La manada y el rebaño

Manada

Francisco de Goya y Lucientes realizó los más descarnados retratos de España y de los españoles, tal vez sintetizados magistralmente en la leyenda de uno de sus cuadros más célebres: “El sueño de la razón produce monstruos”. La razón, en España, padece un eterno sueño y los monstruos se han convertido en santo y seña del país, en la Marca España. También interpretó Goya a la perfección los momentos de lucidez de la razón española: el cuadro se llama “La riña” o “Duelo a garrotazos”.

España es un país de manadas, un país donde individuos de una misma calaña, abandonada la razón, se reúnen para imponer sus sinergias violentas, espurias y delictivas. A título individual, no son nadie, se diluyen en la nada, se desprecian ante el espejo porque, a falta de uso de la razón, se reconocen como monstruos en potencia. A partir de ahí, buscan la manada para sentirse algo, para decirse ante el espejo que son importantes, que se merecen lo que su sinrazón les dicta.

En España hay manadas de narcotraficantes (cárteles), de proxenetas (redes), de corruptos (partidos políticos), de franquistas (PP), de radicales (ultras), de estafadores (IBEX)… y de agresores sexuales en varios grados (machistas). Cualquier persona, educada por el sistema escolar, la familia, las redes sociales o los medios de comunicación, puede desactivar la razón y mutar en monstruo a la búsqueda de su manada. Las manadas son agresivas, compulsivas y regresivas.

El comportamiento de las manadas se normaliza a través de la eficaz labor de los medios de comunicación y de personajes mediáticos que tienen predicamento y altavoces. Influencers les llaman hoy los catetos digitales. España es un país que da protagonismo, que normaliza, a las manadas, que sacraliza y aflora la España negra y profunda de Goya. Lo de La Manada de San Fermín es un ejemplo. Un ejemplo de que España es también un país de rebaños.

A diferencia de la manada, el rebaño es un conjunto de personas con la razón ausente de sus cerebros que se reúnen para sentirse protegidas. Cualquier individuo integrado en un rebaño sólo aspira a comer regularmente, a dormir a diario y a que las dentelladas de sus predadores se las lleve cualquier otro miembro de la piara de la que forma parte. El gen salvaje es la esencia de la manada, a diferencia del gen gregario que define al rebaño cuyos miembros siguen ciegamente, sin usar la razón, ideas o iniciativas ajenas.

En este negro panorama aparece una Manada que viola presuntamente a una chica y los pastores se apresuran a mover el rebaño hacia un prado u otro. Normalizar es la palabra maldita que define sus comportamientos. La actuación de la justicia es, a estas alturas y no sólo por este caso, como mínimo impopular. No se entiende que rechace pruebas incriminatorias anteriores al 7 de julio y admita la labor de un espía posterior a ese día cuyo único objetivo parece ser criminalizar a la víctima en beneficio de la manada.

La actuación de los medios, concretamente de Nacho Abad, monstruo de la pocilga de Atresmedia, es un ejemplo de lo que vaticinó Goya. Es un síntoma del modelo social que padecemos en España, capaz de revertir los papeles convirtiendo la manada en corderos y el rebaño en lobos. Es simplemente asqueroso, amén de peligrosísimo, el debate propiciado en el que miembros de diferentes manadas hacen piña con los presuntos violadores y miembros de distintos rebaños balan como borregos los discursos, peligrosísimos, que les sirven en bandeja determinados medios.

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Banderas: trapos sucios

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Que un trapo de colores sea capaz de provocar reacciones en seres dotados de inteligencia dice mucho de esos seres y muy poco de su inteligencia. También un toro reacciona ante un trapo agitado delante de su morro. ¿Qué tendrán los trapos para provocar embestidas de seres humanos y animales? La respuesta no es fácil, pero todo apunta a la maña y la intención de quien los maneja. La maña es opinable, la intención casi siempre violenta.

Banderas y capotes, trapos a fin de cuentas, tienen como misión fundamental distraer la atención de animales y personas para ventaja de quienes los usan. Otra de sus misiones es establecer un código de comportamiento que permita el fácil manejo de astados y seres humanos propiciando situaciones favorables a quien los mueve. La falta de una mínima inteligencia hace que todos, animales y personas, entren una y otra vez al trapo.

El último siglo de España es un siglo marcado por trapos monocromos, bicolores, tricolores, o policromos. El personal ha ido identificándose con dichos trapos hábilmente manejados por abanderados con un denominador común: distraer al pueblo, a los diversos pueblos, mientras ellos ocupan el poder en beneficio propio. De todos los trapos, el rojigualdo es el más curioso, el hegemónico, el controvertido, el de las filias y las fobias.

¿Que cómo ha llegado a eso? Trapo impuesto a sangre y fuego, evoca al general Franco y su cohorte de psicópatas. El trapo rojigualdo es el símbolo de la más duradera dictadura de Europa, el más temido, el más odiado, el más repudiado por no representar al pueblo, sino a sus matadores. A pesar de su presunto refrendo en el referéndum constitucional, celebrado entre ruido de sables en los oídos y miedo en las venas, el escudo del sucesor en lugar del águila del dictador no ha servido para quitarle las manchas de la ignominia.

Hasta que llegó el mundial, el de Sudáfrica, pan y circo, incrustado entre otras dos gestas futboleras que sacudieron el trapo, lo airearon, le devolvieron un ápice lúdico de dignidad. Por fin representó algo decente para los españoles, aunque conservando su capacidad para distraer como sólo un trapo y el fútbol son capaces. Y llegó el PP, experto en hacer caja B con todo lo que toca, y volvió a secuestrar el remozado trapo rojigualdo para imponer sus políticas, tapar sus fechorías y, de nuevo, aplastar a los enemigos de “su” España. En sus manos, el Águila ha vuelto por sus abanderados fueros escoltada por esa derecha ultra a la que los populares no hacen ascos.

Como fuere que para crear un coro de necios hacen falta varios, despertó otro trapo aletargado con los mismos colores aunque más bandas. En esas anda España: entre trapos, entre señuelos, para tapar el latrocinio y las ambiciones de dos mafias, una española, otra catalana, ambas corruptas y antisociales, ambas insolidarias. Mientras el pueblo embiste a las banderas, las dos cuadrillas compiten por ver cuál recorta más, cuál recauda más, cuál evade más, cuál es más inhumana.

Banderas en las pulseras, banderas en los balcones, banderas en calzoncillos y bragas, banderas en los coches, banderas en las solapas. Ninguno de los abanderados representa a la España del paro, a la de la educación maltratada, a la de la sanidad malparada, a la de las míseras pensiones, a la España saqueada. Los trapos bautizados como estelada y rojigualda sólo representan, hoy por hoy, como siempre ha sido, a la patronal, a la banca, a las eléctricas, a los abusones del agua, a todos los que nos roban los bolsillos y el alma.

Olviden los trapos, olviden las banderas y, a la hora de votar, recuerden quiénes roban, quiénes maltratan, quiénes utilizan las banderas sin corazón ni entrañas. Las banderas, en sus manos, vuelven a enfrentar a los españoles, amenazan con quemar España. En sus manos, las banderas se convierten, sencillamente, en vulgares trapos sucios que nadie remienda ni lava.

¡¡A por ellos, oé!!

CNN

Partamos de la desgracia para aseverar que, cuando falta alimento a la razón, crece el odio en el corazón. España es un país empecinado históricamente en no pensar, salvo para pensar mal… y no acertar, sino errar de forma sistemática. Es horrible, pero la inmensa mayoría de los españoles, la clase política a la cabeza, hacen eterno el retrato que hizo Machado: “En España / de diez cabezas / nueve embisten / y una piensa”.

La orfandad de pensamiento se expone en el escaparate político capaz de lucir ejemplares de botarates sin parangón ocupando la presidencia del país o de sus territorios. El máximo exponente es Rajoy, no el único, pero sí el más vergonzante. Una porción nada despreciable de su electorado es gente gregaria por interés, insensatez o imprudencia, gente que embiste más que piensa, gente capaz de cantar el Cara al sol y balar “A por ellos, oé” a nada que ven una escopeta, una porra o una bala, a nada que desactivan su conciencia.

No es casual que un país con más seguidores de fútbol que asiduos de bibliotecas relinche “A por ellos” para violentar a quienes piensan diferente. No es fortuito que esos hooligans de neuronas enmohecidas consientan callados que les robe, les recorte, les reprima y se ría de ellos la banda de chorizos y ladrones que los gobierna capitaneada por el presidente. No es azaroso que ondeen trapos o pulseras para sentirse identificados con una marca ganadera grabada con hierro candente o grapada en una pata, en una oreja o en la frente.

Después de lo de Catalunya, nos encontramos con un país perfectamente preparado para inmolarse con bélica irracionalidad embistiendo a dos trapos de colorido semejante y diferenciados en la hechura de dos banderas que, sin pensarlo, han alistado a medio país en cada bando. Uno engañado por la rojigualda, otro por la estelada, Uno por un nacionalismo financiero, empresarial, absurdo, corrupto y manipulador, otro por un nacionalismo de características exactamente iguales. Sólo se distinguen por las franjas de sus banderas, una nueve, otra tres, ambas rojas, ambas gualdas.

Lamento vivir en un país en el que cerca de diez mil personas están dispuestas a desconectar sus neuronas, a no pensar, para cumplir ciegamente con la obediencia debida hacia quien le propone golpear a gente indefensa porque quien ordena no ha sido capaz de pensar y dialogar previamente. Cobran por ello, convertidos en sicarios o mercenarios. Es a ellos a quienes la masa dispersa por España ha coreado “A por ellos, oé” y, claro, la adrenalina se les ha subido a la cabeza y han golpeado y disparado, sin pensar, a un enemigo frágil y desarmado. Han ido “A por ellos, oé”.

Lamento vivir en el país de “¿Dimitir?, nunca jamás”, “¿Manipular?, lo que se pueda y más, lo mismo que robar”. Lamento vivir en un país en el que se suplanta el diálogo por el lenguaje de las armas. Lamento vivir en un país en el que la legalidad se hace cumplir según convenga. Lamento vivir en un país sin división de poderes real y efectiva. Lamento vivir en un país cuyos gobernantes consienten y se ufanan de que la dictadura no tenga fin y empleen sus métodos de terrorismo urbano y de estado, porque lo de ayer en Catalunya encaja en el calificativo.

A por ellos, oé”, a por nuestras familias, nuestras amistades y nuestro vecindario. “A por ellos, oé”, a por el Parlamento Europeo y a por la ONU, que piden explicaciones a un país iletrado, tosco y estrafalario. “A por ellos, oé”, que me cago en los catalanes, en los vascos, en los gallegos o en los canarios. “A por ellos, oé” y cantemos luego todos juntos el himno vencedor, analfabeto, y cavernario: “Lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo. Yo soy español, español, español. Que viva España”, la misma demencia que se grita, sin pensar, cada semana en las cátedras del español medio y mediocre, los estadios.

Adicción bélica

TrumpLa siniestra patología que afecta al mundo es una pandemia terminal cuya etiología, a pesar de su diagnóstico, no es combatida, sino que, muy al contrario, es alimentada con feroz feracidad. El negocio de la muerte es, sin duda, el que más millones de euros, dólares, libras, rublos, yenes, riales, yuanes y francos mueve en el mundo. Mucho más que la droga, las nuevas tecnologías y la prostitución juntas, el negocio de las armas es el dios/diablo que domina los destinos, regionales y globales, de la humanidad.

Armas, dinero, dogma y poder son los cuatro Jinetes del Apocalipsis que constantemente amenazan a la humanidad y cotidianamente sacian su sed de sangre en cualquier rincón del mundo. El negocio es el negocio y la utilidad y eficiencia de las armas, su rentabilidad, se mide en vidas humanas. Sirva de ejemplo la vida y obra de Prescott Sheldon Bush (padre de George H. W. y abuelo de George W., bélicos presidentes donde los haya), que amasó fortuna comerciando a la par con Hitler y los aliados antes y durante la segunda guerra mundial.

Sirva de ejemplo la historia de los Estados Unidos, el país con más guerras en su mochila, el país con más armas, más dinero, más dogmatismo y más poder del mundo. Las guerras serían evitables si los intereses económicos desparecieran de las mesas de negociación, si el peso de la razón fuera superior al de los insaciables bolsillos de muñidores y negociadores. La guerra es un negocio y el dogma neoliberal determina que nadie tiene derecho a cercenar las ganancias de los inversores.

El belicismo se reproduce con escrupulosa regularidad: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, etc., etc., etc. A ellas se suman las llamadas “guerras olvidadas” que afectan al continente africano, donde el negocio de la muerte coloca sus excedentes y productos obsoletos, y los golpes de estado que salpican de sangre la historia latinoamericana, sin olvidar eso que hace Israel en Palestina para lo que no hay nombre ni perdón posibles. Todo ello belicismo de etiología económica, cruenta incubación y resolución traumática.

Los dogmas, a través de los púlpitos hollywoodienses y los sanedrines mediáticos, controlados por los poderes financieros, han destrozado las venas de la ciudadanía inoculando la droga que hace creer en guerras buenas y guerras malas. La cultura de la muerte está arraigada, tanto que las armas pasean por nuestras calles investidas de autoridad otorgada a uniformes con licencia para matar, tanto que las máquinas de asesinar se han convertido en producto de consumo social.

El mayor arsenal mundial está en manos de un trilero sin escrúpulos: armas, dinero, dogma y poder, cuatro afeites que acicalan a Donald Trump. En la línea de los Bush, es su cultura, no ha dudado en bombardear Siria entre aplausos de psicópatas como Netanyahu, Abdulaziz o Erdogan, entre apoyos de sus lacayos y encendidos vítores del Estado Islámico. Esta vez no ha caído en el error de la falaz existencia de armas químicas, esta vez “alguien” las ha usado de verdad y, con inaudita celeridad, ése “alguien” ha sido identificado, tal vez antes de que el sarín impregnase el pútrido aire sirio, condenado, ¿para qué un juicio?, y unilateralmente castigado.

España, la triste España maniquea de deleznables etarras y fascistas afables, figura en los primeros puestos del ranking de países exportadores de armas. Esa España adicta al belicismo es capaz de sancionar a un bombero por negarse a custodiar armas para Arabia Saudí, capaz de enviar a dicho país al Rey en misión comercial para vender esas armas y capaz de colocar al exministro de defensa, hombre del negocio de las armas, de embajador en EEUU.

Los efectos secundarios de la adicción bélica son letales y destructivos como la misma droga que la produce. Disuelta y desarmada ETA, ¿qué dirán los camellos y traficantes patrios, a quién culparán, en el bajo ningún concepto admisible supuesto de un nuevo atentado como el de Atocha? La base de Rota es un nido de víboras que con su bélico veneno esculpen una diana sobre la piel de toro. Se quema quien juega con fuego.

La derecha indecente

Indecentes

Da igual hacia dónde miremos, es indiferente a quién escuchemos, lo mismo da que sea un concejal de aldea o el mismísimo presidente del gobierno: el Partido Popular es una indecente máquina de generar vergüenza en la ciudadanía. Vergüenza de lo que dicen, de lo que hacen, de quién, de cómo, de cuándo, de dónde y de por qué lo hacen y dicen. Y, viendo el apoyo electoral que disfrutan y padecemos, vergüenza de la Marca España: vergüenza de ser español o española.

Se puede pasar por alto la grotesca oratoria de Mariano Rajoy, su capacidad para hacer del ridículo su seña de identidad personal e intransferible, su manifiesta incapacidad comunicativa y hasta su déficit de comprensión oral y lectora. Se puede asumir, y es grave, el papel del Presidente del Gobierno como estulto oficial del PP para vergüenza de quienes lo han votado y de quienes sufrimos en carne propia sus desmanes ideológicos y su socialmente nociva práctica política. Lo que es insufrible es lo que dicen/hacen quienes conforman su ecosistema partidista.

Es una indecencia que la concejala Aguirre afirme sin despeinarse “Yo soy la principal víctima de la corrupción”, corrupción masiva y sistémica practicada por sus correligionarios y amiguetes, con su plácet entre otros (sed fuertes, corruptos), desde la metrópoli madrileña hasta la última parroquia gallega. Es indecente cómo diluyen la Justicia en la ciénaga de impunidad sobrevenida en los últimos meses a raíz de las sentencias dictadas al amparo del poder político/judicial que homologa a España con cualquier república bananera.

Es una indecencia el lucro electoral que el partido que sustenta al Gobierno de España obtiene del terrorismo de ETA a la vez que defiende a ultranza, y subvenciona, el legado del terrorista Francisco Franco. A la vez que estrecha lazos, y no en el cuello precisamente, con el terrorista régimen saudí. A la vez que pasa de vergonzosas puntillas por el terrorismo machista. A la vez que fomenta e impone el terrorismo laboral, energético, financiero o habitacional.

Es indecente escucharlos reivindicar la libertad de prensa después de los atropellos que han hecho, y hacen, en cuantos medios de comunicación públicos caen en sus sucias zarpas. Después de imponer la Ley Mordaza, esta vez sin recurrir a las armas. Después de encarcelar a titiriteros y juglares. Después de marcar las líneas editoriales de los medios de comunicación mediante llamadas telefónicas y adjudicación publicitaria. Después de querer silenciar hasta las redes sociales.

Es indecente que el partido que ha recortado, y más que va a recortar, en organismos para la vida (sanidad, dependencia, investigación…), nos diga, a través de Cospedal, que invirtiendo en el Ministerio de la muerte “todo son ventajas”. 20.000 millones se deben de Programas Especiales de Armamento desde que Morenés aterrizó en Defensa con Aznar. Un 30% va a aumentar el presupuesto de Defensa. Una vergüenza más que añadir a la propiciada por Federico Trillo.

Estas cosas, y muchas otras, se producen en un país de vergüenza. Un país que se refleja indecentemente en las audiencias de la telebasura. Un país de poco pan y muchísimo circo. Un país de charanga y pandereta, de toros con IVA reducido y carnavales (sólo como Dios manda). Un país con flagrantes incoherencias: muchos obreros de derechas, unos pocos homosexuales de sacristía, bastantes mujeres machistas y, no lo duden, algún que otro negro del Ku Klux Klan. Sólo un país así puede explicar lo que tenemos: una derecha indecente, porque se lo puede permitir, porque se le permite.

Hernando, el PP y la purga franquista

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Mujeres rapadas por los franquistas en Oropesa (Toledo) por ser familiares de republicanos

Las moscas son insectos con inclinación al incordio (Pseudolynchia canariensis o mosca cojonera) y vocación escatológica (Sarcophaga carnaria o mosca de la carne). El gárrulo portavoz del PP, Rafael Hernando, es un ejemplar antropomorfo de mosca cojonera que inocula excrementos e inmundicia cada vez que abre la boca, un bocazas de toda la vida, un matón de discoteca. Su rictus, su pose portavocera, revela un cínico disfrute cada vez que esparce desprecio sobre otras especies no peperas.

El último zurullo adherido a su trompa duele. “Los comunistas son muy de purgas”, ha dicho. Duele por lo que calla, no por lo que se le escucha. Considerar comunista, etarra, bolivariano o radical, a cualquiera que se sitúe a su izquierda entra en el juego dialéctico de la extrema derecha española para descalificar. Tales ofensas, presuntas y presuntuosas, hablan de quien las profiere. En la España del siglo XXI, dichos epítetos evocan los luctuosos ecos de los golpistas y falangistas que llevaron a cabo la mayor purga habida en la historia del país tras un golpe de estado militar.

Sí. El PP se reivindica como legítimo heredero del franquismo en su ideología y en su praxis política. Basta recordar que su fundador fue un ministro franquista y que otros muchos personajes amamantados por la dictadura nutren sus activos políticos. Basta recordar la férrea oposición del PP a la Ley de Memoria Histórica: “Los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”, otra hez salida de la sucia trompa de Hernando.

No quiere la Pseudolynchia pepera que se airee la purga fascista llevada a cabo por sus carniceros referentes ideológicos. Se niega la facción de extrema derecha del PP, más numerosa de lo democráticamente asumible, a que se cierren las heridas causadas por los suyos. Ellos y ellas son más de asaltar la calle –“la calle es mía”, Fraga dixit y Fernández Díaz fecit– y bombardear cunetas y fosas comunes. Son más de misa el 20 N, visita al Valle de sus Caídos y homenajes en Casa Pepe.

La sucia historia del PP, su sucio y reivindicado pasado, es la historia de una larga purga que duró cuarenta años. Ese sucio PP es la extrema derecha española posfranquista, la que ensucia aún más la enseña rojigualda anudándola a sus muñecas, la que sigue purgando la diversidad de España. El resto de la ciudadanía, la que no comulga con su modelo, con su dios y con su rey, pues eso: comunistas muy de purgas, aunque nacionalcatólicamente purgados.

Rafael Hernando es el matón especializado en tapar con sus ignominiosos vómitos verbales lo que realmente es su partido, una formación podrida. Se siente muy a gusto ventilando mierda hacia los demás para que los suyos saboreen a solaz el excremento de la corrupción, la deposición de los recortes y las boñigas financieras y empresariales. Hernando oculta, desvía, manipula las miserias de su partido con la voracidad de las moscas, que es de lo que se trata.

Hay veces, lentas y pocas, en que una ligera brisa de justicia hace una purga en el Partido Popular y limpia algunos de sus casi infinitos casos de podredumbre. Una muestra de la gran purga realizada en España, llevada a cabo por quienes vergonzosamente no han sido condenados y sí son apoyados por Hernando y su partido, se puede leer y ver aquí. Ya vendrá el portacoz del PP en el Congreso a decir que es mentira y estirar sádicamente la herida de las víctimas jamás cerrada.

Otro ripio que desmiente la cordura de la gente

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Más perdido que yo, me envía Padadú “El Bardo” un genial soneto que a vuestra opinión someto:

Un plátano, chorizo y mortadela
nos brindan este vívido retrato:
dan ganas de meterle al mentecato
el plátano por donde más le duela.

En esa Norteamérica tan lela
votantes del cenutrio candidato
lo van a lamentar dentro de un rato,
pero eso a los demás no nos consuela.

Y aunque parezca lógico el desprecio
al yanqui subnormal cazurro y necio
que tima un charlatán con su calaña,

mejor no presumir de inteligencia
pues si votan allá tal presidencia,
pensad a quién votamos en España.