Rajoy, Obiang y los pucherazos

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La derecha española practica orgullosa su tradición de vencer sin convencer. Se evidencia la atrofia del gen del diálogo y la distrofia auditiva en el partido heredero del régimen dictatorial que situó en el pensamiento único la frontera entre lo humano y lo animal, muy por encima de la razón. El Partido Popular, la AP de Fraga, sólo ha sido capaz de pactar con pensamientos únicos regionalistas usando el dinero como herramienta de consenso.

No está cómodo con el traje demócrata, demasiado ancho de libertades, demasiado corto para tapar tantas vergüenzas, demasiado atrevido para marcar tendencia. El PP, gustoso receptor de trajes a medida, experto en el manejo de la tijera, ha decidido ajustar la hechura democrática a sus alcanforados patrones. El fondo de armario de la FAES les queda corto y Rajoy ha acudido a la pasarela de Guinea para que el modelo Obiang le asesore.

España no tiene mucho que envidiar a Guinea. La prensa está al servicio de la presidencial propaganda o sufre la censura, las riquezas del país están en manos privadas a cambio de corruptas mordidas, los derechos cívicos se pisotean, la oposición se apalea y encarcela, se gobierna de espaldas al pueblo y la jefatura del estado huele a golpe militar. Los ciudadanos huyen de Guinea y España maltrata a los huidos de todas las Guineas africanas.

Teodoro se legitimó en las urnas con una abstención del 80% en 1993 y el 98% de votos favorables en 1996. Mariano ha acudido a implorarle la receta porque ve que su respaldo electoral peligra. Uno de los ingredientes, acusar de corrupción y calumniar a la oposición, ya lo viene practicando el PP desde su fundación y el PSOE facilita la tarea. El otro ingrediente del mágico puchero es una ley electoral hecha a medida.

La aritmética democrática establece la mayoría absoluta en la mitad más uno; el PP aplica su lógica absolutista con la mitad menos cinco. La filosofía democrática equipara el programa electoral a un contrato social; el PP incumple el suyo como fraude venial. La arquitectura democrática construye con diálogo y consenso mayorías sociales; el PP utiliza el BOE como topadora y bola de demolición. Pero quieren más, como Obiang.

Dice la derecha que un pacto de mayoría social no expresa la voluntad del pueblo. Los pactos pueden representar lo que la mitad más uno quieren o bien lo que bajo ningún concepto desean. El consenso y la negociación es el papel de lija que elimina asperezas para que un pacto quede al gusto de la mayoría ciudadana y el PP sólo negocia y consensúa con la patronal, la banca y la jerarquía católica, legislando en contra de la mayoría.

Mariano Rajoy, alejado por su autoritarismo de la sociedad y la democracia, reformará la ley electoral para que los alcaldes sean del PP, sin mayorías, sin diálogo, sin consenso, sin pacto, venciendo sin convencer. La reforma perpetrada por Cospedal y la que amenaza en el horizonte cercano van en la línea de Guinea y pronto España contará con diputados por el tercio familiar, el tercio empresarial, el financiero y el mitrado, quedando en la reserva el tercio de la Legión por si la cosa les fuera mal.

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Podemos y la extrema derecha

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Podemos la ha liado, ¡y de qué manera!, con sus resultados electorales. Ya no se habla de Europa, lo del PSOE no interesa, liga y champions son agua pasada, ni siquiera el no celibato del Papa llama la atención. Todo el mundo habla de Podemos con ese don de lenguas que la naturaleza ha regalado a los españoles. Se ha dicho de todo, sólo le falta una canción para ser portada de la revista TIME, aunque ya lo fue hace tres años sin que la casta política parezca haberse enterado.

Desde que el PP llegó al poder, profesionales de la salud, la enseñanza, la minería, la pesca, la farándula, cualquiera que piense de distinta manera, son (somos) violentos radicales de extrema izquierda. La coleta de Pablo Iglesias, ¡cómo no!, es la evolución natural de la perilla de Lenin, el bigote de Stalin y las barbas de Bakunin. Ya lo saben: los 1.245.948 ciudadanos que han votado a Podemos, y los 1.562.567 que lo han hecho a IU, han votado a la extrema izquierda.

La indigestión electoral ha provocado eructos en el PP, flatos en el PSOE y un ladrido que llama la atención. A Rosa Díez, nómada del limbo ideológico, le ha resbalado una neurona hasta la lengua y ha comparado a Podemos con el partido de Le Pen. Tras la carcajada al escucharla, casi de inmediato, se encoge el corazón y el cerebro se nubla ante la pregunta que subyace en sus palabras: ¿dónde está la extrema derecha española?

La extrema derecha asoma peligrosamente en Europa, en Francia con más de medio cuerpo fuera de la ventana, y en España apenas ha sumado 322.000 votos entre seis candidaturas. ¿Dónde está la ultraderecha patria? Esta incertidumbre, este prodigio de moderación de los hijos de buena estirpe, confiere celestial bondad a la derecha española, la derecha como dios manda. En España sólo hay extrema izquierda, eso sí, con casi tres millones de votos y más que vienen de camino.

En España no hay patriotas con los cerebros rapados, por fuera y por dentro, y armados de bates de beisbol para herir o matar emigrantes. No hace falta. Fernández Díaz, cumplidas sus diarias obligaciones espirituales, ordena y dispone que sea la Guardia Civil quien realice tan sucio trabajo sacudiendo concertinas que hieren o disparando pelotas que matan. Y sus votantes lo aplauden, esa parte de sus votantes que encajarían en el Frente Nacional o Amanecer Dorado. Son millones.

En España no hay escuadrones que atiendan en exclusiva a españoles. De excluir y desatender las necesidades sanitarias de los que llegan, los que se salvan, se encarga Ana Mato y va más allá que Le Pen proponiendo que se desatienda a los españoles emigrados. De negarles otros derechos, se encargan los padrones municipales en manos del Partido Popular. Y quienes votan eso escogen, también a millones, papeletas de la gaviota.

En España no hay partidos neonazis, sino un partido neofranquista que mantiene símbolos y nombres de la dictadura en sus corazones, en las calles y en las plazas. El ministro Wert es un exponente de la españolización a lo Una, Grande y Libre inculcada en la escuela nacionalcatólica que prepara. Y las Nuevas Generaciones, consentidos flechas y pelayos, son un hervidero de saludos, banderas y proclamas al más puro estilo de las hitlerjugend alemanas.

Ya lo dijo Fraga en 1977: “Alianza Popular ha sido concebida como lo que es: como una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos cuarenta años”. En esas estamos. El miedo a un partido sin corrupción, transparente y formado por personas de la calle es lógico para la casta. Aire fresco por fin en las urnas. Otra política es posible, aunque sea de extrema izquierda. Nuestra esperanza es su amenaza.

La macabra memoria del PP

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Las tradiciones son transferencias socioculturales que se realizan de generación en generación, una suerte de traspaso de costumbres cotidianas a modo de herencia colectiva. Como peculiaridad, suelen ser recibidas por los herederos y aceptadas sin escrutar su naturaleza ni cuestionar su validez para nuevos tiempos. Las herencias suelen ser origen de disputas, desavenencias y rupturas en los frágiles cimientos de la convivencia, una eficaz variedad de disolvente social.

El período de historia reciente conocido como Transición dio paso a un perverso testamento que la sociedad española, inmersa aún en el duelo causado durante cuarenta años por el difunto, aceptó como mal menor con la urgencia de acallar los llantos de plañideras civiles y el ruido de los sables militares que trajinaban alrededor del féretro. Hoy, echando la vista atrás y constatando la realidad actual, España no tiene dudas de que el nombre más adecuado para aquel momento es el de Transmisión, concretamente Transmisión del Movimiento Nacional.

El tercio de la herencia conocido como legítima fue repartido a partes iguales, como corresponde, entre toda la población. El grueso de la legítima no fue el legado del finado, sino la recuperación de una tradición por él amputada: la Libertad, en sus variantes física e ideológica. Se dictó una curiosa amnistía que extinguió los supuestos delitos de las víctimas del delincuente, se restableció la democracia asesinada por el dictador y se aprobó una Constitución para sustituir la gorra de plato y la justicia militar como código de convivencia.

El tercio de mejora del testamento fue acaparado casi en su totalidad por quienes apoyaron sin dudar al patriarca durante su caudillato. La iglesia disfruta favores, prebendas y sinecuras, como cuando el estado era confesional, gracias a la renovación de los inefables Concordatos de 1976 y 1979, heredados del de 1953. La Monarquía, por su parte, es la prolongación de una Jefatura del Estado ajena a las urnas y ungida por la militar capitanía general.

Por último, el tercio de libre disposición es ahora cuando se aprecia su destino. La amnistía de 1977 tenía un doble fondo en el que se ocultó la caterva de asesinos, secuestradores y torturadores que formaron parte del más tétrico de los coros que interpretaron el Cara al sol acompañados de orquestas de sangre y metal. Los directores de orquestas y coros sigueron blandiendo la batuta, desde los escaños de Alianza Popular primero y del Partido Popular después, travestidos en demócratas de toda la vida.

Pasados los años, mordido el miedo por la fantasía democrática, hubo quien quiso honrar a los difuntos y borrar los indecentes vestigios del horror y la infamia, ritos ancestrales para superar el duelo según los psicólogos y la tradición. Es entonces cuando la sensibilidad del PP asomó su gélido corazón heredado para oponerse hablando de heridas cerradas por la cal viva del olvido oficial. Con uñas, dientes, discursos y banderas, trataron de minimizar la memoria inhumanamente inhumada de miles y miles de personas en la hiriente quietud de fosas y cunetas.

La hueste popular ha desenvainado su herencia. No bastó con la Transición para imponer una sonrojante impunidad sobre los crímenes franquistas. No bastó con una amnistía para encubrir una bananera ley de punto y final. El PP hoy proclama su adhesión al franquismo sin complejos, sin embozos, sin recato, con orgullo y decisión. La comprensión del gobierno con el falangista suegro de Gallardón, el ultraderechista abogado de los terroristas de Blanquerna o el ascenso de un militar carlista por Defensa son los más recientes destellos de la macabra memoria del PP. Human Rights Watch, Amnistía internacional o el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU deberán esperar.

En franquismo no hay recortes

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“Ejemplar” fue la etiqueta para vender en su momento el tránsito de una dictadura a otro sistema político por el hecho de que la operación se realizó sin sangre, sin enfrentamientos civiles o militares, sin que se alterase el pulso cotidiano del país. Causó asombro y admiración la Transición española, más en el interior que en el exterior del país, más en una población aún temerosa que en los círculos del poder donde se habían diseñado las formas y contenidos que a continuación fueron bautizados como monarquía parlamentaria, dos conceptos antitéticos de compleja racionalidad.

La ausencia de violencia fue la más notoria señal de que la sociedad seguía atenazada por el miedo a revivir uno de los capítulos más negros de su historia, tan reciente que muchos de sus artífices seguían en activo. Se ofreció una amnistía como sucedáneo de un perdón catárquico e imprescindible que fue hurtado a la ciudadanía y que nunca llegó siquiera a plantearse. El juego de los miedos se impuso sobre el juego de la paz con operetas de ruidos de sables cuya puesta en escena contribuyó a asentar la monarquía, en el imaginario colectivo, como salvadora de la patria.

Los poderes económicos del franquismo se situaron en la base económica de la democracia y parte de la clase política curtida en las cortes franquistas continuó su papel en los escaños surgidos de las urnas. Figuras franquistas ocuparon las listas electorales de Alianza Popular (Fraga, Fernández de la Mora, Silva Muñoz, Martínez Esteruelas, López Rodó o Licinio de la Fuente) y las de UCD (Adolfo Suárez, José María de Areilza, Pío Cabanillas, Abril Martorell o Martín Villa), un aviso de que los jinetes de la dictadura seguían cabalgando en España.

La mayor contribución a la modélica Transición fue la renuncia del PSOE a su ideología y la firma del armisticio por parte del PCE para aceptar una monarquía impuesta por Franco como forma de convivencia. Lo dífícil estaba hecho: el franquismo se trasladó de las Cortes Españolas al Congreso de los Diputados y se mantuvo oculto en la formalidad democrática durante décadas, justo hasta el momento en que las heridas abiertas por la dictadura solicitaron cicatrizante para limpiar cunetas y fosas comunes. Hubiera sido ejemplar un gesto solidario para consolar a miles de familiares de represaliados que han sido ejemplares solicitando únicamente un lugar donde llorar. Hubiera sido ejemplar y democrático. Hubiera.

Es a partir de ahí, de considerar como afrenta recordar a un muerto, que el silencio se ha roto por parte de quienes ya no dudan en reclamar el Glorioso Movimiento Nacional como auténtica raíz de la planta que ha mantenido vivo algo más que su recuerdo. El Partido Popular y sus medios de propaganda han llevado a cabo una estrategia siniestra y vergonzante. Primero, la aceptación silenciosa de la democracia como disfraz; luego, marcar a la ciudadanía como “enemigo comunista y radical”; y ahora, la eclosión franquista de Nuevas Generaciones y de no pocos cuadros del partido con el incondicional apoyo de la nueva prensa del Movimiento.

La oposición radical por parte del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica y su defensa a ultranza de la permanencia de símbolos franquistas en el decorado de la convivencia adquieren su siniestro y verdadero significado ahora. No se trata de que esta Ley abriera heridas del pasado, sino de que pudiera cerrarlas digna y definitivamente, cosa que parece molestar al amplio segmento franquista del PP desde el momento de su publicación en el BOE. El PP necesita esos símbolos y esas heridas abiertas como aviso a navegantes, como una ventana de los horrores abierta al pasado que la modélica Transición no quiso cerrar.

La orgullosa e impune exhibición de banderas y saludos fascistas, la criminalización y la represión de la sociedad simplemente por opinar de forma diferente a ellos y las palabras de algunos de sus cargos públicos, son el pus que infecta la herida nunca cerrada en una sociedad, la española, que se creía en democracia y está comprobando que ésta no goza de buena salud. El peor de los síntomas son las justificaciones del aparato partidista que nos gobierna y su cierre de filas en torno a la defensa de la memoria de una impune dictadura asesina.

El discurso del nazismo

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Hay vidas enteras de personas y de familias que caben en una caja de zapatos, en una caja de latón decorado o en un álbum con separadores de seda, cubiertas imitación de piel y doradas letras. Los cofres no hacen tesoros y una caja de zapatos, de latón, o un álbum no son nada sin las fotografías que albergan, historia en conserva para consumir preferentemente después de su fecha de caducidad. La historia y la vida, la memoria y el presente, el recuerdo y las perspectivas, están ahí para ser contrastadas cotidianamente y escucharlas para aprender.

Hay palabras rotundas que engarzan los relatos con precisión de relojero y permiten encajonar los capítulos de la experiencia vital en sonetos, quintillas e, incluso, pareados. Las palabras, por sí mismas, no hacen los poemas y se necesitan unas a otras para redondear la métrica del pensamiento y establecer la rima adecuada de lo razonable. También necesitan significados, concretos y consensuados, para comunicar y servir de puente entre las personas. Las ideas, estuchadas en palabras, sirven a la historia, la vida, la memoria, el presente, el recuerdo y las perspectivas.

Hay gentes que revuelven las cajas de la historia usando el lenguaje, las palabras, con la intención manifiesta de acomodar el pasado a su pensamiento presente, en lugar de observarlo con prudencia para no repetir errores y perfeccionar en lo posible la insoportable actualidad. Hay voces que tintan el hoy con el sepia de un pasado más negro que blanco, más gris que colorido. Hay voces que, hablando hacia atrás, desoyen las rimas y ponen en peligro la poesía del futuro. Hay voces que exigen una vigilia atenta para que el taladro de la manipulación no perfore los oídos.

Corrían los primeros años de la democracia cuando Alfonso Guerra, sotana de pana y labia descamisada, se subía a los populistas púlpitos y cargaba su poesía de pasado haciéndole un roto a Gabriel Celaya y su poesía cargada de futuro. ¡Que viene la derecha! ¡Que vuelve el franquismo! ¡Que viene el lobo! exhortaba, y la masa enardecida coreaba ¡Dales caña, Alfonso, dales caña! La apelación de Guerra al pasado reciente sirvió para dos cosas: una, para que el pueblo desplazara su advertencia al ámbito del chascarrillo recurrente, y, otra, para que la derecha hibernara su ideología real e irrenunciable a la espera de tiempos mejores.

Las tres últimas décadas han servido para varias cosas. 1: Alfonso Guerra y el PSOE evidenciaron que la S y la O eran letras ornamentales alejadas de su signifacado histórico; 2: Alianza Popular se travistió como PP y durmió plácidamente a la espera del beso de un príncipe azul; 3: el PSOE demostró con hechos y decretos que el militarismo, los contratos basura o la corrupción no eran patrimonio exclusivo de la derecha; 4: el PP despertó besado por Aznar y el pueblo comenzó a sospechar que ambos partidos guardaban indecentes parecidos; 5: los lobos pastorearon a sus anchas entre el rebaño desprevenido; 6: unos y otros impusieron el fraudulento bipartidismo; 7: el PP se ha quitado la piel de cordero y muestra su cruda naturaleza en sus políticas y, sobre todo, su discurso. Hay más “utilitarismo” en la transición, pero no hay que flagelarse hasta morir.

El PP ha recuperado, al más puro estilo Guerra, un estilo político y un discurso extraído de su rancio pasado y alejado de las realidades ciudadanas que habitan hoy España. Rescatar el nazismo, el fascismo, el comunismo o el terrorismo, como materia prima para armar el relato del presente, inquieta. Cuando el PP, sus medios y hasta la iglesia esgrimen palabras tan contundentes y las acompañan con un dedo criminalizador, están componiendo un poema pretérito de rima peligrosa y métrica desoladora.

Lo más sobrecogedor es el silencio, lúgubre, irracional, fúnebre, que intentan imponer a la voz del pueblo. Todo totalitarismo comienza por situar frente a una tapia, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, la libertad de expresión y de reunión. Sospecho que lo saben. Lo demás vendrá después.

Unos y otros debieran revisionar la película de Chaplin El gran dictador.

PP: avanzando hacia atrás.

Blas Piñar fue diputado del Congreso por la coalición Unión Nacional en las elecciones de 1979 con 378.964 votos a nivel nacional. Su presencia testimonial en un parlamento democrático presagiaba que el franquismo había muerto con Franco; sin embargo, Manuel Fraga aglutinó en torno a Alianza Popular el grueso del ideario franquista, incluyendo en su seno a ministros de la dictadura como Cruz Martínez Esteruelas, Federico Silva Muñoz, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó o Gonzalo Fernández de la Mora. En las elecciones de 1977, AP logró 1.526.671 votos, lo que explica dónde estaba la ultraderecha española afincada y los exiguos votos obtenidos por Piñar.

El grueso de la derecha moderada, y gran parte de quienes no se identificaban con la derecha ni con la izquierda, se cobijó bajo las siglas de UCD que presentaban como candidato a la presidencia a Adolfo Suárez, antiguo ministro secretario general del movimiento con Franco. En la UCD convivieron exministros franquistas con socialdemócratas moderados que lograron en las elecciones de 1977 6.310.391 votos y el apoyo de AP para gobernar. Este cóctel ideológico se descompuso y gran parte de la militancia emigro hacia AP o el PSOE, propiciando su desparición en 1983.

La desaparición de UCD permitió a AP un trasvase de votos y de personas que le hicieron aumentar su presencia institucional y maquillar el estigma franquista que la sociedad española percibía en muchos de sus miembros y en sus propuestas programáticas. En esta etapa comienzan las luchas internas por el poder en el que ya era primer partido de la oposición. Gallardón y Aznar saltan a la palestra y, desde entonces, se llevan como se llevan y hacen lo posible para que la derecha brille con luz propia y con el ideario fraguado desde la transición por los políticos que fabricaron el caldo de cultivo ideológico del franquismo democrático bajo la dirección del alquimista Manuel Fraga.

El olor a pasado y el sabor rancio de las propuestas de Alianza Popular se tradujeron en el llamado “techo electoral” de Manuel Fraga que, como perro viejo y superviviente tenaz de la política, ideó la operación de cosmética ideológica más grande vivida en España y refundó de nuevo sus postulados políticos en el actual Partido Popular, donde han seguido cohabitando viejos franquistas con nuevos elementos de apariencia moderada y tremendo poso ultraconservador. José María Aznar, Esperanza Aguirre, Dolores De Cospedal, Mayor Oreja y Ruiz Gallardón, por ejemplo.

Desde los 90, la lucha por el poder entre el PP y el PSOE ha tenido lugar en el vago espacio centrista que les sirve a ambas formaciones por igual. Las políticas neoliberales del PSOE llegaron a ocupar el espacio político de centro y parte de la derecha, obligando al PP a recuperar sus orígenes extremos para poder diferenciarse de su oponente. Este giro a la derecha menos moderada y más extrema ha conseguido el apoyo de los grupos mediáticos de la derecha radical (El Mundo, La Razón, ABC o Intereconomía) que le han hecho la campaña electoral, a medias con la incompetencia del gobierno socialista, y le han llevado en volandas a la mayoría absoluta. También ha recibido un apoyo inestimable de la Conferencia Episcopal y la AVT, dos sectores asímismo a la derecha de la derecha.

A partir del 20N, y utilizando la crisis como escusa para el todo vale, el PP está realizando una reivindicación de sus orígenes a calzón quitado y devolviendo los apoyos recibidos en forma de prebendas mediáticas, judiciales, escolares, sanitarias, doctrinales y religiosas. Esta política conservadora a ultranza ha sido preconizada por hagiógrafos del franquismo de la talla de Pío Moa, Salvador Sostres, Jiménez Losantos o Francisco Marhuenda entre otros.

El avance hacia atrás del PP se ha manifestado, entre otras cosas, en el rechazo frontal a la Ley de la Memoria Histórica, el acoso y derribo a Garzón por investigar los crímenes del franquismo, el acoso a la homosexualidad como opción personal, la vuelta a una escuela nacionalcatólica, la práctica de la xenofobia en cataluña para obtener votos, la vuelta a la beneficiencia como práctica sanitaria, la persecución sindical, el ataque frontal a las autonomías y a la representatividad democrática en ayuntamientos, la modificación a capricho de la legislación para manipular los medios de comunicación públicos, la restitución de honores civiles a criminales de la guerra civil, la persecución en el callejero de personajes de ideología diferente a la suya, la criminalización y represión indiscriminada de protestas cívicas en su contra, la elaboración de listas negras de ciudadanos, la penalización del aborto y otras muchas más que harían la lista interminable.

Este PP, jaleado por la derecha mediática y escudado en una mayoría absoluta, está ralentizando el avance natural del reloj de la historia y amenaza con invertir el avance de las agujas de forma peligrosa. Entre otras cosas, está manipulando las reglas del juego democrático para que cualquiera que llegue al poder interprete que esto le da derecho a absolutamente todo.