Política basura

basura

La transición de la dictadura militar a esto aceptado como democracia se hizo sin barrer ni fregar, es decir, con toda la basura franquista maculando el país y el sistema. El miedo a los tanques y a la tradición del terrorismo militar hizo que buena parte de la clase política, casi toda, rehusara a las escobas y las fregonas, imprescindibles para una adecuada higiene democrática. Así, lastrada por esta ignominia infame, la ciudadanía española dio por bueno este simulacro de democracia.

Por si no fuera suficiente con la basura franquista, la modernidad hizo que el personal se hiciera adicto a la comida basura, esa bazofia culinaria invasora importada del mundo “desarrollado”. Se cambió de golpe, sin transición, el hambre de posguerra por el engorde al más puro estilo porcino. Lo moderno fue, y es, tragar hamburguesas, engullir bollería industrial y atracarse de comida rápida. Así se cebó, y se sigue cebando, la población aumentando grotescamente la media del perímetro estomacal.

El paroxismo dietético ha contaminado gravemente la cultura gastronómica hasta el punto de que conviven hoy, en inhumana armonía, la desnutrición de gran parte de la población con la obesidad galopante de otra buena parte. Es paradójica la estampa de gente hurgando en los contenedores de basura, unos metros más abajo de donde otra gente hace cola con su coche para consumir la basura que les sirven, previo pago en ventanilla, empleados de multinacionales con contratos basura. Sociedad basura.

Al maltrato corporal que supone la comida basura hay que sumar otro hito cultural igualmente nocivo y devorado masivamente: la televisión basura. En la misma ominosa transición, se pasó del corsé ideológico del franquismo a la proliferación de canales televisivos que vendieron la zafiedad como alternativa a la eclosión multicultural de los años de “la movida”. La cultura basura, al igual que la comida basura, acabó por imponerse y continúa hoy cebando cerebros.

A nadie se le escapa que los medios de comunicación e internet gozan de una privilegiada posición, a la hora de educar, que ya quisieran para sí instituciones seculares como la familia y la escuela. La televisión basura, y otras basuras mediáticas, han obrado el milagro de convertir los cerebros de los españoles en masas amorfas con cuestionable actividad neuronal. La ciudadanía, pues, en el siglo XXI, ha engordado física e intelectualmente a unos niveles altamente alarmantes.

Este panorama no ha pasado desapercibido para la clase política: el español medio se traga cualquier cosa machaconamente publicitada. Y así hemos llegado a la actual situación en la que la política basura se ha convertido en la preocupante y perniciosa práctica que sufrimos día sí y día también. A quienes practicamos la insana costumbre de realizar algún tipo de ejercicio o tenemos la extravagante costumbre de pensar, nos asombra que el electorado sea capaz de oír lo que dicen políticos y políticas y de votar lo que vota sin vomitar.

Con los cuerpos deteriorados y los cerebros rozando el coma, España corre el riesgo de un colapso multiorgánico. El panorama es desolador. Hay serio peligro de dispepsia inmediata provocada por la deriva electoralista que ofrece menú único: basura mediática, basura política y una imponente guarnición de basura franquista. Y, de entrante y postre, mentiras y manipulaciones, una detrás de otra, para que la ciudadanía se enfrente entre sí sin apuntar a los verdaderos responsables: los asquerosos cocineros que aspiran a ser votados.

La deriva de PP, C’s y Vox me lleva a valorar su tremenda capacidad para generar basura ilimitada en sus discursos y sus listas electorales. España hiede a basura, por mucho que se agiten incensarios. A votar, de nuevo, con la nariz tapada.

Anuncios

Borbones del s. XXI y los mitos del 18 de julio

transicion

No siendo habitual en este blog, me permito prestar su espacio a las palabras del joven y prolífico historiador Arcángel Bedmar González:

“La abdicación del rey ha puesto de moda a la II República Española (1931-1936) en las redes sociales y los medios de comunicación, y se han publicado datos y cifras que intentan demostrar que fue un experimento fallido debido básicamente a la inestabilidad política y social. Pero el problema es que esos datos no suelen ir acompañados de informaciones sobre otros períodos históricos de España o sobre países europeos que por entonces mantenían regímenes políticos similares.

La inestabilidad política y social no se dio en la historia reciente de España únicamente en la República. Veamos algunos ejemplos. En el reinado de Isabel II (1833-1868) hubo 13 golpes de estado. En el de Amadeo de Saboya (1871-1873), en dos años hubo tres elecciones y seis cambios de gobierno. En el de Alfonso XIII, en el año 1920 hubo más huelgas que en cualquiera de la República y entre 1917 y 1923 solo en la ciudad de Barcelona murieron asesinadas 152 personas por motivos políticos y sociales. En plena dictadura de Franco, en 1970, hubo 1.547 huelgas (a pesar de que hay todavía quien afirma que con Franco no había huelgas) que afectaron a más de 440.000 trabajadores. En la transición, aunque es considerada un modelo de convivencia, entre 1975 y 1982 hubo más de 700 asesinatos y más de 3.500 actos de violencia (unos 500 al año) debido a la conflictividad sociopolítica en España.

Echemos ahora una mirada puntual a los países democráticos de Europa por aquellos entonces. En Alemania murieron en las celebraciones del primero de mayo de 1929 entre 30 y 40 personas en Berlín (muchas de ellas por la policía). En el Reino Unido en 1926 tuvieron una huelga general de 10 días y una de mineros de carbón de seis meses. En Francia, en febrero de 1934 un choque de la extrema derecha con la policía en París terminó con cerca de 20 muertos y más de 2.000 heridos, y en la primavera de 1936 la oleada de huelgas y de conflictos fue mucho mayor que en España.

Las democracias de entreguerras en toda Europa (1918-1939), entre las que se incluye la República en nuestro país, fueron problemáticas y frágiles, con un alto grado de violencia política y social, y los discursos políticos eran más radicales que los de hoy en día. Pero así eran las democracias entonces y en particular los procesos de democratización en países que con anterioridad habían sufrido una dictadura, como España, que acababa de salir de la de Primo de Rivera. No eran democracias como las que se establecieron en Europa a partir de 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, con seguridad social, subsidios de desempleo, impuestos de la renta, estado redistribuidor, etc. Las personas de hace ochenta años en general no vivían ni entendían la democracia en los mismos precisos términos que nosotros. Por tanto, la República española, con todos los defectos que tuvo, resultó todo lo democrática que podía llegar a ser en los años treinta, y más si la comparamos con una Europa en la que se vivían las dictaduras de Stalin en la Unión Soviética, de Hitler en Alemania, de Mussolini en Italia, de Dolfuss en Austria y de Salazar en Portugal, entre otras. La República española no fue peor que la mayoría de las democracias europeas de aquella época con problemas similares, lo que la diferencia de ellas es que aquí hubo un golpe de Estado que perseguía suprimir las reformas económicas, sociales y culturales que la República había iniciado en 1931. Y ese golpe no se produjo porque la República no fuera democrática, sino porque un grupo de militares sublevados quería imponer una dictadura.

Los dos últimos párrafos los he extraído, muy resumidos por supuesto, del libro “Los mitos del 18 de julio”, editado por Crítica, en el que participan varios historiadores como Ángel Viñas, Julio Aróstegui, Francisco Sánchez Pérez (coordinador), José Luis Ledesma, etc. Como su nombre indica, el libro intenta dar contestación histórica a los mitos que aún perviven sobre la República y las causas que provocaron la guerra civil. Se puede consultar la reseña que sobre la obra hace Ana Martínez Rus aquí.

Arcángel Bedmar González

La macabra memoria del PP

memoria

Las tradiciones son transferencias socioculturales que se realizan de generación en generación, una suerte de traspaso de costumbres cotidianas a modo de herencia colectiva. Como peculiaridad, suelen ser recibidas por los herederos y aceptadas sin escrutar su naturaleza ni cuestionar su validez para nuevos tiempos. Las herencias suelen ser origen de disputas, desavenencias y rupturas en los frágiles cimientos de la convivencia, una eficaz variedad de disolvente social.

El período de historia reciente conocido como Transición dio paso a un perverso testamento que la sociedad española, inmersa aún en el duelo causado durante cuarenta años por el difunto, aceptó como mal menor con la urgencia de acallar los llantos de plañideras civiles y el ruido de los sables militares que trajinaban alrededor del féretro. Hoy, echando la vista atrás y constatando la realidad actual, España no tiene dudas de que el nombre más adecuado para aquel momento es el de Transmisión, concretamente Transmisión del Movimiento Nacional.

El tercio de la herencia conocido como legítima fue repartido a partes iguales, como corresponde, entre toda la población. El grueso de la legítima no fue el legado del finado, sino la recuperación de una tradición por él amputada: la Libertad, en sus variantes física e ideológica. Se dictó una curiosa amnistía que extinguió los supuestos delitos de las víctimas del delincuente, se restableció la democracia asesinada por el dictador y se aprobó una Constitución para sustituir la gorra de plato y la justicia militar como código de convivencia.

El tercio de mejora del testamento fue acaparado casi en su totalidad por quienes apoyaron sin dudar al patriarca durante su caudillato. La iglesia disfruta favores, prebendas y sinecuras, como cuando el estado era confesional, gracias a la renovación de los inefables Concordatos de 1976 y 1979, heredados del de 1953. La Monarquía, por su parte, es la prolongación de una Jefatura del Estado ajena a las urnas y ungida por la militar capitanía general.

Por último, el tercio de libre disposición es ahora cuando se aprecia su destino. La amnistía de 1977 tenía un doble fondo en el que se ocultó la caterva de asesinos, secuestradores y torturadores que formaron parte del más tétrico de los coros que interpretaron el Cara al sol acompañados de orquestas de sangre y metal. Los directores de orquestas y coros sigueron blandiendo la batuta, desde los escaños de Alianza Popular primero y del Partido Popular después, travestidos en demócratas de toda la vida.

Pasados los años, mordido el miedo por la fantasía democrática, hubo quien quiso honrar a los difuntos y borrar los indecentes vestigios del horror y la infamia, ritos ancestrales para superar el duelo según los psicólogos y la tradición. Es entonces cuando la sensibilidad del PP asomó su gélido corazón heredado para oponerse hablando de heridas cerradas por la cal viva del olvido oficial. Con uñas, dientes, discursos y banderas, trataron de minimizar la memoria inhumanamente inhumada de miles y miles de personas en la hiriente quietud de fosas y cunetas.

La hueste popular ha desenvainado su herencia. No bastó con la Transición para imponer una sonrojante impunidad sobre los crímenes franquistas. No bastó con una amnistía para encubrir una bananera ley de punto y final. El PP hoy proclama su adhesión al franquismo sin complejos, sin embozos, sin recato, con orgullo y decisión. La comprensión del gobierno con el falangista suegro de Gallardón, el ultraderechista abogado de los terroristas de Blanquerna o el ascenso de un militar carlista por Defensa son los más recientes destellos de la macabra memoria del PP. Human Rights Watch, Amnistía internacional o el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU deberán esperar.

Goteras de la democracia

Gotera

No deja de ser anécdota, pero en España, este país excesivo y barroco, la enorme gotera del Congreso de los Diputados adquiere los rasgos alegóricos de múltiples metáforas. Queda como anécdota la gotera física puesto que la obra está en garantía y el gobierno no dudará en exigir su inmediata reparación y una indemnización por los daños materiales y de imagen causados. ¿Cuánto vale la imagen negativa infrigida a la Marca España, tras una reforma de 4’5 millones de euros, por unas imágenes que han dado la vuelta la mundo?

El agua caída del techo del Congreso podría interpretarse como la descarga de una cisterna para limpiar la inmundicia de la corrupción representada por una parte de las señorías sin señorío que ocupan el fondo del inodoro parlamentario. Pero no, falsa alarma, las heces de Bárcenas y los ERE volvieron a flotar sobre los escaños una vez que la cisterna dejó de gotear. Situaciones captadas por las miradas, los oídos y los artilugios electrónicos de una delegación de empresarios taiwaneses que asistieron al peculiar tsunami interruptus “made in spain”.

También podría tratarse de una premonición de las lágrimas provocadas por los gases lacrimógenos con que la extrema derecha atacó la celebración de la Diada en la sede del Gobierno catalán en Madrid. Tras la escalada de ardor franquista exhibida por Nuevas Generaciones, y parte de las vieja generación del PP, a lo largo del verano, una violencia y unas armas algo más que preocupantes han acompañado a las banderas con el águila de San Juan, los saludos fascistas y el Cara al sol. El techo del Congreso parece haber derramado tardíamente las lágrimas que no brotaron en su día de los ojos practicados por balas golpistas en el mismo lugar.

Fuera del Congreso, un goteo de personas ha formado un arroyo humano que ha cruzado Cataluña de norte a sur para que el mundo visualice sus demandas. Paralelamente, Mas y Rajoy negocian en una intimidad opaca el trasvase de caudales desde la administración central a la autonómica reduciendo las reivindicaciones catalanistas a un mero y rastrero intercambio de divisas que nada tienen que ver con las banderas. CiU y PP pagan sus escarceos con sendas caídas en las encuestas.

Las goteras, en sentido figurado, aluden a las mermas que el paso del tiempo va dejando en los cuerpos de las personas. La democracia española no tiene una edad avanzada y su cuerpo, aún en formación, presenta un amplio menú de goteras posiblemente a consecuencia de esa cesárea deficientemente practicada que recibió el nombre de Transición. La forma de gobernar y la práctica política de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP a lo largo de veinticinco años han abierto una vía de agua en el casco de la nave democrática menos perceptible pero más grave que los atorados conductos del Congreso.

En el parlamento han instalado un gotero para administrar a la ciudadanía, vía decreto, una eutanasia muy por encima de sus merecimientos, muy por debajo de sus posibilidades. Inhibidores de derechos y morfina económica bajan rítmicamente por las cánulas del BOE hasta las venas de un pueblo desahuciado que sólo aspira ya a una vejez de beneficiencia como antesala de una caritativa muerte. Las gotas de pobreza enajenadas a la inmensa mayoría son el caudal de riqueza en el que nada una selecta minoría, la misma de siempre.

El agua caída en sede parlamentaria es una inundación en ciernes, el emblema de un país que hace aguas, la crónica visual de un naufragio anunciado donde la juventud acude a Europa en patera, la justicia navega en cayuco y los españoles aguantan el oleaje en zataras. España hoy sólo dispone de una lánguida flota para pescar raspas y conchas con que saciar el hambre. La armada invencible es hoy vencible y previsible.

En franquismo no hay recortes

franquismo

“Ejemplar” fue la etiqueta para vender en su momento el tránsito de una dictadura a otro sistema político por el hecho de que la operación se realizó sin sangre, sin enfrentamientos civiles o militares, sin que se alterase el pulso cotidiano del país. Causó asombro y admiración la Transición española, más en el interior que en el exterior del país, más en una población aún temerosa que en los círculos del poder donde se habían diseñado las formas y contenidos que a continuación fueron bautizados como monarquía parlamentaria, dos conceptos antitéticos de compleja racionalidad.

La ausencia de violencia fue la más notoria señal de que la sociedad seguía atenazada por el miedo a revivir uno de los capítulos más negros de su historia, tan reciente que muchos de sus artífices seguían en activo. Se ofreció una amnistía como sucedáneo de un perdón catárquico e imprescindible que fue hurtado a la ciudadanía y que nunca llegó siquiera a plantearse. El juego de los miedos se impuso sobre el juego de la paz con operetas de ruidos de sables cuya puesta en escena contribuyó a asentar la monarquía, en el imaginario colectivo, como salvadora de la patria.

Los poderes económicos del franquismo se situaron en la base económica de la democracia y parte de la clase política curtida en las cortes franquistas continuó su papel en los escaños surgidos de las urnas. Figuras franquistas ocuparon las listas electorales de Alianza Popular (Fraga, Fernández de la Mora, Silva Muñoz, Martínez Esteruelas, López Rodó o Licinio de la Fuente) y las de UCD (Adolfo Suárez, José María de Areilza, Pío Cabanillas, Abril Martorell o Martín Villa), un aviso de que los jinetes de la dictadura seguían cabalgando en España.

La mayor contribución a la modélica Transición fue la renuncia del PSOE a su ideología y la firma del armisticio por parte del PCE para aceptar una monarquía impuesta por Franco como forma de convivencia. Lo dífícil estaba hecho: el franquismo se trasladó de las Cortes Españolas al Congreso de los Diputados y se mantuvo oculto en la formalidad democrática durante décadas, justo hasta el momento en que las heridas abiertas por la dictadura solicitaron cicatrizante para limpiar cunetas y fosas comunes. Hubiera sido ejemplar un gesto solidario para consolar a miles de familiares de represaliados que han sido ejemplares solicitando únicamente un lugar donde llorar. Hubiera sido ejemplar y democrático. Hubiera.

Es a partir de ahí, de considerar como afrenta recordar a un muerto, que el silencio se ha roto por parte de quienes ya no dudan en reclamar el Glorioso Movimiento Nacional como auténtica raíz de la planta que ha mantenido vivo algo más que su recuerdo. El Partido Popular y sus medios de propaganda han llevado a cabo una estrategia siniestra y vergonzante. Primero, la aceptación silenciosa de la democracia como disfraz; luego, marcar a la ciudadanía como “enemigo comunista y radical”; y ahora, la eclosión franquista de Nuevas Generaciones y de no pocos cuadros del partido con el incondicional apoyo de la nueva prensa del Movimiento.

La oposición radical por parte del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica y su defensa a ultranza de la permanencia de símbolos franquistas en el decorado de la convivencia adquieren su siniestro y verdadero significado ahora. No se trata de que esta Ley abriera heridas del pasado, sino de que pudiera cerrarlas digna y definitivamente, cosa que parece molestar al amplio segmento franquista del PP desde el momento de su publicación en el BOE. El PP necesita esos símbolos y esas heridas abiertas como aviso a navegantes, como una ventana de los horrores abierta al pasado que la modélica Transición no quiso cerrar.

La orgullosa e impune exhibición de banderas y saludos fascistas, la criminalización y la represión de la sociedad simplemente por opinar de forma diferente a ellos y las palabras de algunos de sus cargos públicos, son el pus que infecta la herida nunca cerrada en una sociedad, la española, que se creía en democracia y está comprobando que ésta no goza de buena salud. El peor de los síntomas son las justificaciones del aparato partidista que nos gobierna y su cierre de filas en torno a la defensa de la memoria de una impune dictadura asesina.

España huele a franquismo

Neofranquismo

El 8 de enero nos enteramos de que CiU devolverá el dinero estafado a la Unión Europea para eludir a la justicia y a la decencia del estado. El día 9 de enero, la “justicia” libera a un joven preso político a los 56 días de su detención durante la huelga general del 14N. El 10 de enero, en Elda (Alicante), policías de paisano irrumpen en una reunión de presuntos terroristas desahuciados por los bancos para identificarles. El 12 de enero, en Segovia, la “justicia” libera a un condenado por homicidio imprudente militante del partido del gobierno. El 12 de enero, en Granada, la Coordinadora Sindical Estudiantil organiza un concierto para pagar el impuesto revolucionario que la injusticia exige a dos estudiantes detenidos en un piquete del 14N. Enero de 2013, siglo XXI.

El 11 de enero, el gobierno responde por escrito a una pregunta de Gaspar Llamazares sobre multas y detenciones indiscriminadas de manifestantes y dice, sin rodeos ni pudor, que “La sanción administrativa a la que se hace referencia tiene como objeto concienciar del deber de cumplimiento con la normativa vigente y de colaboración con los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, cuya misión es proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana”. El 12 de enero dimite el secretario de Estado de Seguridad por “razones personales”. Nada más personal y más íntimo que una conciencia atormentada por la responsabilidad de su firma ante la obediencia ciega y desbocada de sus subordinados.

Informarse es un ejercicio que, en la última semana, eriza los vellos del recuerdo y produce escalofríos en la memoria. Parece ser que la conciencia de la ciudadanía de a pie debe ser formateada de urgencia para instalar una nueva clonada del ideario del Partido Popular. Los métodos utilizados para el cambio (¡al fín se conoce el verdadero cambio!) son los mismos sobre los que la transición pasó de puntillas y los mismos que provocaron el acoso y derribo al juez Garzón. Yugos y flechas vuelven a despertar en la geografía del recuerdo de un país en el que demasiada gente hibernaba de espaldas a la luna, la cara al sol, el brazo izado hacia adelante y la palma de la mano extendida hacia el horizonte.

El gobierno del Partido Popular tatúa a la ciudadanía la palabra “enemigo” en un lugar visible de sus cuerpos o de sus almas, lo mismo les da. El gobierno necesita un enemigo para mostrarse como amigo de quienes merodean en los contenedores de basura buscando alimento, de quienes no tienen más ocupación que encontrar respuestas y culpables asequibles de su ruina personal, de quienes han perdido hasta su imagen cuando se miran al espejo y no se reconocen. Ahí están los enemigos de siempre: los pobres, los que protestan, los rojos, los desaliñados, los extranjeros, los ateos, los parias, los rebeldes, los gitanos, los homosexuales, los intelectuales… la gente de mal vivir en definitiva.

Preocupan los hechos protagonizados por el gobierno y preocupan los supuestos que pueda protagonizar. Preocupa Morenés tarareando marchas militares para responder a catalanes y vascos, preocupa Wert esputando el verbo españolizar sobre la diversidad, preocupa Gallardón situando la justicia en un anaquel imposible para el bolsillo medio, preocupa Aguirre sembrando la cizaña de vagos y maleantes, preocupa Cospedal, preocupa Cristina Cifuentes, preocupa Báñez, preocupa el marido de Ana Botella, preocupa don Tancredo Rajoy, preocupan los somatenes de La Razón, ABC, Intereconomía, la COPE o la TRVE secuestrada, y preocupa la conducción de odios individuales que está pergeñando el aparato del PP para enfrentar a las dos Españas sempiternas.

Los españoles, por la presión psicológica y social que la crisis neoliberal ejerce a diario y por la tensión acumulada, necesitan desfogar, necesitan un rostro al que culpar, necesitan una explicación creible o no, necesitan un enemigo identificable al que desarmar. El gobierno hace lo posible para ofrecer un enemigo fácil, pero su interpretación, sus actos, le hacen acreedor al papel de enemigo que se está ganando a pulso. De enemigo del pueblo. De enemigo público.

Borbón y los cien mil hijos de Fraga.

La-herencia-recibida

En Roma nació, bautizado por el Papa de la cristiandad Pío XII, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, hijo de un heredero sin herencia que pleiteó con el golpista general Franco por el usufructo de la voluntad de los españoles, degollada por éste último durante la guerra civil. No fue hasta cumplir diez años que sus pies pisaron por primera vez España, por expreso deseo del dictador y su aristócrata padre, para estudiar y hacerse hombre versado en las nobles artes de la guerra, fundamentales para el gobierno de un país aplastado por botas militares. Lo hizo en la Academia General Militar de Zaragoza, la Escuela Naval Militar de Marín y la Academia General del Aire de San Javier, instituciones educativas tuteladas por quienes habían ensangrentado el país a las órdenes del general.

Como corresponde a un aspirante al trono de España, Juan Carlos se casó en Atenas y accedió a los deseos del dictador aceptando el Palacio de la Zarzuela como residencia familiar. Hasta la bobónica napia de su padre llegaron los sutiles efluvios hormonales que Juanito desprendía debido a su cercanía al caudillo. El actual rey de los españoles declaró que “jamás” aceptaría la corona mientras viviera su padre para, unos meses después, hacerle a su progenitor un familiar feo dinástico en Estoril. El Conde de Barcelona comprendió definitivamente que su hijo había revuelto las dinásticas ramas borbónicas y había saltado, avezado trepador, por encima de él bajo la dictatorial tutela.

Por dos veces, 1969 y 1975, Juan Carlos rindió vasallaje al dictador jurando públicamente guardar y hacer guardar, entre otras cosas, los principios de su glorioso Movimiento Nacional. Franco murió y Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias pudo, por fin, saborear la escabrosa herencia recibida de la dictadura. Las huestes franquistas disputaron y negociaron el modo y el momento del traspaso de poderes al protegido del oscuro militar. Una ceremonia fúnebre, seguida de una ceremonia política, inhumaron la dictadura y dieron paso al reinado de Juan Carlos I. Cuentan las malas lenguas que, en plena agonía, la generalísima boca exhaló como un estertor las palabras “lo dejo todo atado y bien atado”.

Los políticos del franquismo, las instituciones del régimen y su base sociológica urdieron la más formidable operación de camuflaje jamás perpetrada, conviertiendo la monarquía en un caballo de Troya de colosales dimensiones en cuyo interior se conjuraron el socialismo descafeinado de González, el comunismo nominal de Carrillo, el centrismo provisional de Suárez y los cien mil hijos de Fraga. En un alarde de modernismo y originalidad hispana, al caballo le llamaron “Transición” y al nuevo antiguo régimen “Monarquía parlamentaria”.

La tramoya nacional auspició una Constitución y un sistema electoral que relegaron al olvido cuarenta años de sufrimiento, permitiendo a sus actores ocupar el nuevo escenario del teatro patrio. La banda sonora elegida para el estreno no fue interpretada por una orquesta de cuerda y púa, sino por una rancia banda militar que interpretó varias piezas de ruido de sables que alcanzaron su clímax con la actuación del solista Tejero como preludio al aria redentora del Rey, televisada en directo para disfrute del público nacional y extranjero.

Ahora, tras cuarenta años de bipartidismo y bisoñez democrática, el Partido Popular vuelve a ejercer unos modos y unas prácticas políticas razonablemente parecidas a las utilizadas cuando el monarca era niño, joven y adulto recién emancipado. Cautivo y desarmado el ejército rojo, los cien mil hijos de Fraga vuelven a ocupar las calles como en sus mejores tiempos bajo la mirada complaciente de un arrugado rey caducado al abrigo del palio nacionalcatólico.

Realmente hoy adquieren todo su sentido las palabras del caudillo y el diccionario de esta democracia revela lo que significa dejarlo todo atado y bien atado. Hemos tenido la ocasión histórica de asistir a la version española de El gatopardo de Lampedusa: se ha cambiado todo para que nada cambie.