El cuento de la democracia

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En la Grecia clásica hubo algo parecido al concepto que ha llegado hasta nuestros días de lo que es democracia. Paseando por la historia, se ve que los grupos dominantes de cada periodo adaptaron a sus intereses las formas de lo que, para todos, es el modelo más adecuado para gobernar con el beneplácito popular. La cultura clásica ofrece también otros modelos que, despreciando al pueblo, multiplican el beneficio de quienes ejercen el poder: dictadura, monarquía, autocracia, oligarquía… por ejemplo. Éstos han sido y son los más practicados.

El concepto democracia se utiliza como cuento para satisfacer al pueblo, fábula adoctrinadora o música para amansar fieras. El pueblo cree importante su papel para quitar y poner alcaldes, concejales, senadores, diputados, presidentes y poco más, porque al rey lo sigue imponiendo Dios o la Ley del padre Mendel. La ciudadanía española vota cada cuatro años para apostar por dos selectos caballos de afamadas cuadras y algunos pencos corraleros que dan color a la carrera.

La infancia se hace mayor cuando deja de creer en cuentos, cuando la realidad golpea sus ilusiones y descubre que los Reyes Magos son camellos de El Corte Inglés. Gran parte de los españoles han descubierto que la democracia es un cuento y que siguen gobernando los mismos que en cada capítulo de la historia. La droga de las apuestas hace efecto en una mayoría que vota fiel a los dos vistosos corceles que sobreviven y se imponen por correr dopados.

Se ha descubierto el camelo de los Reyes Magos y el timo que supone un rey para una democracia. La realidad ha bateado brutalmente la inocencia democrática y la infancia votante ha visto a los votados llenarse los bolsillos con el dinero de todos y cómo sus promesas se evaporan en el engaño para satisfacer a los menos necesitados. Se tenía la intuición de que ningún político del bipartidismo gobernaba para el pueblo y hoy es una certeza.

La experiencia sudamericana sentaba en el trono de diversos países a virreyes empresariales o dictadores supervisados y aprobados por EEUU, por Wall Street. Cada vez que un país se desliga de los intereses del dinero y se ocupa del pueblo, se le cuelga la peyorativa etiqueta de república bananera. FMI, multinacionales, CIA, iglesia y diplomacia se encargan de “democratizar” a estos países recurriendo muchas veces a golpes de estado.

Hoy, en Europa, se ensaya el método sudaca para dar apariencia democrática a lo que no lo es. Las distintas constituciones, adaptaciones localistas del cuento del Pueblo soberano, llenan la boca de los gobernantes y llegan a los oídos de los gobernados convertidas en falacias. El derecho del pueblo a ejercer el poder, la democracia, se ha limitado a una papeleta cuatrienal que da derecho a los elegidos a hacer lo que otros les imponen.

La experiencia escocesa y el paripé catalán han dejado claro quién manda. La banca sin complejos, a calzón quitado, ha entrado en campaña y las agencias de calificación han advertido a Escocia y a Cataluña de ruina si el pueblo decide en contra de sus intereses. El PP bananero legisla y vende España a la empresa privada, la banca y la Conferencia Episcopal. El PSOE también: Susana Díaz ha plantado a los universitarios granadinos para salir en una foto con Ana Patricia Botín.

Lo llaman democracia y no lo es.

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Habla, pueblo, habla

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La mordaza de la dictadura española dio paso al bozal de la democracia y España lo agradeció de la misma forma que el mendigo agradece la limosna depositada sobre la palma extendida de su suplicante mano. El donante reconforta su espíritu y el menesteroso alivia unos minutos de su dolorida vida; ninguno de los dos se realiza plenamente, pero ambos hacen un apaño: la caridad no libera de sus cadenas a las conciencias ni alcanza para saciar necesidades agudas, pero supone un desahogo temporal.

La democracia se estrenó con el estruendo, la algarabía, el griterío y el guirigay propios de un país que no reconocía su propia voz, por el desuso de la misma durante décadas de represión, y tampoco era capaz de reconocer sus ideas, acostumbrado a pensar por imposición. La democracia llenó las calles de sonoras palabras y los cerebros de viejas ideas que sonaban a nuevas en boca de políticos que se ofrecieron para edificar el ansiado futuro de una población que aún pedía el certificado de voto a la presidencia de la mesa electoral y, tras depositarlo en la urna, exclamaba resignada “¡A ver a quién nos ponen ahora de alcalde o presidente!”

Los políticos de los 80, piel tersa y cabellos despoblados de canas, consiguieron que el pueblo, ansioso y esperanzado, se identificara con sus discursos y debatiera sobre ideas e ideales por encima de todo. El siglo XXI, sólo dos décadas después, presenta un panorama muy diferente, a pesar de que los rostros, piel marchita bajo nieve capilar, siguen siendo básicamente los mismos. Las palabras han quedado reducidas a un montón de cáscaras verbales sin significado y las ideas actuales son similares a las que aparecían en las enciclopedias Álvarez o Miñón. Nada nuevo. Sólo ha quedado la algarabía y el bullicio, no del pueblo, sino de opinadores oficiales.

Ya no se debate en la calle sobre ideología, sobre política, sobre partidos. Desde hace casi dos décadas, los debates discurren con insoportable monotonía por derroteros monotemáticos, en tonos monocordes, que interpretan los viejos políticos bajo la cadencia corrupta del “¡Y tú más!”, estribillo con el que justifican el distanciamiento del servicio público que se les supone en su desempeño. La población, atrapada por la nula credibilidad del discurso político actual, ha decidido cerrar sus oídos a las desgastadas bocas incapaces de renovar sus prédicas trasnochadas.

La juventud se echó a la calle el 15 de mayo de 2011 bajo la bandera de la indignación. La presencia de voces frescas atrajo a las calles a centenares de miles de personas que sólo querían recuperar la palabra y, con ella, devolver a la democracia su verdad etimológica. La mayoría de la población se identificó con discursos que retrataban la realidad fuera del corsé anquilosado que los partidos han impuesto a sus maneras de hablar, de pensar y de actuar desde sus aparatos orgánicos. Aire fresco en el diccionario popular.

Es lógico que los partidos cuenten con el rechazo del pueblo y que traten de criminalizar un movimiento pacífico, participativo y legítimo que apunta sus dardos verbales e ideológicos hacia la raíz de los problemas: un sistema democrático viciado por el bipartidismo. La derecha radical acusó de radicalismo a quienes se apartan del camino por ella trazado. La supuesta izquierda, alejada como la derecha de la realidad social, intentó, desesperadamente y en vano, abanderar la rebeldía ciudadana. El 15M, acusado de ausencia de caudillos y carencia de ideas, ha puesto sobre la mesa nuevos debates y nuevas voces.

¿A quién le extraña que discursos y acciones protagonizados por personas anónimas tengan más repercusión entre la población, y gocen de su favor, que los rancios y manidos discursos de los vetustos políticos de añejos partidos? Tampoco extraña que el derecho constitucional a la vivienda haya saltado a la actualidad ni que su debate parlamentario transcurra por los cerros de Úbeda. Decididamente, entre el ardor verbal de Ada Colau y la sumisión del gobierno y la oposición a los intereses financieros e inmobiliarios, me quedo con Stop Desahucios.

—oooOooo—
A pesar de todo, hay voces canosas que merecen la pena ser escuchadas porque son eternas y no hieren.

Y otras voces, jóvenes y frescas, se alzan desde dentro de los partidos y no son escuchadas como se debiera.

El tren del susto.

El tren de España transita por las estrechas vías que la democracia construyó para que el pueblo saliera del monoraíl dictatorial que durante cuarenta años constituyó el único camino por donde podía discurrir el pensamiento de la ciudadanía. Las estaciones electorales mostraron, durante las décadas de los 80 y los 90, el ajetreo propio de quienes creyeron que podían elegir en libertad los destinos de sus vidas y, en este sentido, cada cual sacaba los billetes para emprender su viaje particular.

La pizarra de los destinos estaba repleta de opciones con trenes variados y horarios para casi todos los gustos y necesidades. Los andenes mostraban un trasiego desconocido en España, y en ellos coincidía el electorado intercambiando impresiones e ilusiones centradas en el viaje que terminaba y el que comenzaba, hasta que el factor anunciaba el resultado electoral y la partida del tren hacia el nuevo destino. Todos subían al tren mostrando un muestrario de satisfacciones o contrariedades acorde con los billetes sacados antes de la partida y la dirección del viaje decidida por mayoría.

Sin saber cuándo, la ilusión por decidir personalmente el destino fue sustituida por un sentimiento de frustración porque los viajeron comenzaron a notar que los billetes adquiridos en las ventanillas electorales se devaluaban como herramientas para elegir la estación de destino y servían exclusivamente para decidir quién sería el nuevo maquinista de un tren que ya tenía una sola vía de circulación y las demás alternativas se habían convertido en vías muertas. Se sacase el billete que se sacase, el tren seguía siempre la vía neoliberal y los viajeros solo percibían cambios en los uniformes del personal de servicio o la tapicería de los asientos.

En esta tesitura nos hemos adentrado en el siglo XXI, se han modernizado las vías, ha aumentado la velocidad del tren, el decorado se ha investido de nuevas tecnologías y las estaciones son de diseño. Sin embargo, cada vez que se convocan elecciones, el personal acude en menor número a los andenes y se compran los billetes más por desacuerdo con el conductor saliente que por confianza en el entrante. El AVE de la democracia transporta hoy menos viajeros que los viejos Talgos y mercancías y, para colmo, es caro, carísimo.

No obstante, los candidatos a ocupar el puesto de maquinista, luciendo vergonzantes canas políticas sobre sus cabezas, son los mismos que conducían las viejas cabinas manuales y analógicas de hace cuarenta años y se niegan a abandonar el negocio ferroviario para dar paso a un nuevo sistema y a un nuevo personal. Estos mismos candidatos se encargan de convencer a los viajeros de que, independientemente de sus voluntades, han elegido el mejor billete para que ellos, los políticos, y sólo ellos, alcancen su destino. Un destino que habitualmente se distancia mucho de las apetencias y necesidades del pasaje.

Vemos cómo las estaciones se han cubierto de carbonilla desencantada y basura publicitaria sobre las cuales la ciudadanía camina fríamente para acercarse a las urnas y depositar su voto con languidez, con pesimismo, con desconfianza y, en demasiados casos, con la nariz tapada. Sólo en dos estaciones de la red ferroviaria española quedan restos de esperanza de que los billetes puedan servir para elegir sus destinos: el País Vasco, que ya ha expresado su voluntad de cambio de destino, y Cataluña, a punto de hacer lo mismo.

Quienes manejan las vías y los trenes españoles tiemblan y temen que en ambas comunidades puedan proponer un ancho de vía diferente y unos destinos decididos por los billetes adquiridos por vascos y catalanes. Ante la amenaza de bajarse del tren secuestrado por PP y PSOE, el actual gobierno tiene la ocurrencia de rescatar una vieja y anquilosada máquina de vapor repudiada por la sociedad española y resucitar el execrable eslogan publicitario de la “unidad de destino en lo universal”.

España necesita nuevos destinos y abandonar como sea la vía neoliberal de forma madura y sosegada. El reto para los maquinistas está en escuchar las demandas de los viajeros y actuar en consecuencia conduciendo el tren español por la vía más adecuada al destino solicitado mayoritariamente. De no ser así, volveremos al monoraíl, si es que no hemos vuelto ya.

Democracia-Demagogia-Dictadura.

La doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno hace aguas de forma alarmante en el mundo. La teoría democrática nunca estuvo tan alejada del significado que le da la Real Academia de la Lengua a la palabra democracia ni estuvo tan amenazada como lo está en estos momentos. Quizás no nos demos cuenta de que el alejamiento y la amenaza recorren un camino tortuoso que tal vez no disponga de carril para el retorno. Nos alejamos de la democracia desconociendo el destino de nuestros pasos.

España, país adolescente democráticamente hablando, ha ido asumiendo paulatinamente que la intervención del pueblo en el gobierno se reduce a depositar una papeleta de voto en una urna cuando la ciudadanía es requerida para ello. Estos votos han ido cambiando presidentes y alcaldes en los últimos cuarenta años en función de su mayor o menor afinidad con las espectativas del electorado. Si alguien lo hacía mal, se votaba otra opción con intenciones punitivas hacia quien defraudaba y la esperanza volcada en el nuevo votado.

Ha llegado un momento en que los candidatos del PP y del PSOE han unificado sus formas de gobierno y de oposición sin que se perciban diferencias notables de los unos respecto de los otros. Ambos partidos se han instalado en la inercia del bipartidismo y han reducido los programas electorales a mera utilería destinada a captar los votos necesarios para permanecer en el escenario. Ambos partidos han utilizado la demagogia y la manipulación para ejercer el poder al margen de quienes les votan sin importarles lo más mínimo sus promesas y las esperanzas del pueblo.

Aristóteles definió la demagogia como una forma corrupta y degenerada de la democracia. Platón preconizó que la demagogia, como crisis extrema de la democracia, podía llevar a una forma de poder autoritario oligárquico, a una dictadura. Se perfila así el triángulo de poder de las “3 D” que establece la secuencia lineal de Democracia-Demagogia-Dictadura en la que parece que nos movemos de forma inexorable. Los políticos españoles han pasado de gobernar pensando en las demandas del pueblo (democracia) a utilizar los votos para satisfacer intereses de partido (demagogia) y hoy gobiernan siguiendo intereses financieros internacionales (dictadura).

La democracia agoniza envenenada por un bipartidismo que se ha apartado de un pueblo que le señala como problema y le castiga con la abstención. La demagogia plantea que es el pueblo el responsable de los problemas creados por los partidos políticos. Y los mercados imponen la dictadura a manos de la oligarquía financiera que ha comprado las voluntades políticas y ha malversado los votos populares. Nos encontramos en un régimen de dictadura en el que el gobierno se limita a cumplir los dictados del FMI y del BCE, verdaderos gobernantes en representación de la oligarquía financiera cuya ideología neoliberal coincide con la del Partido Popular.

La deuda externa, usurera y leonina, está siendo contraída, creada y utilizada en contra de los intereses ciudadanos y al margen de la participación del pueblo en la toma de decisiones que le atañen directamente, es decir, al margen de la democracia. Por tanto, no debe ser pagada y no es exigible su devolución porque los prestamistas han actuado de mala fe, anulando así legalmente estos contratos de deuda. Es lo que el gobierno debería hacer para demostrar que gobierna para el pueblo y no para la banca nacional e internacional.

El pueblo, por su parte, debe tomar nota de su situación y rebelarse en contra de este bipartidismo usurpador votando otras opciones y alejando al PSOE y al PP del poder. La democracia debe ser algo más que votar de tarde en tarde. La rebeldía expresada en las protestas callejeras es reprimida sin contemplaciones por el gobierno y ello demuestra hasta qué punto molesta la participación ciudadana al Partido Popular y a los mercados.

Salir a la calle de forma constante y votar opciones alejadas del bipartidismo demagógico son las dos salidas más inmediatas que se atisban en el horizonte para salir de la crisis eterna.

Hablar en la calle, hablar en las urnas y declarar la deuda como ilegítima son las tareas que nos quedan para recuperar el legítimo poder del pueblo.

La lista de Cristina Cifuentes

En la educación recibida, las listas han jugado un papel relevante desde la más tierna infancia. Ya en parvulitos, formamos parte de una o varias listas con funciones diferentes según cada caso: la lista de clase, la lista de llorones, la lista de niñas o niños, la lista de absentistas, etc. En casa, la vida se aprovisionaba con la lista de la compra y los compromisos sociales atacaban desde listas de boda ajenas e inoportunas. La lista de los reyes magos ordenaba por estricto orden de preferencia nuestras ilusiones, aunque eran atendidas por criterios arcanos.

Con el paso de los años, las listas han seguido anotando nuestras vidas en algún sitio, en alguna fecha, a la vez que multiplicaban su funcionalidad y sus propósitos. Estaban las listas católicas para el bautizo, la comunión, la confirmación y la boda. También, las listas paganas de la venta a plazos, el Círculo Mercantil (quien pudiera), la peluquería, el médico o el viaje en autobús organizado. Y había otras con nombre propio que alistaban a los hombres para el ejército o incluían nuestros nombres en el listín telefónico, la publicación española con mayor tirada de ejemplares.

Las listas también disponían de una gama cromática que iba desde el negro hasta la que no era negra. Desconozco si existieron listas rojas de personas endeudadas hasta las cejas o políticamente adscritas a la izquierda, si hubo listas azules de economías saneadas o derechistas y si alguien hizo alguna vez un listado verde de ecologistas. Lo que estaba claro era, y sigue siendo, que aparecer en alguna lista negra suponía un motivo de preocupación y desasosiego que llevaba a preguntarse porqué y hasta cuándo estaría nuestro nombre en dicha lista.

Hoy, las listas siguen ordenando nuestras vidas y se han reinventado a sí mismas para adaptarse a los tiempos. Son modernas las listas de morosos donde se nos incluye por huir de las garras de las telefónicas, aunque no existen listas de estafadores donde figurarían esas mismas empresas encabezando el ranking. Las listas de espera, hasta hace poco exclusivas de la sanidad, se han extendido a todos los sectores y ya las hay en concesionarios de automóviles, y hasta en tiendas de moda o restaurantes de excesiva fama y menguada ración. Y las listas de aprobados, las de candidatos a un curso de formación profesional, las de aspirantes a un piso de protección oficial, las electorales o las de invitados a algún evento. Se ve que no podemos vivir sin formar parte de alguna lista.

Hay una lista especialmente cruda que nos incluye a nada que nos descuidemos o se empeñen los políticos y los empresarios de este país. La lista del paro es un látigo cuyos golpes son cada día más difíciles de esquivar y comienzan a semejarse peligrosamente a los del empleo. El paro te excluye del mercado y el empleo, hoy, te abre la puerta a una semiesclavitud que poco tiene que ver con la decencia laboral. Formar parte de la lista del paro es casi tan malo como formar parte de una lista de candidatura a un empleo temporal y mal pagado, con pocas o nulas garantías sociales y laborales para el trabajador. Aún así, queremos salir de la primera y alcanzar el primer puesto de la segunda.

Hoy, el PP, henchido de poder, se ha entregado a la elaboración de listas. Ha elaborado una larga lista de los desmanes cometidos por Zapatero que incluye casi todo lo legislado por el anterior gobierno, a pesar de que accedió al poder mediante una lista de votos más amplia que la del PP. Han elaborado una lista de personas de RTVE insumisas a cualquier gobierno y profesionales natos y netos; de esta lista quedan pocos por despedir. Han elaborado una lista de derechos privatizables en la que han metido a la propia Constitución. Nos toca a nosotros, al pueblo, anotar en una lista sin fin la sarta de mentiras e incumplimientos electorales que estamos sufriendo desde que accedieron al poder.

Pero la más ignominiosa de las listas peperas es esa que Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en Madrid, está elaborando con los nombres y apellidos de personas que se manifiestan en contra de su partido y de sus deseos. Esta lista, negra donde las haya, es la prueba fehaciente de que la democracia se está diluyendo en una despótica y policial forma de gobernar propia de regímenes nada democráticos y poco fiables para la ciudadanía. Mientras tanto, parece que su marido figura en una lista de personas en busca y captura sin que nadie sepa su paradero.

Ya lleva anotadas unas 1.000 ovejas descarriadas. Ya tiene marcados, casi sin moverse de la Puerta del Sol, unos 1.000 objetivos para cuando fijen su noche de los cristales rotos y llegue la hora de buscar culpables.

La lista de afrentas y quebrantos que el PP está propinando a la democracia en nombre de los mercados y de la mayoría absolutista corre un serio riesgo de abultar más que un listín telefónico de provincias.

Se piensan muy listos, pero se les ve el plumero demasiado. No les importa y exportan el modelo a otras provincias y comunidades. Fernández Díaz y Gallardón son, además de sus consejeros, sus avalistas gubernamentales.

Estemos atentos y con el carnet en la boca. Como en los viejos tiempos.

Borbón: la herencia recibida.

El príncipe Don Juan Carlos jura los Principios del Movimiento ante el Generalísimo.

Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Alarico II, Gesaleico, Amalarico, Theudis, Theudiselo, Agila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo, Liuva II, Witérico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suínthila, Sisenando, Khíntila, Tulga, Khindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y Rodrigo. Es la lista de los reyes godos, famosa durante el franquismo por ser el ejemplo del aprendizaje acrítico y memorístico de la época al que nos devolverá Wert algún día. Memorizar la lista bastaba para aprobar y comprender que los asuntos de la realeza suponían un quebradero de cabeza a lo largo de la historia.

La educación nacionalcatólica estaba trufada de reyes, nobles y plebeyos. De los reyes siempre se estudiaba su cara positiva y el carácter hereditario de su estirpe, de los nobles se estudiaba su privilegiada y sacrosanta posición social en los diferentes reinos de España y de la plebe se estudiaban los beneficios que les dispensaban la nobleza y la monarquía de turno. Destacaba por su dificultad el seguimiento de los árboles genealógicos en las diferentes dinastías, ramificados por coyundas legales y braguetazos paralelos, sin duda por la inexistencia de un ordenador legalista como Gallardón. La cara oscura de la historia había que estudiarla a hurtadillas en libros clandestinos de autores desafectos.

Luego de godos y visigodos vinieron los árabes, que compartieron el ibérico patio de vecinos con diferentes reyes, condes y marqueses, hasta que los Reyes Católicos impusieron la unidad pasando por las armas a quienes querían seguir siendo independientes y expulsando al por mayor a quienes no comulgaban con sus creencias. La estirpe de los austrias se instaló en la península hasta que, en el siglo XVIII, Felipe de Borbón se hace con el trono y planta la semilla que ha llegado hasta Juan Carlos Campechano I, cuya cabeza luce en las monedas actuales de un euro.

La monarquía, pues, se ha sustentado en el color gualda pajizo procedente de las reales braguetas y el rojo de la sangre derramada por el pueblo en continuas guerras para mantener o recuperar el trono y el cetro. Todo en el nombre de Dios, de la Patria y del Rey, como le gusta a Fernández Díaz y Esperanza Aguirre.

La edad moderna supuso el fin de muchas monarquías como forma de gobierno en la mayoría de los países europeos, quedando relegadas a una función ornamental en sociedades donde su caída dio paso a gobiernos populares que condujeron con el tiempo a democracias parlamentarias. En España, monarquías, democracias y dictaduras se han reproducido desde el siglo XIX en una sucesión de guerras cuyo último capítulo fue el golpe de estado de Franco y la Guerra Civil aún no resuelta del todo, ambos episodios celebrados y reivindicados a diario por Intereconomía y La Razón.

La última dictadura española se resolvió con la plácida muerte del dictador, arropado por el manto de la Virgen del Pilar, según cuentan las crónicas populares, y con un testamento que señalaba a un Borbón como heredero universal. La fórmula, a medio camino entre el miedo y la esperanza, se engalanó con un gobierno eufemísticamente llamado “de transición” cuyo presidente también fue ministro secretario general del Glorioso Movimiento Nacional, el cargo al que aspiraba Jose Mª Aznar en su tierna juventud.

En un intento de modernización, dotaron a la transición de una Constitución y de elecciones como forma de representación de un pueblo que era nuevamente gobernado por la real y nada democrática institución monárquica. El refuerzo de la misma como única posibilidad viable para el pueblo español, vino de la mano de un sainete golpista interpretado por un españolísimo guardia civil. El rey habló, el golpe terminó, el pueblo aplaudió y la historia continuó desprovista de una lectura crítica, como dios manda y la razón desaconseja.

Durante los meses de gobierno que lleva ejerciendo Mariano Rajoy, estamos comprobando que la herencia recibida del franquismo está más viva que nunca y reclama para sí el timón de la nave con unas ínfulas dignas del dictador.

El heredero Borbón, mientras tanto, ha vuelto a sus nobles orígenes y anda ocupado en cacerías, familiares escándalos cortesanos de opacas finanzas, espectáculos deportivos en palcos VIP, ingresos en hospitales (él que puede, ajeno al copago) y públicas collejas al díscolo palafrenero que no ha conducido satisfactoriamente la carroza real. Sus tareas de estadista las lleva a cabo aconsejado por el selecto club de los adinerados empresarios de su reino, en visitas y conversaciones con la nobleza extranjera (incluidas las monarquías absolutistas de países infieles) y en apariciones protocolarias en foros internacionales donde poco o nada se decide. La reina echa una mano asistiendo al Club Bilderberg y haciendo mutis por el foro de vez en cuando.

Comprendamos la estertórea frase pronunciada por Franco en su lecho de muerte: “lo dejo todo atado y bien atado”. Vaya si lo dejó. El rey Borbón fue el cordón que todo lo ató.

Los dos gobiernos de España.

Siguiendo la estela política de lo que va de 2012, se puede decir que España ha pasado de tener un gobierno mediocre, a salto de mata, durante siete años, a tener dos gobiernos simultáneos. Uno de ellos mediocre y el otro peligroso.

En las actuales circunstancias que hacen zozobrar a Europa, todos los gobiernos se han instalado en la mediocridad de servir a los intereses financieros dando las espaldas a los diferentes pueblos que les han votado. Buscan las castas políticas -que se han subido como polizones y ratas al barco de la crisis- el beneficio propio, con la esperanza de que la estafa económica les afecte en menor medida que a sus votantes. Así han obrado Sócrates y Passos Coelho en Portugal; Berlusconi y Monti en Italia; Papandreu, Papademos, Pikreammenos y Samarás en Grecia; Ahern, Cowen y Kenny en Irlanda; y Zapatero y Rajoy en España. Eso en cuanto a países productores de mano de obra barata.

La originalidad de España radica en que la llegada al poder del PP ha hecho que dos gobiernos nítidamente diferenciados estén actuando al mismo tiempo de forma inequívoca y contundente bajo la dirección de uno de los políticos más mediocres que ha dado el país, Don Mariano Rajoy Brey, a su vez manejado desde la FAES por un grupo de ideólogos rancios que actúan bajo la tutela y vigilancia de Aznar. El experimento les está saliendo a pedir de boca, teniendo en cuenta que sólo cuentan con la oposición de un pueblo abandonado como un amante de pago que ya depositó su voto.

El mediocre gobierno económico, también ideológico, se encarga de obedecer las directrices que le imponen desde Europa la banca y los países beneficiarios, en especial Alemania, de la pobreza española. Se trata de un gobierno feroz y mudo ante sus votantes, que vuelven a enterarse de su destino presente y futuro a través de la prensa extranjera, un revival de “La Pirenaica” versión siglo XXI. Es un gobierno mediocre que descapitaliza las cuentas corrientes y las vidas de los ciudadanos para capitalizar a una banca tramposa e intocable. Sus cabezas visibles, De Guindos y Montoro, anuncian día a día sus fechorías con retruécanos y metáforas imposibles de la imposición y el castigo que están infringiendo a los inocentes.

El peligroso gobierno ideológico, también económico, es el encargado de saquear la modernidad del país devolviéndolo a su estado preconstitucional tan del gusto del gabinete presidencial y del partido en el poder. En esta ocupación se encuentran la mayoría de los ministros y otros altos cargos, empeñados en finalizar su obra en tiempo record y sin mirar los costes que supondrá para todos los españoles presentes y futuros. La vuelta al pasado es el golpe pendular que la crisis y la mayoría absoluta y absurda (demasiadas personas les han votado para castigar al gobierno anterior) les ha concedido para abrir de par en par las puertas del armario que la democracia creyó inocentemente haber cerrado.

Cada cual está jugando su papel de forma sincronizada. Sáez de Santamaría es la menina que hace bulto en el cuadro; Wert devuelve la educación a la condición de lujo inalcanzable para la mayoría; Mato ha colocado el uniforme de la beneficiencia al derecho a la salud; Fernández Díaz ha devuelto la presunción de culpabilidad al pueblo asistido por la represión legislativa y la agresión física; Báñez ha propiciado que el señorito recupere su derecho a escoger peones baratos y sin derechos entre los desocupados; Soria ha recuperado el “que inventen ellos” y la emigración como destino de investigadores patrios; Morenés ha puesto en valor el papel de la cabra legionaria señalando Ceuta y Melilla como ejes de la política de defensa; Margallo se cura la nostalgia colonial con el contubernio cubano y el protagonismo en el Sahara; y Gallardón… -¡Ay, Gallardón!- ha cambiado la balanza de la justicia por un crucifijo y un rosario.

Los hechos están ahí: represión desproporcionada, brutalidad policial, criminalización de la libertad de espresión, censura o silencio, manipulación informativa, amenazas y persecución a disidentes, encarecimiento de la educación, supresión de la universalidad de la sanidad, desprotección de los trabajadores, menosprecio a las víctimas del franquismo, homenajes y reconocimientos a la memoria franquista, penalización del aborto, acoso y derribo a la homosexualidad, privilegios a la iglesia, comprensión e indulto para los estafadores, etc., etc., etc. Cada día algo nuevo.

Ambos gobiernos, mediocres y peligrosos, actúan como uno sólo, sincronizados, apoyando el discurso económico y el ideológico en nuestro sentimiento de culpa y en un paternalismo decimonónico basado en un “quien te quiere te hará sufrir” a todas luces falso e inaceptable.

La bicefalia gubernamental se rige por el principio de que “la letra con sangre entra”.

Mediocridad y peligrosidad a partes iguales.