Votar, no votar o ¿qué votar?

bicicletaEl optimismo exige cada día mayores dosis de ceguera, excepto en el caso de que sea usted alguien que disfruta con la desgracia ajena. Ya sabe… banquero, consejera de Endesa, ejecutivo de Telefónica, fabricante de armas, presidenta de multinacional… gente hecha a sí misma con la mochila de los escrúpulos completamente vacía y sus cuentas corrientes al borde de la saturación. Esta gente, que ha aprendido a cumplir sus objetivos renunciando a su humana condición como premisa indispensable para alcanzar la felicidad, sueña con figurar en la lista Forbes.

Son el tipo de gente que reparte granos de optimismo calculados, dosificados, a esa sociedad de la que extraen, por cada grano, montañas del milenario oro llamado plusvalía. Son insaciables y pretenden ser invisibles llamándose mercados. No le dé más vueltas, abra los ojos si aún no se los han sacado, mire a su alrededor: son ellos y ellas, apóstoles de la codicia, quienes gobiernan y mandan. O mejor no mire, para evitar la pulsión de tomar las armas: muy poca gente lo entendería y sería usted víctima de la sospecha ciudadana.

Más reales son los personajes que aparecen en los medios, en carteles, folletos o farolas, los que asaltan los buzones como candidatos a los que usted votará y que gobernarán a capricho de los anteriores. A estas alturas, la estafa, la reforma laboral y la recuperación han barrido el optimismo de la mayoría social. Como ejemplo, el pacto entre patronal y sindicatos para subir el 1% unos salarios devaluados entre el 10 y el 40% es una broma de mal gusto. Para Báñez y Rajoy es motivo de optimismo, para patronal y banca de orgullo y satisfacción por la reforma laboral impuesta y para Toxo y Méndez debería ser motivo para el exilio.

Desde el 15M los focos alumbran a la corrupción como problema estrella de la política española. Que PP y PSOE sean completos catálogos de chorizos y chorizas con mando en plaza no debiera preocupar más allá de la inverosímil querencia de la mayoría de los españoles a ser robados y estafados con el aval de sus votos. Rajoy, Aguirre, Chaves o Griñán escurren el bulto de forma burda y zafia, declaran incorruptos a sus partidos y la ciudadanía los sigue votando casi en masa. Esto sería inconcebible, patológico, si no estuviésemos en España.

La verdadera corrupción, la que debiera hacer saltar las alarmas, son las políticas practicadas por ambas formaciones en contra de los intereses del pueblo. Zapatero y Rajoy disfrutaron de un orgasmo simultáneo al modificar la Constitución para bendecir el robo de los “inversores”. Ahora que están en campaña, no les importa hacer el ridículo como llevan haciendo cuarenta años: mintiendo a boca llena. Da grima ver en bicicleta, promocionando la energía sostenible y la vida saludable, a las mismas y los mismos que penalizan el panel solar y subvencionan a la industria del automóvil como no han hecho con cualquier otro sector productivo.

Para calmar ánimos, en exceso calmados, la Europa de la banca y del mercado se ensaña con la Grecia que ha votado una opción menos rentable para ellos. La memoria es fugaz y ya nadie quiere recordar que la corrupción griega es siamesa de la española, iniciada por los Coroneles (aquí un Generalísimo) y rematada por liberales y neoliberales (aquí PSOE y PP). Las dictaduras militares y los gobiernos civiles siempre han salido de la cocina capitalista global y ahora, con una manzana en la boca, nos preparan para asarnos en la parrilla del TTIP, el culmen de la corrupción a gran escala.

Hoy que lo de Podemos va quedando en gatillazo, que IU ha vuelto a caerse de la cama y que Ciudadanos aporta al burdel patrio chulos frescos con los proxenetas conchabados, votar está muy complicado. El “que se jodan” de Andrea Fabra es el grito de guerra de los mercados, el que mejor define la pesimista realidad española: si les votamos, nos jodemos y, si nos abstenemos, también nos jodemos. Por primera vez en mi vida, no lo tengo claro. ¿Sería una opción votar lo que más les joda a ellos?

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Podemos y debemos: Ganemos

elgrito
Oswaldo Guayasamín. El grito I, II y III. Óleos sobre tela. 1983.
“¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!” Lázaro de Tormes

La izquierda adolece de defectos, no es divina, pero cuenta con grandes virtudes, es humana. A lo largo de la historia, la derecha ha basado su hegemonía en el enunciado “Divide y vencerás”, utilizado, desde Julio César hasta Napoleón, por quienes han cimentado su dominio político en explotar las debilidades del rival y no en sus propias fortalezas. La historia, convertida así en temporal sucesión de fracasos, se torna oscura, triste, plagada de muerte y opresión cuando la urgencia del poder no ha tenido espera y se ha optado por la aniquilación violenta del rival.

Una de las principales virtudes de la izquierda ha sido, y es, su capacidad de diálogo y el continuo debate entre diferentes sensibilidades que la alejan del pensamiento único imperante en la derecha. Una de sus virtudes y tal vez uno de sus defectos. La historia es un muestrario ilustrado de discrepancias y desavenencias en la izquierda, un collage de matices, una paleta de tonos y semitonos, un diccionario de sinónimos, que han ahorrado a su rival la tarea de dividirla para gobernar e imponer sus postulados con escasa y poco eficaz resistencia.

Uno de los peores defectos de la izquierda ha sido, y es, observar el poder como fin en sí mismo, mimetizando algunos modos y vicios con que la derecha lo ejerce y llegando al despropósito de pactar cogobiernos parcelando áreas de responsabilidad como se parcela una pizza antes de hincarle el diente. Es así como la izquierda transformadora se muestra, en cogobiernos autonómicos, ayuntamientos o diputaciones, como izquierda conservadora que da soporte, y a veces practica, a corruptelas, clientelismos o políticas poco sociales de rivales aceptados como socios. Es así como la sociedad la encuaderna en el mismo tomo que a las derechas en cuya portada luce el título de “Todos los políticos son iguales”.

Autodescartado el PSOE como página de la izquierda, Izquierda Unida se ha topado con una letra propia que, interpretada por la ciudadanía desde el 15 M, hoy le cuesta trabajo reconocer y leer. La movilización ciudadana en contra de la OTAN dio lugar en Andalucía a una propuesta integradora de sensibilidades de izquierda en una coalición, IU, donde la suma invirtió el tradicional proceso de división convirtiéndola en un rival político a tener en cuenta por las derechas. La eficaz estrategia hizo que la fórmula se extendiera al resto del país y llegó a ser para el PSOE una preocupación mayor que el propio Partido Popular. De nuevo los matices, los tonos y los sinónimos compusieron un discurso de parvulario para consumo propio y se acomodaron bajo un techo electoral insuficiente.

La autosuficiencia de IU –cegada por la subida en las encuestas–, cuando don nadie le propuso coalición para las europeas, le impidió ver que don nadie son las pancartas y los gritos de los colectivos sociales, le impidió recordar su propio origen y su olvidada razón de ser. Tras las europeas, el aparato de IU está desconcertado por la sangría de votos y de fuerzas que don nadie le ha provocado. Don nadie carece de nombre, de coleta y silla de ruedas, don nadie son millones de personas que ocupan las plazas y las calles de España, que protestan y buscan una izquierda sin más hipoteca ideológica que no dejarse vencer de nuevo por las derechas, sobrevivir a ellas.

¿Será capaz IU, poco margen le queda, de renunciar a un cogobierno andaluz donde brillan con luz propia su nula iniciativa contra la corrupción, la humillación ante los modos caciquiles de Susana Díaz y el destierro de su programa?. Como pollos sin cabeza, Lara, Valderas y Centella exteriorizan su nerviosismo, como si escaños y cargos agitaran sus lenguas, un día cargando contra Podemos con argumentario de derechas y al siguiente proponiendo alianzas y confluencias, un día apostando por el futuro y al siguiente reivindicando el pasado. Debe rescatar IU el papel fundacional que el maestro Anguita asignó a la coalición, el mismo que hoy sigue vigente sin que la vista cansada de sus dirigentes acierte a interpretarlo. No se puede construir una escuela con más maestros que alumnado.

La calle opina que podemos sumar; en IU deberían pensar que debemos. Si podemos y debemos, Ganemos.

Regeneración y degeneración

Regeneracion

Que dos partidos tan corruptos y alejados de los intereses ciudadanos como el PP y el PSOE hablen de regeneración democrática inquieta. Que ambos partidos, instalados en la profesionalización de la política y su usufructo en beneficio propio, hablen a dúo de regeneración política apesta a demagogia y engaño, especialidades compartidas por los dos. La ciudadanía, que se tenía por curada de espantos, tiene en la regeneración un nuevo motivo de preocupación.

Sabedores de sus fechorías, PP y PSOE buscan una desesperada fórmula que les proteja de sí mismos, de esa degeneración democrática tan propia de ambos. El problema no es el desafecto ciudadano hacia la clase, la casta, política; el problema son ellos mismos y su negativa a entender la política como servicio público en favor de la ciudadanía. La solución es tan simple, atender las necesidades públicas, como imposible, renunciar a los enriquecimientos privados.

En un intento de atajar sus sangrías de votos, echan mano de la socorrida dialéctica manipuladora en la que ya nadie confía. El PP trata de salvar sus alforjas con un golpe de estado en la elección de alcaldes y la dotación salarial de diputados para que sólo accedan a la política los suyos, los ricos, los que pueden comprar un escaño al contado. Da miedo que llamen a esto regeneración democrática quienes destruyeron discos duros de ordenadores y registros de entrada de su sede para esquivar a la justicia.

Por su parte, el PSOE, ejemplo de chaqueta cambiada, de brújula sin norte, propone un pacto con la extrema derecha gobernante para sobrevivir a su autoinmolación. Sigue viva la lengua asustaviejas de Alfonso Guerra, la que antaño advertía de que venía la derecha y ahora, actualizada, advierte de que viene la izquierda. Preocupa y mueve a compasión esta penosa sombra política que personaliza los alarmantes signos de agostamiento senil que aquejan a su partido.

PP y PSOE han hecho de la corrupción y la política su modo de vida amparando a la monarquía corrupta, pactando con el corrupto Pujol o copando puertas giratorias. Ambos partidos han exprimido el aforamiento ante una justicia dependiente de ellos, han servido y se han servido de medios de comunicación también corruptos y corruptores y, en solitario o en pareja, han colaborado con la corrupción financiera y empresarial llamada crisis.

Gürtel y ERE, Brugal y cursos formación, Rosendo Naseiro y Guillermo Galeote, Luis Bárcenas y José María Sala, Orange Market y Filesa, Special Events y Time-Export, son muescas curriculares de las degeneradas mafias que osan hablar de regeneración. Despreciaron al 15 M, los debates en las plazas, ignoraron las humildes pancartas, rubricadas por las manos que las alzaban, y ahora sienten miedo de sus propios fantasmas.

Hay que recelar de un partido, el PP, que destruye la democracia a golpe de porra e insolencia, y del PSOE, para el que la democracia es un juego de salón que divierte y entretiene a sus barones y momias. Cuando la democracia se presenta, desnuda y joven, ante sus ojos, la vilipendian y ofrecen sus ajados y arrugados cuerpos como canon de una belleza que, cuarenta años después, ya nadie aprecia ni se recuerda que fuese hermosa.

22 M: La dignidad y sus conceptos

22M

Pan, trabajo, techo, corrupción, sanidad, educación, dependencia, pensiones, preferentes, hipotecas, salarios, derechos cívicos, mentira oficial, verdad silenciada, represión, nepotismo, paraísos fiscales, estafas, democracia, deuda ilegítima, justicia, paz, igualdad, impuestos, laicidad, amnistía fiscal, solidaridad, indultos, recortes, privatizaciones, la luz, el agua… imposible recordar todos y cada uno de los motivos, escritos con letra sencilla en humildes pancartas o coreados por enérgicas gargantas, que marcharon por Madrid el 22 M.

La dignidad, concepto noble donde los haya, se hizo bandera ayer en España de forma anónima, voluntaria, legítima, democrática, multitudinaria. Es difícil evaluar la magnitud y la relevancia de un hecho cuando, desde dentro, alguien forma parte de la masa, es como preguntar a la harina por la textura de la pasta. Ayer destacaron sobremanera las ausencias, base del éxito y la dignidad de la convocatoria, de sindicatos comparsas del poder y de siglas que sólo aspiran a ser alternancia, unas históricas (PSOE) y otras (UPyD) de historia maquillada. Al PP, no se le esperaba.

La dignidad tenía ayer rostro de jubilado, desempleada, estudiante, autónoma, empleado mal pagado, enferma, funcionario o niños de futuro truncado, rostros todos ellos de cotidiano vecindario. No había estrellas de fútbol en Cibeles o Neptuno, ni ejecutivos del Ibex en la Bolsa, ni políticos cercanos en el Palacio de Cibeles, ni representantes del pueblo en el Congreso de los Diputados. Madrid, ayer, fue una vena de dignidad en libertad vigilada.

Hubo debates entre pancartas de voces sin desmayo, debates políticos en la ciudadanía, novedad desde que el 15 M gritó, también en la calle, la verdad incómoda de la clase política profesionaliza, que “no nos representan”. De la calle de Gamonal a los grifos de Alcázar de San Juan, del fracking a la estafa eléctrica, de corruptos y del papel de un rey en una democracia, del aborto, de la manipulación y la mentira, de todo se habló con ideas frescas y palabras llanas. Dignidad verbal.

Y también se habló de miedo. Porque juntar en un mismo espacio cerebros apagados bajo un casco, cerebros cegados por capuchas y cerebros enrocados en un despacho, los tres tipos estorbando el sosiego de la dignidad, da miedo. Cifuentes ha demostrado que apuesta fuerte por el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid y ha hecho su trabajo sin salirse un ápice de su indigno manual. Avisó sus intenciones en jornadas previas con el apoyo de los suyos, su partido y sus medios, y ejecutó con maestría la sinfonía de porras, multas y detenciones para aquilatar su fama y desacreditar el ejercicio de la democracia. Se necesitan broncas y, si no se producen, hay que provocarlas.

Cayó la noche y, de regreso, la prensa ya disparataba su concepto de dignidad con cifras irreales y violencia focalizada para tapar ideas, debates y proclamas. Las empresas editoriales tenían sus baterías editoriales prefabricadas, meticulosamente diseñadas, indignamente calculadas. El domingo amanece con portadas y editoriales desatinados que obligan a consulta apresurada de medios forasteros para saber lo que pasa en casa. Sin noticia de la verdad en España.

Sobremesa del domingo: Suárez muere, otra vez, ésta la de verdad. Borrón y cuenta nueva, un alivio para redacciones, despachos y conciencias malparadas, la dignidad ya no es noticia, un millón o dos de personas ya no sirven para nada. Pero la calle fue concurrida en voces, pancartas y banderas rojas, gualdas y moradas. Casualidad o no, tras estas dos noticias secuenciadas, alguien podría imitar a Arias Navarro y dirigirse al país para anunciar que “Españoles: la Transición ha muerto”.

¿La calle? -Al fondo, a la izquierda

La-calle

Desesperadas a medias y a medias contenidas, las familias, las personas, aspiran inquietas a que suceda algo muy distinto a lo que se vive y no menos pertinente, a que su realidad cambie. Han identificado la causa de la angosta coyuntura -es financiera la estafa- con sus actores y sus tretas. Han observado la conducta de los estados y sus partidos hegemónicos, sumisos y conchabados, y sufrido sus efectos. La ciudadanía ha concluido que los resortes para mover la realidad son diferentes a los usados por gobiernos y partidos. Y se ha echado a la calle.

15 M, mareas, escraches, gritos, pancartas y Gamonal. La dignidad se bate en el asfalto, en franca inferioridad, ante la ignominia fósil de la obsoleta política actual. El acto de votar se antoja extraño, ajeno, cuando los candidatos hablan lengua distinta a la del electorado y no comprenden lo que escuchan ni lo que platican se entiende. La calle se expresa y todo ser humano, excluidos gobernantes, sabe bien lo que necesita, pide y reclama.

La calle no es lo que era. Virtud de mal gobierno es que epítetos malsonantes sanen de su artero uso y doten a las palabras de justo significado. Perroflauta, radical, violento, comunista o republicano, adjetivos todos para la presunción de culpabilidad practicada por el Partido Popular, han acabado en sinónimo de vecino, amigo, colega, paisano, trabajador o parado, todos defensores del bien común en el frío de las noches y en el calor del verano.

Impecables corbatas y trajes bien cortados han pasado de moda como los engolados cuerpos que los visten. Anárquicas rastas, coletas apresuradas, abandonadas barbas y tatuadas pieles perforadas están en la calle, codo a codo, garganta a garganta, pancarta a pancarta, junto a jubilados, estudiantes, enfermos o desahuciados, hablando de su presente, reclamando un futuro y hartos de representantes que habitan el pasado. La calle ha cambiado y ahora se llena de gente convencida de ser ella, sólo ella, la palanca del cambio. El único y posible cambio.

Pequeñas y grandes victorias, bulevard, sanidad madrileña, son el pulso de la calle que no ha de cesar siendo, como es, justo y necesario. El sonado rechazo a una ILP con 1,5 millones de firmas por respaldo ha dejado en la calle la permanente voz de Stop Desahucios, y muchas más voces. La calle toma la palabra, y la palabra la calle, evidenciando el irrespetuoso silencio, cuando no suntuoso desprecio, con que atienden los políticos al pueblo desaliñado.

La calle ha cambiado y han de cambiar, a su mismo paso, las instituciones y las personas que dicen representarla, comenzando por Congreso y Senado. Larga lista. El recurso a las primarias, botox sobre ideas maquilladas, huele a trampa de novedoso aroma participativo. En los camerinos del PSOE decoran la democracia para quebrar sondeos a la caza del voto, alcanzando la cumbre Susana Díaz, vencedora de primarias donde ni urnas hubo. Para lo mismo, en Génova, practican la cesarista proclamación de candidatos: esta es la foto y para ella el voto.

Más allá del bipartidismo, se ha descubierto que una rasta, una nariz perforada, una coleta o una ausencia de corbata, además de incorrección indumentaria, aportan personas, colectivos, ideas y programas a la calle y desde ella. Y se hace en lengua sujeta a general comprensión, con palabras llanas y plurales pensamientos propios de personas de barrio, cercanas, algo estrafalarias, humanas. Sin pretenderlo, la ciudadanía pisa el suelo político en el espacio denostado por el bipartidismo, al fondo a la izquierda. En ello se anda. Para empezar, algo de democracia.

Descanse en paz el Derecho a la Paz

RIP

Es de agradecer, y de temer, la insolente sinceridad que utilizan los presuntos representantes de la humanidad en determinados foros porque permite conocerles e intuir a quienes representan de facto. El 13 de junio se reunió en Ginebra el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para abordar una resolución sobre la Promoción del Derecho a la Paz. La propuesta, a priori, permitía aventurar un consenso total: errónea presunción y triste realidad.

El asunto se resolvió con el voto favorable de una treintena de países del llamado Tercer Mundo y la abstención o el voto en contra del mundo desarrollado. La UE o EE.UU., premiados con el Nobel de la Paz, junto a Japón, India o Suiza, se abstuvieron o votaron en contra dando sentido sus votos a sus trayectorias bélicas y sus intereses en el negocio de la guerra. España votó NO, voto interpretable como un vestigio del ardor guerrero de Aznar o un tributo a Zapatero que situó a España en el mapa de la exportación de armas.

Asuntos de esta índole evidencian que la representatividad política se aleja de las urnas en tanto se acerca a oscuros consejos de administración de la industria de la muerte. No es cierto que España votara en contra del Derecho a la Paz. Quien emitió dicho voto fue el delegado en el Consejo de un gobierno que no representa ni los sentimientos ni las querencias del pueblo español. Quedó demostrado en Suiza que la guerra prevalece sobre la paz, la muerte sobre la vida.

Desde el 15 M el mundo asiste a la rebeldía popular en la calle. Los movimientos indignados, las primaveras árabes, ayer Turquía y Brasil hoy, alertan y alarman a todos los gobiernos del mundo. Las revueltas ciudadanas no son del agrado de quienes cuidan los intereses de grupos financieros y empresariales contrarios a los de la ciudadanía. Se ha intentado buscar una semejanza en todas y cada una de las protestas y la única similitud obvia y palpable se encuentra en la respuesta de los gobiernos protestados: acoso, golpes y armas.

La represión del pueblo es parte del comercio minorista de armas que depara suculentos beneficios a la industria. Preocupa que los gobiernos escalen las paredes de la violencia, primero verbal y luego física, tratando a sus gobernados como enemigos. Tal vez preparen así el escenario de una guerra global para dar salida a excedentes de armamento, de parados, de jubilados y de pobreza. Quizás los Balcanes, Iraq, Libia o Siria, pueblos sin derecho a la paz, fueron y son ensayos con altísmas cifras de ventas y de muertes.

La justificación clásica para negar la paz es el aforismo latino “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra), guerra preventiva que le llaman hoy. Un mundo que prepara la guerra es un mundo que desprecia la paz, como se ha visto en Ginebra. Se trata de vencer, no de convencer. Es la ley del más fuerte, el darwinismo aplicado a los mercados, a la sociedad. Una sociedad que se prepara para la guerra, se prepara también para la muerte.

Posiblemente encajen en este escenario las palabras de De la Cavada, representante de la CEOE, pidiendo que se limite el permiso laboral por fallecimiento. El trabajador debe estar preparado para la producción, se debe a ella, no ha de distraerse del sentido productivo de su vida. La industria no entiende de sentimientos rotos, de papeleos post mórtem o de deberes familiares, entiende sólo de producción y beneficios. Hay que aceptar la muerte como algo puntual, como un atasco en hora punta, como un pinchazo en ruta, y sortearla con apremio. Prepararse para la muerte es también una forma de prepararse para la guerra.

Alternativas útiles y terrorismo

terrorismo

Fijar objetivos, señalar enemigos, pintar dianas, establecer estrategias y seleccionar métodos son el abecedario manejado por cualquier grupo para imponer su volutad cuando no dispone o renuncia a los argumentos necesarios para convencer de sus posiciones. Es el abecedario sangriento del FRAP, los GRAPO, los GAL o, recientemente, ETA en España, el abecedario criminal y universal de Al Qaeda. El terrorismo, por tradición, utiliza máscaras ideológicas para autojustificarse.

El terrorismo nunca ha obtenido resultados, digamos, ideológicos o políticos, aunque sí suele ofrecer beneficios económicos a los terroristas. La industria del secuestro, la extorsión y el chantaje ha vivido una historia paralela a la del desarrollo social. La practican las mafias, individuos aislados, terroristas y hasta algunos gobiernos. El terrorismo, también produce beneficios indirectos a quienes, ajenos a las pistolas o las bombas, han aprovechado los atentados como coartada para sus actos, beneficios electorales y hasta económicos.

La palabra terrorismo sigue vigente en el uso político y, lejos de proscribirla del diccionario cotidiano de la democracia, se sigue utilizando hoy para fijar objetivos, señalar enemigos y pintar dianas. La desaparición de ETA ha dejado huérfano al PP, tantos años exprimiendo su presencia en las urnas, y ahora señala como enemigo a todo el que le protesta. El 15 M, “personaje del año” de la revista TIME, es para el PP un grupo terrorista. Estudiantes y profesorado, médicos y pacientes, sindicatos y trabajadores son terroristas y poner un pie en la calle para quejarse es terrorismo. La PAH recibe el Premio Ciudadano Europeo y el PP no duda un instante en equipararla a ETA. EE.UU y la UE son proetarras en el imaginario pepero.

El gobierno ha secuestrado el significado de la palabra terrorismo. Ahora se preocupa por una nueva clase de terrorista que le produce miedo porque es un enemigo que convence disparando palabras. El enemigo del gobierno, de éste y de los anteriores, es el pueblo, la calle que les pide que se vayan y no hagan más daño. Los movimientos sociales han conseguido que haya demasiada gente pensando por su cuenta y ofreciendo alternativas a la política partidista que tiene secuestrada a la democracia en el zulo de los mercados.

El gobierno ya no teme al tiro en la nuca, la bomba lapa o el amosal porque se ha topado con la palabra y la razón,  armas más potentes y peligrosas a las que temer. En la calle se denuncia la estafa financiera de las preferentes, los contratos hipotecarios y la deuda pública. Se denuncia la corrupción y el nepotismo. Se denuncia el robo de las empresas energéticas. Se denuncia la venta de lo público a intereses privados. Se denuncia la impunidad fiscal de las grandes fortunas. Se denuncia la evangelización de la vida pública. Se denuncia que los partidos, estos partidos que gobiernan o aspiran a ello, no representen a la ciudadanía.

Hay quien dice que manifestarse no sirve para nada, sobre todo el propio gobierno y sus medios de manipulación. La calle ha introducido en la agenda política parte de sus reivindicaciones y el gobierno ha metido en la carcel o en los juzgados a parte de los manifestantes, a pesar de lo cual cabe afirmar que es bueno el camino emprendido aunque sea señalado y tratado como terrorismo. Queda la mayor: que se vayan todos los políticos viciados y viciosos y se haga la única reforma necearia y urgente en este país, la reforma electoral.

El islamizador gobierno turco tacha de terroristas comunistas radicales y reprime con dureza brutal a quienes se quejan de su despotismo, igual que el gobierno de Rajoy. La UE ha condenado la represión policial en Turquía y Erdogan le ha recordado que no ha hecho nada diferente a lo sucedido en Nueva York, Atenas, Londres o Madrid. ¿Democracias?