¡Salve, feminazi!

Feminazi

Feminazi: dícese de toda hembra abducida por una ideología machista de marcado carácter fascista. El término se aplica a ciertas hembras de la especie humana que ejercen de forma exclusiva y sumisa su función reproductiva al servicio del macho. A diferencia de las feminazis, las mujeres en general ejercen su función de persona, supeditando a la misma la de hembra fértil: así profesan su natural y autónoma capacidad para pensar y decidir por sí mismas.

La subespecie feminazi consiste, pues, en una forma arcaica de ser humano valorada por los machos y por ellas mismas en función de su fecundidad. Hasta tal punto es así que, pasada su prolífica etapa, deprimen la conciencia que de sí tienen. Suele ocurrir, para superar la depresión, que asumen el rol de macho y radicalizan su discurso como única forma de sentirse útiles, “algo”, personal y socialmente.

La feminazi, amaestrada secularmente para ello por doctrinas machistas, percibe como amenaza, pecado o delito, su propia libertad. La feminazi acepta sumisa el papel que los machos le han asignado, a la vez que abomina y odia a las mujeres que osan romper tan denigrante cadena. Aceptar que existe la libertad para la mujer, como ser humano, como persona, la trastorna, no lo puede admitir en su simplista mentalidad.

El trastorno de la feminazi enraíza en un profundo déficit sexual y afectivo que la lleva a enervar ante cualquier atisbo de sexo, sea real o imaginario. Debido a ello tal vez, execra cualquier manifestación sentimental que aúne sexo y amor en un mismo acto. No lo entiende, escapan tales conceptos por la cloaca nacionalcatólica que suele tener en la bóveda craneal. La literatura psicosomática ha documentado casos en que determinados ejemplares, al entenderlo, han descubierto la novedad del placer.

Entendido lo anterior, cabría pensar en la enorme dificultad que supondría hallar especímenes feminazis en el siglo XXI. Nada más alejado de la realidad. La ultraderecha radical, sectaria y obsoleta ha abierto armarios ideológicos y han salido en estampida cientos de ejemplares cortados con el mismo patrón. El coro feminazi de hembras reprimidas imitan a sus machos machistas y arremeten contra todo lo que implique disfrute sexual.

Escuchar a engendros políticos como la Olona, la Monasterio, la Cayetana o la Ayuso es como escuchar a José Luis Moreno o a Maricarmen a través de las acartonadas bocas de Rockefeller o Doña Rogelia. Sin discurso propio, repiten los argumentarios de púlpito y estrado aprendidos en sus partidos y parroquias. Estas feminazis son sólo cuatro ejemplos de los miles que han proliferado al calor del neofascismo español.

El peligro de la feminazi no está en su práctica femenina personal, sino en su proceder abiertamente nazi. La feminazi ataca todos los pensamientos que en el mundo existen si no se amoldan al pensamiento único que sus machos exigen de forma exclusiva y ecuménica. Un solo dios, una sola patria, un solo rey y un solo pensamiento, estrechos conceptos que colisionan de forma grave con la democracia.

El peligroso virus patriota

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La persistencia infecciosa del coronavirus es mucho menor que la insistencia en el error del ser humano. Se va a hacer larga la pandemia. Se inventarán vacunas que inhiban la acción del Covid–19, 20, 21, 22… pero es dudoso que se pueda/quiera acabar con algo tan simple como la necedad y el afán aniquilador de la raza humana. Se va a hacer larga una pandemia que arrastra la humanidad desde los albores de su incivilizada existencia.

La sociedad española no es muy distinta a las de su entorno, pero tiene unas señas propias, únicas y diferenciadoras, que constituyen eso tan cacareado de la “Marca España”. Todos los pueblos tienen motivos para sentirse orgullosos de sí mismos y para que otros pueblos así lo vean. En los últimos veintitantos siglos, se ha podido constatar por qué Spain is different en varios hechos históricos que producen más vergüenza que orgullo.

La aversión al progreso es una constante. Desde los desembarcos fenicios hasta nuestros días, los próceres hispánicos se las han apañado para combatir a cuantos pueblos con capacidad para enseñar a progresar pasaban por España. También se han posicionado junto al invasor cuando éste tenía alta capacidad para saquear, destruir y poner trabas a los avances sociales. Todas las dinastías reales representan lo que digo.

Reconquistas, inquisiciones y fascismos son la Marca España que todavía reivindican las dos peores derechas que en Europa hay. Le Pen, Salvini u Orban no ponen fácil ser campeón fascista, pero en ello se afanan Casado y Abascal, Partido Popular y Vox, pergeñando otra gloriosa gesta negra para la negra historia de este país. Las ultraderechas mienten, manipulan y conspiran como exige la tradición conservadora, secularmente opuesta al progreso en nombre de las más deleznables tradiciones y las más repugnantes traiciones.

También son Marca España, santo y seña de nuestras derechas, el latrocinio pertinaz y la voraz corrupción, heredadas dinástica y gemelarmente con la jefatura del estado. La España conservadora, la opuesta al progreso, no ha evitado el mundial reconocimiento de lo mejor de nuestras literaturas, músicas, pinturas y bellas artes. Cultura fresca y universal surgida como contracultura en los páramos esteparios de los absolutismos hispanos.

País de hogueras, censuras y cadalsos, país de golpistas, traidores y torturadores, país mojigato, radical y ultramontano, es el país del Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum (1551–1873). Es España, a pesar de su burguesía, sus élites y su realeza, el país de La Celestina, el Libro de buen amor, las Pinturas negras, Los Borbones en pelota, Poeta en Nueva York, Viento del pueblo, el Guernika, Viridiana y un larguísimo etc. censurado, perseguido, exiliado o asesinado.

España tiene mil caras pero una sola cruz, esa cruz que, en forma y uso, se iguala a la espada en cuanto la empuñan carpetovetónicas manos. La cruz y la espada: dañinos símbolos patrios de épocas remotas que se empeñan en vindicar esas derechas rancias. Sus objetivos se transmiten de generación a generación con pocos o ningún signo de avance o progreso, tenaces conservadores atemporales: mujeres, maricones, rojos y librepensadores.

Siervos de la espada, adictos de la cruz, se piensan tocados por una mano divina que les autoriza a perpetrar cualquier antojo sobre la humanidad. Son fósil plaga, desvalida para pensar con sanas neuronas debidamente actualizadas. La deriva de Vox y del Partido Popular me hace temer a unos ejércitos que, en los últimos siglos, sólo una guerra han ganado: aquella en la que hicieron genocidio sobre sus propios democráticos hermanos.

Ya está bien de COVID–19

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Escucho, con miedo en el cuerpo y temor al futuro inmediato, que el Gobierno de España ha abierto la mano confinadora. Espero que haya sido por consejo sanitario y no por el ruido interesado de las sectarias oposiciones ajenas y propias, externas e internas. Da miedo la calle hoy, como los dos últimos meses: mascarillas y guantes por el suelo, gente sin mascarilla ni distancia, y esa mierda de banderas utilizadas en balcones y bozales como símbolo de afirmación neofranquista.

Han sido implacables, y lo siguen siendo. La extrema derecha y la ultraderecha españolas han vuelto a dar la nota discordante en un mundo mayormente civilizado a cuenta de la pandemia. “Spain is different”, “Spain is abnormal”. El planeta todo ha combatido contra un virus desconocido y global, todo menos los cafres de Vox y del PP, que han preferido y prefieren combatir a la democracia, como Orban, Trump y Bolsonaro.

La nueva normalidad española será una prolongación de la histórica anormalidad de esas derechas que no asimilan la democracia, que no la aceptan. Y al decir derechas, no me refiero sólo a los tumores peperos y voxeros, sino a la metástasis que extiende el cáncer a una preocupante porción de la Justicia, de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de los medios de comunicación.

La nueva anormalidad está servida. Es la vieja normalidad. No tan vieja. Una parte importante de la Policía Nacional (JUPOL) evoca a los grises del blanco y negro. Algunos miembros de la Guardia Civil, de servicio en las cloacas, vuelven a recordar a la del Crimen de Cuenca o a la del Caso Almería. No pocos magistrados y magistradas mantienen viva la memoria del Tribunal de Orden Público. Y la prensa rememora los trozos de periódico colgando de un alambre junto a la cadena de la cisterna, sobre la letrina.

Tanto grito, tanto aullido, tanto exabrupto y tanta mentira disparatada de las derechas responden a dos objetivos: tapar sus vergüenzas y echar un pulso golpista a la democracia. Como matones de colegio, como sicarios mal pagados, como hampones de medio pelo, prefieren víctimas frágiles, débiles, indefensas, para subvertir el orden. ¿Qué mejor víctima para acuchillar por la espalda que quien ha logrado controlar al Covid–19?

Si se compara la respuesta a la pandemia con la del resto del mundo, Fernando Simón, el ministro Illa y el Gobierno obtienen aprobado alto, casi notable. Si se hace con la de los gobiernos autonómicos, la nota sube uno o dos puntos. Y si se mide con la actitud de las derechas políticas y sociológicas, el cum laude está garantizado. ¡Qué vergüenza ver a Ayuso y a Torra compitiendo por destacar como lo peor de la clase y del colegio! ¡Y qué miedo ver a Casado y Abascal afilando navaja!

De entrada, España ha tenido que combatir una pandemia global con el demoledor lastre de una sanidad recortada, saqueada y privatizada por gobiernos de todas las derechas y alguno que otro del PsoE. Las carencias sanitarias no son fruto de seis meses de gobierno de coalición, sino el producto de décadas de gobiernos de la derecha neoliberal, corrupta y mafiosa española. Los ancianos ejecutados en residencias son víctimas de los mismos pelotones neoliberales que fusilaron con el PP a pacientes de hepatitis C.

El maltrato contractual y laboral a profesionales del sector sanitario es la continuidad de las políticas llevadas a cabo por voraces alimañas como Aznar, Rajoy, Mato, Aguirre, Feijoo, Camps, Mas y otros. Hoy siguen sus pasos Ayuso, Moreno Bonilla y López Miras, fulgentes neoliberales de la ganadería FAES. Las cacerolas del odio han hecho dar la espalda a los aplausos por gran parte de la población. Hoy los aplausos se dirigen a los camareros para que sirvan otra ronda con la que olvidar el confinamiento, el sacrificio de los “héroes” y la amenaza del Covid–19 con la que se nos condena a convivir.

El COVID–19 conspirador

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Psicólogos, sociólogos, médicos, economistas y otros sectores sociales abundan en la idea de que cualquier situación adversa puede (y debe) convertirse en una oportunidad. También las infames ultraderecha y extrema derecha son de tal parecer. No hay duda de que la crisis sanitaria es de las más adversas que ha padecido la humanidad en el último siglo y, tanto PP como Vox, han visto en ella una excelente e irrenunciable oportunidad.

Oportunidad ¿para qué?

Oportunidad para cumplir su sueño eterno de revisitar el pasado, de instalarse en él a cualquier precio, de truncar la democracia como sistema. No les gusta la democracia, no la soportan, no la quieren: la odian. Sólo la aceptan para medrar en el erario público, para blanquear sus orígenes y sus intenciones, para pudrirla como todo lo que tocan. No aceptan la voluntad popular cuando no es favorable a sus intereses.

El Covid–19 es su penúltima oportunidad. Hay que temer a la última, si ésta les falla, para la que se están preparando a conciencia. Abascal no lo esconde, Casado tampoco, y Aznar, padre putativo de ambos, lo bendice. Desde que Aznar reclamó una “derecha sin complejos”, la democracia corre peligro y la derecha espanta el complejo demócrata con el espantoso fascismo que recorre sus venas y modela su ADN.

Han convertido la necesaria oposición en un fangal falsario sin parangón. Sobresale en este turbio menester la figura de Cayetana, cortesana de taberna portuaria con daga en el liguero, derringer en la bocamanga y cianuro en la lengua y las ideas. Es la madama del lupanar en que se ha convertido el edificio de la madrileña calle Génova, reformado con dinero negro y sede de la corrupción política española y europea.

Su chulo, casado, masterizado y barbado, ha recuperado la abyecta y castiza figura política del muñidor. Casado es el clásico pijo hijo de papá que no necesita estudiar para titularse ni trabajar para disfrutar fortuna. ¿Qué hace Casado citando en su oprobiosa sede a representantes de la benemérita? ¿Qué hacen ellos acudiendo a la cita? ¿A qué esa fraternal comunión entre extremistas radicales y fuerzas del orden público? Podría decirse que buscan hacer de la adversidad oportunidad sin mucho margen de error.

Son famosas e históricas las disputas entre chulos que marcan sus territorios con sangre ajena. Y, como quiera que para una cumplida reyerta hacen falta dos rufianes, ahí está Abascal. Surgido de las covachuelas de Aguirre y del terrorismo iraní, nutre sus apoyos de fulanas y puteros que sacuden cacerolas y agitan infames oriflamas sin rubor. Ha convertido España en una mancebía cuyos reclamos son balconadas rojigualdas, con o sin luctuoso crespón.

Mientras tanto, hay ruido de sables, preocupante porque no se esconden las vainas y funcionan a pleno rendimiento chairas y piedras de amolar. Ahí están los miembros y miembras de JUSAPOL o el jefe de la policía local del Puerto de Santa María. Lo de las cloacas del estado, plagadas de ratas, policías, guardias civiles y otras instituciones de los cuatro poderes del Estado es ya un clásico de la inmundicia ademocrática que ensucia España. Y los homenajes a Tejero en las comandancias de la Guardia Civil, un dislate vil.

Todo a punto de caramelo: el fascismo aguardaba su oportunidad y el Covid–19 se la está sirviendo en bandeja: “Un régimen totalitario acecha España, alcémonos y desempolvemos las hachas de guerra”. Ya han comenzado a actuar sus somatenes.

El COVID–19 de la bandera

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Durante la época negra de la dictadura, la bandera roja y gualda fue el símbolo del franquismo, del terror, de la sangre, de la represión. La población española, a excepción del régimen y sus elitistas satélites, identificaba la bandera con juicios sumarísimos, detenciones, torturas, muerte o prisión. Había obligación de izarla y arriarla en los colegios entre rezos y gritos adoctrinadores.

Durante la transición, la bandera de los vencedores fue símbolo de vergüenza para quienes la exhibían públicamente. A la par, contaminada por sus portadores, en su mayoría nostálgicos del régimen, era rechazada por la mayoría ciudadana que había optado por banderas más limpias, menos sangrientas, y perseguidas durante la larga pesadilla. La bandera permaneció en el armario de la indignidad hasta entrado el siglo XXI.

Fue en 2010. Fábregas pasa el balón a Iniesta, que lo empalma y lo manda a la red. El mundo grita ¡¡Goooool de Iniesta!! ¡¡España, campeona del mundo!! A partir de ese hito, la bandera fue desempolvada y se le aplicó una ortopedia deportiva con la que ha ido disimulando su notoria minusvalía histórica, su renqueo democrático. La ciudadanía, olvidada la perspectiva de la historia, instaló la bandera en su indumentaria cotidiana.

Apenas dos semanas antes del celebrado gol, el Tribunal Constitucional se pronunciaba sobre el recurso interpuesto por el Partido Popular al Estatut de Catalunya. Fue la culminación de la estrategia españolizante de la derecha para reivindicar la patria como la “unidad de destino en lo universal” falangista, el fascismo patrio. La estrategia del PP y de Ciudadanos ha consistido y consiste en agitar la bandera. Resultado: fabricar independentistas radicalizados a escala industrial donde apenas había un 10 ó 15%.

Antes lo hicieron con Euskadi y más tarde con el País Valenciá. Al grito de “España es una y no cincuenta y una” voceaban los padres y los hijos de la dictadura su rechazo a la democracia. Hoy, se suman a esta ideología facciosa los nietos radicalizados de las élites franquistas, los nostálgicos de la dictadura, y los cerebros de encefalograma rojigualdo se multiplican como un acechante virus devastador.

La bandera roja y amarilla vuelve a lucir las mismas manchas denigrantes de sangre y oro que tuvo durante tantas décadas: sangre de disidentes y oro para las élites. Como siempre ha sido, como debe ser, como dios manda. Las sucias manos, las zarpas de la ultraderecha y las garras de la extrema derecha, unidas en sus objetivos no democráticos, marranean todo lo que tocan y la bandera la están manoseando con fruición.

Es así como están consiguiendo que la enseña de todos los españoles, y de todas las españolas, vuelva a ser el siniestro y sucio trapo que fue hasta que lo indultó Iniesta. Ver a esas élites clasistas sobando la bandera, como un cura bigardo a un monaguillo, es repugnante. La bandera rojigualda comienza a desprender el acre olor a alcanfor, a polilla, a sangre inocente, a fosa común y a cuneta de siempre, con águila o con corona.