22 M: del blanco y negro al color de la dignidad

television

España ha vuelto al blanco y negro en apenas dos años. El sepia ha unificado la diversidad cromática y paulatinamente ha trocado los tonos ocres por una escala de gris salpicada de gránulos que distorsionan la realidad. Se ha pasado de la retina de plasma a un tosco cristal rescatado del baúl de los recuerdos, rayado por el sobreuso y de transparencia deficitaria. La ciudadanía no acierta a interpretar lo que se muestra ante sus ojos manipulados.

monasteriosEs larga la nómina de ministros y altos cargos empeñados en exhibir el presente a través de las vidrieras sacrosantas de sus credos religiosos. Así, evocan a la virgen del Rocío en el Monasterio de Trabajo, a santa Teresa de Jesús en el Monasterio de Interior o al mismo Dios en el Monasterio de Justicia. El Monasterio de Educación concentra esfuerzos en la evangelización y españolización de la infancia y la juventud.

Por las calles vuelven a desfilar ropas remendadas, cuerpos esculpidos por la dieta Carpanta, rostros plomizos y manos ociosas por falta de horizontes dignos. El patrón observa, desde el centro de la plaza, el cortejo suplicante de obreros devaluados de donde escogerá provisionalmente a unos cuantos para incrementar sus ganancias. La vida de las personas vuelve a depender de jornales arbitrarios, injustos, escasos, al albur de empresarios con el corazón blindado y de apertura retardada, acaso imposible.

gallardonLos machadianos equipajes, ligeros, casi desnudos, apreciados lejos de la frontera, dejan el país y con ellos músculo joven, productiva maña y seseras bien formadas, las mejores en muchas décadas. España envejece en edad y esperanza, dejada a su suerte, ante quienes estafan, por quienes gobiernan, roban y engañan. A quienes se marchan, desdén, olvido y cicatería; arbitrios, látigo y embudo para quienes se quedan. Y a quienes arriesgan la vida por compartir la miseria, a este lado de la valla, disparos, cortes y agua.

crucifijoLa dignidad también marcha, silenciada, temida y a la vez amenazada, otra vez a tomar la plaza, de nuevo a levantar la voz agotada de no ser escuchada. Otra jornada de rendida protesta, de compleja reivindicación, de inconformismo fatigado, esta vez acechada por la Ley de Seguridad Ciudadana, la Ley Mordaza. En formación de combate están Fernández Díaz, Cifuentes y la artillería mediática; es así como luchan contra la pobreza, en Ceuta o en Atocha, con la porra en la mano, la multa en el programa y la mentira cargada.

Este nuevo tiempo de grises, de descoloridas banderas, de oscuras y planas conciencias, necesita vida, un estallido de pirotecnia social que dé color a tanto pasado recuperado desde Moncloa. Allí saben, públicamente lo agradece Rajoy, que el silencio es falta de color en las ideas, daltonismo solidario y dependencia del mando a distancia. La vida está en la calle, al alcance de cualquiera que no se resigne a morir entre lamentos y desganas. Hay que vivir, hay que tomarla.

mantillasEn esta época de negros maletines, negras mantillas, negros tricornios y negras sotanas, hay que exigir color, desterrar el sepia como única salida pigmentada. Faltan voces en los coros, muchas, y cuerpos paseando, para enseñarlas, sus necesidades y miserias, para visibilizarlas. Con toda seguridad, el 22 de marzo recorrerán las calles de Madrid más motivos, muchos más, que personas, personas que aún conocen la dignidad, que mantienen la esperanza de una realidad de colores naturales, humana.

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El mal estado de la nación

RajoyPinocho

En España, la veracidad y la mendacidad conviven engarzadas como la realidad y el deseo en la poesía y la vida de Luis Cernuda. Es complicado caminar por la agenda cotidiana sin que la duda sea invocada y haga zozobrar los acomodos: la tensión es permanente y cada vez se exige más para evitar la sorpresa. La duda es el latido imprescindible que ofrece a las personas una oportunidad frente a la uniformidad inclemente de los mensajes recibidos.

Aceptar a ciegas como verdad cualquier realidad, expuesta en escaparates públicos y privados como reclamo de temporada, es una renuncia a la duda, una derrota aceptada. La vista y el oído sufren indefensión ante la avalancha informativa que diluye las verdades en el caldo de la mentira, como se ha demostrado en el programa Salvados dedicado al 23F. Medio país ha rasgado sus vestiduras ante una mentira narrativa sobre un hecho sembrado de dudas y privado de certezas.

La audiencia soporta que se le mienta, pero no encaja nada bien que se lo hagan saber. La jugada de Jordi Évole, junto a oráculos de la verdad colectiva como Ónega o Gabilondo, ha ofendido a parte de la audiencia en el momento de anunciar su ficticia condición. El confort social exige información indudable y sacerdotes fuera de toda duda que eximan al espectador de ser parte activa ante la noticia y la propia realidad.

Para la España engañada, la embustera sigue llamando crisis a lo que es estafa y así, en esa abstracción expoliadora, se siente menos insegura, menos obligada a condenar a los estafadores, más distante de la duda. Para Rajoy, cómplice principal de la estafa, la banca y España no han sido rescatadas y los sacrificios no afectan en exclusiva a los más débiles. En esa realidad travestida, el presidente dice a los españoles que la crisis ha pasado, aunque la realidad le desdiga.

En el debate del estado de la nación, se ha dado cristiana sepultura a la crisis citando elogios de quienes la inventaron, los mismos que han inventado la recuperación. Bajo la advocación de la Virgen del Rocío, San Isidro, Santa Teresa o la Virgen del Amor, se obra un milagro lento e incierto, es poco santoral para encubrir el continuo asalto al octavo mandamiento. Otros santos responderán de la prometida bajada de impuestos, ninguno del desprecio a los derechos humanos.

El bucólico parlanchín Rajoy ha hablado de una ficticia realidad a la ciudadanía que ha recibido su mensaje en directo o en diferido a través de medios de comunicación y redes sociales. Paisajes de El Dorado o de Jauja han coloreado su discurso y contribuido a su aceptación por el segmento manejable de la audiencia. El gobierno, desde las falacias de su programa electoral y de su práctica política, miente más y mejor que nadie en este país. Jordi Évole es un aprendiz. Nadie se ha rasgado la camisa.

El espectador debe decidir en cuál de las dos Españas creer, porque siguen vigentes las dos España. La comodidad induce a creer en la España donde la sanidad y la educación son privatizadas para que sigan siendo públicas, donde los salarios han crecido en los dos últimos años, donde la reforma laboral no ha producido cientos de miles de despidos o donde se ha evitado la escandalosa subida de la luz. Vaciados bolsillos y estómagos mal atendidos incitan a creer en la España maltratada por los mercados y por su propio gobierno.