La memoria en la urna

peceraLa memoria de pez suele designar la inclinación al olvido y otras tendencias humanas relacionadas con la apatía, la monotonía o la simpleza de comportamiento. La memoria de pez ilustra el comportamiento ciudadano a la hora de ejercer el voto, como demuestran algunos resultados del domingo. Que PP y PSOE sigan acaparando algo más del 50% de los votos emitidos habla de cierta fidelidad de unos millones de votantes y también de la memoria de pez que ejercitan otros tantos millones.

Políticamente hablando la memoria de pez permite trasladar el voto cada X años de uno de estos partidos hacia el otro. Es así como se explica la delirante insistencia de esa parte del electorado en tropezar una vez y otra con la misma piedra. Castigar al PP votando al PSOE y viceversa es el reiterado error que ha llevado a este país a sufrir la corrupción, las políticas antisociales y la servidumbre hacia los mercados durante los últimos treinta años. Se puede afirmar que hay una bolsa de unos cuatro millones de españoles con memoria de pez, de besugos para mayor exactitud.

Lo más estimulante de las elecciones pasadas es que parte del electorado les ha dado la espalda apostando por otras formaciones, exentas de memoria negativa, que nunca han gobernado. No se sabe qué pasará en unos días cuando comiencen a dialogar buscando pactos, pero es seguro que los gestos y políticas alejadas del pueblo, basadas en el ordeno y mando, tienen los días contados. Al menos, de ser estafados o robados, que no sean las mismas manos de siempre una y otra vez votadas sin ilusión, con hastío, vergüenza y desánimo.

Quienes sí disponen de buena memoria son los tiburones del IBEX que utilizan el rojo en las cotizaciones para recordar que votar en contra de sus delfines puede doler a la sociedad. También en Frankfurt y Londres, las capitales reales de España, han sacado a pasear los adjetivos radicales para referirse a lo que no es PP o PSOE y advertir que lo sucedido a Grecia puede suceder aquí. Los mercados tienen memoria de elefante y advierten de los destrozos que pueden ocasionar en cualquier cacharrería.

Pero el radicalismo más atroz, sanguinolento y carpetovetónico ha aparecido en eso que se ha presentado a la alcaldía madrileña y que, a lo Millán-Astray, intenta vencer donde no ha logrado convencer. Esperanza Aguirre, el fósil condal que jamás condenó el franquismo, la exprimidora electoral de las víctimas del terrorismo, la populista musa de la corrupción, agita sus fantasmas. Esta mujer, este peligro para la democracia, se atreve a cuestionar a quienes han competido en las urnas y logrado unos resultados que hacen más deplorables aún los ya de por sí inexplicables apoyos obtenidos por la arpía.

No es senil demencia, que le sobrevino precoz con la democracia, sino la amenaza más que real de una radical de extrema derecha. Rodeada de gentuza de ultraderecha que le ríe la gracia y la alienta, como Fernández Díaz, Margallo o el mismísimo Aznar, a esta decrépita mente se le humedecen los sueños con otra nueva Cruzada. Llevan tanto tiempo repitiendo lo de comunistas y bolivarianos, que han llegado a creérselo ella y los cuatro descerebrados que han salido del armario franquista desde que Aznar ordenó quitarse los complejos.

Conviene no olvidar, conviene ejercitar la memoria para tener muy presente que la deriva emprendida por Aguirre, la banca y la patronal, es la misma letra y la misma música que enlutó a España durante cuarenta años. Canciones parecidas se han interpretado en diversos lugares del mundo a lo largo de la historia cuando las élites han visto amenazados sus privilegios. La condesa recita: Chile, Argentina, Cuba, Venezuela, España… Pinochet, Videla, Batista, Carmona, Franco… peculiar letanía de su santoral particular.

La condesa de Bornos y de Murillo delira porque no soporta tanta democracia. En su memoria, el pez grande siempre se comió al chico. Que el chico se defienda y proteja sus espacios es, para ella, sencillamente insoportable. Causa belli.

Días de voto y reflexión

voto

Hace treinta y tantos años, el acto electoral convocaba a ilusiones y pasiones a una población nada acostumbrada a la libertad y a las urnas. Los programas y los partidos gozaban de un crédito social cimentado en la necesidad de creer en algo diferenciado de lo que hasta entonces se había vivido. Hace treinta y tantos años, se buscaba, se comparaba y se votaba lo que se consideraba mejor, aunque la memoria reciente de entonces propició que en los primeros años de la democracia gobernase democráticamente quien fuera Ministro-Secretario General del Movimiento. Así era, y es, la España profunda que vota “lo que usted mande, señorito”.

Hoy, las elecciones convocan al hastío y el desencanto tras más de treinta años de continuas estafas programáticas y de partidistas abusos. Hoy, el próximo domingo, se votará con el desconsuelo de no conocer los programas y de saber que, si existen, no valen para nada. Candidatos y candidatas a concejales o diputadas ofrecen más de lo mismo y mendigan votos a cambio de nada, a pesar de que la palabra “cambio” es la más pronunciada, tanto que suena a falsa.

En Andalucía, aún no hay gobierno, sencillamente porque el sabio pueblo andaluz ha votado de forma mayoritaria a la candidata que inspira menos confianza de cuantos se presentaron. No se fían de ella ni en su propio partido donde ven cómo, empuñando la daga, ronda la espalda de su propio secretario general. Pasado el trago de la municipales, será Ciudadanos, su natural compañero centrista y liberal, quien haga posible que sea proclamada presidenta.

Anodina, mendaz y desfasada, mañana termina esta campaña electoral en la que unos y otras han vuelto a mostrar lo peor de cada casa. Apenas se ha hablado de programas y mucho y malo se ha escuchado del contrario en la dinámica de las últimas décadas que ha convertido la política en un dialéctico estercolero. Y tú más. De ahí, del político páramo putrefacto y del lodazal mediático, debe la ciudadanía elegir un voto, con la nariz tapada y la náusea removiendo el estómago.

A medida que se acerca la hora del voto, los resultados se van tornando escalofríos en la conciencia de cada elector que se sentirá cómplice de los mismos. Posiblemente, salvo en Cataluña y el País Vasco, las herederas del Movimiento serán las listas más votadas, un repelús democrático. Con inquietud se comprobará que el PSOE no abandonará el segundo lugar en ayuntamientos –ojo a Madrid y Barcelona– y autonomías si es que no consigue la primera plaza. Y el día 25 será el de la gran resaca, cuando más de medio país se pregunte “¿qué le pasa a España?”.

El cainismo, la indisposición al diálogo, el carácter autoritario o el egoísmo insolidario parecen históricas propiedades de la marca España que afloran en cada cita electoral. Se ha visto a Aguirre lavarse las manos, ante la corrupción que ella ha consentido y alentado, con el terrorismo etarra; a Rajoy y su gobierno negar a coro la realidad que asola a la gente normal, a los españoles de su España; a Pedro Sánchez y Susana Díaz hablar de unidad desde campañas separadas; a Rivera y a Iglesias improvisar candidatos y programas negando su condición de muletas del franquismo y de la socialdemocracia; y el resto de formaciones, perdidas en el abismo de la nada, esperan recoger los votos que a los cuatro mencionados se le escapen.

El pueblo se la juega con sus votos a cara o cruz, a todo o nada, con la moneda de la democracia más que nunca trucada. Los mercados controlan los votos con sus medios de comunicación, sus nuevos productos, su manipulación y su propaganda. El bipartidismo no se ha roto, como con ilusión se pensaba, sino que se ha duplicado con las nuevas formaciones mediáticas. El de la coleta y el de la corbata han acabado siendo un pinchazo de botox en las arrugadas ideas de los de la rosa y la gaviota, de los vividores políticos. Ya son de la casta.

Votar, no votar o ¿qué votar?

bicicletaEl optimismo exige cada día mayores dosis de ceguera, excepto en el caso de que sea usted alguien que disfruta con la desgracia ajena. Ya sabe… banquero, consejera de Endesa, ejecutivo de Telefónica, fabricante de armas, presidenta de multinacional… gente hecha a sí misma con la mochila de los escrúpulos completamente vacía y sus cuentas corrientes al borde de la saturación. Esta gente, que ha aprendido a cumplir sus objetivos renunciando a su humana condición como premisa indispensable para alcanzar la felicidad, sueña con figurar en la lista Forbes.

Son el tipo de gente que reparte granos de optimismo calculados, dosificados, a esa sociedad de la que extraen, por cada grano, montañas del milenario oro llamado plusvalía. Son insaciables y pretenden ser invisibles llamándose mercados. No le dé más vueltas, abra los ojos si aún no se los han sacado, mire a su alrededor: son ellos y ellas, apóstoles de la codicia, quienes gobiernan y mandan. O mejor no mire, para evitar la pulsión de tomar las armas: muy poca gente lo entendería y sería usted víctima de la sospecha ciudadana.

Más reales son los personajes que aparecen en los medios, en carteles, folletos o farolas, los que asaltan los buzones como candidatos a los que usted votará y que gobernarán a capricho de los anteriores. A estas alturas, la estafa, la reforma laboral y la recuperación han barrido el optimismo de la mayoría social. Como ejemplo, el pacto entre patronal y sindicatos para subir el 1% unos salarios devaluados entre el 10 y el 40% es una broma de mal gusto. Para Báñez y Rajoy es motivo de optimismo, para patronal y banca de orgullo y satisfacción por la reforma laboral impuesta y para Toxo y Méndez debería ser motivo para el exilio.

Desde el 15M los focos alumbran a la corrupción como problema estrella de la política española. Que PP y PSOE sean completos catálogos de chorizos y chorizas con mando en plaza no debiera preocupar más allá de la inverosímil querencia de la mayoría de los españoles a ser robados y estafados con el aval de sus votos. Rajoy, Aguirre, Chaves o Griñán escurren el bulto de forma burda y zafia, declaran incorruptos a sus partidos y la ciudadanía los sigue votando casi en masa. Esto sería inconcebible, patológico, si no estuviésemos en España.

La verdadera corrupción, la que debiera hacer saltar las alarmas, son las políticas practicadas por ambas formaciones en contra de los intereses del pueblo. Zapatero y Rajoy disfrutaron de un orgasmo simultáneo al modificar la Constitución para bendecir el robo de los “inversores”. Ahora que están en campaña, no les importa hacer el ridículo como llevan haciendo cuarenta años: mintiendo a boca llena. Da grima ver en bicicleta, promocionando la energía sostenible y la vida saludable, a las mismas y los mismos que penalizan el panel solar y subvencionan a la industria del automóvil como no han hecho con cualquier otro sector productivo.

Para calmar ánimos, en exceso calmados, la Europa de la banca y del mercado se ensaña con la Grecia que ha votado una opción menos rentable para ellos. La memoria es fugaz y ya nadie quiere recordar que la corrupción griega es siamesa de la española, iniciada por los Coroneles (aquí un Generalísimo) y rematada por liberales y neoliberales (aquí PSOE y PP). Las dictaduras militares y los gobiernos civiles siempre han salido de la cocina capitalista global y ahora, con una manzana en la boca, nos preparan para asarnos en la parrilla del TTIP, el culmen de la corrupción a gran escala.

Hoy que lo de Podemos va quedando en gatillazo, que IU ha vuelto a caerse de la cama y que Ciudadanos aporta al burdel patrio chulos frescos con los proxenetas conchabados, votar está muy complicado. El “que se jodan” de Andrea Fabra es el grito de guerra de los mercados, el que mejor define la pesimista realidad española: si les votamos, nos jodemos y, si nos abstenemos, también nos jodemos. Por primera vez en mi vida, no lo tengo claro. ¿Sería una opción votar lo que más les joda a ellos?

El cuento de Podemos

podemosSucedió en España, no hace mucho –de hecho, aún sucede–, que la gente se sintió indignada por el modo altivo, prepotente y rufianesco con que sus gobernantes actuaban y castigaban. Cosa prodigiosa fue ver que las calles y las plazas se llenaban sin que mediara gesta deportiva, desfile de famosos o la presencia de un Papa. Las calles, como digo, se llenaron de gente de clase media y baja para protestar y reclamar una oportunidad para la esperanza.

La clase política, fue entonces cuando comenzaron a llamarla casta, se preocupó, nerviosa se puso, se sintió amenazada. Hubo pánico entre caciques por los cuatro costados de España cuando la juventud se apropió del espacio público con altavoces y tiendas de campaña. Mano dura exigió el Partido Popular, buen rollito ofreció Rubalcaba y así, durante un año, protagonistas de la política fueron calles y plazas, hasta el punto de ser referencia mundial el movimiento de los indignados, la nueva marca.

Ganó el PP las elecciones, criminalizó las protestas, despreció la voz del pueblo y desalojó las plazas con brutalidad policial en desproporcionadas cargas. La soberbia y autoritaria derecha dijo, en su boca una infamia, que así no se arreglan las cosas, que el país vivía en democracia y que la indignación pasara por las urnas para ser homologada. Tertulianos sin escrúpulos, periodistas de pluma comprada y vividores corruptos –más de tres o cuatro, por cientos se cuentan– exigieron un partido para escuchar el ciudadano programa.

Ocurrió que el guante participativo fue recogido y la turbamulta se hizo partido, Podemos se llama, aclamado por el pueblo y por las élites temido. Al frente, para dar la batalla, se situaron personajes de andar por casa, sin experiencia política y de novedosa estampa. Quisieron los medios hacer de ellos espectáculo, subir las audiencias y ganar dinero con las cuotas de pantalla. Iglesias, Errejón, Echenique, Rodríguez y Monedero las nuevas estrellas se llaman. La estética hippy, la coleta, la silla de ruedas o el chaleco sin mangas fueron objeto de críticas y de chanzas por parte de las élites que dicen representar a la gente como Dios manda.

A toda prisa, contrarreloj, improvisaron candidatura para las europeas, las primeras votaciones a las que se presentaban. Un pasmo recorrió los espinazos de quienes ellos llaman casta al ver que conseguían nada menos que cinco actas. En guerra abierta se tornó la plácida batalla cuando periodistas, tertulianos, banqueros, empresarios, Génova y Ferraz sacaron la artillería pesada. De comunistas, bolivarianos, radicales, violentos y perroflautas les tildan con descaro para ver si el apoyo popular socavan. Por un contrato de 1.800 euros y una factura de 400.000, como a corruptos los tratan quienes han vendido el país a sus socios y amiguitos del alma.

Sucede hoy día que para salvarse de la quema y guardarse las espaldas, las derechas políticas, financieras, empresariales y mediáticas han recurrido a Ciudadanos que por allí pasaba. Caballero trajeado, bien afeitado, juvenil, fina estampa, Albert Rivera es la nueva estrella política y mediática, utilizada como crucifijo, ristra de ajos, martillo y estaca para combatir al vampiro de votos, el anticristo con coleta que al negocio parlamentario amenaza.

Pero es Pablo Iglesias, para Podemos y para sí mismo, la mayor amenaza desde que verticalizó el partido, la participación y la esperanza. Si no eres de izquierdas ni de derechas, si no estás con el pueblo ni con la casta, corres el riesgo de perderte, de acabar en la nada, como muestran los sondeos y los círculos en desbandada. La situación de Podemos y la figura de Pablo Iglesias quedan en un soneto de Padadú, bloguero compañero, poéticamente retratadas.

El cuento de Susana Díaz

ovejas

Lo contó el abuelo Roberto a sus nietos, cansado de que sus hijos no lo escucharan, cuando cumplió setenta años de vida quemada. Lo contó sin mucho convencimiento, admitiendo que el destino de la humanidad es repetir errores y reciclar fracasos, pero también lo contó por la necesidad que tienen los viejos de aliviar sus conciencias.

El lobo come ovejas –dijo desde la butaca– porque sabe que se dejan comer resignadas. Las ovejas piensan que son como los pastos, que han nacido para ser devoradas, bien sea por el lobo, bien por el pastor que las guarda.

Abuelo –replicó la nieta, inquieta y sabionda– los lobos necesitan comer para no morir de hambre, al igual que los demás animales incluido el hombre.

No es la actitud del lobo la peligrosa, sino la indolencia de las ovejas al ser zampadas. El lobo aprende a cazar en la manada y las ovejas, en el rebaño, aprenden a ser cazadas. Esto quiero que aprendáis: las personas no han nacido para ser devoradas por otras que han aprendido a cazarlas. Desconfiad de quienes os prometen una vida feliz como rebaño, de quienes dicen ser vuestros pastores o vuestros guardas, pues serán quienes den las primeras dentelladas.

La hija de Roberto, que desde la cocina escuchaba, no entendía la fábula y salió hasta el comedor para que su padre se explicara. Ella sabía de la rebeldía de su padre, sabía de su carácter insumiso y protestón que lo había llevado a la cárcel en los duros años de la posguerra. Sabía, o más bien quería pensar, que aquello no había servido para nada.

Papá –le dijo para que recapacitara–, Franco ya murió. Ahora vivimos en democracia.

Sí hija, ya lo sé. La memoria todavía no me falla. Sé que habéis votado para presidenta a una mujer que se autoproclama socialista, que dice luchar por el pueblo y respetar la dignidad de su fontanero padre.

Entonces, ¿a que vienen tantos lobos y ovejas?, ¿a qué tanta desconfianza?

¿Veis lo que os decía? –Los ojos del viejo dialogaban con los nietos–. Susana Díaz, pastora improvisada, ha aprendido a cazar en la manada del PSOE con los jefes González, Chaves y Griñán. Vuestra madre, en cambio, –ahora miraba a su hija– ha aprendido a obedecer callada, a aceptar su destino de oveja encarrilada.

El voto es libre, votar al PP es lo peor y, además, votar a otros no sirve para nada.

Roberto calló su boca, no así su alma. Pensó en la jugada de Susana para sacudirse la izquierda con la que gobernaba, pensó en los resultados de las elecciones, en sus forzadas promesas de regeneración para pactar con la derecha Ciudadana y en el consejo envenenado de Rajoy para que repitiera elecciones. Pensó el viejo, y no se equivocaba, que Susana no era de fiar, que era loba consumada, que detrás de ella estaban la patronal y la banca, las insaciables jaurías que desde hace casi ochenta años en España mandan.

Pensó en su hija y en el inmenso rebaño que hicieron de Susana la más votada. Pensó que era inútil, que era utopía, esperar que las ovejas despertaran.

El cuento del 1 de Mayo

Playa

A la salida de la fábrica, con el puente por delante y los recibos pendientes de pago bajo los pliegues del pensamiento, Juana preguntó a Roberto qué haría durante el largo fin de semana. “Iré a la manifestación” –fue la respuesta, tan seca como espontánea–. “¿Y tú, vendrás?” –fue la pregunta que se quedó sin respuesta cuando ella le pidió fuego para encender el cigarro, ya a la altura de su coche con las llaves en la mano insinuando una despedida pactada por el uso cotidiano–.

A Juana le desataban los nervios los asuntos sindicales, rodeados de falsos Rolex, de fraudes y de gambas. Ella era de resolver por sí misma sus asuntos, de no señalarse, como le enseñaron sus padres, de no andar en políticas y de pensar lo justo para soñar despierta que era feliz. Acabada la jornada por la que cobraba escasamente dos tercios de lo que necesitaba para vivir, comenzaba la jornada por la que no cobraba, una jornada de lavadora, mercado, escoba, cacerolas y de torear las cuentas que ningún mes cuadraban, aun sumando el subsidio de su marido en paro forzado. “Sindicatos –pensó esperando el cambio a verde del semáforo–, ellos van a lo suyo, no hacen nada por los trabajadores. Por culpa de ellos cobro la miseria que me pagan”. El verde y un claxon con prisas abortaron sus pensamientos hasta que llegó a casa.

Roberto había quedado con otros compañeros para preparar pancartas, reivindicativas y pobres, con trozos de viejas sábanas. Llevaban ya cuatro años reivindicando, en la fábrica y en la calle, un sindicalismo de clase a la vieja usanza porque no estaban de acuerdo con la clase de sindicatos que funcionaban en las últimas décadas compartiendo mantel, mesa y subvenciones con gobiernos y patronales, alejados de los afiliados y de la militancia. La estrategia de las pancartas, escritas con la tinta de la necesidad y el pincel de la conciencia, fue desde primera hora criticada y despreciada por los dirigentes sindicales. Pero habían creado escuela y el año pasado eran ya más de una docena las que se agitaban ante el escenario acompañadas por abucheos de los asistentes hacia los secretarios generales que hacían discursos de cubrir expedientes, aplaudidos y coreados por la corte de liberados que completaban la foto sobre la tarima.

El domingo, casualidades forzosas en ciudades pequeñas, coincidieron en el mismo bar a la hora de las cañas, Juana con su marido y su hijo, Roberto con tres compañeros de pancarta. “¿Qué tal la manifestación?” –preguntó el marido como quien pregunta por un partido de fútbol o por una gripe a destiempo, para entablar conversación–. “Poca gente para el paro que hay, muy poca para lo mucho que se trabaja y lo mal que se paga” –dejó caer el preguntado con un tono de tristeza sazonado con muchos granos de rabia–. Se hizo un minuto de silencio ante la presencia del camarero que descargaba ante ellos vasos de cerveza, una Fanta y un par de platos con tapas.

¿Y qué quieres? –volvió la charla desde la boca del marido de Juana– No pretenderás que le hagamos el juego a la pandilla de sindicalistas que han estafado con los cursos de formación, los EREs y todas esas gaitas…

No, hombre, no –respondió Roberto con cierta desgana–. Siempre será mejor hacerle el juego al gobierno que facilitó a tu jefe vuestro despido para contratar a tres por el precio de uno y al jefe de tu mujer que nos ha reducido el salario y aumentado la jornada.

Sólo el niño se atrevió a probar las tapas. Los mayores habían perdido el apetito de pronto y Juana sintió cómo la culpa de sus desdichas cambiaba de bando.

El cuento de Ciudadanos

conejo

Nada por aquí… nada por allá… ¡Alehop! ¡Le voilà!

Inocentes, los ojos del público, clavados por la danza de las manos, no miraban la chistera, ni a la mesa que la sostenía, ni al mantel del que sobresalían las cuatro patas de madera que en el suelo reposaban. Los ojos querían conejo, blanco a ser posible, para que sus mentes paladearan. Y paladearon, salivando, un joven gazapo de suave pelo blanco, breves patas, rabicorto y de orejas altas. El mago no comprendía que un número tan antiguo como la propia magia arrancara tanto aplauso, tanto vítor y tanta moneda que hasta el escenario volaban.

En el teatro, decía uno que borracho andaba: “El conejo estaba en la chistera… un negro cartón lo tapaba”. Y quienes le rodeaban le ordenaron callar en nombre de la decencia, afeando y echándole a la cara la cogorza de la que hacían gala su cuerpo y sus palabras. “Yo vi que el sombrero se movía, vi como temblaba”, decía un niño a su madre encantada. Y le dijo la madre que era figuración suya, espejismo de alma cándida, y le mandó que callara. Todos querían conejo y el conejo allí estaba. Nadie quiso saber del cartón ni de la trampa. El mago, satisfecho, mostrando a todos el conejo, saludaba mientras su cuerpo, hacia delante, en grotesca reverencia doblaba.

El empresario teatral, ante el inusitado éxito del ajado número de añeja magia, sonreía y sus avaras manos frotaba. Volvía a triunfar cuando el patio de butacas no se llenaba y se lo llevaban los demonios cada noche al hacer caja. En tiempo récord paseó el conejo por tertulias de noche, tarde y mañana y su foto circuló como promesa de novedad por todos los pueblos y ciudades de España. Todo el mundo al conejo de birlibirloque entregó su esperanza, a unas gustó, a otros engatusó y muchos consideraron que bueno sería si le votaban, nada menos que para alcalde, consejero o presidente, sin tener en cuenta su naturaleza o su maña. La gente quería cambio y cambio se les daba, cambio de conejo, no de chistera, ni de mesa, ni de mantel, ni de teatro, cambio de conejo para que nada cambiara.

A otros magos vecinos el ilusionismo ya no les funcionaba: a quienes sacaron rosa roja de la manga, se les tornó sonrosada, amarillenta, lívida y finalmente pálida; y quienes dijeron sacar de un sedoso pañuelo una paloma blanca defraudaron al público con una gaviota azul, moderna águila bicéfala de su antecesor a imagen y semejanza. Parte del público estaba contento, encontró el conejo que buscaba; otra parte se entregaba al mago que no tenía mano izquierda ni derecha, sólo coleta y mangas remangadas; pero la gran mayoría en los decrépitos magos confiaba porque a gato por liebre estaba acostumbrada. Así pasaban los días y ninguno de los teatros del todo se llenaba. El empresario, satisfecho de su hazaña, sonreía contemplando la caída de la gaviota y el ascenso del conejo favorito de la banca. El truco había vuelto a funcionar, sus temores tocaban retirada, abandonadas la rosa y la gaviota, la coleta neutralizada, prósperas para su negocio veía las próximas quince o veinte temporadas.

La irrupción de Ciudadanos, hábil y copiosamente planificada, no es magia, ni hechizo ni taumaturgia mundana, sino un vulgar cambalache, un mero juego de manos, abracadabra, para satisfacer a quienes andan distraídos por la necesidad y la propaganda. Pronto volarán los conejos y las gaviotas serán vegetarianas, cuando compartan deseos, escaños y programas. Se verán círculos con espinas y las rosas serán moradas, todos ansiando el poder, sus cotas y cuotas más altas. El público sufrirá más desencanto, pero seguirá exigiendo al niño y al borracho mantener sus bocas calladas.