Carta a Yahveh (si existiera)

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Los dioses han sido y son, en la historia de la humanidad, la salida de emergencia de la razón en situaciones comprometidas para la lógica y la experiencia. Los dioses, en última instancia, son constructos elaborados por hombres que consideran un peligro la razón, una deficiencia la lógica y la experiencia un delito, un quebranto, un pecado. Los dioses, cuando hablan por boca de los hombres, son una estafa.

Dicho esto, Yahveh, y dando por sentado que tanto tú como Dios o Alá no sois más que personajes de ficción, tengo varias cosas que decirte, que es la forma de que la razón, la lógica y la experiencia las escuchen. En tu nombre, gentes de forma humana, inhumano cerebro y pétreo corazón se dan a pregonar odios, esparcir inquinas y sembrar cizañas como atajo para alcanzar paraísos que no existen salvo en la quimera de un libro sagrado, una fábula, que dicen has escrito tú.

Los pregoneros de los dioses, imanes, obispos o rabinos, suelen recurrir a extemporáneos disfraces de ridiculez extrema para arropar una autoridad que la razón les niega. Los tuyos, con sus luctuosos trajes, sus sombreros y sus trenzas, se han alejado tanto de la práctica de la piedad y la bondad, la jasidut hebrea, que te equiparan al peor de los demonios que un ser humano imaginar pudiera en un delirio terrenal, porque dicen actuar así cumpliendo tu voluntad.

No sé si tu omnipotencia alcanza para que estés al tanto de lo que sucede, en tu nombre, en Gaza. Siendo indulgente contigo, se me ocurre que quien permite tal atrocidad no puede ser más que un cabronazo, un psicópata del más allá que disfruta con la sangre del más acá, en Palestina concretamente a día de hoy; mañana, Dios (tú o Alá) dirá. Menudo matón estás hecho: hasta tu libro sagrado, la Torah, significa en hebreo “dar un tiro” y es la guía de tu pueblo para dar en el blanco.

Ignoro qué principios teosóficos convierten a los dioses en registradores de la propiedad y os autorizan a elegir pueblos como si fueseis Griñán o Rajoy designando candidatos. Alá y tú elegisteis a pueblos distintos y les prometisteis el mismo territorio, una herencia mal avenida que resuelve a cañonazos quien menos asistido está por la razón y la historia, una estafa más de los canallas etéreos que causáis dolor a los humanos.

Te suelen representar con un enorme ojo ocupando el centro de un triángulo y te puedo asegurar que no he visto un ojo más tétrico en la iconografía universal, incluido el de Sauron. ¿Ese ojo que todo lo ve es el que te aconsejó elegir al pueblo judío? Te debe costar lo tuyo cerrarlo para no ver el genocidio que están practicando, en tu nombre, no lo olvides, tus elegidos con el consentimiento y las armas de otro pueblo visionario que imprime sus billetes con el lema “En Dios confiamos”.

Sólo un dios de naturaleza cruel puede engendrar un nido de serpientes y alimañas como el estado de Israel. Sólo un dios demente puede perdonar a genocidas como Sharón o Netanyahu, a descerebradas diputadas como Ayelet Shaked o a indecentes bocazas como Hamutal Rogel. Eres un dios manchado de inocente sangre que acepta como ofrenda el degüello de palestinos al igual que antaño el de corderos. Un dios no puede ser un peligro para la humanidad. Tú lo eres. Y tu pueblo elegido también.

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Israel y los monstruos asesinos

Palestina

Según los evangelios, Judas, el apóstol judío cegado por el dinero, fue capaz de cambiar la vida del hijo de Dios por 30 monedas. El ADN judío, veintiún siglos después, sigue viendo beneficio para sus arcas en el sacrificio de niños, mujeres y ancianos palestinos y mostrando desprecio por la vida. El currículum israelita está plagado de recelos ganados a pulso que han provocado su persecución y expulsión, a lo largo de la historia, de muchos países por reyes, dictadores y gobiernos que usaron su oro y se horrorizaron ante los intereses exigidos.

La psicología no es mi fuerte, pero todo apunta a que Israel es un estado que ha sufrido el síndrome de Estocolmo identificándose de tal manera con sus genocidas hitlerianos que ahora son ellos mismos quienes superan a sus verdugos utilizando sus mismos argumentos, sus mismas tácticas, sus mismas justificaciones y su misma propaganda. El sueño de la razón produce monstruos y los dioses asesinos, acérrimos enemigos de todo raciocinio, han convertido a Israel en un estado de monstruosos asesinos.

El brazalete gamado de las SS que controlaron, disfrutando como psicópatas, los campos de exterminio de judíos gaseados y hacinados ha sido sustituido por el brazalete con la estrella de David. El pijama de rayas ha sido suplido por kufiyyas ensangrentadas. La Gestapo se ha reencarnado en el Mossad. Y Auschwitz o Treblinka son hoy Gaza y Cisjordania. El diálogo y la paz han sucumbido en una eterna noche de cristales rotos.

Un goebbeliano entramado judío controla el 95% de los medios de comunicación que sirven al mundo “civilizado” las noticias debidamente adobadas. El arsenal comunicativo, amén del nuclear, de los sibilinos y peligrosos rabinos, bombardea a diario los hogares globales justificando una indiscriminada matanza de inocentes, una guerra con un único ejército donde sólo un bando hace inventario de víctimas. No es una guerra, no, es una sangrienta cacería.

Desde la sinagoga emplazada en Wall Street, las operaciones financieras del lobby israelí proporcionan munición a los invasores de Palestina y mutismo internacional. Todo lo prostituyen, a todo ponen precio, todo lo venden, todo lo compran, todo manejando dinero ajeno, inhumano dinero del color de la sangre. El mundo comprado por la usura judía es un mundo cruel donde el verdugo, Israel, se presenta como inocente víctima.

¿A qué colectivo religioso se permite crear un estado usurpando tierras a sus históricos pobladores? ¿A qué colectivo se permite participar en competiciones deportivas fuera de las fronteras del continente en el que se asienta? ¿A quién se permite un genocidio sin condena, aunque ésta sea verbal? Sólo al que puede comprar silencios, complicidades y mentiras. El sionismo ha puesto en almoneda la moral, la ética, la conciencia y la decencia mundial.

Un fantasma arrastra cadáveres palestinos para advertir al mundo entero de que carece de entrañas. Un fantasma recorre el hardware de la aldea global con total impunidad levantando la sospecha de que el polonio puede estar agazapado debajo de teclados impertinentes. Así es Israel, un fantasma corpóreo que causa terror nada quimérico esparciendo sesos y vísceras de inocentes que luego limpiarán sus colonos para seguir apropiándose de lo que no les pertenece.

 

Palestina y los dioses asesinos

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La civilización es la expresión social de los seres humanos, capacitados para la convivencia sin otra motivación que el horizonte de la supervivencia. La satisfacción de las necesidades naturales es común a todos los seres vivos y su consecución está relacionada con la información genética y el aprendizaje comunal. Cualquier alteración del ecosistema pone a prueba la capacidad de animales y plantas para sobrevivir, para adaptarse a la novedad.

El ser humano se ha autoproclamado superior al resto de las especies desde un supuesto dominio sobre el medio ambiente basado en la competencia de la razón y, dado que ésta no alcanza a explicar el universo todo, el hombre ha creado a dios. Este constructo social, apartado de su original génesis para explicar la naturaleza, ha sido convertido en instrumento de dominio sobre la propia humanidad. Desprovisto de razón, es el hombre el ser más gregario de la tierra.

La existencia de religiones no se explica desde el ADN, sino por una torsión intelectual que lleva a unos hombres a dominar a sus semejantes por un prurito de codicia y ambición. Todo edificio religioso se construye con ladrillos de incultura y argamasa de ceguera bajo la dirección técnica de arquitectos integristas y peritos en manipulación. Sólo así se explica que en toda tragedia humana esté presente la cruz, la media luna, la estrella de David o cualquier otro símbolo de un dios predador.

La tragedia palestina sintetiza lo que las religiones aportan a la civilización: muerte, dolor, sangre, odio, venganza, guerra, exterminio, oro, petróleo, expolio, silencio y complicidad. Todo en nombre de dioses y dogmas cargados de amor, fraternidad y paraísos de felicidad que en nada se parecen a la realidad, dioses y dogmas mentirosos y, a la postre, asesinos. Dios, Allah y Yahvé; Biblia, Corán y Talmud; comercio, petróleo y oro; metralla, cohetes y misiles: muerte y destrucción.

Palestina está siendo asesinada en nombre de dos dioses ante el silencio cómplice de un tercero. Una carnicería humana en nombre de dioses genocidas, perpetrada por desertores de la civilización, convertida en espectáculo para la inhumanidad que no duda en tomar asiento para contemplar la masacre en unas colinas cercanas o frente a una pantalla que ofrece cadáveres, entre plato y plato, a la hora de comer, sin provocar indigestiones.

Las religiones se reducen a mover fronteras en la geografía de la razón, a establecer límites a las libertades individuales y colectivas, líneas ideológicas trazadas por minorías que definen el bien y el mal para las mayorías. Tiaras, turbantes y kipás no cubren cerebros dotados de humanas neuronas, sino vacíos tenebrosos que generan ceguera y odio en nombre de los dioses. Las fronteras en Palestina separan a los dioses, a un lado el horror, al otro la barbarie. No hay más.

El mundo y su historia están llenos de Palestinas sin que ningún dios, ninguna religión, haya tenido la decencia y la honestidad de ponerse al servicio de la humanidad. Palestina es un duelo entre fanáticos, integristas y talibanes que arman a sus pueblos con preceptos, fatuas y torás para cumplir presuntas palabras sagradas de esos dioses asesinos a los que todos rezan y adoran. Palestina y el mundo serán un paraíso sólo cuando desaparezcan las religiones, cuando los dioses crucen las fronteras del olvido.