El cuento de la democracia

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En la Grecia clásica hubo algo parecido al concepto que ha llegado hasta nuestros días de lo que es democracia. Paseando por la historia, se ve que los grupos dominantes de cada periodo adaptaron a sus intereses las formas de lo que, para todos, es el modelo más adecuado para gobernar con el beneplácito popular. La cultura clásica ofrece también otros modelos que, despreciando al pueblo, multiplican el beneficio de quienes ejercen el poder: dictadura, monarquía, autocracia, oligarquía… por ejemplo. Éstos han sido y son los más practicados.

El concepto democracia se utiliza como cuento para satisfacer al pueblo, fábula adoctrinadora o música para amansar fieras. El pueblo cree importante su papel para quitar y poner alcaldes, concejales, senadores, diputados, presidentes y poco más, porque al rey lo sigue imponiendo Dios o la Ley del padre Mendel. La ciudadanía española vota cada cuatro años para apostar por dos selectos caballos de afamadas cuadras y algunos pencos corraleros que dan color a la carrera.

La infancia se hace mayor cuando deja de creer en cuentos, cuando la realidad golpea sus ilusiones y descubre que los Reyes Magos son camellos de El Corte Inglés. Gran parte de los españoles han descubierto que la democracia es un cuento y que siguen gobernando los mismos que en cada capítulo de la historia. La droga de las apuestas hace efecto en una mayoría que vota fiel a los dos vistosos corceles que sobreviven y se imponen por correr dopados.

Se ha descubierto el camelo de los Reyes Magos y el timo que supone un rey para una democracia. La realidad ha bateado brutalmente la inocencia democrática y la infancia votante ha visto a los votados llenarse los bolsillos con el dinero de todos y cómo sus promesas se evaporan en el engaño para satisfacer a los menos necesitados. Se tenía la intuición de que ningún político del bipartidismo gobernaba para el pueblo y hoy es una certeza.

La experiencia sudamericana sentaba en el trono de diversos países a virreyes empresariales o dictadores supervisados y aprobados por EEUU, por Wall Street. Cada vez que un país se desliga de los intereses del dinero y se ocupa del pueblo, se le cuelga la peyorativa etiqueta de república bananera. FMI, multinacionales, CIA, iglesia y diplomacia se encargan de “democratizar” a estos países recurriendo muchas veces a golpes de estado.

Hoy, en Europa, se ensaya el método sudaca para dar apariencia democrática a lo que no lo es. Las distintas constituciones, adaptaciones localistas del cuento del Pueblo soberano, llenan la boca de los gobernantes y llegan a los oídos de los gobernados convertidas en falacias. El derecho del pueblo a ejercer el poder, la democracia, se ha limitado a una papeleta cuatrienal que da derecho a los elegidos a hacer lo que otros les imponen.

La experiencia escocesa y el paripé catalán han dejado claro quién manda. La banca sin complejos, a calzón quitado, ha entrado en campaña y las agencias de calificación han advertido a Escocia y a Cataluña de ruina si el pueblo decide en contra de sus intereses. El PP bananero legisla y vende España a la empresa privada, la banca y la Conferencia Episcopal. El PSOE también: Susana Díaz ha plantado a los universitarios granadinos para salir en una foto con Ana Patricia Botín.

Lo llaman democracia y no lo es.

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Democráticas dictaduras

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Cuando las palabras, el diccionario y la semántica se esputan y vomitan con incuestionable ánimo de absolutismo verbal, la comunicación deriva hacia la demagogia. El debate razonado y el diálogo argumentado son abrazos de neuronas sanas que se gustan, se necesitan y complementan huyendo de enfermizas autocomplacencias. El debate comparado y el diálogo forzado son barreras que impiden la adecuada y vital convivencia de las ideas.

En los últimos tiempos, la palabra “dictadura” sufre como ninguna los corrosivos efectos de las maléficas lenguas que la utilizan. El DRAE define este vocablo como “Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente”. Tal definición del término debiera valer para arbitrar su uso y mitigar su abuso con una obligada dosis de prudencia, pero no es ésta virtud que acompañe a las élites españolas.

La citada definición sirve, por ejemplo, para nombrar académicamente lo ocurrido en Italia con Mussolini, en Rusia con Stalin, en Chile con Pinochet o en España con Franco. Fuera del academicismo, la palabra “dictadura” dispone de un vasto fondo de armario para vestir adjetivos y connotaciones más sociológicas que lingüísticas. Wikipedia ofrece una muestra de ropajes y complementos y las élites sociales ofertan los suyos propios.

En el discurso forzado y comparado, medios de comunicación y políticos pontifican para crear opinión y destruir oponentes con el tosco recurso de adornarlos con una “dictadura”. No se contraponen ideas cuando no se tienen o son malas las que se manejan; es entonces cuando se apela a los miedos latentes de la audiencia como apuesta segura de victoria por el miedo. Vencer sin convencer es el mal que corroe al bipartidismo, a sus medios de comunicación y a la democracia.

Después de casi 30 años de alternancia en el gobierno, PP y PSOE se ven asediados por la falta de ideas y la concreción de nefastas y nocivas políticas contrarias a los intereses del pueblo. Casi tres décadas prostituyendo los votos recibidos, con más o menos holgadas mayorías, han hecho que el electorado busque algo distinto asqueado de lo malo conocido. Tras casi 30 años de poder bipartito, su único, torticero y ya nada creíble argumento es vestir de amenaza a las incipientes mayorías.

El fácil y demagógico recurso de motejar a Izquierda Unida y Podemos con el término “dictadura”, a su vez adjetivada de cubana, venezolana, coreana, comunista o bolivariana, no es sino una huida hacia adelante de quienes no disponen de ideas o las que tienen son impresentables. No se debate sobre sistemas, ideas o programas, sólo se hace propaganda al más puro estilo goebbeliano: repetir una mentira hasta convertirla en verdad.

Las palabras, las mentiras, son de ida y vuelta, como las dictaduras. Quienes esgrimen relaciones de la oposición con regímenes subrayados como sanguinarios, totalitarios y dictatoriales, son los mismos que, sin ambages, comercian, en nuestro nombre, con China, Guinea Ecuatorial, Marruecos, Arabia Saudí, Baréin o la misma Venezuela. Quienes ven al diablo en Castro, Maduro o Kim Jong il son los mismos imprudentes que, en nuestro nombre, estrechan las sangrientas y represoras manos de Xi Jinping, Mohamed VI, Obiang, Abdelaziz o Al Jalifa.

La prudencia aconseja respeto a la oposición y al Diccionario de la Real Academia. El diálogo necesita ideas, no desnaturalizadas palabras usadas interesadamente con dos, tres o más sentidos.

 

Borbones del s. XXI y los mitos del 18 de julio

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No siendo habitual en este blog, me permito prestar su espacio a las palabras del joven y prolífico historiador Arcángel Bedmar González:

“La abdicación del rey ha puesto de moda a la II República Española (1931-1936) en las redes sociales y los medios de comunicación, y se han publicado datos y cifras que intentan demostrar que fue un experimento fallido debido básicamente a la inestabilidad política y social. Pero el problema es que esos datos no suelen ir acompañados de informaciones sobre otros períodos históricos de España o sobre países europeos que por entonces mantenían regímenes políticos similares.

La inestabilidad política y social no se dio en la historia reciente de España únicamente en la República. Veamos algunos ejemplos. En el reinado de Isabel II (1833-1868) hubo 13 golpes de estado. En el de Amadeo de Saboya (1871-1873), en dos años hubo tres elecciones y seis cambios de gobierno. En el de Alfonso XIII, en el año 1920 hubo más huelgas que en cualquiera de la República y entre 1917 y 1923 solo en la ciudad de Barcelona murieron asesinadas 152 personas por motivos políticos y sociales. En plena dictadura de Franco, en 1970, hubo 1.547 huelgas (a pesar de que hay todavía quien afirma que con Franco no había huelgas) que afectaron a más de 440.000 trabajadores. En la transición, aunque es considerada un modelo de convivencia, entre 1975 y 1982 hubo más de 700 asesinatos y más de 3.500 actos de violencia (unos 500 al año) debido a la conflictividad sociopolítica en España.

Echemos ahora una mirada puntual a los países democráticos de Europa por aquellos entonces. En Alemania murieron en las celebraciones del primero de mayo de 1929 entre 30 y 40 personas en Berlín (muchas de ellas por la policía). En el Reino Unido en 1926 tuvieron una huelga general de 10 días y una de mineros de carbón de seis meses. En Francia, en febrero de 1934 un choque de la extrema derecha con la policía en París terminó con cerca de 20 muertos y más de 2.000 heridos, y en la primavera de 1936 la oleada de huelgas y de conflictos fue mucho mayor que en España.

Las democracias de entreguerras en toda Europa (1918-1939), entre las que se incluye la República en nuestro país, fueron problemáticas y frágiles, con un alto grado de violencia política y social, y los discursos políticos eran más radicales que los de hoy en día. Pero así eran las democracias entonces y en particular los procesos de democratización en países que con anterioridad habían sufrido una dictadura, como España, que acababa de salir de la de Primo de Rivera. No eran democracias como las que se establecieron en Europa a partir de 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, con seguridad social, subsidios de desempleo, impuestos de la renta, estado redistribuidor, etc. Las personas de hace ochenta años en general no vivían ni entendían la democracia en los mismos precisos términos que nosotros. Por tanto, la República española, con todos los defectos que tuvo, resultó todo lo democrática que podía llegar a ser en los años treinta, y más si la comparamos con una Europa en la que se vivían las dictaduras de Stalin en la Unión Soviética, de Hitler en Alemania, de Mussolini en Italia, de Dolfuss en Austria y de Salazar en Portugal, entre otras. La República española no fue peor que la mayoría de las democracias europeas de aquella época con problemas similares, lo que la diferencia de ellas es que aquí hubo un golpe de Estado que perseguía suprimir las reformas económicas, sociales y culturales que la República había iniciado en 1931. Y ese golpe no se produjo porque la República no fuera democrática, sino porque un grupo de militares sublevados quería imponer una dictadura.

Los dos últimos párrafos los he extraído, muy resumidos por supuesto, del libro “Los mitos del 18 de julio”, editado por Crítica, en el que participan varios historiadores como Ángel Viñas, Julio Aróstegui, Francisco Sánchez Pérez (coordinador), José Luis Ledesma, etc. Como su nombre indica, el libro intenta dar contestación histórica a los mitos que aún perviven sobre la República y las causas que provocaron la guerra civil. Se puede consultar la reseña que sobre la obra hace Ana Martínez Rus aquí.

Arcángel Bedmar González

En franquismo no hay recortes

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“Ejemplar” fue la etiqueta para vender en su momento el tránsito de una dictadura a otro sistema político por el hecho de que la operación se realizó sin sangre, sin enfrentamientos civiles o militares, sin que se alterase el pulso cotidiano del país. Causó asombro y admiración la Transición española, más en el interior que en el exterior del país, más en una población aún temerosa que en los círculos del poder donde se habían diseñado las formas y contenidos que a continuación fueron bautizados como monarquía parlamentaria, dos conceptos antitéticos de compleja racionalidad.

La ausencia de violencia fue la más notoria señal de que la sociedad seguía atenazada por el miedo a revivir uno de los capítulos más negros de su historia, tan reciente que muchos de sus artífices seguían en activo. Se ofreció una amnistía como sucedáneo de un perdón catárquico e imprescindible que fue hurtado a la ciudadanía y que nunca llegó siquiera a plantearse. El juego de los miedos se impuso sobre el juego de la paz con operetas de ruidos de sables cuya puesta en escena contribuyó a asentar la monarquía, en el imaginario colectivo, como salvadora de la patria.

Los poderes económicos del franquismo se situaron en la base económica de la democracia y parte de la clase política curtida en las cortes franquistas continuó su papel en los escaños surgidos de las urnas. Figuras franquistas ocuparon las listas electorales de Alianza Popular (Fraga, Fernández de la Mora, Silva Muñoz, Martínez Esteruelas, López Rodó o Licinio de la Fuente) y las de UCD (Adolfo Suárez, José María de Areilza, Pío Cabanillas, Abril Martorell o Martín Villa), un aviso de que los jinetes de la dictadura seguían cabalgando en España.

La mayor contribución a la modélica Transición fue la renuncia del PSOE a su ideología y la firma del armisticio por parte del PCE para aceptar una monarquía impuesta por Franco como forma de convivencia. Lo dífícil estaba hecho: el franquismo se trasladó de las Cortes Españolas al Congreso de los Diputados y se mantuvo oculto en la formalidad democrática durante décadas, justo hasta el momento en que las heridas abiertas por la dictadura solicitaron cicatrizante para limpiar cunetas y fosas comunes. Hubiera sido ejemplar un gesto solidario para consolar a miles de familiares de represaliados que han sido ejemplares solicitando únicamente un lugar donde llorar. Hubiera sido ejemplar y democrático. Hubiera.

Es a partir de ahí, de considerar como afrenta recordar a un muerto, que el silencio se ha roto por parte de quienes ya no dudan en reclamar el Glorioso Movimiento Nacional como auténtica raíz de la planta que ha mantenido vivo algo más que su recuerdo. El Partido Popular y sus medios de propaganda han llevado a cabo una estrategia siniestra y vergonzante. Primero, la aceptación silenciosa de la democracia como disfraz; luego, marcar a la ciudadanía como “enemigo comunista y radical”; y ahora, la eclosión franquista de Nuevas Generaciones y de no pocos cuadros del partido con el incondicional apoyo de la nueva prensa del Movimiento.

La oposición radical por parte del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica y su defensa a ultranza de la permanencia de símbolos franquistas en el decorado de la convivencia adquieren su siniestro y verdadero significado ahora. No se trata de que esta Ley abriera heridas del pasado, sino de que pudiera cerrarlas digna y definitivamente, cosa que parece molestar al amplio segmento franquista del PP desde el momento de su publicación en el BOE. El PP necesita esos símbolos y esas heridas abiertas como aviso a navegantes, como una ventana de los horrores abierta al pasado que la modélica Transición no quiso cerrar.

La orgullosa e impune exhibición de banderas y saludos fascistas, la criminalización y la represión de la sociedad simplemente por opinar de forma diferente a ellos y las palabras de algunos de sus cargos públicos, son el pus que infecta la herida nunca cerrada en una sociedad, la española, que se creía en democracia y está comprobando que ésta no goza de buena salud. El peor de los síntomas son las justificaciones del aparato partidista que nos gobierna y su cierre de filas en torno a la defensa de la memoria de una impune dictadura asesina.

Enésimo sepelio socialista

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Antes de que las almas mortales de la ciudadanía embarquen, sin moneda bajo la lengua, en la barca de Caronte, posiblemente tengan la oportunidad de asistir al enésimo entierro del socialismo español. Desde 1879, el PSOE ha caminado por la historia con irregulares pasos forzados por la presencia de una “S” en sus siglas a modo de molesta china en su calzado ideológico. Se podría pensar, por las huellas de su histórico caminar, que el socialismo nunca ha prestado comodidad a la horma de un partido socialista en España.

En su infancia, tras constituirse la Internacional Comunista, parte de su militancia sintió la incomodidad de la china y fundó el PCE en 1921, primera demostración de que el socialismo español tenía principios y de que, si no gustaban, tenía otros. Durante la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE zurció los rotos sociales de un golpe militar a cambio de cooperar para asegurarse un puesto en la carrera electoral que le llevó a ser el más votado en 1931. Su idilio con el poder le llevó a tratar a sus votantes como segundo plato y éstos, queridas desdeñadas, le retiraron su apoyo en 1933 y se deslizaron bajo las oscuras sábanas de la CEDA. Fue su estreno como protagonista de su propio entierro, aunque, ateo nominal, siempre creyó en la resurrección eterna.

Su juventud estuvo marcada por otro golpe militar que sepultó sus principios y diseminó a su militancia entre repletas cárceles, anónimas fosas, exilio internacional y cunetas nacionales. El exterminio franquista hizo que el socialismo se inhumase en vida para esperar, con la paciencia, la resignación y el miedo como equipaje, a ver pasar el cadáver de la dictadura y, sólo entonces, emerger de la tumba de silencio en la que permaneció inactivo durante cuarenta años.

Ya adulto, el PSOE despertó de su letargo voluntario, estudió el panorama que ofrecía la muerte del dictador, buscó en el armario el disfraz descamisado de vaqueros y chaqueta de pana y, antes de nada, sacó la molesta china del zapato en su congreso de Suresnes. Felipe González eliminó el socialismo de su ideario, manteniendo la “S” como cebo eficaz para exiliados y familiares de represaliados, y alteró a gusto, tras su victoria, el menú de sus principios: posicionamiento ante la OTAN, privatizaciones, contratos basura, corrupción, GAL, etc. facilitaron un nuevo entierro del socialismo español oficiado por Aznar.

Durante el velatorio, más que debate hubo intercambio de chascarrillos y fruto de ello fue someter su cadáver a una sesión de tanatoestética que culminó con la fugaz instauración de primarias para elegir candidatos. Perdieron los oficialistas, los barones, y ganó Zapatero. El pueblo, la calle, tuvo que gritar para que el socialismo desorientado avistase un sendero que sus torpes pasos no alcanzaban a encontrar. Y ganó el bisoño Zapatero para pagar la novatada y las culpas de su partido.  Las últimas elecciones supusieron un nuevo velorio, un mismo cadáver y un nuevo entierro para un partido que ha vuelto a abandonar, con políticas liberales y adornos populistas, el socialismo.

Suprimieron las primarias y, con el dedo, designaron a un joven y desconocido político, de nombre Alfredo, como candidato. Ahora, en una senil madurez intranquila, el anciano Rubalcaba propone cambiar el nombre al partido que seguirá manteniendo la “S” a pesar de que casi nadie en el PSOE recuerda su significado. El partido es un apetecible holding, como el PP, que genera empleo y distribuye riqueza entre sus cúpulas. Este partido, que tantas veces ha negado ya sus raíces debe regenerarse y desprenderse del tejido putrefacto acumulado sobre su obsoleto cuerpo.

Ningún viento es favorable para quien no conoce su destino.

Habla, pueblo, habla

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La mordaza de la dictadura española dio paso al bozal de la democracia y España lo agradeció de la misma forma que el mendigo agradece la limosna depositada sobre la palma extendida de su suplicante mano. El donante reconforta su espíritu y el menesteroso alivia unos minutos de su dolorida vida; ninguno de los dos se realiza plenamente, pero ambos hacen un apaño: la caridad no libera de sus cadenas a las conciencias ni alcanza para saciar necesidades agudas, pero supone un desahogo temporal.

La democracia se estrenó con el estruendo, la algarabía, el griterío y el guirigay propios de un país que no reconocía su propia voz, por el desuso de la misma durante décadas de represión, y tampoco era capaz de reconocer sus ideas, acostumbrado a pensar por imposición. La democracia llenó las calles de sonoras palabras y los cerebros de viejas ideas que sonaban a nuevas en boca de políticos que se ofrecieron para edificar el ansiado futuro de una población que aún pedía el certificado de voto a la presidencia de la mesa electoral y, tras depositarlo en la urna, exclamaba resignada “¡A ver a quién nos ponen ahora de alcalde o presidente!”

Los políticos de los 80, piel tersa y cabellos despoblados de canas, consiguieron que el pueblo, ansioso y esperanzado, se identificara con sus discursos y debatiera sobre ideas e ideales por encima de todo. El siglo XXI, sólo dos décadas después, presenta un panorama muy diferente, a pesar de que los rostros, piel marchita bajo nieve capilar, siguen siendo básicamente los mismos. Las palabras han quedado reducidas a un montón de cáscaras verbales sin significado y las ideas actuales son similares a las que aparecían en las enciclopedias Álvarez o Miñón. Nada nuevo. Sólo ha quedado la algarabía y el bullicio, no del pueblo, sino de opinadores oficiales.

Ya no se debate en la calle sobre ideología, sobre política, sobre partidos. Desde hace casi dos décadas, los debates discurren con insoportable monotonía por derroteros monotemáticos, en tonos monocordes, que interpretan los viejos políticos bajo la cadencia corrupta del “¡Y tú más!”, estribillo con el que justifican el distanciamiento del servicio público que se les supone en su desempeño. La población, atrapada por la nula credibilidad del discurso político actual, ha decidido cerrar sus oídos a las desgastadas bocas incapaces de renovar sus prédicas trasnochadas.

La juventud se echó a la calle el 15 de mayo de 2011 bajo la bandera de la indignación. La presencia de voces frescas atrajo a las calles a centenares de miles de personas que sólo querían recuperar la palabra y, con ella, devolver a la democracia su verdad etimológica. La mayoría de la población se identificó con discursos que retrataban la realidad fuera del corsé anquilosado que los partidos han impuesto a sus maneras de hablar, de pensar y de actuar desde sus aparatos orgánicos. Aire fresco en el diccionario popular.

Es lógico que los partidos cuenten con el rechazo del pueblo y que traten de criminalizar un movimiento pacífico, participativo y legítimo que apunta sus dardos verbales e ideológicos hacia la raíz de los problemas: un sistema democrático viciado por el bipartidismo. La derecha radical acusó de radicalismo a quienes se apartan del camino por ella trazado. La supuesta izquierda, alejada como la derecha de la realidad social, intentó, desesperadamente y en vano, abanderar la rebeldía ciudadana. El 15M, acusado de ausencia de caudillos y carencia de ideas, ha puesto sobre la mesa nuevos debates y nuevas voces.

¿A quién le extraña que discursos y acciones protagonizados por personas anónimas tengan más repercusión entre la población, y gocen de su favor, que los rancios y manidos discursos de los vetustos políticos de añejos partidos? Tampoco extraña que el derecho constitucional a la vivienda haya saltado a la actualidad ni que su debate parlamentario transcurra por los cerros de Úbeda. Decididamente, entre el ardor verbal de Ada Colau y la sumisión del gobierno y la oposición a los intereses financieros e inmobiliarios, me quedo con Stop Desahucios.

—oooOooo—
A pesar de todo, hay voces canosas que merecen la pena ser escuchadas porque son eternas y no hieren.

Y otras voces, jóvenes y frescas, se alzan desde dentro de los partidos y no son escuchadas como se debiera.

Borbón y los cien mil hijos de Fraga.

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En Roma nació, bautizado por el Papa de la cristiandad Pío XII, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, hijo de un heredero sin herencia que pleiteó con el golpista general Franco por el usufructo de la voluntad de los españoles, degollada por éste último durante la guerra civil. No fue hasta cumplir diez años que sus pies pisaron por primera vez España, por expreso deseo del dictador y su aristócrata padre, para estudiar y hacerse hombre versado en las nobles artes de la guerra, fundamentales para el gobierno de un país aplastado por botas militares. Lo hizo en la Academia General Militar de Zaragoza, la Escuela Naval Militar de Marín y la Academia General del Aire de San Javier, instituciones educativas tuteladas por quienes habían ensangrentado el país a las órdenes del general.

Como corresponde a un aspirante al trono de España, Juan Carlos se casó en Atenas y accedió a los deseos del dictador aceptando el Palacio de la Zarzuela como residencia familiar. Hasta la bobónica napia de su padre llegaron los sutiles efluvios hormonales que Juanito desprendía debido a su cercanía al caudillo. El actual rey de los españoles declaró que “jamás” aceptaría la corona mientras viviera su padre para, unos meses después, hacerle a su progenitor un familiar feo dinástico en Estoril. El Conde de Barcelona comprendió definitivamente que su hijo había revuelto las dinásticas ramas borbónicas y había saltado, avezado trepador, por encima de él bajo la dictatorial tutela.

Por dos veces, 1969 y 1975, Juan Carlos rindió vasallaje al dictador jurando públicamente guardar y hacer guardar, entre otras cosas, los principios de su glorioso Movimiento Nacional. Franco murió y Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias pudo, por fin, saborear la escabrosa herencia recibida de la dictadura. Las huestes franquistas disputaron y negociaron el modo y el momento del traspaso de poderes al protegido del oscuro militar. Una ceremonia fúnebre, seguida de una ceremonia política, inhumaron la dictadura y dieron paso al reinado de Juan Carlos I. Cuentan las malas lenguas que, en plena agonía, la generalísima boca exhaló como un estertor las palabras “lo dejo todo atado y bien atado”.

Los políticos del franquismo, las instituciones del régimen y su base sociológica urdieron la más formidable operación de camuflaje jamás perpetrada, conviertiendo la monarquía en un caballo de Troya de colosales dimensiones en cuyo interior se conjuraron el socialismo descafeinado de González, el comunismo nominal de Carrillo, el centrismo provisional de Suárez y los cien mil hijos de Fraga. En un alarde de modernismo y originalidad hispana, al caballo le llamaron “Transición” y al nuevo antiguo régimen “Monarquía parlamentaria”.

La tramoya nacional auspició una Constitución y un sistema electoral que relegaron al olvido cuarenta años de sufrimiento, permitiendo a sus actores ocupar el nuevo escenario del teatro patrio. La banda sonora elegida para el estreno no fue interpretada por una orquesta de cuerda y púa, sino por una rancia banda militar que interpretó varias piezas de ruido de sables que alcanzaron su clímax con la actuación del solista Tejero como preludio al aria redentora del Rey, televisada en directo para disfrute del público nacional y extranjero.

Ahora, tras cuarenta años de bipartidismo y bisoñez democrática, el Partido Popular vuelve a ejercer unos modos y unas prácticas políticas razonablemente parecidas a las utilizadas cuando el monarca era niño, joven y adulto recién emancipado. Cautivo y desarmado el ejército rojo, los cien mil hijos de Fraga vuelven a ocupar las calles como en sus mejores tiempos bajo la mirada complaciente de un arrugado rey caducado al abrigo del palio nacionalcatólico.

Realmente hoy adquieren todo su sentido las palabras del caudillo y el diccionario de esta democracia revela lo que significa dejarlo todo atado y bien atado. Hemos tenido la ocasión histórica de asistir a la version española de El gatopardo de Lampedusa: se ha cambiado todo para que nada cambie.