Yo he votado al de la pistola

reconquista-VOX

La reacción inmediata ante el hecho de que algo como VOX logre casi 400.000 votos en las elecciones de Andalucía es entrar en estado de shock. Casi nadie lo comprende, casi nadie se lo explica, casi nadie lo asimila, y las explicaciones que se escuchan son casi tan aberrantes como el hecho en sí. El electorado se ha pronunciado, como otras veces, otorgando el voto, o no otorgándolo, a las opciones que ha considerado más oportunas para sus desahogos.

No es cierto, echando la vista atrás, que la ultraderecha haya irrumpido sorpresivamente en un parlamento con una fuerza inesperada. La ultraderecha lleva cuarenta años con representación parlamentaria, ochenta para mayor precisión. Si entendemos por ultraderecha aquello que representa un ideal autoritario y sectario, recordemos que Alianza Popular era el partido que aglutinó los restos del franquismo para hacer frente a una Constitución con la que nunca estuvieron de acuerdo: cinco de sus diputados (8,34% de los votos) votaron que no y tres se abstuvieron. Su fundador y cabeza más que visible fue Fraga.

Tras varias vicisitudes, este partido se refundó y rebautizó como Partido Popular con parte del postfranquismo en sus entrañas y alentó el neofranquismo. José María Aznar, lograda la presidencia del partido y del gobierno, puso todo su empeño en abrir el armario de la ultraderecha reclamando a sus fieles ser la derecha sin complejos. La presidencia de este populista ya dio muestras de que la ultraderecha estaba bien representada en el Consejo de Ministros. Fraga fue el refundador y la cabeza más que visible del PP, el partido que ha blanqueado y normalizado la ultraderecha franquista.

Con la llegada al poder de Rajoy, asistimos a dos despropósitos monumentales: el primero, que el electorado decidiera dar una patada en el culo a Zapatero pateando sus propios traseros al votar a Rajoy; el segundo, que la extrema derecha ocupara carteras ministeriales como las de Justicia e Interior. Gallardón y Fernández Díaz ejercieron de extrema derecha, pero a Aznar no le pareció suficiente y, desde la FAES, apadrinó a Rivera y Casado para eliminar cualquier vestigio de moderación democrática en el partido más votado de España.

Así pues, hemos llegado al momento actual en el que VOX, submarino ultra con ADN aznariano, ha sido el modelo ultraderechista preferido por quienes no tienen suficiente con el PP o C’s, con quienes añoran un franquismo puro y duro. El mensaje de estos tres partidos ha sido prácticamente el mismo que Aznar y Rajoy, junto a la jauría mediática, vienen proclamando desde hace décadas: bandera, terrorismo, inmigrantes, Venezuela y todo lo demás.

Así que se puede concluir con que la extrema derecha en España no es nada nuevo, sino una mutación de ese cáncer auspiciado por la Constitución que Aznar ha conseguido convertir en metástasis. Por lo demás, la presencia de VOX en el parlamento andaluz debe preocupar porque se ha votado a un partido sin programa para los problemas reales de la ciudadanía, una mala copia de los de la extrema derecha disfrazada de demócrata (PP y C’s): más recortes, más impuestos para los de abajo, menos para los de arriba, menos derechos laborales y cívicos, desmantelamiento de la educación y la sanidad pública, etc., etc.

Puesta a jugar a la videncia y la sociología casera, tengo la impresión de que muchos de los votos cosechados por VOX obedecen a un deseo de dinamitar el sistema, injusto y cruel con las clases populares. La farándula mediática y los estrategas partidistas han hecho bien su trabajo conscientes de que un alto porcentaje de la población vota en unas elecciones con el mismo criterio que votan en Gran Hermano, Operación Triunfo o Eurovisión. Se trata de un voto de moda y la moda globalizada es votar a Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban o cualquier otro monstruo que disfrute castigando a quienes lo votan.

Llama la atención que el discurso de Abascal se centre en Patria, Familia, Dios, Propiedad y Mano Dura, ya lo hizo en su momento la CEDA. Llama la atención que Abascal y los suyos sean vividores del sistema constitucional que quieren eliminar. Llama la atención el interés de Abascal por que se sepa que siempre lleva encima una pistola Smith & Wesson para dialogar con quien haga falta, la dialéctica de los puños y las pistolas proclamada por la Falange. No te extrañe que alguien del vecindario, del trabajo o de la familia te diga orgulloso y sonriente: “Yo he votado al de la pistola”.

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Grecia: neoliberalismo, yihadismo, narcotráfico y camorra

miedoEl miedo es una emoción primaria en cualquier animal provocada por la percepción de peligro. Como animal que es, el ser humano padece el miedo en diferentes gradaciones, desde el susto al terror, y algunas aberraciones sociales lo utilizan para obtener beneficio. El miedo, el terror, es la herramienta de los fanatismos y totalitarismos para someter a la población. Lo utiliza el Estado Islámico, lo han usado ETA y el franquismo y lo practican cotidianamente el BCE, el FMI y el neoliberalismo global.

El miedo es también una construcción cultural, un pilar social fundamental presente en el sistema educativo, la religión y el código penal. La política y la economía se han apropiado del miedo a lo largo de la historia y, como sucede hoy con Grecia, lo administran al antojo de los intereses de sus élites. Hasta hace poco, la máxima expresión del miedo se llamaba guerra y en el siglo XXI lo llaman crisis, ambos eventos provocados y sufridos por los mismos agentes.

Los principales transmisores del miedo son los medios de comunicación de masas, como demostró Orson Welles infundiendo pánico colectivo con un programa de radio. Estos días, los medios convertidos en aparatos de propaganda, nada independientes y muy interesados, transmiten al unísono los miedos de sus amos. Miedos para el pueblo: a la estafa griega, al corralito, al contagio, a la prima de riesgo… pero sobre todo, y esto es lo más temible de todo, los miedos de los amos: a un referéndum, a que el pueblo opine y se exprese, a que no sea el capital quien decida.

El problema griego, como todos, es un problema de necedad económica, falsedad contable e impunidad ética y legal del negocio político. Gobiernos giratorios como los europeos ven a sus ciudadanos como mercaderías desechables cuando cotizan a la baja y no dudan en arrojarlos al abismo de la extrema pobreza o el suicidio inducido. Son formas de exterminio social políticamente correctas cuyas sangrientas manchas ellos atribuyen a quienes piensan de forma diferente a la de los representantes parlamentarios de los mercaderes.

El sistema está agotado. El capitalismo no puede engordar indefinidamente sin estallar. A las personas se les están quitando los medios necesarios para alimentarse y sobrevivir, se les niegan la dignidad y la ilusión, se les priva del derecho a decidir sobre sus vidas. Una sociedad así, liberada del miedo a perder lo que ya no posee, es abono para el terrorismo y caldo de cultivo para la delincuencia, sobre todo si contempla el terrorismo y la delincuencia practicados por la banca, la patronal y los partidos a su servicio como algo cotidiano.

Rajoy no, porque es un incompetente integral, pero los gobernantes europeos deberían darse cuenta –cuesta negar la realidad de que son conscientes de ello– de lo que hacen. Están convirtiendo el salario de un yihadista, un traficante de droga o un sicario, en atrayentes tentaciones para millones de parados españoles, italianos, portugueses y griegos. También son atractivos para varios millones más que, aún trabajando, tienen la miseria como único horizonte de vida.

El Estado Islámico, la Mafia o el Cártel de Medellín se sostienen en piramidales estructuras sociales de pobreza, obediencia, silencio y miedo muy parecidas a las que imponen los mercados. Da pánico pensar que preparan una nueva guerra para que unos europeos tiroteen a otros a cuenta de las falacias propagadas por gobernantes y voceros que presentan a opciones políticas populares como peligrosos populismos. Precisamente ellos. Hasta ahora, una certeza es que liberales y socialdemócratas son responsables, en calidad de beneficiarios, cómplices y/o urdidores, de la estafa que padece Europa. También lo es que el dinero y las élites financieras, empresariales y políticas, de forma más o menos directa y disimulada, matan.

Risa de extrema derecha radical

anonymousEl chiste supone la salida de elementos reprimidos, como el sexo y lo escatológico, del inconsciente hacia la consciencia. Entre el chiste y el humor, una diferencia esencial es que el primero supone el afloramiento de elementos inconscientes a la realidad. El humor, en cambio, puede interpretarse de forma precisa como la negación de esa realidad que es superada y despreciada mediante la broma. Psicoanalíticamente, el “humor negro” es un ejemplo de la inclinación del yo a negar lo triste de la realidad.

La educación humorística de este país salta del surrealismo de vanguardia a la más retrógrada tradición: de Tip y Coll, Gila o Faemino y Cansado a Paco Gandía, Chiquito de la Calzada o Los Morancos. Este vaivén de los humores es una metáfora de la España reprimida cuyo subconsciente y su realidad viven una relación de amor y odio, de eros y tánatos, de filias y fobias de utópica conciliación. Es por eso quizás que, cuando un español ríe hoy, queda la duda de si reacciona ante una comedia o una tragedia.

Rajoy y sus sicarios mediáticos han rescatado la medieval tradición de hacer de los bufones y de las bufonadas una cuestión de estado. Por lo pronto, los episodios de censura de revistas satíricas en España homologan a este gobierno con cualquier dictadura bananera o talibán. A ello se suma la persecución de cómicos y, por último, la caza del chiste malo y rojo como prioridad política de calado opositor cuando el PP ha perdido el poder absolutista.

Tres años han estado los populares riéndose a mandíbula batiente, a carcajadas, de sus súbditos y, por el carácter contagioso de la risa, banqueros y patronal se han sumado a la tendencia de aflorar los sentimientos reprimidos en el subconsciente de la derecha. Sus ojos derramaban lágrimas de placer cada vez que recortaban derechos (“que se jodan” los parados) y lágrimas de amargura derraman los millones de ojos a los que han estafado y empobrecido los de tan fúnebres carcajadas.

Se ríe el presidente, pero no se entera de lo que pasa. La gravedad de la corrupción sistémica de todo el PP, menos dos o tres, y la gravedad de las políticas económicas e ideológicas aplicadas con desmesurado sadismo legislativo por el gobierno son causa del democrático castigo, corto se antoja, recibido en las urnas. El pueblo se ha hartado de que se rían de él con la insoportable suficiencia de rostros bronceados con dinero, melenas pringadas de rancia gomina y bolso Loewe casual corruption che”.

Ahora que no les votan más que sus fanáticos seguidores y algunos yonquis de la caverna mediática, recurren al miedo coceando el diccionario y proyectando su hasta ahora reprimido radicalismo violento de extrema derecha. Ya nadie ríe en este país: la escalada verbal de quienes gobiernan, sea un reprimido (o varios) ministro del Opus o una Thatcher frustrada con sobredosis de testosterona en los ovarios, son un peligro latente, una grieta en el edificio social.

El PP ha tocado generala, además de las pelotas y los ovarios de más de media España. Un tuit chabacano causa la dimisión de un edil, mientras la franquista genética –la del contubernio judeo masónico– de buena parte del partido del gobierno es una nimiedad que se premia con una presidencia nacional o autonómica. El PP y Mariano no han digerido y, lo que es peor, no han aceptado que el pueblo haya votado opciones distintas a la suya, diferentes al chantaje y al crimen de los mercados. Soportar con humor las acometidas radicales de la derecha, cada vez más agresiva, es señal de buena salud mental, pero conviene tener el cuerpo preparado para cualquier cosa. Son capaces. Históricamente lo han demostrado.

El PP y el ruido de sables

VienenRojosA la amenaza velada, a la coacción discreta, al subrepticio chantaje y a la sigilosa intimidación, cuando se ejercen sobre el estado y la convivencia, se les llama ruido de sables. Es el recoveco donde se emboscan quienes no aceptan la democracia, quienes nunca creyeron en ella. El Partido Popular, apretando el cuello de España con psicótico afán, no admite que las gargantas busquen un hálito de aire, de vida, y se aparten de sus garras. Tras la adversidad electoral, el ruido de sables es su discurso.

La tradición española es rica en ruido de sables, en asonadas cuarteleras, golpes de estado o infundios orquestados para amedrentar al pueblo y ensalzar, por ejemplo, oprobiosas restauraciones. El PP no acepta su derrota porque la gestión y el despojo de lo público es la labor mejor retribuida, indemnizada y jubilada de España y no es fácil renunciar a ella. Toda derrota genera miedo cuando hay algo que temer y ese miedo acciona trituradoras de papel, formatea discos duros y pone los sables a dialogar, en estado de barahúnda social.

El idilio de la derecha española con los sables se remonta al golpe de estado del general Franco, golpe que no ha sido condenado por el ¿democrático? partido que gobierna. La Ley Mordaza, la protección de imputados (ahora “investigados”) o la prohibición de informar gráficamente al pueblo sobre dañinos delincuentes, son pequeños sablazos a la democracia del mismo PP que, en boca de sus líderes y cargos públicos destacados, ha empuñado la batuta para dirigir una sinfonía de sables como dios manda, como sólo ellos y ellas saben hacerlo.

El Partido Popular es hoy el partido más radical de España, una mafia predadora que amenaza con colocar zapatos de hormigón al país si no se cumplen sus caprichos. La reacción del espantajo Aguirre, de los portavoces, de los voceros y de la mismísima Vicepresidenta del Gobierno sigue el modelo del hampa haciendo correr la voz por todos sus medios en todos los barrios. ¡Que vienen los soviets y las huestes bolivarianas!” es el penoso y rancio grito que corean a las puertas de los cuarteles para remover a los acuartelados.

Por ahora, han sacado a cuatro fantoches borrachos de nostalgia con sus banderitas rojigualdas para rechazar las urnas y golpear a la prensa, culpable, según Rajoy, de lo que el pueblo ha votado. Han convertido un partido de fútbol, la válvula de escape social por excelencia, en un asunto de estado. Y a diario contemporizan con fanáticos como Losantos, Inda, Tertsch, Herrera o Marhuenda, que arengan miedo, odio y venganza como preludio a una partitura para sables y cornetas.

El radicalismo de extrema derecha, como las lagartijas, agita las colas que les han sido amputadas en los comicios para distraer la atención del enemigo. Ya no le vale, como a las serpientes, volver a cambiar de camisa pues todas las de su escueto armario son de color azul en distintas tonalidades. El daño a la ciudadanía española puede multiplicarse si consiguen su objetivo de amedrentar al desubicado PSOE para permanecer en el poder. Precisamente el PSOE justificó su giro hacia posiciones liberales moderadas con el ruido de sables que contrarrestaba la banda sonora de la libertad y la justicia durante la transición.

España es un extraño país donde la extrema derecha radical se ha hecho con el gobierno y azota con el látigo de la pobreza y la desigualdad a muchos de quienes la votan. Un país extravagante donde un partido socialista y republicano es sostén principal de un obsoleto régimen monárquico. Un grotesco país cuyo rey se desplaza a la vecina república para rendir homenaje a sus propios muertos republicanos, cosa imposible en las fosas y cunetas que laceran su reino. Un país estrafalario donde la salida de la cárcel de un torero homicida y una defraudadora tonadillera abren los telediarios mientras de fondo se escucha un pasodoble de ruido de sables.

Votar, no votar o ¿qué votar?

bicicletaEl optimismo exige cada día mayores dosis de ceguera, excepto en el caso de que sea usted alguien que disfruta con la desgracia ajena. Ya sabe… banquero, consejera de Endesa, ejecutivo de Telefónica, fabricante de armas, presidenta de multinacional… gente hecha a sí misma con la mochila de los escrúpulos completamente vacía y sus cuentas corrientes al borde de la saturación. Esta gente, que ha aprendido a cumplir sus objetivos renunciando a su humana condición como premisa indispensable para alcanzar la felicidad, sueña con figurar en la lista Forbes.

Son el tipo de gente que reparte granos de optimismo calculados, dosificados, a esa sociedad de la que extraen, por cada grano, montañas del milenario oro llamado plusvalía. Son insaciables y pretenden ser invisibles llamándose mercados. No le dé más vueltas, abra los ojos si aún no se los han sacado, mire a su alrededor: son ellos y ellas, apóstoles de la codicia, quienes gobiernan y mandan. O mejor no mire, para evitar la pulsión de tomar las armas: muy poca gente lo entendería y sería usted víctima de la sospecha ciudadana.

Más reales son los personajes que aparecen en los medios, en carteles, folletos o farolas, los que asaltan los buzones como candidatos a los que usted votará y que gobernarán a capricho de los anteriores. A estas alturas, la estafa, la reforma laboral y la recuperación han barrido el optimismo de la mayoría social. Como ejemplo, el pacto entre patronal y sindicatos para subir el 1% unos salarios devaluados entre el 10 y el 40% es una broma de mal gusto. Para Báñez y Rajoy es motivo de optimismo, para patronal y banca de orgullo y satisfacción por la reforma laboral impuesta y para Toxo y Méndez debería ser motivo para el exilio.

Desde el 15M los focos alumbran a la corrupción como problema estrella de la política española. Que PP y PSOE sean completos catálogos de chorizos y chorizas con mando en plaza no debiera preocupar más allá de la inverosímil querencia de la mayoría de los españoles a ser robados y estafados con el aval de sus votos. Rajoy, Aguirre, Chaves o Griñán escurren el bulto de forma burda y zafia, declaran incorruptos a sus partidos y la ciudadanía los sigue votando casi en masa. Esto sería inconcebible, patológico, si no estuviésemos en España.

La verdadera corrupción, la que debiera hacer saltar las alarmas, son las políticas practicadas por ambas formaciones en contra de los intereses del pueblo. Zapatero y Rajoy disfrutaron de un orgasmo simultáneo al modificar la Constitución para bendecir el robo de los “inversores”. Ahora que están en campaña, no les importa hacer el ridículo como llevan haciendo cuarenta años: mintiendo a boca llena. Da grima ver en bicicleta, promocionando la energía sostenible y la vida saludable, a las mismas y los mismos que penalizan el panel solar y subvencionan a la industria del automóvil como no han hecho con cualquier otro sector productivo.

Para calmar ánimos, en exceso calmados, la Europa de la banca y del mercado se ensaña con la Grecia que ha votado una opción menos rentable para ellos. La memoria es fugaz y ya nadie quiere recordar que la corrupción griega es siamesa de la española, iniciada por los Coroneles (aquí un Generalísimo) y rematada por liberales y neoliberales (aquí PSOE y PP). Las dictaduras militares y los gobiernos civiles siempre han salido de la cocina capitalista global y ahora, con una manzana en la boca, nos preparan para asarnos en la parrilla del TTIP, el culmen de la corrupción a gran escala.

Hoy que lo de Podemos va quedando en gatillazo, que IU ha vuelto a caerse de la cama y que Ciudadanos aporta al burdel patrio chulos frescos con los proxenetas conchabados, votar está muy complicado. El “que se jodan” de Andrea Fabra es el grito de guerra de los mercados, el que mejor define la pesimista realidad española: si les votamos, nos jodemos y, si nos abstenemos, también nos jodemos. Por primera vez en mi vida, no lo tengo claro. ¿Sería una opción votar lo que más les joda a ellos?

El cuento de Susana Díaz

ovejas

Lo contó el abuelo Roberto a sus nietos, cansado de que sus hijos no lo escucharan, cuando cumplió setenta años de vida quemada. Lo contó sin mucho convencimiento, admitiendo que el destino de la humanidad es repetir errores y reciclar fracasos, pero también lo contó por la necesidad que tienen los viejos de aliviar sus conciencias.

El lobo come ovejas –dijo desde la butaca– porque sabe que se dejan comer resignadas. Las ovejas piensan que son como los pastos, que han nacido para ser devoradas, bien sea por el lobo, bien por el pastor que las guarda.

Abuelo –replicó la nieta, inquieta y sabionda– los lobos necesitan comer para no morir de hambre, al igual que los demás animales incluido el hombre.

No es la actitud del lobo la peligrosa, sino la indolencia de las ovejas al ser zampadas. El lobo aprende a cazar en la manada y las ovejas, en el rebaño, aprenden a ser cazadas. Esto quiero que aprendáis: las personas no han nacido para ser devoradas por otras que han aprendido a cazarlas. Desconfiad de quienes os prometen una vida feliz como rebaño, de quienes dicen ser vuestros pastores o vuestros guardas, pues serán quienes den las primeras dentelladas.

La hija de Roberto, que desde la cocina escuchaba, no entendía la fábula y salió hasta el comedor para que su padre se explicara. Ella sabía de la rebeldía de su padre, sabía de su carácter insumiso y protestón que lo había llevado a la cárcel en los duros años de la posguerra. Sabía, o más bien quería pensar, que aquello no había servido para nada.

Papá –le dijo para que recapacitara–, Franco ya murió. Ahora vivimos en democracia.

Sí hija, ya lo sé. La memoria todavía no me falla. Sé que habéis votado para presidenta a una mujer que se autoproclama socialista, que dice luchar por el pueblo y respetar la dignidad de su fontanero padre.

Entonces, ¿a que vienen tantos lobos y ovejas?, ¿a qué tanta desconfianza?

¿Veis lo que os decía? –Los ojos del viejo dialogaban con los nietos–. Susana Díaz, pastora improvisada, ha aprendido a cazar en la manada del PSOE con los jefes González, Chaves y Griñán. Vuestra madre, en cambio, –ahora miraba a su hija– ha aprendido a obedecer callada, a aceptar su destino de oveja encarrilada.

El voto es libre, votar al PP es lo peor y, además, votar a otros no sirve para nada.

Roberto calló su boca, no así su alma. Pensó en la jugada de Susana para sacudirse la izquierda con la que gobernaba, pensó en los resultados de las elecciones, en sus forzadas promesas de regeneración para pactar con la derecha Ciudadana y en el consejo envenenado de Rajoy para que repitiera elecciones. Pensó el viejo, y no se equivocaba, que Susana no era de fiar, que era loba consumada, que detrás de ella estaban la patronal y la banca, las insaciables jaurías que desde hace casi ochenta años en España mandan.

Pensó en su hija y en el inmenso rebaño que hicieron de Susana la más votada. Pensó que era inútil, que era utopía, esperar que las ovejas despertaran.

¡Se callen, coño!

70anosPaz

Alarma pensar que tras la intentona golpista de Tejero había una trama civil, más olvidada por los demócratas de toda la vida que los crímenes de Franco. Estremece pensar que sean los padres de la patria quienes atentan contra la ciudadanía en favor de unas élites que marcan los objetivos para sus disparos legislativos. Avergüenza recordar cómo nuestros padres y abuelos bajaron la cabeza para aplaudir a un dictador durante 40 años de muy negra paz y cómo sus hijos y nietos imitan a sus ancestros hincando las rodillas ante los desmanes de los herederos del franquismo.

Lo que está sucediendo en España es grave, muy grave, demasiado grave para seguir llamando democracia a nuestro sistema político. No es ya que una horda de bribones y bellacos haya asaltado las instituciones en beneficio propio o que gobiernen en contra de los intereses del pueblo. Lo que está sucediendo en España está cada día más cerca del concepto de golpe de estado, del autoritarismo como práctica política, con nubes de fascistoide miedo oscureciendo el horizonte.

La cosecha de votos obtenida por el Partido Popular en las últimas elecciones generales –se veía venir– ha sido utilizada por el gobierno para, como sucede en las dictaduras, legitimar sus golpes. Franco fue Caudillo de España por la gracia de Dios y Rajoy es presidente, conviene no olvidarlo, por la desgracia de sus votantes. Entre uno y otro, como luctuoso nexo, la monarquía osa insultar a la memoria, insepulta aún, con un recordatorio de 200 € para 70 años de paz.

Argumenta la Justicia que es garante del estado de derecho, de la democracia y la libertad. “Mentira”, responde la realidad. Se ha visto caer a jueces que han intentado poner coto, impartir justicia, a la ambición de políticos, aristócratas, empresarios y banqueros. Se ven asomar, por las letradas puñetas, carnets de partido que quitan la venda y desnivelan la balanza. Los débiles son juzgados con mano de hierro y de seda los poderosos. La Justicia en España no es ciega, no es justicia.

Ha vuelto la presunción de culpabilidad a invadir lo cotidiano, lo público y lo privado. Todos somos sospechosos de ser personas, de pensar y expresarnos libremente, de tener sentimientos y necesidades, sospechosos de ser pobres y manifestarlo. El Ministerio de Interior vuelve a cobijar a grises policías que obedecen órdenes en blanco y negro. Hace dos días, a punta de pistola, han sido detenidas 19 personas sospechosas de ser solidarias cuando todavía permanece en la cárcel algún preso culpable de manifestarse contra el gobierno. Y la lista de aporreados, identificados, baleados, juzgados y condenados por similares motivos es larga, casi tan larga como la lista negra de desafectos al régimen elaborada por Cristina Cifuentes, premiada por ello con su madrileña candidatura.

El golpe de estado se está fraguando a fuego lento con una trama civil que lo respalda y una trama mediática que lo jalea a la vez que lo encubre. Es trágicamente irónico que, siendo la prensa la principal depositaria de la libertad de expresión, haya derivado, casi en su totalidad, hacia modos y prácticas cercanas a la voz de su amo. La prensa española se ha entregado a una sangrienta cacería de todo lo que pueda incomodar los 70 años de paz, 40 de franquismo y 30 de posfranquismo.

Hemos visto en los últimos días al presidente de media España decir al representante de millones de españoles “No vuelva usted aquí a decir nada”, como el amo del cortijo legislativo. Y hemos visto al ministro de defensa, el dedo en la boca bajo las marcas de los tiros de Tejero recién restauradas, mandar callar a una representante del pueblo. Es demasiado reciente la intentona del 23F y demasiado evidentes las intenciones del gobierno para no escuchar lo que nos quiere transmitir, “¡Se callen, coño!”, sin pistola ni tricornio. Como quien no quiere la cosa, están dando un golpe con la complicidad electoral de demasiados millones de españoles, otra vez sumisos o temerosos.