¡Oído cocina!

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Hay días en que la actualidad se devora a sí misma con tal voracidad y virulencia que las arcadas son un mal menor para quien consume noticias de forma desprevenida. Los cocineros de la actualidad padecen estrés desmedido y los consejos de redacción parecen un ensayo de La Grande bouffe, dirigida por Marco Ferreri, donde la comida es sustituida por noticias. España se está convirtiendo en una impresionante cocina donde se producen primicias, no aptas para gourmet, a ritmo frenético y con la fecha de caducidad expresada en horas.

Las crónicas sobre Bárcenas y los EREs son un cocido de garbanzos, con abundante tocino y chorizo porcino, que atraganta a los españoles en el desayuno, el almuerzo y la cena (a quien pueda, hoy, comer tres veces al día). Si malo es engullir trapicheos de este calibre, peor aún es tragar las ruedas de molino con que los cocineros del PP y del PSOE tratan de escurrir el bulto aparentando aliviar la indigestión. La alta cocina política de España goza de una reputación, por méritos propios, equidistante entre lo pútrido y la cochambre. La factura es, no obstante, digna de El Bulli.

Los sucesos de La Zarzuela son un potaje, también abundante en chorizo, que hincha los estómagos forzando a un titánico ejercicio de esfínteres para evitar que los gases acaben con la capa de ozono. En este caso, las palabras de los cocineros del bipartidismo son un exceso de vinagre que raspa los esófagos y pellizca los hígados más allá del dolor físico. Según Martínez Pujalte, personaje que aún no ha vivido la transición, y eso que se conoce como derecha mediática, el potaje borbónico se le indigestará al juez instructor siguiendo la receta con la que cocinaron al juez Garzón. Todos respetan la justicia cuando se pliega a sus intereses: ésta es una mala noticia.

Las relaciones de Feijoo y de Rajoy con la narco marina gallega es una mariscada en la que el chapapote es más abundante que el marisco y los presuntos langostinos se quedan en camarones que cantan como pies sudados. En la línea de transparencia abanderada por el PP, Ignacio González propone “regular” las noticias que dañan a su partido. Es otro político más que hizo novillos cuando en este país se impartieron las clases de democracia y que añora con nostalgia otros tiempos en los que don Manuel Fraga ejercía de censor y amo de las calles a las órdenes de otro gallego de luctuoso recuerdo. Otra mala noticia.

La gran fritanga la están haciendo, con aceite de ricino requemado por el gobierno y sus medios de propaganda, con los escraches. Después de más de un año buscando un lider para el 15 M, el 25 S y cualquier movimiento ciudadano, quienes no creen en la conciencia colectiva y niegan la capacidad de pensamiento individual a la sociedad, han encontrado en Ada Colau el ansiado mesías para crucificar. El escrache de la PAH tiene un precedente cercano en las Nuevas Generaciones gallegas y otro más lejano en el Cobrador del Frac. Se rasgan las vestiduras de que haya niños en las casas de los políticos quienes diariamente acosan a todo el país desde el hemiciclo o desde el gobierno.

Mientras la cocina sirve raciones y tapas no aptas para el consumo humano, el maître Rajoy vuelve a recitar el menú de falsedad, especialidad de la casa, escondido tras su pantalla de plasma. De entrantes, actuamos contra la corrupción, representamos a quienes no han votado lo que hacemos desde el gobierno y hay que reprobar a quienes protestan porque pasamos de un millón y medio de firmas. De primero, en el 14 España crecerá con claridad; de segundo, hemos evitado el rescate; de tercero, la reforma evita destrucción de empleo. De postre, hemos superado la crisis financiera y la deuda soberana. Y como chupito digestivo, cortesía de la casa, he demostrado que estoy dispuesto a dialogar.

Rajoy sabe que las arcadas y la repugnacia ante los platos servidos impiden a la clientela escuchar con nitidez sus mensajes, sobre todo si es una pantalla de plasma la que habla. Se recomienda pedir el libro de reclamaciones e irse sin pagar.

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Habla, pueblo, habla

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La mordaza de la dictadura española dio paso al bozal de la democracia y España lo agradeció de la misma forma que el mendigo agradece la limosna depositada sobre la palma extendida de su suplicante mano. El donante reconforta su espíritu y el menesteroso alivia unos minutos de su dolorida vida; ninguno de los dos se realiza plenamente, pero ambos hacen un apaño: la caridad no libera de sus cadenas a las conciencias ni alcanza para saciar necesidades agudas, pero supone un desahogo temporal.

La democracia se estrenó con el estruendo, la algarabía, el griterío y el guirigay propios de un país que no reconocía su propia voz, por el desuso de la misma durante décadas de represión, y tampoco era capaz de reconocer sus ideas, acostumbrado a pensar por imposición. La democracia llenó las calles de sonoras palabras y los cerebros de viejas ideas que sonaban a nuevas en boca de políticos que se ofrecieron para edificar el ansiado futuro de una población que aún pedía el certificado de voto a la presidencia de la mesa electoral y, tras depositarlo en la urna, exclamaba resignada “¡A ver a quién nos ponen ahora de alcalde o presidente!”

Los políticos de los 80, piel tersa y cabellos despoblados de canas, consiguieron que el pueblo, ansioso y esperanzado, se identificara con sus discursos y debatiera sobre ideas e ideales por encima de todo. El siglo XXI, sólo dos décadas después, presenta un panorama muy diferente, a pesar de que los rostros, piel marchita bajo nieve capilar, siguen siendo básicamente los mismos. Las palabras han quedado reducidas a un montón de cáscaras verbales sin significado y las ideas actuales son similares a las que aparecían en las enciclopedias Álvarez o Miñón. Nada nuevo. Sólo ha quedado la algarabía y el bullicio, no del pueblo, sino de opinadores oficiales.

Ya no se debate en la calle sobre ideología, sobre política, sobre partidos. Desde hace casi dos décadas, los debates discurren con insoportable monotonía por derroteros monotemáticos, en tonos monocordes, que interpretan los viejos políticos bajo la cadencia corrupta del “¡Y tú más!”, estribillo con el que justifican el distanciamiento del servicio público que se les supone en su desempeño. La población, atrapada por la nula credibilidad del discurso político actual, ha decidido cerrar sus oídos a las desgastadas bocas incapaces de renovar sus prédicas trasnochadas.

La juventud se echó a la calle el 15 de mayo de 2011 bajo la bandera de la indignación. La presencia de voces frescas atrajo a las calles a centenares de miles de personas que sólo querían recuperar la palabra y, con ella, devolver a la democracia su verdad etimológica. La mayoría de la población se identificó con discursos que retrataban la realidad fuera del corsé anquilosado que los partidos han impuesto a sus maneras de hablar, de pensar y de actuar desde sus aparatos orgánicos. Aire fresco en el diccionario popular.

Es lógico que los partidos cuenten con el rechazo del pueblo y que traten de criminalizar un movimiento pacífico, participativo y legítimo que apunta sus dardos verbales e ideológicos hacia la raíz de los problemas: un sistema democrático viciado por el bipartidismo. La derecha radical acusó de radicalismo a quienes se apartan del camino por ella trazado. La supuesta izquierda, alejada como la derecha de la realidad social, intentó, desesperadamente y en vano, abanderar la rebeldía ciudadana. El 15M, acusado de ausencia de caudillos y carencia de ideas, ha puesto sobre la mesa nuevos debates y nuevas voces.

¿A quién le extraña que discursos y acciones protagonizados por personas anónimas tengan más repercusión entre la población, y gocen de su favor, que los rancios y manidos discursos de los vetustos políticos de añejos partidos? Tampoco extraña que el derecho constitucional a la vivienda haya saltado a la actualidad ni que su debate parlamentario transcurra por los cerros de Úbeda. Decididamente, entre el ardor verbal de Ada Colau y la sumisión del gobierno y la oposición a los intereses financieros e inmobiliarios, me quedo con Stop Desahucios.

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A pesar de todo, hay voces canosas que merecen la pena ser escuchadas porque son eternas y no hieren.

Y otras voces, jóvenes y frescas, se alzan desde dentro de los partidos y no son escuchadas como se debiera.