilderberg, que se desviven, junto a las agencias de calificación, para asegurar la metástasis.

Sin listas, sin programas, sin diálogo, sin consensos –no va con ellos la democracia– Cristine Lagarde, Mario Draghi, Francisco González, Patricia Botín, Antonio Brufau, Isidoro Fainé y otros son realmente los amos de los votos. Siempre se vota a ellos, sólo a ellos, sea de quien sea la cara del cartel, el logotipo de la papeleta o los nombres y apellidos de una candidatura. Y si no, como a Grecia, amenazas, evasión de capital generalizada y la porra pendiendo sobre las cabezas como antesala de la metralla si hiciera falta, que no lo descartan.

Se avecinan las generales tras casi dos años de una campaña que arreciará durante las próximas semanas. Ya no hay informativo, tertulia y espacio público o privado donde no se denoste el populismo –sólo el de izquierdas, claro– y se criminalice a los enemigos de financieros y empresarios. Volverán a seducir al pueblo con promesas vergonzantes y negarán los 20.000 millones de recortes, exigidos por la troica para el próximo año, por tres veces si fuese necesario. Conviene recordar que votar a los citados al principio es legitimar el gobierno en la sombra que imponen los mercados, poner la cama y abrir las piernas.

España entre dictaduras

dictaduraNeoliberal

La historia reciente de España coloca a su gente en condiciones inmejorables para lo que se le viene encima. Cuarenta años con la cerviz doblada hablan de un pueblo amansado con la música militar tarareada por el dictador, el clero y las élites franquistas. Sólo los beneficiarios del golpe de estado llamaron a ese tiempo sangriento 40 años de paz, ampliados sin pudor a 70 por sus herederos, hoy en La Zarzuela y La Moncloa, en las monedas de 200 euros.

El español medio asume cristianamente que algo habrá hecho para merecer cualquier adversidad y confía su suerte a la intercesión divina, del capataz o del señorito antes que a la razón y la justicia. Es capaz un español de acatar con infinita obediencia, y en ocasiones deleite, lo que la autoridad ordene. España es un país especialmente dotado para malvivir bajo dictaduras en silencio, separado de su dignidad y de espaldas a la libertad.

La indolencia social mostrada bajo el franquismo llamó la atención de la sociología que la atribuyó al terrorismo practicado por el dictador Franco. Esa indolencia ha mutado en una desidia colectiva que mantiene la falsa paz social ante los dictatoriales ataques a lo público y al bienestar por parte del Partido Popular. Algunas víctimas del neoliberalismo se sienten culpables, como predica la radical derecha, de haber vivido por encima de sus posibilidades. Otra parte de la población, minoritaria aún, se rebela, presenta y vota alternativas calificadas como fracasadas por el sistema.

España está preparada para, como proclama la derecha, asumir la receta económica de mayor éxito, la que valora el triunfo económico muy por encima del fracaso social, la de mayor crecimiento y la más competitiva del mundo: la de China. Esta piltrafa de país con himno militar va a pasar en apenas tres generaciones de una dictadura fascista a una dictadura comunista maoísta en la que sobrevivirán las cucarachas, la monarquía, el bipartidismo y el clero.

El presidente de Mercadona declaró que los españoles debían aprender de la cultura laboral china, en sintonía con la CEOE, la banca, el FMI, el BCE y demás instituciones de carácter no democrático. Dicho y hecho: en un par de años el gobierno ha concedido a España el privilegio del trabajo esclavo golpeando y encarcelando a quienes se niegan a aceptarlo y osan criticarlo. Para aguantar eso y más, está el pueblo español sobradamente entrenado.

Europa ha dado un paso de gigante hacia la dictadura neoliberal al empobrecer a la masa social y posteriormente hacerla competitiva, sojuzgarla, esquilmarla y explotarla. La dictadura europea satisface a los faraones del G7, el Club Bilderberg y otros grupos mafiosos y criminales que controlan los mandos de parlamentos y senados. Es a ellos a quienes habría que derrotar y sin embargo han sido sus representantes del PP, el PSOE y Ciudadanos los receptores de la mayoría de los votos.

Donde la decencia ha triunfado (Madrid, Barcelona, y algunas ciudades más) la furia radical de la derecha, la política y la mediática, se ha desatado. Auguran el fin de la democracia porque se ha votado en contra de los intereses de los dictadores, de los inversores, de los mercados. Silencian sin embargo, como cómplices ratas, que el Tratado de Libre Comercio entre la UE y USA, el TTIP, será la puntilla definitiva que selle la tapa del ataúd de la democracia. España está más que preparada y espera, en silencio, sumisa y callada, afrontar una nueva dictadura, la más cruel que imaginarse pueda: la del neoliberalismo sin entrañas.

El PP y el ruido de sables

VienenRojosA la amenaza velada, a la coacción discreta, al subrepticio chantaje y a la sigilosa intimidación, cuando se ejercen sobre el estado y la convivencia, se les llama ruido de sables. Es el recoveco donde se emboscan quienes no aceptan la democracia, quienes nunca creyeron en ella. El Partido Popular, apretando el cuello de España con psicótico afán, no admite que las gargantas busquen un hálito de aire, de vida, y se aparten de sus garras. Tras la adversidad electoral, el ruido de sables es su discurso.

La tradición española es rica en ruido de sables, en asonadas cuarteleras, golpes de estado o infundios orquestados para amedrentar al pueblo y ensalzar, por ejemplo, oprobiosas restauraciones. El PP no acepta su derrota porque la gestión y el despojo de lo público es la labor mejor retribuida, indemnizada y jubilada de España y no es fácil renunciar a ella. Toda derrota genera miedo cuando hay algo que temer y ese miedo acciona trituradoras de papel, formatea discos duros y pone los sables a dialogar, en estado de barahúnda social.

El idilio de la derecha española con los sables se remonta al golpe de estado del general Franco, golpe que no ha sido condenado por el ¿democrático? partido que gobierna. La Ley Mordaza, la protección de imputados (ahora “investigados”) o la prohibición de informar gráficamente al pueblo sobre dañinos delincuentes, son pequeños sablazos a la democracia del mismo PP que, en boca de sus líderes y cargos públicos destacados, ha empuñado la batuta para dirigir una sinfonía de sables como dios manda, como sólo ellos y ellas saben hacerlo.

El Partido Popular es hoy el partido más radical de España, una mafia predadora que amenaza con colocar zapatos de hormigón al país si no se cumplen sus caprichos. La reacción del espantajo Aguirre, de los portavoces, de los voceros y de la mismísima Vicepresidenta del Gobierno sigue el modelo del hampa haciendo correr la voz por todos sus medios en todos los barrios. ¡Que vienen los soviets y las huestes bolivarianas!” es el penoso y rancio grito que corean a las puertas de los cuarteles para remover a los acuartelados.

Por ahora, han sacado a cuatro fantoches borrachos de nostalgia con sus banderitas rojigualdas para rechazar las urnas y golpear a la prensa, culpable, según Rajoy, de lo que el pueblo ha votado. Han convertido un partido de fútbol, la válvula de escape social por excelencia, en un asunto de estado. Y a diario contemporizan con fanáticos como Losantos, Inda, Tertsch, Herrera o Marhuenda, que arengan miedo, odio y venganza como preludio a una partitura para sables y cornetas.

El radicalismo de extrema derecha, como las lagartijas, agita las colas que les han sido amputadas en los comicios para distraer la atención del enemigo. Ya no le vale, como a las serpientes, volver a cambiar de camisa pues todas las de su escueto armario son de color azul en distintas tonalidades. El daño a la ciudadanía española puede multiplicarse si consiguen su objetivo de amedrentar al desubicado PSOE para permanecer en el poder. Precisamente el PSOE justificó su giro hacia posiciones liberales moderadas con el ruido de sables que contrarrestaba la banda sonora de la libertad y la justicia durante la transición.

España es un extraño país donde la extrema derecha radical se ha hecho con el gobierno y azota con el látigo de la pobreza y la desigualdad a muchos de quienes la votan. Un país extravagante donde un partido socialista y republicano es sostén principal de un obsoleto régimen monárquico. Un grotesco país cuyo rey se desplaza a la vecina república para rendir homenaje a sus propios muertos republicanos, cosa imposible en las fosas y cunetas que laceran su reino. Un país estrafalario donde la salida de la cárcel de un torero homicida y una defraudadora tonadillera abren los telediarios mientras de fondo se escucha un pasodoble de ruido de sables.