El COVID–19 de la bandera

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Durante la época negra de la dictadura, la bandera roja y gualda fue el símbolo del franquismo, del terror, de la sangre, de la represión. La población española, a excepción del régimen y sus elitistas satélites, identificaba la bandera con juicios sumarísimos, detenciones, torturas, muerte o prisión. Había obligación de izarla y arriarla en los colegios entre rezos y gritos adoctrinadores.

Durante la transición, la bandera de los vencedores fue símbolo de vergüenza para quienes la exhibían públicamente. A la par, contaminada por sus portadores, en su mayoría nostálgicos del régimen, era rechazada por la mayoría ciudadana que había optado por banderas más limpias, menos sangrientas, y perseguidas durante la larga pesadilla. La bandera permaneció en el armario de la indignidad hasta entrado el siglo XXI.

Fue en 2010. Fábregas pasa el balón a Iniesta, que lo empalma y lo manda a la red. El mundo grita ¡¡Goooool de Iniesta!! ¡¡España, campeona del mundo!! A partir de ese hito, la bandera fue desempolvada y se le aplicó una ortopedia deportiva con la que ha ido disimulando su notoria minusvalía histórica, su renqueo democrático. La ciudadanía, olvidada la perspectiva de la historia, instaló la bandera en su indumentaria cotidiana.

Apenas dos semanas antes del celebrado gol, el Tribunal Constitucional se pronunciaba sobre el recurso interpuesto por el Partido Popular al Estatut de Catalunya. Fue la culminación de la estrategia españolizante de la derecha para reivindicar la patria como la “unidad de destino en lo universal” falangista, el fascismo patrio. La estrategia del PP y de Ciudadanos ha consistido y consiste en agitar la bandera. Resultado: fabricar independentistas radicalizados a escala industrial donde apenas había un 10 ó 15%.

Antes lo hicieron con Euskadi y más tarde con el País Valenciá. Al grito de “España es una y no cincuenta y una” voceaban los padres y los hijos de la dictadura su rechazo a la democracia. Hoy, se suman a esta ideología facciosa los nietos radicalizados de las élites franquistas, los nostálgicos de la dictadura, y los cerebros de encefalograma rojigualdo se multiplican como un acechante virus devastador.

La bandera roja y amarilla vuelve a lucir las mismas manchas denigrantes de sangre y oro que tuvo durante tantas décadas: sangre de disidentes y oro para las élites. Como siempre ha sido, como debe ser, como dios manda. Las sucias manos, las zarpas de la ultraderecha y las garras de la extrema derecha, unidas en sus objetivos no democráticos, marranean todo lo que tocan y la bandera la están manoseando con fruición.

Es así como están consiguiendo que la enseña de todos los españoles, y de todas las españolas, vuelva a ser el siniestro y sucio trapo que fue hasta que lo indultó Iniesta. Ver a esas élites clasistas sobando la bandera, como un cura bigardo a un monaguillo, es repugnante. La bandera rojigualda comienza a desprender el acre olor a alcanfor, a polilla, a sangre inocente, a fosa común y a cuneta de siempre, con águila o con corona.

PP + Vox = AP

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Los Juicios de Núremberg, emprendidos por las naciones aliadas vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, determinaron y sancionaron las responsabilidades de dirigentes, funcionarios y colaboradores del régimen de Hitler. La tipificación de los crímenes y abusos realizada permitió a Naciones Unidas desarrollar una jurisprudencia específica en materia de guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, así como para la constitución, a partir de 1998, del Tribunal Penal Internacional.

En España, el dictador y genocida Franco murió en la cama tras nombrar sucesor en la Jefatura del Estado con el beneplácito de las naciones democráticas. Tras su muerte, muchos de sus colaboradores se integraron políticamente en la democracia gracias a eso que se ha dado en llamar “Transición”. También la transición permitió que jueces, militares, policías o guardias civiles franquistas siguieran en sus puestos sin más.

Ministros de Franco fundaron partidos y acabaron integrados en Alianza Popular: Manuel Fraga (RD), Cruz Martínez Esteruelas (UPE), Federico Silva Muñoz (ADE), Laureano López Rodó (AR), Enrique Thomas de Carranza (ANEPA), Gonzalo Fernández de la Mora (UNE) y Licinio de la Fuente (RS). Los integrantes de las élites colaboradoras, beneficiarias y cómplices del franquismo tampoco fueron democráticamente depurados. Y ahí siguen, cuarenta años después.

Así se explica la España actual, así y por el afán político y mediático para blanquear el fascismo franquista que les está dando sus frutos. Ochenta años después, España sigue siendo un país de derechas con tendencia a la ultraderecha radical y dudosamente democrática que ocupa muchos, demasiados, escaños en el Congreso. La deriva radical y extremista de PP y de Vox, con el beneplácito de C’s, está refundando el peligroso franquismo y amenazando la democracia.

La pugna ideológica radical y extrema entre PP y Vox, lejos de aportar en positivo a la democracia, aporta en negativo a toda la sociedad. Ninguno de los dos partidos ha condenado el franquismo (tampoco C’s, fagocitado por ellos en las urnas), ambos tienen un pasado y un presente franquista. Ambos proceden del armario de la FAES e intercambian militancia y cargos públicos, ambos reproducen el cáncer de España, sin despeinarse y con muchos, demasiados votos.

Como toda formación de corte fascista, ambos partidos, basan su estrategia en los postulados goebbelianos de repetir mentiras hasta hacerlas verdades. Ambos se apropian indebidamente de la simbología de la patria. Ambos desprecian a la masa social y fabrican enemigos internos y externos a los que señalan como culpables de las fechorías de su ideología. Ambos partidos utilizan las instituciones para dividir a España. Ambos cuentan con simpatías en la judicatura, el ejército y las Fuerzas de Seguridad del Estado. Como hace ochenta años.

La transición del régimen

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Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos…”

Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales, Episodio 46 – Cánovas (1912)

La guerra civil y la posguerra tuvieron como efecto colateral el asentamiento de una élite financiera y empresarial lucrada a la sombra del poder. El franquismo supuso la demolición de los derechos cívicos alcanzados con la II República –entre ellos los derechos laborales– y el reparto del botín saqueado al estado y a los vencidos. Surgieron así grandes fortunas y personajes que se unieron a expoliadores de abolengo ya existentes desde el siglo XVIII.

Hasta la muerte del dictador en 1975, fueron numerosos los casos de corrupción en sus círculos familiares (Nicolás Franco, Pilar Franco o el Marqués de Villaverde), políticos y de amistades. Franco lo toleraba y los poderes públicos enmascaraban los escándalos, gracias, entre otras cosas, a la no existencia de libertad de prensa y a la represión. En el caso de Manufacturas Metálicas Madrileñas, su hermano fue amnistiado por el Consejo de Ministros. Su hermana Pilar acumuló una inmensa fortuna, propiedades y disfrutó una pensión vitalicia de 12.500.000 de pesetas.

Los casos SOFICO, MATESA, Confecciones Gibraltar, o la desaparición de 4.000.000 de litros de aceite del Estado en el caso REACE, sin olvidar el estraperlo, son algunos ejemplos de la corrupción durante el franquismo. El desarrollo económico propició la aparición de numerosas fortunas utilizando las influencias del llamado «Clan del Pardo», a la par que se desataba la evasión de capitales al extranjero, principalmente a Suiza.

Falangista y miembro de la Secretaría General del Movimiento, Suárez fue el presidente elegido por el heredero de Franco para lavar la cara al régimen. Echaron mano para ello de Giuseppe Tomasi de Lampedusa: Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Bajo esta premisa, entre ruido de sables, el pueblo español aprobó una Constitución votando con la inercia electoral de los referéndums que Franco convocaba: se votaba lo que decía el régimen.

Más o menos, en esto consistió la idealizada transición. Detalle sin importancia fue que jueces, militares y fuerzas de seguridad del régimen no jurasen la Constitución para permanecer en sus puestos. Una minucia que dejó secuelas institucionales que aún hoy seguimos sufriendo. Por su parte, el heredero de la Jefatura del Estado juró la Constitución poco después de haber jurado por Dios y los santos evangelios guardar lealtad a los principios del Movimiento Nacional.

La aventura democrática de Suárez acabó cuando las mismas élites franquistas comprobaron que el temido socialismo había sido satisfactoriamente domesticado por la socialdemocracia alemana. Felipe González usurpó las siglas del PSOE en Toulouse (1972) y apuntilló el socialismo en 1974. Las élites lo bendijeron, fue elegido presidente y dio continuidad al régimen anterior: privatizaciones, precarización del empleo… y corrupción.

Alianza Popular, infectada de franquismo, tomó nota y cambió todo para que nada cambiase refundándose como PP. Aznar utilizó la podredumbre corrupta del PsoE para desbancarlo y ocupar la presidencia del gobierno. Quedaba inaugurada la alternancia del bipartidismo y la sustitución definitiva del régimen franquista por su prolongación: el régimen del 78. Son sus señas de identidad la precariedad laboral, la demolición de derechos cívicos, las privatizaciones… y corrupción, corrupción y más corrupción.

No es difícil concluir, a la vista de los hechos, que pocas cosas han cambiado en España con la monarquía parlamentaria, novedoso régimen heredado del régimen franquista y alternativa a la democracia real como sistema político y social. El bipartidismo no es más que la suma de dos organizaciones que giran en torno a la corrupción en todas sus formas: legislar a la carta para las élites, puertas giratorias, adjudicaciones públicas amañadas, privatizaciones o comisiones bajo cuerda son prácticas comunes a los dos partidos.

También son comunes las explicaciones que ofrecen y los argumentarios que esgrimen cuando cae sobre ellos la justicia. Dos gotas de agua no potable y perjudicial para la salud que, sin embargo, son las más votadas por el electorado, gracias a su financiación por las élites económicas y al lamentable apoyo mediático que les dispensan los grupos empresariales de comunicación. ¿Se puede hablar, pues, de democracia?

Política basura

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La transición de la dictadura militar a esto aceptado como democracia se hizo sin barrer ni fregar, es decir, con toda la basura franquista maculando el país y el sistema. El miedo a los tanques y a la tradición del terrorismo militar hizo que buena parte de la clase política, casi toda, rehusara a las escobas y las fregonas, imprescindibles para una adecuada higiene democrática. Así, lastrada por esta ignominia infame, la ciudadanía española dio por bueno este simulacro de democracia.

Por si no fuera suficiente con la basura franquista, la modernidad hizo que el personal se hiciera adicto a la comida basura, esa bazofia culinaria invasora importada del mundo “desarrollado”. Se cambió de golpe, sin transición, el hambre de posguerra por el engorde al más puro estilo porcino. Lo moderno fue, y es, tragar hamburguesas, engullir bollería industrial y atracarse de comida rápida. Así se cebó, y se sigue cebando, la población aumentando grotescamente la media del perímetro estomacal.

El paroxismo dietético ha contaminado gravemente la cultura gastronómica hasta el punto de que conviven hoy, en inhumana armonía, la desnutrición de gran parte de la población con la obesidad galopante de otra buena parte. Es paradójica la estampa de gente hurgando en los contenedores de basura, unos metros más abajo de donde otra gente hace cola con su coche para consumir la basura que les sirven, previo pago en ventanilla, empleados de multinacionales con contratos basura. Sociedad basura.

Al maltrato corporal que supone la comida basura hay que sumar otro hito cultural igualmente nocivo y devorado masivamente: la televisión basura. En la misma ominosa transición, se pasó del corsé ideológico del franquismo a la proliferación de canales televisivos que vendieron la zafiedad como alternativa a la eclosión multicultural de los años de “la movida”. La cultura basura, al igual que la comida basura, acabó por imponerse y continúa hoy cebando cerebros.

A nadie se le escapa que los medios de comunicación e internet gozan de una privilegiada posición, a la hora de educar, que ya quisieran para sí instituciones seculares como la familia y la escuela. La televisión basura, y otras basuras mediáticas, han obrado el milagro de convertir los cerebros de los españoles en masas amorfas con cuestionable actividad neuronal. La ciudadanía, pues, en el siglo XXI, ha engordado física e intelectualmente a unos niveles altamente alarmantes.

Este panorama no ha pasado desapercibido para la clase política: el español medio se traga cualquier cosa machaconamente publicitada. Y así hemos llegado a la actual situación en la que la política basura se ha convertido en la preocupante y perniciosa práctica que sufrimos día sí y día también. A quienes practicamos la insana costumbre de realizar algún tipo de ejercicio o tenemos la extravagante costumbre de pensar, nos asombra que el electorado sea capaz de oír lo que dicen políticos y políticas y de votar lo que vota sin vomitar.

Con los cuerpos deteriorados y los cerebros rozando el coma, España corre el riesgo de un colapso multiorgánico. El panorama es desolador. Hay serio peligro de dispepsia inmediata provocada por la deriva electoralista que ofrece menú único: basura mediática, basura política y una imponente guarnición de basura franquista. Y, de entrante y postre, mentiras y manipulaciones, una detrás de otra, para que la ciudadanía se enfrente entre sí sin apuntar a los verdaderos responsables: los asquerosos cocineros que aspiran a ser votados.

La deriva de PP, C’s y Vox me lleva a valorar su tremenda capacidad para generar basura ilimitada en sus discursos y sus listas electorales. España hiede a basura, por mucho que se agiten incensarios. A votar, de nuevo, con la nariz tapada.

Derechas (3) y lavados de cerebros

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Estos días, la brainwashing machine (así, en inglés, que en castellano suena a lo que es) doméstica anda centrifugando las mentes desprevenidas. El mando a distancia sirve para constatar que todos los programas de lavado parecen sincronizados para blanquear todo tipo de suciedades. Dependiendo del programa y de la franja horaria, se blanquea la corrupción, la misoginia, el machismo, la homofobia, la xenofobia y hasta el fascismo 3.0.

Todo ello, sospecho, se debe al efecto del detergente Roji y el suavizante Gualda esnifados industrialmente por la sucia maquinaria de las derechas que los diferentes programas consumen y publicitan con adicción. Para asegurar el efecto blanqueador, no faltan obispos como Demetrio dispuestos a rezar dos padres nuestros y tres avemarías o a sacar el palio para cubrir a los nuevos/viejos cruzados. España es así: catecismo y formación del espíritu nacional para mitigar el hambre.

No duda Casado, en el prelavado, en reivindicar sus orígenes pata negra, denominación porcina para aludir a Aznar, Aguirre y a dirigentes de su partido inmersos en el sucio negocio de la corrupción. Se entiende en un sujeto de currículum falseado y dopado. No duda Rivera en apoyar a su hermano de la FAES. Se entiende en un partido especializado en sostener gobiernos corruptos del signo que sean. Ambos se blanquean entre sí, pero sus marcas azules y naranjas apestan a ideología corrupta y neoliberal. No hay perfume que quite esos hedores.

Los dos partidos, probadamente dopados con dinero negro uno y del Ibex el otro, mantienen su cuota de poder y en el lavado se intercambian manchas imperecederas con VOX. El agua clara se enturbia porque la misoginia, el machismo, la homofobia, la xenofobia y otros lamparones similares, de naturaleza neofranquista, son sustanciales al tejido ideológico de los tres. Aún así, con mayor o menor impudicia, aceptan el apoyo del partido dopado con dinero iraní y del mamandurriado Abascal para montar el tendedero donde pretenden en vano orearse.

El programa de aclarado nos muestra que ni PP, ni C´s, ni VOX, pueden pasar por ropa limpia por mucho que vuelvan a añadir Roji y Gualda y repitan el proceso. El indisimulado y pestilente olor a populismo rancio, basado en la goebbeliana máxima de repetir las mentiras para hacerlas verdad, forma parte indisoluble de sus textiles fibras. Ni la lejía perfumada es capaz de disimular las manchas y los olores que ostentan como pecados originales.

Pero son conscientes los de Rivera y los de Casado de que el centrifugado obrará el milagro de blanquear sus posiciones en pasivas mentes poco precavidas dándoles apariencia de blancor. Así, Pablo y Alberto presumen de estar en el centro del tendedero, cuestión que Santiago no se plantea por estar orgulloso de sus manchas. Los tres, sus tres formaciones, ondean flácidas al viento en el extremo derecho de la cuerda mostrando sus desvegüenzas cara al sol.

Tres tristes trapos ajados cuelgan en el tendedero electoral tapados por inmensos trapos rojigualdos cuya misión es que pase desapercibida su vetusta y obsoleta composición para la ciudadanía. Lo han conseguido en Andalucía y lo conseguirán en España, donde la clientela electoral no mira más allá de la moda de temporada. La brainwashing machine cumple a la perfección el objetivo para el que ha sido diseñada: lavar los cerebros incautos y vender con reiteradas mentiras los trapos viejos como seda natural.

Ante la imposibilidad o la negativa a lavar sus ideologías, las derechas han optado por su viejo y exitoso recurso de lavar los cerebros a la ciudadanía.

Matemos a las mujeres

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Por cultura, por tradición, por ideología, se matan o maltratan por gusto animales y plantas sin problema y no pasa nada: acaso una multa o una condena a prisión cuyo cumplimiento es anecdótico. No pasa nada: por ideología, cultura y tradición, maten o maltraten los machos a las mujeres. A fin de cuentas, para el macho hispano no son más que seres inferiores, como los animales o las plantas, que les deben eterno agradecimiento por tenerlas en cuenta.

La vertiente cultural del menosprecio hacia la mujer es común a todas las sociedades drogadas por cualquier religión: todas condenan a la mujer por los santos cojones de dioses inexistentes. La actitud de la jerarquía católica lleva siglos quemándolas en público, condenándolas en privado y alentando a los hombres a demostrar su hombría cebándose en nosotras que somos débiles, pecadoras e impuras. La jerarquía católica, que nadie se engañe, está al mismo nivel que la musulmana, la judía o cualquier otra: maten los machos a las mujeres, que algún dios habrá que los perdone.

Por tradición, la derecha quiere recuperar la esencia de la familia: “la mujer en casa y con la pata quebrá”. Los hombres no encuentran trabajo por culpa de las mujeres que trabajan. Se folla cuando, donde y con quien el macho necesite, si lo demanda ella es porque es puta. Los hijos están desatendidos y los hogares sucios desde que las mujeres tienen vida propia. Y ya ni siquiera aceptan con sumisa alegría la lencería de puticlub que los machos les regalan en ocasiones especiales. Maten los machos a las mujeres que no estén en la cocina como la sartén.

Por ideología, se desempolva la arenga de Queipo de Llano que legionarios y manadas de civiles, soldados y paisanos llevan a la práctica con la aquiescencia de jueces y juezas, que también las hay, machistas. Por ideología, considerar que una persona es superior a otra por nacimiento, raza, sexo, religión u opinión es propio del peor de los fascismos que vuelven a Europa y a España. Las mujeres son inferiores, lo dice la Biblia, y por ellas ha empezado el franquismo triunfante, que lleva ideologizando y depurando a esta mierda de país ochenta y dos años. Maten los machos a las mujeres y luego a rojos, moros y maricones.

Una mezcla de las peores tradiciones, de la cultura más nociva y de la ideología más asesina inspira a los tres hijos de la gran FAES que son mayoría en Andalucía y lo serán en España. La epidemia del fascismo destruyó Europa con Hitler, Mussolini y Franco. 80 años después, el espíritu del genocida triunvirato se ha reencarnado en España en Abascal, Casado y Rivera. Los tres coinciden, no lo olvidemos, en minimizar el terrorismo machista reduciéndolo a delito común mediante la omisión de su envergadura (casi 1.000 muertas en 15 años, muchas más que ETA) y de su carácter eminentemente misógino. Violencia doméstica nos dicen: terrorismo machista es. Maten los machos a las mujeres, sobre todo si no comulgan sus ruedas de molino.

Nos han acostumbrado a vivir en la mentira, la gran aportación de las religiones al mundo, quienes ostentan títulos falsos, viven del dinero público y sirven a las otras mentiras que nos gobiernan: las de las élites financieras y empresariales. Todos ellos, las derechas extremas y la jerarquía católica, vuelven a reeditar su pacto nacionalcatólico del que se beneficiaron durante 40 años en exclusiva y durante otros 40 con la competencia del PsoE y de nacionalistas varios. Maten los machos a las mujeres en nombre de la patria y sus saqueadores.

El resultado: 40 años de retraso económico y social respecto a Europa. 40 años, los del franquismo, de maltrato a la mujer como seña cultural e ideológica asentada en la tradición. 40 años, los segundos, marcados por una corrupción sin parangón en la historia y en el mundo desarrollado. 80 años de franquismo, posfranquismo y neofranquismo que amenaza con cumplir los 100 a nada que el pueblo, embaucado y manipulado como nunca, siga votando a quien ha de exterminarlo. Maten los machos a las mujeres, que la historia es mentira y disfrutan repitiéndola.

La bandera de España en sus manos, la impuesta por el franquismo, fue, es y será nuestro sudario.

Grecia: neoliberalismo, yihadismo, narcotráfico y camorra

miedoEl miedo es una emoción primaria en cualquier animal provocada por la percepción de peligro. Como animal que es, el ser humano padece el miedo en diferentes gradaciones, desde el susto al terror, y algunas aberraciones sociales lo utilizan para obtener beneficio. El miedo, el terror, es la herramienta de los fanatismos y totalitarismos para someter a la población. Lo utiliza el Estado Islámico, lo han usado ETA y el franquismo y lo practican cotidianamente el BCE, el FMI y el neoliberalismo global.

El miedo es también una construcción cultural, un pilar social fundamental presente en el sistema educativo, la religión y el código penal. La política y la economía se han apropiado del miedo a lo largo de la historia y, como sucede hoy con Grecia, lo administran al antojo de los intereses de sus élites. Hasta hace poco, la máxima expresión del miedo se llamaba guerra y en el siglo XXI lo llaman crisis, ambos eventos provocados y sufridos por los mismos agentes.

Los principales transmisores del miedo son los medios de comunicación de masas, como demostró Orson Welles infundiendo pánico colectivo con un programa de radio. Estos días, los medios convertidos en aparatos de propaganda, nada independientes y muy interesados, transmiten al unísono los miedos de sus amos. Miedos para el pueblo: a la estafa griega, al corralito, al contagio, a la prima de riesgo… pero sobre todo, y esto es lo más temible de todo, los miedos de los amos: a un referéndum, a que el pueblo opine y se exprese, a que no sea el capital quien decida.

El problema griego, como todos, es un problema de necedad económica, falsedad contable e impunidad ética y legal del negocio político. Gobiernos giratorios como los europeos ven a sus ciudadanos como mercaderías desechables cuando cotizan a la baja y no dudan en arrojarlos al abismo de la extrema pobreza o el suicidio inducido. Son formas de exterminio social políticamente correctas cuyas sangrientas manchas ellos atribuyen a quienes piensan de forma diferente a la de los representantes parlamentarios de los mercaderes.

El sistema está agotado. El capitalismo no puede engordar indefinidamente sin estallar. A las personas se les están quitando los medios necesarios para alimentarse y sobrevivir, se les niegan la dignidad y la ilusión, se les priva del derecho a decidir sobre sus vidas. Una sociedad así, liberada del miedo a perder lo que ya no posee, es abono para el terrorismo y caldo de cultivo para la delincuencia, sobre todo si contempla el terrorismo y la delincuencia practicados por la banca, la patronal y los partidos a su servicio como algo cotidiano.

Rajoy no, porque es un incompetente integral, pero los gobernantes europeos deberían darse cuenta –cuesta negar la realidad de que son conscientes de ello– de lo que hacen. Están convirtiendo el salario de un yihadista, un traficante de droga o un sicario, en atrayentes tentaciones para millones de parados españoles, italianos, portugueses y griegos. También son atractivos para varios millones más que, aún trabajando, tienen la miseria como único horizonte de vida.

El Estado Islámico, la Mafia o el Cártel de Medellín se sostienen en piramidales estructuras sociales de pobreza, obediencia, silencio y miedo muy parecidas a las que imponen los mercados. Da pánico pensar que preparan una nueva guerra para que unos europeos tiroteen a otros a cuenta de las falacias propagadas por gobernantes y voceros que presentan a opciones políticas populares como peligrosos populismos. Precisamente ellos. Hasta ahora, una certeza es que liberales y socialdemócratas son responsables, en calidad de beneficiarios, cómplices y/o urdidores, de la estafa que padece Europa. También lo es que el dinero y las élites financieras, empresariales y políticas, de forma más o menos directa y disimulada, matan.