Conciencias ocultas

BEBES

Poco a poco, como la arena de un reloj, regresan al imaginario colectivo las conservadoras ideas que se oponen al raciocinio, al progreso colectivo. Grano a grano, se convierten en sólida piedra los sentimientos más profundos de los corazones hasta hacerlos impermeables al concepto de humanidad. Es la muralla ideológica que la perversa arquitectura insolidaria, egoísta y vicaria de las élites ofrece a la ciudadanía como defensa de los males que ellas mismas producen.

El papel de la mujer como doméstica mucama al servicio de los hombres, con derecho a pernada, es reclamado por el neoliberalismo con el mitrado aplauso de la jerarquía católica. Siempre han defendido, señoritos de casino y clero bigardo, que la mujer es un ser inferior, una cosa, una propiedad inalienable como un piso, un tractor o un reloj de pulsera. Y ahí tenemos de nuevo al neoliberalismo oponiéndose a algo tan simple, y peligroso para sus fines, como la igualdad.

Desde tiempos inmemoriales, el pensamiento conservador ha señalado a sus víctimas como la parte de la humanidad que, además de robarnos, ostenta diferencias en el sexo, la piel, el idioma, la cultura y la religión. El conservadurismo ya lo hizo en la historia más reciente con los negros en USA y los judíos en Alemania, pero es consciente de que el pueblo olvida su historia y se condena a repetirla. Se está viendo hoy mismo en USA, Europa y el despiadado estado asesino de Israel.

Así lo demuestran los populistas ascensos al poder de monstruos sin conciencia como Trump, Salvini, Orban, Le Pen o monstruos de letal conciencia franco–aznariana como Abascal y los suyos, Casado y los suyos o Rivera y los suyos. Todos ellos, y ellas, sin excepción, repiten la liturgia de la arena que filtra sus granos en el reloj de la historia una vez colocado de nuevo boca abajo. Los púlpitos mediáticos y eclesiales horadan las conciencias para que la arena petrifique cerebros y corazones.

Suelen ser personas adictas al incienso y las sacristías, hábilmente pastoreadas, quienes mejor responden con sus votos al llamado de sus rabadanes. Suelen ser personas de conciencia dominical quienes, entre semana, apartan de sí conceptos como caridad, solidaridad y humanidad. Son seres vacíos de valores que no ven seres humanos, sino amenazas a su individualista egoísmo. Son gente que defiende a ultranza la misoginia y la xenofobia como seña propia de identidad.

El odio a la diferencia se extiende en la sociedad como una suerte de peste negra que corroe la convivencia y produce víctimas ante la indiferencia de esas mayorías sin conciencia. Es la ideología neoliberal, retrógrada y conservadora la que, en el siglo XXI, reproduce mensajes supremacistas (fascistas también vale como epíteto) en contra de esa parte de la humanidad a la que ve como una rémora para alcanzar su fin: satisfacer la codicia de sus conciencias.

El imaginario colectivo está henchido de falacias sobre el machismo y el racismo: denuncias falsas (PP, Ciudadanos y Vox), violencia intrafamiliar (PP y Vox) o doméstica (C’s), emigración delincuente (Vox), emigración subvencionada (Vox, PP y C’s), etcétera. Utilizan añagazas para señalar a estas personas (seres humanos, no se olvide) como la causa de todos los males económicos y sociales que sufre la ciudadanía en general y que el propio neoliberalismo produce.

Derechas (3) y lavados de cerebros

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Estos días, la brainwashing machine (así, en inglés, que en castellano suena a lo que es) doméstica anda centrifugando las mentes desprevenidas. El mando a distancia sirve para constatar que todos los programas de lavado parecen sincronizados para blanquear todo tipo de suciedades. Dependiendo del programa y de la franja horaria, se blanquea la corrupción, la misoginia, el machismo, la homofobia, la xenofobia y hasta el fascismo 3.0.

Todo ello, sospecho, se debe al efecto del detergente Roji y el suavizante Gualda esnifados industrialmente por la sucia maquinaria de las derechas que los diferentes programas consumen y publicitan con adicción. Para asegurar el efecto blanqueador, no faltan obispos como Demetrio dispuestos a rezar dos padres nuestros y tres avemarías o a sacar el palio para cubrir a los nuevos/viejos cruzados. España es así: catecismo y formación del espíritu nacional para mitigar el hambre.

No duda Casado, en el prelavado, en reivindicar sus orígenes pata negra, denominación porcina para aludir a Aznar, Aguirre y a dirigentes de su partido inmersos en el sucio negocio de la corrupción. Se entiende en un sujeto de currículum falseado y dopado. No duda Rivera en apoyar a su hermano de la FAES. Se entiende en un partido especializado en sostener gobiernos corruptos del signo que sean. Ambos se blanquean entre sí, pero sus marcas azules y naranjas apestan a ideología corrupta y neoliberal. No hay perfume que quite esos hedores.

Los dos partidos, probadamente dopados con dinero negro uno y del Ibex el otro, mantienen su cuota de poder y en el lavado se intercambian manchas imperecederas con VOX. El agua clara se enturbia porque la misoginia, el machismo, la homofobia, la xenofobia y otros lamparones similares, de naturaleza neofranquista, son sustanciales al tejido ideológico de los tres. Aún así, con mayor o menor impudicia, aceptan el apoyo del partido dopado con dinero iraní y del mamandurriado Abascal para montar el tendedero donde pretenden en vano orearse.

El programa de aclarado nos muestra que ni PP, ni C´s, ni VOX, pueden pasar por ropa limpia por mucho que vuelvan a añadir Roji y Gualda y repitan el proceso. El indisimulado y pestilente olor a populismo rancio, basado en la goebbeliana máxima de repetir las mentiras para hacerlas verdad, forma parte indisoluble de sus textiles fibras. Ni la lejía perfumada es capaz de disimular las manchas y los olores que ostentan como pecados originales.

Pero son conscientes los de Rivera y los de Casado de que el centrifugado obrará el milagro de blanquear sus posiciones en pasivas mentes poco precavidas dándoles apariencia de blancor. Así, Pablo y Alberto presumen de estar en el centro del tendedero, cuestión que Santiago no se plantea por estar orgulloso de sus manchas. Los tres, sus tres formaciones, ondean flácidas al viento en el extremo derecho de la cuerda mostrando sus desvegüenzas cara al sol.

Tres tristes trapos ajados cuelgan en el tendedero electoral tapados por inmensos trapos rojigualdos cuya misión es que pase desapercibida su vetusta y obsoleta composición para la ciudadanía. Lo han conseguido en Andalucía y lo conseguirán en España, donde la clientela electoral no mira más allá de la moda de temporada. La brainwashing machine cumple a la perfección el objetivo para el que ha sido diseñada: lavar los cerebros incautos y vender con reiteradas mentiras los trapos viejos como seda natural.

Ante la imposibilidad o la negativa a lavar sus ideologías, las derechas han optado por su viejo y exitoso recurso de lavar los cerebros a la ciudadanía.

Matemos a las mujeres

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Por cultura, por tradición, por ideología, se matan o maltratan por gusto animales y plantas sin problema y no pasa nada: acaso una multa o una condena a prisión cuyo cumplimiento es anecdótico. No pasa nada: por ideología, cultura y tradición, maten o maltraten los machos a las mujeres. A fin de cuentas, para el macho hispano no son más que seres inferiores, como los animales o las plantas, que les deben eterno agradecimiento por tenerlas en cuenta.

La vertiente cultural del menosprecio hacia la mujer es común a todas las sociedades drogadas por cualquier religión: todas condenan a la mujer por los santos cojones de dioses inexistentes. La actitud de la jerarquía católica lleva siglos quemándolas en público, condenándolas en privado y alentando a los hombres a demostrar su hombría cebándose en nosotras que somos débiles, pecadoras e impuras. La jerarquía católica, que nadie se engañe, está al mismo nivel que la musulmana, la judía o cualquier otra: maten los machos a las mujeres, que algún dios habrá que los perdone.

Por tradición, la derecha quiere recuperar la esencia de la familia: “la mujer en casa y con la pata quebrá”. Los hombres no encuentran trabajo por culpa de las mujeres que trabajan. Se folla cuando, donde y con quien el macho necesite, si lo demanda ella es porque es puta. Los hijos están desatendidos y los hogares sucios desde que las mujeres tienen vida propia. Y ya ni siquiera aceptan con sumisa alegría la lencería de puticlub que los machos les regalan en ocasiones especiales. Maten los machos a las mujeres que no estén en la cocina como la sartén.

Por ideología, se desempolva la arenga de Queipo de Llano que legionarios y manadas de civiles, soldados y paisanos llevan a la práctica con la aquiescencia de jueces y juezas, que también las hay, machistas. Por ideología, considerar que una persona es superior a otra por nacimiento, raza, sexo, religión u opinión es propio del peor de los fascismos que vuelven a Europa y a España. Las mujeres son inferiores, lo dice la Biblia, y por ellas ha empezado el franquismo triunfante, que lleva ideologizando y depurando a esta mierda de país ochenta y dos años. Maten los machos a las mujeres y luego a rojos, moros y maricones.

Una mezcla de las peores tradiciones, de la cultura más nociva y de la ideología más asesina inspira a los tres hijos de la gran FAES que son mayoría en Andalucía y lo serán en España. La epidemia del fascismo destruyó Europa con Hitler, Mussolini y Franco. 80 años después, el espíritu del genocida triunvirato se ha reencarnado en España en Abascal, Casado y Rivera. Los tres coinciden, no lo olvidemos, en minimizar el terrorismo machista reduciéndolo a delito común mediante la omisión de su envergadura (casi 1.000 muertas en 15 años, muchas más que ETA) y de su carácter eminentemente misógino. Violencia doméstica nos dicen: terrorismo machista es. Maten los machos a las mujeres, sobre todo si no comulgan sus ruedas de molino.

Nos han acostumbrado a vivir en la mentira, la gran aportación de las religiones al mundo, quienes ostentan títulos falsos, viven del dinero público y sirven a las otras mentiras que nos gobiernan: las de las élites financieras y empresariales. Todos ellos, las derechas extremas y la jerarquía católica, vuelven a reeditar su pacto nacionalcatólico del que se beneficiaron durante 40 años en exclusiva y durante otros 40 con la competencia del PsoE y de nacionalistas varios. Maten los machos a las mujeres en nombre de la patria y sus saqueadores.

El resultado: 40 años de retraso económico y social respecto a Europa. 40 años, los del franquismo, de maltrato a la mujer como seña cultural e ideológica asentada en la tradición. 40 años, los segundos, marcados por una corrupción sin parangón en la historia y en el mundo desarrollado. 80 años de franquismo, posfranquismo y neofranquismo que amenaza con cumplir los 100 a nada que el pueblo, embaucado y manipulado como nunca, siga votando a quien ha de exterminarlo. Maten los machos a las mujeres, que la historia es mentira y disfrutan repitiéndola.

La bandera de España en sus manos, la impuesta por el franquismo, fue, es y será nuestro sudario.

Laura: una más, otra más

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La facción machista de la sociedad española no está enferma, sabe muy bien lo que hace y tiene quien la arenga y jalea desde estrados, púlpitos y escaños. La facción machista es conservadora en cuanto a los valores tradicionales que la derecha política y religiosa insiste en reivindicar, entre ellos la sumisión de la mujer al arbitrio del macho. La facción machista se ha venido arriba, tanto como los postulados de corte ultraderechista que triunfan en el mundo, Europa, España y Andalucía.

La historia de la humanidad es la historia de la exaltación del macho y del vasallaje femenino. Cada paso dado en el eterno camino de la emancipación por la mujer ha estado marcado por látigos, hogueras, patíbulos, mazmorras, juicios, condenas, desprecios y sangre, mucha sangre. En ello seguimos varios milenios después, recibiendo el troglodita garrotazo como manifestación de dominio, dependencia y, revestido de aterrador neorromanticismo, presunta manifestación amorosa.

El trágico ritual de condenas, minutos de silencio, manifestaciones y condolencias por el asesinato de Laura Luelmo ha ocupado la actualidad en informativos, familiares tertulias improvisadas y redes sociales. El hipócrita protocolo de los representantes públicos ha tirado de manidos argumentarios y postureo reiterativo ante una cultura machista que acabará normalizando las estadísticas de su terrorismo como las muertes por cáncer o los accidentes de tráfico.

La indignación ciudadana ha vuelto a aflorar exigiendo respuestas adecuadas y contundentes para tan deleznable crimen machista. Las respuestas de quienes tienen en su mano atajar en su raíz tales conductas sociales y, por tanto, culturales no se ha hecho esperar. De un lado, quienes ven el machismo como una lacra terrorista arraigada en la retrógrada educación recibida en casa, en la calle y desde el magisterio audiovisual de modelos machistas publicitados para todo tipo de públicos.

Del otro lado, los sectores conservadores que, negando el machismo como aporte troncal de su ideología, exigen populistas medidas punitivas como solución. Desde que se aprobó la Prisión permanente revisable, casi cien mujeres han sido mortales víctimas del terrorismo machista sin apreciarse un mínimo efecto disuasorio. Pero Casado, Rivera y Abascal insisten en endurecer dicha ley, pensando posiblemente en su aplicación para otros menesteres.

La santísima trinidad machista y conservadora nos tiene acostumbrados a utilizar y manipular el dolor popular para servir a sus intereses. Lo hicieron durante décadas con el terrorismo etarra que hoy ya no les sirve en su afán por recolectar votos. Lo han hecho con el caso José Bretón, con el de Marta del Castillo, con el de Mari Luz, con el del Pescaíto Gabriel y, estos días, con el de Laura. Vuelven a pedir la Prisión permanente revisable, seguramente para aplicarla a rojos, independentistas, disidentes y feministas: los enemigos de su España.

Las lágrimas arden de ira al comprobar que siguen defendiendo el machismo y se posicionan en contra de la igualdad de las personas, sean hombres, mujeres o migrantes. Su discurso, estos días, atiza la indignación al constatar que el populacho acepta sus populismos y no hablan de machismo, sino de demencia individual, de violencia doméstica y de, el colmo, responsabilidad de la ideología de género. El catálogo completo de la FAES y la Conferencia Episcopal.

Laura fue una más de los cientos de miles de personas que reclaman la igualdad entre hombres y mujeres en la eterna lucha femenina y feminista.

Laura es otra más de las víctimas del supremacismo terrorista que llevan milenios pagando con su sangre una cultura machista que, lejos de desaparecer, encuentra votos para alimentarse.

Machos terroristas

Machismo

Más que el terrorismo de ETA (de 1958 a 2010), más que el terrorismo islamista en Europa (2004 a 2018), el terrorismo machista ha causado más muertes que los anteriores sólo en el periodo de 2003 a 2018, casi mil, cinco de ellas en las últimas 48 horas. Una cifra tan sólo superada por el terrorismo franquista. Una infame vergüenza normalizada por algunos medios de comunicación y por gran parte de la inmundicia política, amén de otros nocivos agentes sociales instalados en el machismo como ideología reivindicada.

El terrorismo machista no es nuevo, forma parte del acervo cultural transmitido desde la antigüedad por los libros sagrados y la práctica mundana del derecho de pernada. Cosificar a la mujer es cosa de hombres, y de no pocas mujeres que se cosifican a sí mismas siguiendo los dictados de las modas, la publicidad y los cuentos de hadas. Y las cosas, ya se sabe, son propiedad de sus dueños con derecho a disponer de ellas a su albedrío.

Esa cultura machista sigue vigente. Esa cultura machista sigue matando. Esa cultura machista tiene sus defensores. Esa cultura machista tiene sus educadores. Esa cultura machista tiene sus practicantes. Esa cultura machista no se concibe sin sus víctimas. Esa cultura machista tiene su público. Esa cultura machista vende. Esa cultura machista nos rodea. Esa cultura machista la tenemos en el cerebro. Esa cultura machista agrede y mata cotidianamente.

No hace mucho, las mujeres, y muchos hombres, nos echamos a la calle para visibilizar que el modelo cultural y asesino del machismo exige un cambio radical. Como siempre, la calle va por un lado y las instituciones por otro. La gente de bien, la gente como Dios manda, la gente conservadora, se alarma cuando le mueven la ideología y se lanzan a la trinchera esgrimiendo términos despectivos y descalificadores como feminazis radicales antisistema. Esa es la clave: el sistema.

Dañinas como ningunas son las instituciones que suelen utilizar negras faldas largas. Parte de la jerarquía Católica recuerda con insistencia la fábula que nos cuenta que la mujer procede de una costilla del hombre o propone a las mujeres que se casen y sean sumisas. Parte de la jerarquía judicial continúa instalada en los derivados del medieval derecho de pernada. Ambas instituciones son anacronismos altamente perjudiciales para la salud de las mujeres.

Y luego tenemos a la casta política que, sumisa a los intereses de las élites financieras y empresariales, no aborda como debiera el terrorismo machista. Es el sistema. Las mujeres deben, para ellos, cobrar menos salario por el mismo trabajo que los hombres y en peores condiciones. La casta política, siempre presta a salir en la foto, inunda nuestros días de minutos de silencio, solemnes declaraciones y embaucadores guiños. A la hora de la verdad las lágrimas impostadas que derraman sólo sirven para convertir sus oportunistas promesas en papel mojado.

Ahí tenemos a los Rivera y a los Casado exprimiendo el diccionario para no llamar al terrorismo machista violencia de género, tratando de invisivilizarlo. Ahí los tenemos defendiendo a capa y espada la escuela privada que segrega por sexo y educa en el machismo. Ahí los tenemos utilizando hasta el vómito a las víctimas de ETA como objeto de su propaganda. Ahí los tenemos, a Dios rogando y con el mazo machista dando. Y ahí los tenemos, a ellas y a ellos, entregándoles su voto y, con él, propiciando el inasumible goteo de víctimas femeninas.

Mujer, mujer, mujer

mujer

A pesar de la certeza de que el sol es el mismo para toda la humanidad, la evidencia muestra que no calienta ni alumbra de la misma forma para todas las personas. Toda clasificación (inclusión en una clase) tiende a visibilizar lo esencial y lo accesorio de lo clasificado atendiendo tanto a sus aspectos naturales como a los artificiales. Hay quien define las cosas en función de su esencia y quien opta por resaltar lo secundario. Lo mismo sucede cuando se define a las personas.

Todo el mundo coincide en que mujeres y hombres son seres humanos pero, al ser clasificados en los anaqueles del género, se tiende a explicitar el sello cultural impreso en la neurona social. Nadie es culpable per se de la educación recibida, pero sí responsable de adecuarla a una realidad mínimamente consensuada con la razón y el sentido común. Reproducir estereotipos y falacias no deja de ser una generalizada actitud cómoda e interesada.

Lenguaje, costumbres o creencias son hormas educativas de las que es sumamente complicado sustraerse, sobre todo para quien percibe comodidad en ellas y convierte en defensivo callo las presiones y rozaduras que puedan producir. Las hormas hacen percibir como normales deformidades, físicas y espirituales, que no lo son hasta el punto de que, si se dice de eliminarlas o sustituirlas, la oposición es feroz porque nadie reconoce su deformidad.

El debate feminismo/machismo es, tal vez, de los más antiguos de la humanidad. Unas exigen liberarse de la horma que las comprime, oprime y reprime y otros, reacios a aceptar su deformidad, defienden a ultranza su propia y exclusiva comodidad. La razón y el sentido común suelen quedar al margen en lo que se plantea como una batalla, una guerra que ningún bando quiere perder. Olvidada la esencia humana de las personas, los contendientes se pierden en lo accesorio, lo artificial, lo educacional, discutiendo sobre normas, sobre hormas.

Una certeza es que el sol calienta y alumbra al hombre con distinta intensidad que a la mujer. El sol laboral calienta más al hombre alumbrando el trabajo productivo y proyectando femeninas sombras sobre el trabajo reproductivo. El sol salarial reluce para la mujer un 20 ó un 25% menos que para el hombre. Y la tierra gira en torno al hombre reservando a la mujer el papel de satélite lunar para brillar con preferencia de noche en etapas crecientes y menguantes.

Es muy lamentable que este debate, en el siglo XXI, se mueva en la linea de adoptar por el hombre el objetable rol de sujeto objeto, tradicionalmente reservado a la mujer, o de que ésta adopte el impertinente rol de domadora social. El macho depila sus ideas y maquilla su naturaleza impelido por el consumo de la misma forma que la hembra identifica la sensibilidad con una falsa debilidad empujada por insoportables modelos neoculturales.

Mientras esto sucede como algo natural, las cifras de maltrato están ahí. Las 50 sombras de Grey educan en la sumisión. En la hostelería siguen tirando más dos tetas que dos carretas. Los insultos sexistas a una árbitra de fútbol, sancionados con 50 €, y la apología del maltrato machista en la grada del Betis degradan el deporte. La agresión del Cromañón Mario García a una mujer es una falta de vejaciones porque la justicia valora más una fractura ósea, delito de lesiones, que una puñalada trapera a la dignidad. Aun así, habrá quien sostenga que el debate de la igualdad no tiene razón de ser y que estamos bien como estamos.

25 N: hasta el año que viene

25-N-2013Las celebraciones y conmemoraciones oficiales u oficiosas suelen obedecer a acuerdos sociales que establecen ideológicamente su marca y diferenciación respecto al resto de eventos que llenan nuestras vidas. Muchos de estos acuerdos tienen una base sociológica o histórica que apunta a la necesidad de que la ciudadanía recuerde hechos o eventos de importancia en el devenir de los pueblos. Otros acuerdos obedecen a meras razones comerciales que las aprovechan para vender productos e ideología en un mismo lote consumista.

Cuando se echa mano de una etiqueta para identificar algo, suele ser porque la memoria se resiste a admitirlo como parte de la realidad cotidiana. Dedicar un día del calendario a recordar una circunstancia me hace preguntar qué sucede el resto de los días. El día de los Derechos Humanos evoca que, durante 364 días, éstos son ninguneados; el día de la Paz recuerda que el almanaque está lleno de guerras; el día del Medio Ambiente sugiere su degradación jornada tras jornada… y así todos los “días de”.

Cuando la etiqueta lleva escritas las palabras “día contra” antes de la efeméride, podemos llevarnos las manos a la cabeza porque sugiere que el resto del año se ignora una dolosa realidad o, más trágico aún, se puede estar “a favor de” ella. Los “días de” y los “días contra” ostentan fluorescentes marcas en las agendas políticas e institucionales porque son días de flashes y micrófonos, días de monótonos alardes y declaraciones alambicadas con los que tratan de colorear sus rutinarias poses nuestros gobernantes.

El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 54/134 el 17 de diciembre de 1999, se ¿celebra? el 25 de noviembre. La etiqueta sufre diversos acomodos (violencia machista, de género, etc.), matices que distraen de la amenaza sentimental, la tortura cultural y la muerte física de mujeres. La sociedad aparta así su mente del problema, trasladándola al dilema de “si son galgos o podencos”, mientras se anotan víctimas, una tras otra, en el calendario anual del horror doméstico.

Las vícimas mortales en este país se clasifican convenientemente en función de su rentabilidad electoral o su interpretación ideológica. La polvareda levantada en torno a las víctimas del terrorismo y el lodazal por el que transitan las víctimas del generalísmo, son vegonzosas muestras de ello. Las víctimas mortales del machismo, ideología sociológicamente definida e identificable, desde 1999 a 2013 ascienden a 919, frente a los 829 asesinatos de ETA desde 1975 hasta hoy. La repercusión social y política de uno y otro terrorismo no son comparables.

El rechazo hacia los etarras es unánime, mientras el rechazo hacia el macho ibérico presenta numerosas grietas por las que calan la resistencia de determinados sectores y las justificaciones más o menos veladas de gran parte de la sociedad. Con aberrante complicidad, se recurre al 0,01% de denuncias falsas por violencia de género, a un feminismo tildado de radical y a cualquier circunstancia que amenace la supremacía del macho, para menoscabar la lucha contra este tipo de violencia. La dinámica de las industrias publicitaria, televisiva, política, empresarial y religiosa, incide en la idea de que todos los días que no son 25 N se olvida sistemáticamente la lacra del machismo.

Las mujeres, españolas y del resto del mundo, compaginan casi en exclusiva el trabajo productivo y el reproductivo con una normalidad cultural que da miedo. La brecha salarial entre mujeres y hombres es un hecho bendecido por los poderes y asumido por la mayoría de las mujeres que acceden al trabajo en franca desigualdad. Las iglesias supeditan la existencia femenina a las necesidades del hombre (“Cásate y sé sumisa”, propone el catolicismo). Y hay instituciones que ofertan cursos de cocina y de atención hogareña como caminos de redención para la mujer.

Es necesario un cambio cultural para superar la vergonzante situación de muchas mujeres, pero es imprescindible que el cambio se opere en las mentes masculinas. Como otros “días de”, sobra el 25N.