Habla, pueblo, habla

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La mordaza de la dictadura española dio paso al bozal de la democracia y España lo agradeció de la misma forma que el mendigo agradece la limosna depositada sobre la palma extendida de su suplicante mano. El donante reconforta su espíritu y el menesteroso alivia unos minutos de su dolorida vida; ninguno de los dos se realiza plenamente, pero ambos hacen un apaño: la caridad no libera de sus cadenas a las conciencias ni alcanza para saciar necesidades agudas, pero supone un desahogo temporal.

La democracia se estrenó con el estruendo, la algarabía, el griterío y el guirigay propios de un país que no reconocía su propia voz, por el desuso de la misma durante décadas de represión, y tampoco era capaz de reconocer sus ideas, acostumbrado a pensar por imposición. La democracia llenó las calles de sonoras palabras y los cerebros de viejas ideas que sonaban a nuevas en boca de políticos que se ofrecieron para edificar el ansiado futuro de una población que aún pedía el certificado de voto a la presidencia de la mesa electoral y, tras depositarlo en la urna, exclamaba resignada “¡A ver a quién nos ponen ahora de alcalde o presidente!”

Los políticos de los 80, piel tersa y cabellos despoblados de canas, consiguieron que el pueblo, ansioso y esperanzado, se identificara con sus discursos y debatiera sobre ideas e ideales por encima de todo. El siglo XXI, sólo dos décadas después, presenta un panorama muy diferente, a pesar de que los rostros, piel marchita bajo nieve capilar, siguen siendo básicamente los mismos. Las palabras han quedado reducidas a un montón de cáscaras verbales sin significado y las ideas actuales son similares a las que aparecían en las enciclopedias Álvarez o Miñón. Nada nuevo. Sólo ha quedado la algarabía y el bullicio, no del pueblo, sino de opinadores oficiales.

Ya no se debate en la calle sobre ideología, sobre política, sobre partidos. Desde hace casi dos décadas, los debates discurren con insoportable monotonía por derroteros monotemáticos, en tonos monocordes, que interpretan los viejos políticos bajo la cadencia corrupta del “¡Y tú más!”, estribillo con el que justifican el distanciamiento del servicio público que se les supone en su desempeño. La población, atrapada por la nula credibilidad del discurso político actual, ha decidido cerrar sus oídos a las desgastadas bocas incapaces de renovar sus prédicas trasnochadas.

La juventud se echó a la calle el 15 de mayo de 2011 bajo la bandera de la indignación. La presencia de voces frescas atrajo a las calles a centenares de miles de personas que sólo querían recuperar la palabra y, con ella, devolver a la democracia su verdad etimológica. La mayoría de la población se identificó con discursos que retrataban la realidad fuera del corsé anquilosado que los partidos han impuesto a sus maneras de hablar, de pensar y de actuar desde sus aparatos orgánicos. Aire fresco en el diccionario popular.

Es lógico que los partidos cuenten con el rechazo del pueblo y que traten de criminalizar un movimiento pacífico, participativo y legítimo que apunta sus dardos verbales e ideológicos hacia la raíz de los problemas: un sistema democrático viciado por el bipartidismo. La derecha radical acusó de radicalismo a quienes se apartan del camino por ella trazado. La supuesta izquierda, alejada como la derecha de la realidad social, intentó, desesperadamente y en vano, abanderar la rebeldía ciudadana. El 15M, acusado de ausencia de caudillos y carencia de ideas, ha puesto sobre la mesa nuevos debates y nuevas voces.

¿A quién le extraña que discursos y acciones protagonizados por personas anónimas tengan más repercusión entre la población, y gocen de su favor, que los rancios y manidos discursos de los vetustos políticos de añejos partidos? Tampoco extraña que el derecho constitucional a la vivienda haya saltado a la actualidad ni que su debate parlamentario transcurra por los cerros de Úbeda. Decididamente, entre el ardor verbal de Ada Colau y la sumisión del gobierno y la oposición a los intereses financieros e inmobiliarios, me quedo con Stop Desahucios.

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A pesar de todo, hay voces canosas que merecen la pena ser escuchadas porque son eternas y no hieren.

Y otras voces, jóvenes y frescas, se alzan desde dentro de los partidos y no son escuchadas como se debiera.

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Un comentario el “Habla, pueblo, habla

  1. […] y los que tienen alguna perspectiva de hacerlo, pertenecen a una época que supo desprenderse de la mordaza de la dictadura pero pretenden que transitemos con el corsé de una democracia formal, viciada e […]

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