Heces tras las banderas (*)

11N

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht

Recién contados los votos en las urnas, una de las primeras tareas es peguntarse ¿a quién hay que felicitar? Es costumbre inveterada que todos los partidos hagan almibaradas lecturas de cualesquiera que sean sus resultados. Todos tienden a expurgar en los datos hasta encontrar una futilidad que, debidamente hinchada, les sirva para proclamarse vencedores. En las cuatro últimas décadas, venda quien venda sus resultados, siempre hay un claro perdedor, siempre el mismo: la ciudadanía.

En primer lugar, hay que agradecer (no felicitar) al 70% del electorado que ha tenido a bien ejercer su derecho al voto. En segundo lugar, hay que valorar el ímprobo esfuerzo del bipartidismo y sus aliados para dinamitar a los dos partidos que le hacían sombra, casi lo consiguen. Analizando los datos de esta noche electoral, se me ocurre que hay que felicitar sin paliativos a mucha gente catalogada en distintos estratos sociales.

Felicitar a todos los machistas de este país, que no son pocos, porque al fin tienen quien defienda a los asesinos de más de 1.000 mujeres y a los cientos de miles de maltratadores, que ya está bien. Felicitar a quienes condenan a las mujeres a la maternidad no deseada, a la sumisión al marido, a la inferioridad en todos los ámbitos, a quienes las cosifican. Felicitar a quienes odian el amor que no se produzca entre un hombre y una mujer, como su dios manda.

Felicitar a los vendedores de pensiones, seguros médicos y educación privada. Felicitar a quienes nos prefieren viejas empobrecidas, enfermas y analfabetas. Felicitar a quienes se benefician de las amnistías y los paraísos fiscales, a quienes se enriquecen con la mengua de salarios y la precariedad, a quienes pagan sólo del 2 al 10% de impuestos sobre beneficios, a quienes pactan precios de servicios básicos privatizados, a quienes hacen del derecho a la vivienda una utopía. Todos ellos cuentan con el apoyo en el Congreso de doscientos sesenta y nueve diputados, como mínimo.

Felicitar a la raza blanca, siempre que rece en español castellano-leonés. Felicitar a los payos, siempre que recen en español castellano-leonés. Felicitar a los católicos, apostólicos y romanos, siempre que recen en español castellano-leonés. Felicitar a quienes se niegan a que se dé digna sepultura a todos los asesinados que en su momento no rezaron en español castellano-leonés. Felicitar a quienes por fin tienen quien rezará por ellos en el Congreso en español castellano-leonés.

Todos ellos y ellas han sido depositarios de los votos de más de diez millones de personas a los que se suman otros casi siete millones en determinados casos. Así que enhorabuena a quienes siempre ganan las elecciones sin presentarse a ninguna. ¿Que cómo es posible esto? Muy fácil: hay mucho analfabeto político engatusado con patrias falsas e hipócritas banderas que los incapacitan para ver sus propias necesidades y todas las heces que tras ellas esconden los trileros del Congreso.

A lo largo de la historia, en España y el extranjero, los bipartidismos han funcionado como lo hacen hoy en España y uno de sus efectos más indeseables es el auge de los fascismos populistas apoyados por incautos y analfabetos políticos. Así se explican los resultados de Vox, a pesar de la corrupción y los delitos de sus dirigentes (un ejemplo, otro y otro más), a pesar de sus mentiras compulsivas y a pesar de su financiación por el terrorismo islámico iraní.

(*) Este artículo ha sido enviado al periódico Lucena Hoy para su publicación como artículo de opinión. Han rechazado publicarlo por supuestos insultos a los electores de Vox y por entender que se habla de delitos que están en los juzgados. Juzguen ustedes.

Equívocos para gente incauta

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Como adicta, sólo por imperativo vital (o eso intento), a las compras, reconozco que desde hace un par de décadas me pierdo en los templos del consumo. No me refiero a las grandes superficies, diseñadas como laberintos para que tardes en salir de ellas, sino a la tienda de la esquina, sin ir más lejos, de escasos cincuenta metros cuadrados. Me pierdo también en los catálogos que compiten en acoso dentro de mi buzón con la propaganda electoral.

Hay productos que no atino a saber para qué sirven o cómo se usan. Superan mis expectativas y mi experiencia vital. Unos me dejan pasmada, como los alimentos plastificados tanto en su presentación como en sus irreconocibles sabores y texturas. Otros me ponen de los nervios, como los fabricados con obsolescencia programada. Y otros me parecen una tomadura de pelo cuando veo su precio disparatado impuesto por la moda o por la marca.

Procuro mantener a raya la publicidad, peligroso calzador consagrado del consumo compulsivo y desaforado, y satisfacer sólo mis necesidades primarias. Un detalle que llama mi atención es la frase impresa, como quien no quiere la cosa, en multitud de envases y etiquetas de todo tipo de productos: “Manténgase fuera del alcance de los niños”. La mente poco hecha de los niños puede llevar a equívocos peligrosos para la salud.

Procuro tener formado mi criterio para alejar los peligros de las víctimas y evitar convertirme yo misma en damnificada accidental. Es necesaria la frase, sí, pero es imprescindible una correcta educación al respecto de la infancia y de la población en general. Lo mismo me ocurre con la mercadotecnia electoral: con cada nueva convocatoria me siento más perdida. Casi todos los productos son manufacturados por un mismo fabricante cambiando sólo el color de los envases y la marca.

Esta nueva temporada de votos, listas y listos, la moda política liquida excedentes de otros años para hacer caja. ¿Quién necesita nacionalismos vascos, catalanes o españoles?: los capos y profesionales de la política, enquistados en el sistema como un cáncer de lobbies y puertas giratorias. Mis necesidades son muy básicas: empleo de calidad, salarios decentes, servicios públicos no privados, pensiones, precios justos y asequibles, impuestos sin paraísos fiscales… Creo que no difieren mucho de las necesidades de quienes me rodean a diario.

Nada de esto veo en los estantes, en los catálogos o en los pregones de los comerciantes de votos. Sólo banderas, banderas, banderas y más banderas, envueltas en celofán de algarada o envasadas en plástico de porra y tanques. Casi todos venden lo mismo, banderas, las de siempre, totalmente al margen de las necesidades básicas de la ciudadanía. Bajo las banderas, casi todos esconden los productos que nos endosarán tras la jornada electoral.

Los productos escondidos son muy parecidos en casi todos los partidos: privatización de la sanidad, la educación y la asistencia, desmantelamiento de las pensiones, reducción fiscal para los ricos, vivienda inalcanzable, vista gorda con eléctricas, agua y banca, mochila austriaca y más reforma laboral, mordaza, etc. Los programas electorales, como la propaganda, deforman la realidad, la esconden o manipulan. En ellos debiera aparecer, en lugar visible y destacado, la leyenda “Mantener fuera del alcance de los niños… y de las personas incautas”.

El bipartidismo que no cesa

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Sentencia la teoría capitalista que la competencia regula el mercado y hace bajar los precios. Demuestra la práctica capitalista que eliminar la competencia es lo mejor para controlar el mercado y elevar los precios. Así actúan empresas y bancos: a menos competencia, mayores beneficios y menores salarios. La ciudadanía contribuye a engordar sus cuentas de resultados con el beneplácito y la vista gorda de todos los estamentos del estado.

Lo mismo ocurre en la política. La historia demuestra que la concentración de votos en dos partidos siempre beneficia a banqueros y empresarios, perjudicando para ello al pueblo llano. Las élites financieras y empresariales lo tienen claro: apuestan siempre por los mismos caballos, por PP y PsoE y ahora, para estimularlos, por Ciudadanos. Hubo un tiempo en que disimulaban y tapaban sus apaños, pero se ha hecho evidente en los últimos cuarenta años.

La propaganda, el consumo, las redes sociales y el hastío distraen al electorado de esa corrupta democracia que lo tiene atrapado. A nada que ha surgido un conato de competencia, las alarmas del sistema han saltado. Cinco años de bombardeo mediático, cinco años con bulos y mentiras acosando, cinco años de podredumbre en las cloacas del estado, para deshacer la competencia han bastado. A fondo las derechas y el socialismo bellaco a esta tarea se han entregado.

Cinco años sin gobiernos, cinco años de abandono, cinco años miserables y vergonzosos, cinco años entregados a la causa de restaurar el bipartidismo roto. Se han quitado la careta el banquero, el obispo y el patrono, les va saliendo bien la treta: volverán la corrupción, las estafas y el cohecho de nuevo. Les viene bien a todos que el hastío ciudadano se convierta en abstención, el silencio de los corderos que, cabizbajos y tristes, caminan hacia el matadero.

Cinco años en los que la única actividad política ha sido conducir lo público al cero: la sanidad, las pensiones, la educación y los impuestos. Cinco años reflotando la competencia privada a costa del ciudadano, cinco años de continuo retroceso. ¿Y qué ha ocurrido en cinco años en el político tablero? Que la derecha se ha enrocado en el extremo mientras el socialismo se ha posicionado entre la derecha y el centro: así han movido las piezas Casado, Rivera y Pedro.

Era de esperar que PP y Ciudadanos se radicalizaran, atendiendo a las órdenes de Aznar, a la voz de su amo. Y era de esperar que el PsoE siguiera la estela derechista de González y Guerra, sin chaqueta de pana, sin atender a los descamisados. Pedro Sánchez ha calcado la estrategia de su enemiga Susana: a la izquierda ni agua, a la derecha un abrazo. Pedro Sánchez y Pablo Casado, rostros amables de la derecha de centro y de la extrema, se han conjurado: uno para liquidar a Unidas Podemos, el otro para hacer lo mismo con Ciudadanos.

En las próximas elecciones habrá voto sobrado para que el bipartidismo reconquiste su viejo trono oxidado. Ése era el objetivo de las élites, ése su sueño perturbado por la peligrosa presencia de políticos en su contra posicionados. Durante cinco años, la prensa dependiente y los dos partidos citados a ello han dedicado incansables esfuerzos, mucho dinero y mayor descaro. Volverá el bipartidismo, preñado de corrupción, puertas giratorias y escándalos: ése será el resultado.

Nunca se fueron, nunca se han ido, como día a día se ha comprobado durante los últimos cinco años.

Conciencias ocultas

BEBES

Poco a poco, como la arena de un reloj, regresan al imaginario colectivo las conservadoras ideas que se oponen al raciocinio, al progreso colectivo. Grano a grano, se convierten en sólida piedra los sentimientos más profundos de los corazones hasta hacerlos impermeables al concepto de humanidad. Es la muralla ideológica que la perversa arquitectura insolidaria, egoísta y vicaria de las élites ofrece a la ciudadanía como defensa de los males que ellas mismas producen.

El papel de la mujer como doméstica mucama al servicio de los hombres, con derecho a pernada, es reclamado por el neoliberalismo con el mitrado aplauso de la jerarquía católica. Siempre han defendido, señoritos de casino y clero bigardo, que la mujer es un ser inferior, una cosa, una propiedad inalienable como un piso, un tractor o un reloj de pulsera. Y ahí tenemos de nuevo al neoliberalismo oponiéndose a algo tan simple, y peligroso para sus fines, como la igualdad.

Desde tiempos inmemoriales, el pensamiento conservador ha señalado a sus víctimas como la parte de la humanidad que, además de robarnos, ostenta diferencias en el sexo, la piel, el idioma, la cultura y la religión. El conservadurismo ya lo hizo en la historia más reciente con los negros en USA y los judíos en Alemania, pero es consciente de que el pueblo olvida su historia y se condena a repetirla. Se está viendo hoy mismo en USA, Europa y el despiadado estado asesino de Israel.

Así lo demuestran los populistas ascensos al poder de monstruos sin conciencia como Trump, Salvini, Orban, Le Pen o monstruos de letal conciencia franco–aznariana como Abascal y los suyos, Casado y los suyos o Rivera y los suyos. Todos ellos, y ellas, sin excepción, repiten la liturgia de la arena que filtra sus granos en el reloj de la historia una vez colocado de nuevo boca abajo. Los púlpitos mediáticos y eclesiales horadan las conciencias para que la arena petrifique cerebros y corazones.

Suelen ser personas adictas al incienso y las sacristías, hábilmente pastoreadas, quienes mejor responden con sus votos al llamado de sus rabadanes. Suelen ser personas de conciencia dominical quienes, entre semana, apartan de sí conceptos como caridad, solidaridad y humanidad. Son seres vacíos de valores que no ven seres humanos, sino amenazas a su individualista egoísmo. Son gente que defiende a ultranza la misoginia y la xenofobia como seña propia de identidad.

El odio a la diferencia se extiende en la sociedad como una suerte de peste negra que corroe la convivencia y produce víctimas ante la indiferencia de esas mayorías sin conciencia. Es la ideología neoliberal, retrógrada y conservadora la que, en el siglo XXI, reproduce mensajes supremacistas (fascistas también vale como epíteto) en contra de esa parte de la humanidad a la que ve como una rémora para alcanzar su fin: satisfacer la codicia de sus conciencias.

El imaginario colectivo está henchido de falacias sobre el machismo y el racismo: denuncias falsas (PP, Ciudadanos y Vox), violencia intrafamiliar (PP y Vox) o doméstica (C’s), emigración delincuente (Vox), emigración subvencionada (Vox, PP y C’s), etcétera. Utilizan añagazas para señalar a estas personas (seres humanos, no se olvide) como la causa de todos los males económicos y sociales que sufre la ciudadanía en general y que el propio neoliberalismo produce.

Los perros y las perras de Aguirre

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Antes de apropiarse de ella Aznar, la idea de una derecha sin complejos la expuso José Mª Olarra (industrial vasco, senador designado a dedo por Juan Carlos I, militante de Alianza Popular y luego del Partido Popular) cuando fantaseaba con crear un partido integrado por el Frente Nacional, las Juntas Españolas y personajes de la catadura de José María Ruiz Mateos o Jesús Gil. Tal idea fue el resurgir del franquismo agazapado en espera de su oportunidad. Y la tuvo. Y la aprovechó: tres cabezas visibles tiene hoy la hidra.

Con proclamas populistas cimentadas en la apropiación partidista del terrorismo etarra, la unidad de España y la reserva espiritual de Occidente, obraron el milagro de arrebatar el poder al PsoE. Las élites financieras y empresariales habían recuperado el espacio oligárquico y plutocrático que disfrutaron durante el franquismo con los gobiernos de Felipe González. Las reformas laborales, la reconversión naval, las privatizaciones y la corrupción dan cuenta de ello.

La derecha sin complejos no estaba dispuesta a ceder tan sustancial negocio a unos socialistas nominales y desplegó toda su artillería en una intensa batalla que culminó con el ascenso al poder de Aznar en 1996. Eran tiempos en que aún había políticos de raza en ambas formaciones, incluso algunos de ellos creían en la democracia. Desde que el Partido Popular ejerce el poder a nivel nacional, autonómico, provincial o local, la corrupción es y ha sido la brújula de la formación, adobada con radicales propuestas ideológicas remanentes del franquismo. Sin complejos.

Durante cuarenta años (añadidos a los cuarenta anteriores), las élites económicas del país han disfrutado de lo lindo amañando los gobiernos del bipartidismo que han ido viendo caer a los políticos de raza en el ostracismo o en la ignominia judicial. Con la irrupción de nuevas fuerzas políticas, tanto el bipartidismo como las élites vieron peligrar su negocio ante el empuje de ideas frescas, y no tan frescas, de jóvenes despiertos y bien amueblados políticamente.

Caídos en combate los políticos de raza, tanto el PsoE como el PP han desempolvado a sus respectivas momias y dejado el debate político en manos de lo más mediocre de la política española. Es lamentable que la altiva Susana Díaz sea la política más votada en Andalucía, que el ayuntamiento de Madrid haya caído en manos del gris Almeida o que la Comunidad de Madrid sea gobernada por la anodina Díaz Ayuso. La vulgaridad se ha instalado inexplicablemente en el electorado.

Tanto el PP como el PsoE tienen como horizonte inmediato acabar con las alternativas de poder. Pedro Sánchez se está esforzando para eliminar a Unidas Podemos con el mismo denuedo que Casado lo hace con Ciudadanos. Hay que meter bajo las alfombras a las alternativas para que parezca que la podredumbre contrastada del bipartidismo brilla de forma irremediable. No se puede consentir, las élites no lo consienten, que se hagan políticas en favor de las clases populares. El negocio debe seguir funcionando sin complejos.

Las dos formaciones que han hipotecado a España, las dos formaciones que condenan a la pobreza como modo de vida, las dos formaciones más corruptas de la historia, han conseguido restablecer el bipartidismo, a mayor gloria de las élites. Llegan los tiempos de la política chabacana, soez y chocarrera. Llegan los tiempos en los que la presidencia de la Comunidad de Madrid recae en la community manager de las cuentas oficiales del perro de Aguirre en las redes sociales. Mérito tiene, sin complejos. Es una más de las mascotas de Aguirre, como Casado o Abascal, entre otras y otros.

El ¿camarada? Pedro Sánchez

Camaradas socialistas

La palabra camarada tiene que ver en su origen con compañía, amistad y confianza. Luego, se utilizó para referirse a correligionarios y compañeros en partidos políticos y más tarde, hasta hoy, se ha acotado su uso a la militancia de izquierdas. En el último siglo de historia, el PsoE, presunto partido de izquierdas, ha huido de la palabra camarada como ha huido de toda simbología que pueda identificarlo con posiciones inequívocamente alineadas con el pueblo.

Durante la II República, el socialismo nominal hizo que el PsoE dinamitara desde dentro los gobiernos republicanos. Durante los negros años de la dictadura, este partido, con fuerte implantación social, hizo de avestruz dejando una cúpula testimonial en el exilio para no molestar a las élites financieras y empresariales del franquismo. Había que esperar la oportunidad, nada de resistencia, puro oportunismo. Algunos y algunas “socialistas” respondían, con miedo y vergüenza, más vergüenza que miedo, cuando eran interpelados con la palabra camarada.

Y, en esto, murió el generalísimo en la cama y, en esto, aparecieron Isidoro y el hermano de Juan Guerra enarbolando la bandera de los parias, de los descamisados, hecha de pana. Los del Clan de la Tortilla se impusieron, y cumplieron a la perfección, la hercúlea tarea de borrar la palabra camarada de su diccionario socialista. En realidad, no la borraron, sino que la desplazaron cubriéndola de un significado peyorativo para referirse a la izquierda, a la verdadera. Desde entonces, la misión primordial del PsoE ha sido, y es, destruir todo lo que hubiera a su izquierda para presentarse como La Izquierda.

Impulsados por la banca y grandes empresas como PRISA, y con el apoyo social de los descamisados, los socialistas gobernaron desde 1982 a 1996 con holgada suficiencia. Bastaron apenas tres legislaturas para que el rodillo se cebara con las clases trabajadoras: contratos basura, privatizaciones, reconversión industrial, OTAN, olvido de la reforma agraria, etc. Bastaron cuatro años para que la tradicional corrupción franquista fuese sustituida por la corrupción socialista.

En la última legislatura de Isidoro, prefirieron pactar con la derecha catalana antes que con la izquierda. Lo mismo se ha venido produciendo en gobiernos autonómicos, provinciales y locales desde las primeras elecciones democráticas. Lo mismo ha ocurrido en los últimos seis años (menuda es la felipista Susana): el PsoE prefiere siempre a la derecha para pactar por ser más cercana a ese socialismo nominal que históricamente le ha venido tan largo. Y de dialogar con sus bases y su electorado, mejor ni hablar.

Cada vez que el PsoE ha planteado unas primarias para la secretaría general, se ha topado con que la militancia ha preferido a auténticos desconocidos en lugar de los candidatos oficiales, tal vez porque éstos eran demasiado conocidos por el socialismo de base. De ahí surgieron el “camarada” Zapatero y el “camarada” Sánchez. De ahí han salido los escasos gestos políticos maquillados de izquierdismo que han vuelto a embaucar a un electorado defraudado, desposeído y descamisado.

El “camarada” Pedro Sánchez, apoyado por las cloacas y las sempiternas élites, no está haciendo más que continuar el legado del socialismo low cost, no nos equivoquemos: aniquilar a la izquierda y buscar apoyos en la derecha, secular hábitat del PsoE. Las negociaciones para su investidura se han complicado porque la derecha sin complejos se ha radicalizado. Ante la tesitura de tener que pactar con Unidas Podemos, el socialismo desnaturalizado vuelve a las andadas.

¿Meter mano a los sectores estratégicos privatizados? No, quita. ¿Garantizar la sanidad, las pensiones y la enseñanza pública? No, ¡Jesús qué cosas! ¿Regular la burbuja habitacional? No, que perdemos apoyos. ¿Apostar por la laicidad del Estado? No, por dios. ¿Derogar reformas laborales y Ley Mordaza? No, ¿para qué? ¿Banca pública? No, ni hablar. ¿Valores republicanos? No, jamás. ¿Desobedecer al Trump militarista? No, que nos putea. ¿Etcétera? No, no, no y no. Todo eso, y más, es propio de los camaradas de Unidas Podemos.

El PsoE de Isidoro, del hermano de Juan Guerra, de Susana Díaz, de García-Page, de Fernández Vara (en definitiva, de las élites políticas y financieras) sale triunfador en su principal objetivo: eliminar a la izquierda y restaurar el bipartidismo. La nefasta alternancia, madre de la corrupción y de las políticas antisociales, está de enhorabuena. Fuegos artificiales como lo del buque Acuarius y juegos malabares como la exhumación del dictador genocida le darán sus frutos electorales. Todo lo demás es culpa de Pablo Iglesias, incluida la subida del SMI que Sánchez explota como logro propio.

Adictos a la gasolina

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Corría el año 64 cuando Roma fue devastada por dos incendios, uno en el entorno del Circo Máximo y, seis días después, otro en el barrio Emiliano. Desde la primera llama, las sospechas recayeron en el emperador Nerón y éste, en un ejercicio de populismo exculpatorio, señaló con su anillado dedo a quienes eran minoría diferente, los cristianos, como culpables. El pueblo romano, adicto al pan y al circo, se lanzó cual jauría a cazar cristianos.

Corría el año 1476 cuando las Cortes de Madrigal (Reyes Católicos) ordenan a judíos y moriscos situar sus viviendas en zonas apartadas de los cristianos. En 1479, se crea la Inquisición que de nuevo convierte el fuego en símbolo purificador y destino para minorías señaladas por el poder y la jauría cristiana. En 1492, se culmina el proceso con el Edicto de Granada, redactado por Torquemada (premonitorio apellido) y firmado por sus católicas majestades.

Corría el año 1938 cuando el adolescente judío Herschel Grynszpan dispara en París al diplomático alemán Ernst von Rath. La muerte de Rath pudo evitarse, pero Hitler envió a su médico personal para atenderlo y murió entre sospechas. El aparato de propaganda de Goebbels aprovechó el caso para señalar como culpable a una minoría diferente y desatar a la jauría nazi para la caza de judíos. El incendio masivo de sinagogas, comercios y hogares judíos pasó a la historia como la Kristallnacht (noche de los cristales rotos). El holocausto fue el siguiente paso.

A finales del siglo XX, la derecha española comenzó a practicar la estrategia incendiaria para laminar minorías e imponer sus postulados populistas. El Partido Popular encendía la mecha lingüística en Catalunya y la patriótica en Euskadi, mientras el pirómano Aznar pactaba para gobernar con las derechas independentistas de PNV y CiU. España volvía a ser la unidad de destino en lo universal que la ultraderecha restauró tras un golpe de estado militar a sangre y fuego y 40 años de dictadura fascista.

En el siglo XXI, el PP ha topado con una dura competencia pirómana, C’s, que, a día de hoy, amenaza su hegemonía electoral utilizando sus mismas populistas armas incendiarias. La diferencia entre ambos partidos es que el PP se comporta como un pirómano tradicional y Ciudadanos utiliza el método bonzo. Los de Alberto Rivera rocían con gasolina ideas y territorios procurando que sus ropas queden suficientemente impregnadas para arder y presentarse ante su jauría como víctimas de los incendios que ellos mismos provocan.

Como Nerón, Torquemada o Hitler, Rivera ha utilizado el terrorismo de ETA como gasolina para criminalizar a todo el pueblo vasco. Rivera se inmoló a lo bonzo en un mitin en Euskadi y obtuvo la ansiada foto victimista. Rivera no apoya una huelga feminista y obtiene la deseada foto de colectivos feministas criticándolo con dureza. Arrimadas irrumpió en política como victimaria anticatalanista y se pasea por pueblos y ciudades catalanas con el fin de obtener un álbum de fotos que respalda su papel de víctima. Ciudadanos ha incendiado al colectivo LGTBIQ con sus populistas posturas políticas y ha colocado autobuses en los hornos por ellos activados. De nuevo las fotos que los victimizan.

Escuchar a Arrimadas es un ejercicio de desconsuelo, compasión y lástima ante su discurso vacío de personalidad y lleno de populista propaganda memorizada. Escucharla hablar de fascismo hace que el sentido común, el diccionario y la historia se tambaleen. Ella y él, Ciudadanos, aplican el término fascista a catalanes, vascos, feministas, LGTBIQ, ecologistas o pensionistas. Ellos y ellas, que dialogan y pactan con Vox sin llamarlos fascistas. Ellos y ellas, que evitan condenar el fascismo franquista exigiendo olvido y mirar hacia adelante, todo lo contrario que hacen con el terrorismo de ETA, uno de sus graneros de votos.

Ciudadanos, Partido Popular y Vox son adictos a la gasolina que buscan el incendio de España, al modo de Nerón, Torquemada o Hitler, para culpar a las minorías de pensamientos diferentes y deshacerse de ellas.