Tapando agujeros

Agujeros

Queda algo más de un mes para que los noticiarios ofrezcan imágenes de agraciados por la Lotería Nacional alegres porque el premio o la pedrea les permitirá tapar agujeros y ayudar a la familia. La economía es un queso emmental, suizo y con agujeros. Cuando Julio Anguita, en 1996, alertó de que Maastricht no era más que una Europa de y para los mercaderes, del diccionario político le llovieron chuzos como iluminado, desfasado o visionario.

Dieciocho años después se mira al cielo y sólo se ve un negro nubarrón económico sobre las cabezas. En estos años, España ha descubierto al mundo la hiperbólica dimensión de sus lumbreras económicas, desmesuradas y aparatosas, megalomaníacas, apreciadas piezas para la economía neoliberal. Gallardón y sus agujeros hicieron de Madrid el Ayuntamiento más entrampado de España y el PP ha hecho de España el segundo país más entrampado del mundo.

Cuando Aznar colocó el cartel de “se vende” sobre todo el territorio nacional, el mundo admiró la pujanza española hasta el punto de encumbrar a Rodrigo Rato en la presidencia del FMI. Eran los tiempos en que una ardilla podía cruzar la península saltando de grúa en grúa, de hipoteca en hipoteca, de burbuja en burbuja. Rato fue despedido por no prever la crisis financiera urdida y alimentada bajo su mandato. Luego vinieron, uno tras otro, los agujeros de Caja Madrid y Bankia.

Al agujero financiero nacional y global ayudó Luis de Guindos, quien, desde su centro, proclamó en 2003 que en España no había burbuja inmobiliaria. A su salida del gobierno Aznar, fue fichado para la dirección de Lehman Brothers en España y Portugal hasta su quiebra. De ahí saltó a la división financiera de PricewaterhouseCoopers donde cerró negocios con el presidente luxemburgués Juncker y juntos crearon los mayores agujeros fiscales de Europa y España.

Nos ha tocado la lotería, la pedrada en lugar de la pedrea. La política económica del PP, diseñada por estas dos lumbreras y algún que otro farol de la FAES, ya la conocemos. Sabemos que las cláusulas suelo, los desahucios, las preferentes o las abusivas comisiones tapan los agujerillos de las tarjetas negras o los indecentes beneficios de la banca. Somos conscientes de que la sanidad, la educación y otros derechos constitucionales han sido utilizados para tapar el negro agujero del rescate bancario. Ahí está la ciudadanía, tapando agujeros mientras los responsables siguen horadando.

También tapamos con el IVA y el IRPF el agujero tributario de las multinacionales que pagan impuestos en Luxemburgo, Irlanda, Andorra, Gibraltar y otros paraísos más lejanos. Las nóminas recortadas y los derechos laborales perdidos contribuyen a tapar el agujero que a las empresas causan las donaciones en B a los partidos que les facilitan públicas contratas. Los del estómago, la nariz y el bolsillo ciudadano son los únicos agujeros que en este país no se tapan.

La Europa de los mercaderes se ha consumado y se prepara para perderse en el agujero del Tratado de Libre Comercio e Inversión, sumidero universal, global cloaca. La Europa de las personas no existe y en Bruselas se habla de europeos de primera, de segunda, de tercera y de PIGS, los cerdos de Portugal, Italia, Grecia y España. El presente y el futuro del pueblo español y europeo ya lo han diseñado la troica y De Guindos: tapar agujeros.

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Sacrificio nacional

cerdo

Mariano Rajoy aparece en televisión y rentabiliza su minutaje propagandístico: “crecemos a buen ritmo, estamos en la senda de la recuperación, creamos empleo”. En muchos hogares, sus palabras distraen a la familia de la loncha de mortadela con guarnición de patata cocida del almuerzo, se aprietan dientes, se expanden las aletas nasales y las miradas adquieren una fugaz pátina asesina. “Estamos jodidos”, exclama un coro de necesidad. Mos está chuleando”, responden las conciencias silenciosas.

¿Quién es “mos”? Es evidente que no es la primera persona del plural, no somos nosotros, sino la tercera persona del plural, son ellos. ¿Quienes son ellos? Es evidente que se refiere el presidente al crecimiento y la recuperación de la élite política, financiera y empresarial. Lo único cierto es que están creando un empleo, neto e indefinido, que ni siquiera llega para que la loncha de mortadela cuente con relleno de aceitunas. Alegrías, las justas.

La ausencia de aceitunas enfría la ira con solitarias lágrimas que resbalan hasta los platos. El joven licenciado en Historia del Arte se permite compartir su mortadela con la familia porque las sobras que le deja el McDonald´s le saben mejor que los 600 euros de salario neto y temporal que suplen su raptada beca para el máster. El padre reconoce en la patata su vida cocida al sol del andamio de la que ya no le queda ni el derecho a una prestación por desempleo. La madre suspira mirando a su propio padre, postrado en el limbo del Alzheimer, y sonríe con amargura queriendo pensar que no es consciente de la escena.

Gracias al sacrificio del pueblo español…”, espeta y esputa Montoro sin despeinarse, “…estamos levantando este país”. Ahora sí, lo ha clavado: nuestro sacrificio es su beneficio”, traduce el sentido común. Este señor no miente. Gracias a nuestra pálida mortadela, los esforzados de Bankia disfrutan de sus negras tarjetas y del recate que pagamos a escote. Gracias a nuestras sosas patatas, los hijos de Mato tienen confetis de cumpleaños y Jaguar. Gracias a nuestras lágrimas, sonríen los invitados a la boda de la hija de Aznar en los juzgados. Lo ordenó Andrea Fabra –“¡que se jodan!”, ¿recuerdas?– y jodidos estamos, sacrificados.

Se echan de menos los tiempos de los lunes al sol, quién lo iba a decir, ahora que el sol escuece los siete días de la semana, doce meses al año. Las cifras del paro navegan por los procelosos mares de la indiferencia y a Ulises ya no le importa naufragar ante los cantos de las sirenas porque la realidad laboral es una patera mal pagada y sin dignidad. Cualquier persona hoy entra y sale del mercado sin abandonar la pobreza y encima aguanta las adulteradas estadísticas de Cospedal.

Sacrificados, como los cerdos en la matanza, abiertos en canal, sin salarios justos, sin protección, sin derechos, sin cotizar, sin otra cosa que mortadela y patatas para almorzar. Ellos y ellas, los que crecen y se recuperan, quienes estafan y roban, prevaricadores y mentirosos, los que ignoran a quienes les votan, frotan cuchillos y chairas y sus miradas anuncian que quieren más. Como del cerdo, quieren aprovecharlo todo.

La ciudadanía en pleno, nosotras y nosotros, está invitada a la bacanal del Ibex35, a la orgía neoliberal, a la Santa Cena del capital, con la élite de comensales de siempre y el pueblo como eterno manjar. Como en La gran comilona de Marco Ferreri, debieran comer hasta reventar, pero son cobardes y no lo harán. Sólo nos queda la fría venganza a la hora de votar. Es fácil: antes de meter la papeleta en la urna, pensar… y recordar.

Un país para robar

robar

La excepcionalidad deja de llamar la atención al ser aceptada como costumbre social, por repetición sistemática, y provoca rechazo cuando se convierte en rutina. En los albores de la transición, el aceite de colza o Fidecaya se vieron como los últimos coletazos del entramado estafador de las élites del franquismo. Matesa y Sofico eran un recuerdo reciente de las mafiosas costumbres hispanas y la gente confió en la democracia como antídoto.

El caso Flik llamó la atención de la ciudadanía que asistió perpleja al desfile de corrupto dinero en un partido que celebró, un lustro antes, sus “cien años de honradez”. El Congreso lo consideró algo excepcional y absolvió a Felipe González. Luego Filesa, el AVE, Juan Guerra, Ibercop, Luis Roldán y una larga lista advertían de que corrupción y estafa se asentaban de nuevo como cancerígena costumbre en España y el PSOE fue evacuado de la Moncloa.

La llegada del Aznar al gobierno, con Naseiro y Hormaechea en las alforjas, acabó por convertir la costumbre en rutina con el lino de Loyola de Palacio, la Telefónica de Villalonga, Tabacalera o Gescartera. Aznar también fue evacuado de la Moncloa. Y llegó Zapatero, y llegó Rajoy, y la rutina se confundió con la marca España ante el rechazo generalizado de la población y el temor de las élites a perder el chollo.

El siglo XXI se estrenó con la estafa del euro, antídoto peor que la enfermedad, y la capacidad de España para mover dinero negro goza hoy de universal fama. A los partidos se han unido patronal, sindicatos, Casa Real, artistas, deportistas, PYMES, autónomos, fundaciones y hasta gestores de cepillos parroquiales. Por la costumbre, por la rutina, por no ser excepcional, el res honorable caso de la famiglia Pujol apenas llama la atención.

España es un país aclimatado al fraude, partícipe y cómplice del pillaje. El consuelo y la justificación de que todos roban es un silenciador de conciencias que concede presunción de inmunidad a los ladrones. No es extraño que la crisis/estafa global se cebe con un país donde el estraperlo, los ERE y la Gürtel forman parte de un paisaje cotidiano consentido, aplaudido y ampliamente votado, un país cuyo presidente ensalza a los chorizos como paradigma de know how.

Las empresas españolas no invierten en I+D+i, sino en arquitectura contable, picapleitos y agendas políticas en excedencia. Aquí, la inversión publicitaria se desvía a rentables donaciones a partidos políticos y el merchandising más productivo son trajes a la medida, confeti y bolsos de Loewe. Un agente comercial eficaz ha de tener tapado con un parche el ojo de la ética, de palo la pata de la decencia y un garfio con carnet de partido ensartado.

Partido Popular y PSOE han esparcido tanto estiércol que los frutos de la corrupción han dejado de ser excepcionales y se acepta por rutina hasta el sofisticado y constitucional fraude del artículo 135. El gobierno saquea lo público en nombre del interés privado, uso y costumbre en las puertas giratorias, y ha convertido a España en un país para robar donde jamás, nadie, rescata a las personas y donde votar se ha convertido en inconsciente y cómplice rutina.

El boulevar ibérico

Gamonal

Mientras políticos y banqueros entiban el canal de Panamá, el vecindario de un barrio obrero, con mayoría de votos a la derecha, está a punto de dinamitar la prima de riesgo. Dice Soraya que la recuperación “no casa” con las protestas sociales y lleva razón, porque Gamonal es un barrio viudo de sus derechos sin boda posible. Lo que temen Soraya y Valenciano, los usurpadores de la política, es que Gamonal reclama el derecho del pueblo a decidir en una democracia, que sí se puede.

España se ha reconocido en un barrio porque ese bulevar es un tramo del que recorre cada rincón del país como un sistema sanguíneo capilar. Cada ciudad, cada barrio, cada pueblo, cada aldea y cada pedanía tienen un constructor de cámara, un negociador alcalde, un policía municipal, una trapisonda y su trozo de bulevar. El modelo Gil y Gil es el vigente. ¿De qué sirve un Ayuntamiento si se puede gobernar desde el Club Financiero? El resultado es el mismo.

No hay miedo a contenedores ardiendo o a escaparates rotos, no hay miedo a comandos itinerantes o a capuchas desarmadas, los gobernantes saben que son milésimas porcentuales magnificadas y manipuladas. Y el pueblo también. Hoy, los miedos a la contundencia del poder uniformado están en clara desventaja respecto a la necesidad ciudadana de gritar para ser escuchada. Gamonal ha sacado a la calle a vecinos burgaleses, madrileños, granadinos, sevillanos logroñeses, ovetenses o vallisoletanos, vecinos de bulevar.

El miedo a la palabra ha sorprendido al partido del gobierno, desbordado y desnortado, atendiendo los focos prendidos desde Génova; sabe que el bulevar que les separa del pueblo está construido con cemento, desprecio y rapiña, una mezcla explosiva. Javier Lacalle y su PP han aprobado en una tarde la continuidad de las obras y su paralización definitiva, sintiendo bajo sus pies el calor de una imaginaria mecha. A 250 kilómetros de Gamonal, Botella y Cifuentes pelean como gatas a cuenta de un bombero que apagaba una llama burgalesa en Madrid.

El aparato propagandista del régimen ha quemado las fotos de Beirut en llamas como ilustración de las protestas en España. Ya nadie les cree, ni a unos ni a otros. Fraga perdió la calle siendo ministro de Gobernación y vicepresidente franquista. Aznar perdió la calle con mentiras de plastilina y sangre irakí. Rajoy va camino de perder la calle por las mismas esquinas que sus antecesores. La calle no era de Fraga, ni es de Fernández Díaz, ni de policías armados: era, es y será del pueblo cuando la toma y la prefiere a un bulevar.

Destaca, y quizás explique el giro a la derecha de los barrios obreros, el hecho nada sorprendente de que también el PSOE llevaba un bulevar en cada programa electoral. Con los cambios de gobierno siempre gana el donante donado, sobre todo si, amén de constructor, como Méndez Pozo, es amo de un medio de comunicación. Mire a Berlusconi, a Florentino, a Lara, a la Gürtel, a Bárcenas, a los ERE, al Palau, a la cosa real, personas y aconteceres que transitan por la zona ancha del bulevar ibérico dejando tras sus pisadas regueros inflamables.

España busca héroes para mitigar las derrotas de su población con imposibles sueños a los mandos de un Ferrari, manejando una raqueta o pateando un balón. Gamonal demuestra que no son incompatibles las pasiones con las necesidades, que se puede luchar antes o después de atender a los héroes de ficción y ser héroes anónimos. España lo sabe, los poderes lo saben, de ahí el miedo a que arda entero el bulevar y que se prefieran las porras a las mangueras para sofocar el incendio. Usar el miedo para combatir su miedo es un preludio del terror, más gasolina al fuego.

Lo “popular” no es esto

nombres

Elegir el nombre para una hija supone un desgaste en el ámbito político-familiar a veces –otras no pasa de mero trámite administrativo– porque, alrededor de un bebé, se invocan intereses mundanos y se citan los estrategas de la discordia. Hay nombres, con más o menos sílabas e intenciones, que son encubiertas declaraciones de guerra, derrotas para el nombrado. Otros son victorias de publicitarios criterios televisivos. Y otros, los más, sirven para personalizar individuos, a fin de cuentas su sentido práctico. La carga genealógica va en los apellidos.

Elegir nombre y apellido para un partido político es una compleja tarea en la que matrimonian intereses y discordias, filias y fobias, deseos y realidades, dinero y publicidad, ventas y victorias, derrotas y compras. El primer partido de la oposición optó, en 1977, por desempolvar las siglas del abuelo, enviarlas al tinte y lucirlas con poderío electoral. El partido del gobierno optó por desempolvar al abuelo, hacerle un lifting y embutirlo en el estrecho traje de dos palabras. Ambos partidos han perdido hoy el atuendo y muestran sus cuerpos desnudos.

El PSOE marchitó la “S” nada menos que en su congreso de Suresnes y nada más alcanzar el gobierno agrietó la “O”, quedando con cierto porte exclusivamente la “P” y la “E”, ésta última difuminando su origen entre “E”uropa y el “E”xtravío. Es difícil reconocer la pana y las camisas a cuadros en el aparato del partido, socialistas de Visa, Poltrona y Sastre particulares. Llevan años viviendo del cómodo péndulo bipartidista. Algunos descamisados quedan, reducidos a comparsa que no se rebela.

El otro partido, el Popular, una rama del árbol que aplastó con bota militar al Frente Popular, se topó con la necesidad de un nombre para su inédita andadura democrática. Había que buscar un nombre que disimulara su enraizado abolengo ideológico y, desde primera hora, eligieron un nombre acorde con los nuevos tiempos. Primero, Alianza Popular y, más adelante, Partido Popular, siempre el pueblo en la fachada cubriendo sus viejos cimientos temidos por la ciudadanía.

Les costó, hubieron de esperar a que el péndulo les tocase, pero llegaron al poder otorgado por un pueblo asqueado ya por entonces de corrupción, manipulación y traición. Aznar, al reclamar una “derecha sin complejos”, cortó las costuras del traje “popular” y asomaron por ellas arrugas y vello de un cuerpo viejo y un rancio pensamiento conocidos y temidos. Habían avisado, aunque la duda les hizo zurcir de nuevo la prenda para evitar un temprano rechazo popular.

Desoyeron, manipularon y mintieron al pueblo y el péndulo volvió a los otros. También éstos desoyeron, manipularon y mintieron y el péndulo volvió a ellos. Ahora, el mediocre Rajoy ha empuñado las tijeras para recortar la vida de más de tres generaciones y descoser del todo el estrecho e incómodo traje “popular”. La crisis mundial ha apartado a los gobiernos del pueblo y dejado claro para quién se gobierna aquí, en Berlín o en Washington. Ningún gobierno responde adecuadamente al nombre “popular”.

En España, amén de la crisis, el actual gobierno se ha distanciado del pueblo mediante actuaciones impopulares que responden a lo que se pensaba mote y ya es apellido principal: Partido Franquista. Revueltos con la crisis, los edictos de Wert, las suras de Gallardón, los martirios de Fernández Díaz o las penitencias de Ana Mato han distanciado más si cabe al Popular del Pueblo. Envuelto de nuevo en la corrupción, la mentira y la manipulación el péndulo volverá a los otros si alguien, el Pueblo, no lo remedia de una vez.

Hay que gritar al gobierno que lo “popular” no era esto, que lo popular es el Pueblo. A ver si lo oyen los otros. Ambos deberían cambiar de nombre, de cuerpos y de ideas porque sus siglas, sus caras y sus actos no los identifican.

Europa, España y la extrema derecha

ultraspana

La Gran Depresión de 1929 produjo un periodo de crisis económica, social y política en Europa acentuada por su reciente salida de la Primera Guerra Mundial. En Alemania, Hitler gobernaba gracias a su habilidad propagandística para canalizar el descontento y la economía y la industria encontraron en él un elemento amigo para su reestructuración y crecimiento. Moderada la inflación y frenado el desempleo, Hítler aprovechó el “milagro” para modelar a las seducidas masas con su oculto programa de racismo, belicismo y totalitarismo conocido como nazismo.

Como en el 29, Europa vive hoy un periodo de crisis perfectamente orquestada por la industria y las finanzas, con idénticos visos de estafa, que también ha producido descontento social. La manipulación y la propaganda han señalado, como hizo Hitler, a los mismos enemigos de entonces, débiles enemigos desamparados a quienes se les ha otorgado un estatus peligrosidad social y de inferioridad previo a su aniquilación. Vuelven a ser la inmigración, las minorías étnicas y los descontentos con el sistema, dianas asequibles y prescindibles.

Como en toda crisis, la planificación económica se acompaña de planificación política. La acción de la troica, encaminada a diezmar lo público en beneficio de lo privado, es escoltada por una acción política que fija sus objetivos en un autoritario control de los derechos y las libertades cívicas, paso previo al totalitarismo. La vieja Europa, saturada de recia y contundente propaganda, entrega sus votos y sus esperanzas a partidos de extrema derecha que ya han dicho cómo hay que pensar. Los resultados son alarmantes, el de Marine Le Pen en Francia es el último.

Soflamas xenófobas, exacerbación antiizquierdista y germinación de nacionalismos patrios con mayor o menor extensión, calan en un electorado maltratado por la banca, la élite empresarial y la política a su servicio. Este derechista caldo de cultivo se condimenta con recetas tradicionales que le dan un inocente sabor a incienso: aborto, cristos, homosexualidad, vírgenes, caridad, santos y fe ciega en general. El plato para un nuevo estallido mundial, de nuevo en Europa, está servido y las colas para ingerirlo son muy largas.

España, siempre diferente y a cubierto de la modernidad, lleva la cosa como ha hecho a lo largo de su historia. Predicadores de la TDT y de la prensa extremista como Paco Marhuenda, Miguel Ángel Rodríguez, Salvador Sostres, Jiménez Losantos, Antonio Jiménez, Javier Algarra o Alfonso Merlos ofician a diario ceremonias de exaltación ultra. La jerarquía católica agita las aguas democráticas para hacer caja y engrosar el rebaño. Y todos juntos asisten a una beatificación masiva con presencia de la ultraderecha política instalada en el gobierno.

Los nacionalismos catalán y español escenifican un enfrentamiento absurdo, estemporáneo y vacuo cuyo trasfondo no es otro que propiciar enfrentamientos civiles. España ha entrado en la áspera y peligrosa senda por la que transitan el galicismo de Le Pen o el helenismo de Amanecer Dorado, vereda de odio y violencia flanqueada de bates de béisbol y totalitarias simbologías excluyentes. El partido que gobierna el país no le hace ascos, aplaude en la intimidad y, ante la grave situación que vive España, el Mesías Aznar se insinúa como agitador salvapatrias. Su amenaza tremendista, su populista “o yo o el caos”, es un perverso y siniestro aviso totalitario nada ajeno a las raíces de su partido.

Las bestias financieras han hecho caja y parecen contentas con el mísero esclavismo impuesto a la población. Las fieras políticas buscan con hocico dentado los tuétanos ciudadanos. La extrema derecha avanza en Europa y en España. Avisar, avisan.

Madrid, cuestión de botellas

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Madrid, ciudad cosmopolita, arrastra un histórico problema de botella cuando esta palabra se utiliza para nombrar a quien ocupa un relevante puesto de mando. Fue entre 1808 y 1813 cuando José Bonaparte, Pepe Botella para el pueblo, ejerció desde la capital como Rey de España con el parentesco fraternal cómo mérito suficiente. Napoleón consideró que gobernar España era una tarea desempeñable por cualquiera que fuese respaldado por su infantería y sus cañones y, sin mayor problema ni escrúpulo, nombró rey a su hermano.

Dado que la historia se repite cuando es cubierta por el polvo del olvido, dos siglos después el Ayuntamiento de la capital reincide en la jugada con la cobertura de la infantería y los cañones de un partido que considera suficiente mérito, para gobernar los dominios del oso y el madroño, ser la esposa del expresidente Aznar. Desde su acceso a la alcaldía, doña Ana Botella, cruel apellido para Madrid, ha dado sobradas muestras de que Napoleón llevaba parte de razón: en Madrid puede gobernar cualquiera.

Gallardón le dejó hecho el trabajo sucio al colocar a Madrid, con 6.450 millones de euros, como el ayuntamiento más endeudado de España en términos absolutos y, de paso, Esperanza Aguirre se ha deshecho del hijoputa, según sus palabras, en el ecosistema madrileño. Botella y Aguirre, Aznar y Esperanza a decir verdad, le han hecho la cama a Rajoy con la ascensión de Ana y éste, que bebe y deja beber, no percibe que su cabeza pende de un voto olímpico.

Ana Botella estrenó alcaldía demostrando que las medidas del sillón consistorial excedían ampliamente las de su anatomía política. Lejos queda el debate en el que se refiró al gobierno de Andalucía como tripartito de dos partidos, en el que dejó claro que el credo de su partido se asienta en Grecia, Roma, el cristianismo y Europa, el mismo en el que sentenció que “las comunidades autónomas tienen parte de ciertos tributos… de ciertos tributos concretos y el Ayuntamiento tiene un 30% que no está es de una bolsa, 31%, viene del Estado al Ayuntamiento”. Tiempos de leyenda en los que doña Ana acudía a la peluquería en coche oficial.

Como persona mundana, escasa de méritos, Ana Botella rechaza la traducción simultánea durante una rueda de prensa para vender Madrid y la Marca España a los especuladores del deporte. No problem: el paro en España alcanza el 90% de las infraestructuras deportivas realizadas, el 80% de las instalaciones acabadas. Este y otros ridículos no son consecuencia del sistema educativo, como asegura Wert, sino de un sistema político que permite que personajes de este nivel sean quienes manejan a capricho la escuela y la sanidad públicas desde concejalías, consejerías o ministerios.

Madrid padece un maleficio que atrae a la corte a regidores conocidos por el apellido o el apodo Botella, antaño Pepe, hogaño Ana. Más que atribuirlo a la mala suerte, hay que preguntarse por las circunstancias conductuales que concurren en el pueblo de Madrid para que este hecho se repita sin que afloren los espíritus del motín de Esquilache, del 2 de mayo o del No pasarán. Madrid siempre ha destacado como epicentro de la rebeldía popular ante políticas caprichosas y también como objetivo de las represiones más descarnadas y duras sufridas por su pueblo. Así sigue hoy.

Doña Botella, después de congregar a la flor y nata de la corrupción en los esponsales de su hija, hoy se extasia viendo a su hijo administrar el negocio de la vivienda de Bankia que su esposo tuvo a bien burbujear cuando decretó que España era tierra de construcción masiva. Ana es feliz, dichosa, bienaventurada, se siente en una nube cuando ve que su país ha pasado a ser un negocio de familia: Patrimonio Aznar-Botella. Las urnas de Madrid parecen tener cuello de botella.