Días de voto y reflexión

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Hace treinta y tantos años, el acto electoral convocaba a ilusiones y pasiones a una población nada acostumbrada a la libertad y a las urnas. Los programas y los partidos gozaban de un crédito social cimentado en la necesidad de creer en algo diferenciado de lo que hasta entonces se había vivido. Hace treinta y tantos años, se buscaba, se comparaba y se votaba lo que se consideraba mejor, aunque la memoria reciente de entonces propició que en los primeros años de la democracia gobernase democráticamente quien fuera Ministro-Secretario General del Movimiento. Así era, y es, la España profunda que vota “lo que usted mande, señorito”.

Hoy, las elecciones convocan al hastío y el desencanto tras más de treinta años de continuas estafas programáticas y de partidistas abusos. Hoy, el próximo domingo, se votará con el desconsuelo de no conocer los programas y de saber que, si existen, no valen para nada. Candidatos y candidatas a concejales o diputadas ofrecen más de lo mismo y mendigan votos a cambio de nada, a pesar de que la palabra “cambio” es la más pronunciada, tanto que suena a falsa.

En Andalucía, aún no hay gobierno, sencillamente porque el sabio pueblo andaluz ha votado de forma mayoritaria a la candidata que inspira menos confianza de cuantos se presentaron. No se fían de ella ni en su propio partido donde ven cómo, empuñando la daga, ronda la espalda de su propio secretario general. Pasado el trago de la municipales, será Ciudadanos, su natural compañero centrista y liberal, quien haga posible que sea proclamada presidenta.

Anodina, mendaz y desfasada, mañana termina esta campaña electoral en la que unos y otras han vuelto a mostrar lo peor de cada casa. Apenas se ha hablado de programas y mucho y malo se ha escuchado del contrario en la dinámica de las últimas décadas que ha convertido la política en un dialéctico estercolero. Y tú más. De ahí, del político páramo putrefacto y del lodazal mediático, debe la ciudadanía elegir un voto, con la nariz tapada y la náusea removiendo el estómago.

A medida que se acerca la hora del voto, los resultados se van tornando escalofríos en la conciencia de cada elector que se sentirá cómplice de los mismos. Posiblemente, salvo en Cataluña y el País Vasco, las herederas del Movimiento serán las listas más votadas, un repelús democrático. Con inquietud se comprobará que el PSOE no abandonará el segundo lugar en ayuntamientos –ojo a Madrid y Barcelona– y autonomías si es que no consigue la primera plaza. Y el día 25 será el de la gran resaca, cuando más de medio país se pregunte “¿qué le pasa a España?”.

El cainismo, la indisposición al diálogo, el carácter autoritario o el egoísmo insolidario parecen históricas propiedades de la marca España que afloran en cada cita electoral. Se ha visto a Aguirre lavarse las manos, ante la corrupción que ella ha consentido y alentado, con el terrorismo etarra; a Rajoy y su gobierno negar a coro la realidad que asola a la gente normal, a los españoles de su España; a Pedro Sánchez y Susana Díaz hablar de unidad desde campañas separadas; a Rivera y a Iglesias improvisar candidatos y programas negando su condición de muletas del franquismo y de la socialdemocracia; y el resto de formaciones, perdidas en el abismo de la nada, esperan recoger los votos que a los cuatro mencionados se le escapen.

El pueblo se la juega con sus votos a cara o cruz, a todo o nada, con la moneda de la democracia más que nunca trucada. Los mercados controlan los votos con sus medios de comunicación, sus nuevos productos, su manipulación y su propaganda. El bipartidismo no se ha roto, como con ilusión se pensaba, sino que se ha duplicado con las nuevas formaciones mediáticas. El de la coleta y el de la corbata han acabado siendo un pinchazo de botox en las arrugadas ideas de los de la rosa y la gaviota, de los vividores políticos. Ya son de la casta.

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