8M: machotes y machotas de derechas

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De vuelta a casa, después de la manifestación, la duda metódica de los últimos años: ¿vivo en un país normal? ¿O es “subnormal”, en el peor sentido peyorativo de la palabra, la clase política y empresarial que malgobierna y pretende gobernar España? Hay que tener visión, ese sentido con el que se percibe la realidad que nos rodea a diario, algo tan simple como eso. Pero ni Rivera, ni Casado, ni mucho menos Abascal, parecen hacer uso de ella para afrontar la realidad.

Hoy, con varias mujeres de sus partidos ejerciendo de photocall a sus espaldas, hablaron sólo ellos. Sus discursos agresivos, y muy medidos, tratan de imponer que la evidente mayoría feminista está en todo el planeta equivocada, no ve adecuadamente la realidad, está manipulada por un fantasma comunista o vaya usted a saber. El presidente de la patronal explica, justo el 8M, la brecha salarial por diferencias en “rasgos psicológicos y habilidades no cognitivas” y otras lindezas.

Dudo que sean tan “subnormales”. Lo dudo. Y es entonces cuando se erizan los vellos y se crispan levemente los nudillos engarfiando los dedos. Algo parecido a la inquietud. Algo como un vértigo de nostalgia agitado por la realidad que todas y todos percibimos por los cinco sentidos. Algo que me resisto a calificar como miedo, pero lo parece. Escuchar su peligrosa tromba de tergiversaciones, manipulaciones y, directamente, mentiras, es algo que debe asustar, o al menos preocupar.

Sospecho que los fantasmas, los creí superados entre los años ochenta y los noventa, regresados de la posguerra, están ahí por algo, para algo. ¿Volver atrás en el aborto? ¿Cadena perpetua? ¿Explotación cuasi esclavista? ¿Prostitución/subrogación? ¿Desigualdad(es) como estado natural? ¿Segregación(es) desde la infancia? ¿Por qué critican Casado, Rivera, Abascal y sus entornos que una huelga feminista sea política? La sospecha da miedo.

Y luego las oigo a ellas, a Díaz Ayuso, a Arrimadas, a Monasterio, compitiendo con ellos en discursos ciegos ante la realidad, ante cientos de miles de personas que salen a la calle para ser escuchadas. Ellas oyen (sólo se oyen, los oyen), pero no escuchan. Sólo les interesa que se escuche su irreal y desenfocado discurso sobre la realidad, la única realidad de la derecha. Mañana volverán, como si hoy no hubiera pasado nada, a sus mentiras.

Veo, escucho, analizo lo que proponen y se materializan viejos fantasmas con cuerpos más jóvenes pero el mismo pensamiento único de guerra, posguerra, y golpista dictadura militar. Veo y escucho a Rivera y se me representa el espectro del otro Rivera; Abascal se me antoja el espíritu de Queipo de Llano sin hacer la mili; Casado es una reencarnación de Serrano Suñer; y luego están las brujas Pilar Primo de Rivera, Mercedes Sanz Bachiller y Clarita Stauffer, que nunca sé como emparejarlas.

¿Vivo en un país normal?, me preguntaba al principio. No. No es normal que ese grito de impotencia y miedo ante el machismo calle en las urnas, espero con desespero. No es normal que el grito falso y ruin de la manifestación en Colón, hace apenas unos días, haya tenido tal repercusión. Sin autobuses ni bocadillos pagados con oscuro, sangriento y corrupto dinero (en parte aportado por el terrorismo iraní), la realidad ha salido hoy a la calle.

No escucharán: seguirán malversando su vista y su oído, negando el terrorismo machista, ensanchando todas las brechas, explotando sin alma todo lo viviente, adoctrinando con rigor y, si todo les fallara, amenazando con las armas. Pero no me doy por vencida… del todo.

España: un cótel molotov.

Las guerras dejan demasiadas marcas siniestras en las culturas que las padecen y el lenguaje está lleno de marcas verbales que con el tiempo diluyen su origen y quedan en el habla coloquial con significados consensuados por la masa que las utiliza, muchas veces alejados de su origen militar. Cuando se bebe un tanque” de cerveza, nadie sufre ardores belicistas y las resacas por abuso suelen ser derrotas sin contiendas. Cuando se habla de “cóctel Molotov”, se piensa en un artilugio incendiario y no en la ironía del pueblo finlandés cuando, en 1939, respondió al Comisario de Asuntos Exteriores ruso Viacheslav Mólotov. Mólotov anunció por radio a la población finlandesa que su ejército no bombardeaba, sino que lanzaba alimentos. Los fineses llamaron a las bombas rusas “comida Mólotov” y su ejército respondió que si «Mólotov ponía la comida, ellos pondrían los cócteles».

La escena política española, desde la transición, ha aderezado nuestras vidas con ingredientes que durante años lograron atajar la indigestión del franquismo y pasar a una dieta democrática sin mayores complicaciones estomacales. Hemos vivido unas décadas de convivencia tolerante a pesar de que muchos residuos franquistas han permanecido como pinches en la cocina demócrata y muchos residuos republicanos han permanecido en el vertedero de la historia y en las cunetas de la geografía de muchas familias.

La Ley de la Memoria Histórica, un digestivo destinado a cicatrizar muchos paladares españoles dañados por el olvido institucional y el recuerdo familiar, encontró una fuerte oposición en el Partido Popular aduciendo que tal reparación era una afrenta al espíritu de la transición. Poco después, el juez Garzón decidió investigar los crímenes del franquismo y esto le convirtió en la última víctima de aquel régimen a manos de sectores ultraderechistas y del propio PP. Dos operaciones de cirujía reparadora se han convertido en una apertura en canal de la concordia por parte de quienes las han utilizado para llenar la cocina con la cuchillería oxidada de las dos Españas.

Ambos casos han desatado a una derecha que pensábamos superada por la famosa transición y desde las pantallas y la prensa no cesan de agregar combustible a la coctelera reivindicando el triunfo golpista de 1939 y culpando de ello a quienes no comulgan con su ideario. Desde la arena política, Aznar, Aguirre (ojo con ella), Cospedal y demasiada tropa de Génova no cesan de echar a la coctelera ingredientes facilitadores de la combustión. La exaltación del franquismo vive un momento dorado que permite al PP conceder honores a Queipo de Llano, impedir la retirada de honores a Franco, eliminar del callejero a poetas rojos, mantener en el callejero a franquistas o rendir homenaje a las tropas de Annual. Por su parte, Rosa Díez reclama la centralización del estado, Boadella reivindica el Cara al Sol y un Asesor de Álvarez Cascos pide tres días de fiesta para celebrar la muerte de Santiago Carrillo.

Por si fuera poco, en Cataluña han flameado las senyeras agitando el cóctel patriótico a niveles de ebullición y el PP y la derecha mediática han encontrado un chivo expiatorio a quien señalar como pirómano antes de que el fuego haga su aparición estelar. Queda por ver si las elecciones en Euskadi aportan ingredientes chispeantes al cóctel una vez que los incendiarios de ETA han cesado en su actividad. Y por si hubiera pocos cocineros, el rey se ha prestado a ejercer de maitre publicando una carta digna de cualquier recetario conspirador del pensamiento único.

El cóctel Molotov necesita una mecha para que la explosión y la expansión ígnea surtan los efectos esperados. Ahí están Cristina Cifuentes y Jorge Fernández Díaz, trenzando la cuerda e impregnando de parafina al 15M, al 25S, a los sindicatos, a las mareas, al saboteador del estadio de Vallecas y a todo el que tenga la ocurrencia de protestar en la calle en contra de su gobierno.

El lenguaje bélico, instalando en demasiadas bocas, está llegando a los hogares, a los corrillos de las plazas, a las colas del paro y a no pocas personas que por edad deberían protegerse del cóctel guerracivilista que nos están sirviendo en bandeja.

Si bombardean con estos alimentos, el pueblo debe permanecer firme en la dieta democrática, consumir lo necesario para el cuerpo y evitar que estalle el cóctel. Si los cocineros no están a la altura de los comensales, habra que cambiar de pinches o de cocina.

Los cómics de Moncloa no tienen gracia.

La capacidad del gobierno para crear cortinas de humo y tratar de manipular al personal parece no tener límite ni sentido del ridículo. La Moncloa parece una sucursal de la editorial Bruguera donde el PP se afana en rescatar para el presente los personajes del cómic español que distrajeron la infancia y la juventud de varias generaciones. Por lo pronto, ha conseguido que más de medio país se meta en la piel de Carpanta y tema vivir bajo un puente de Calatrava debido a un desahucio o rebuscar en los contenedores de Mercadona para defenderse de la cada vez más inasequible cesta de la compra.

A pesar de que casi todos los guionistas de la FAES se han centrado en Carpanta, hay varios liberados que trabajan en otros personajes. Así, Jorge Moragas, en el papel de Superintendente Vicente, ha tenido la feliz idea de montar una especie de T.I.A. a la que ha bautizado como Departamento de Seguridad Nacional desde donde se supone que se coordinarán las misiones de lo más selecto del espionaje nacional para librarnos de los enemigos que algún Profesor Bacterio crea en el laboratorio gubernamental.

El ministro de defensa, Pedro Morenés (segundo de los hijos de José María Morenés y Carvajal, IV vizconde de Alesón, hijo a su vez de los condes del Asalto, grandes de España, y Ana Sofía Álvarez de Eulate y Mac-Mahón) llegó a tal puesto desde sus anteriores cargos como director general para España de la empresa paneuropea de misiles MBDA y consejero de la entidad Instalaza, S. A., principal fabricante española de bombas de racimo hasta 2008. El ministro acaba de representar ante el mundo el papel de Anacleto, agente secreto, que algún guionista le ha asignado para salvar a los cooperantes españoles de unos secuestradores norteafricanos que ningún otro servicio de inteligencia (palabra excesiva para este gobierno) extranjero ha visto. La aventura, además de servir para hacer el ridículo internacionalmente, ha puesto de actualidad los inhumanos recortes en cooperación y la tradicional y delictiva vista gorda que España viene haciendo sobre el conflicto del Sahara.

Paralelamente, el PP ha enviado a Cuba a Mortadelo y Filemón en una extraña misión que ha acabado con la muerte de dos agentes de la disidencia cubana. Mortadelo (Ángel Carromero) y Filemón (disfrazado de joven sueco democristiano) han acabado, como en el cómic, encarcelados, y las personas a las que iban a salvar, en la morgue. El conflicto internacional está servido y la munición anticubana y anticomunista espera con tensión a que el dedo inocente del ministro de exteriores apriete descuidadamente el botón rojo del detonador.

Finalmene, una vez que el PP ha abierto las puertas del armario de la posguerra, entre Rita Barberá y Gallardón están reescribiendo las obras completas del genial Carlos Giménez a la luz de las velas del Valle de los Caídos. Los reconocimientos oficiales al general Queipo de Llano y al general Franco son toda una declaración de intenciones acerca del camino emprendido hacia la España más negra de la historia moderna.

Mientras tanto, el personal de a pie parece que contempla la realidad que le rodea con las gafas de Rompetechos, encajando los golpes asestados sobre sus vidas como simples tropezones fruto de su propia torpeza y ceguera.

La canción dedicada por Asfalto al Capitán Trueno carece por ahora de sentido. El Capitán Trueno no está ni se le espera y, por ahora, está muy complicado que gane el bueno.