Los pecados de la Conferencia Episcopal.

Feijoo, Rajoy y Cospedal parecen exigir silencio al obispo de Santiago

Hoy es domingo y fiesta de guardar según los preceptos de la Santa Madre Iglesia y según la rutina de quien, a estas alturas, aún disponga de un trabajo aunque sea mal pagado. Es domingo y cada cual acudirá al templo de su preferencia para rendir cuentas a su dios particular, único e intransferible. Unos acudirán al estadio de fútbol en busca de terapia o el estadio acudirá a ellos, otros acudirán a los centros comerciales acuciados por la fe consumista, otros acudirán a la taberna para entregarse al dios Baco, otros saldrán al campo a rendir homenaje a Pachamama y los más tradicionales acudirán a la iglesia para purgar pecados y restaurar conciencias. Habrá quienes compaginen varios templos y varios dioses a lo largo de la jornada.

En todos los países y en todas las culturas, la religión más arraigada históricamente es la que pasa por los templos dedicados al culto divino, sean iglesias, catedrales, mezquitas, pagodas o locales adaptados ex profeso. En estos lugares, son habituales los ritos transmitidos secularmente y practicados con un rigor establecido y vigilado por quienes se autoproclaman herederos de una tradición proveniente, en última instancia, de los mismísimos dioses. Suelen ser elementos comunes de estas tradiciones unas escrituras sagradas, unos intérpretes autorizados de las mismas y un público receptor cuyo papel fundamental es repetir las fórmulas orales y gestuales que componen el rito. Un papel poco participativo por parte de los fieles y muy activo por parte de los sacerdotes.

Hay quienes acuden a misa verdaderamente convencidos de que es eso lo que necesitan y que es allí donde encontrarán una orientación verdadera y gratificante para sus vidas y para sus almas. Acuden de buena fe y salen con las pilas cargadas para soportar su paso por este purgatorio llamado mundo, por este valle de lágrimas. Los verdaderos creyentes conocen, aunque sea de oídas, el mensaje cristiano que se predica en las iglesias y disfrutan sintiéndose amantes del prójimo, caritativos, solidarios, humildes, desprendidos y justos.

Pero nos encontramos con el hecho constatable de que la clientela parroquial está cayendo alarmantemente en número desde hace muchos años. Teólogos tendrá la Iglesia que analicen y den una explicación al fenómeno sin caer en la tentación de culpar también de ello a Zapatero. Antes bien deberían mirarse al espejo y analizar qué hace o qué no hace la propia Iglesia para que su prima de riesgo particular esté alcanzando los niveles que tiene hoy día.

La Iglesia siempre ha sido una imponente maquinaria propagandística capaz de llegar a los lugares y a las personas más insospechadas y convertir cualquier menudencia en un asunto de repercusión transfronteriza en muy poco tiempo, así lo demuestran los recientes casos mediáticos del juicio a Javier Crahe, la represión totalitaria de las Pussy Riot en Rusia o el Eccehomo tuneado por doña Cecilia en Borja. La Iglesia ha utilizado este poder comunicativo durante más de dos mil años para mantener su estatus social y político en el mundo y ahora parece haberse vuelto en su contra.

Quizás tenga que ver en ello su alejamiento del pueblo para alinearse junto a los ricos y a los poderosos -incluso a costa de manchar sotanas y casullas con la sangre inocente derramada ante su cómplice silencio- en determinados periodos de la historia reciente; tal vez tengan que ver determinadas declaraciones de prelados, y la actitud pasiva y tolerante al respecto por parte de la Conferencia Episcopal, ante casos relacionados con la homofobia, el abuso sexual a menores o el maltrato a la mujer; y hasta es posible que su particular crisis esté relacionada con la distancia que muestra el Vaticano entre lo que predica y lo que practica.

En los últimos meses estamos asistiendo a un silencio demasiado cómplice por parte de la Conferencia Episcopal respecto a las medidas nada cristianas que está llevando a cabo el gobierno con la excusa de la crisis. Estamos asistiendo a la censura que Rouco Varela impone a colectivos cristianos, incluidos curas, que denuncian los efectos demoledores de las reformas del gobierno sobre sus parroquianos. Estamos asistiendo al cobro de las 30 monedas de plata, en forma de prebendas educativas y financieras, con que el gobierno paga su colaboración altruista en manifestaciones y pastorales durante los últimos años del zapaterismo y su silencio, siempre el silencio, actual ante las acometidas sociales del gobierno.

Estas actitudes pecaminosas de la Iglesia conllevan su condena y penitencia y es por ahí por donde la fe y el respeto se resquebajan hasta los niveles que estamos viendo. Se echa de menos una Iglesia cristiana comprometida firmemente con el pueblo y defensora de los más débiles. Una Iglesia alineada con los ricos y poderosos es una Iglesia que prefiere canjear la fe y la devoción por sepulcros blanqueados que acuden a ella para limpiar sus sucias conciencias. Y esto no es popular.

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El muro de las lamentaciones en Facebook.

No hay descanso posible. Una decide desconectar de las noticias, durante un par de días, para desentumecer el cerebro, y casi lo consigue. Cambiamos el telediario por la piscina de los amigos, cambiamos la prensa por la recomendable película La educación prohibida, cambiamos la tertulia tabernera de medio día por una sesión de fotos en la naturaleza. Todo bien, todo según lo previsto hasta que alguien, por la noche, viene a traerte un tinto con casera de limón y, de tapa, te trae el portátil para que veas una de esas frases lapidarias adornadas con la dudosa estética del power point para que la veas.

La fotito de marras, por supuesto, está colgada en Facebook y el síndrome de abstinencia acude como el caballo a las neuronas y no puedes evitar dar un repaso al muro para ver qué otras cosas hay colgadas en él. La desconexión salta por los aires y vuelves a comprobar que de nuevo estás dando la espalda al mundo con la vista magnetizada por el muro de las lamentaciones digitales. Decides posponer un día la desintoxicación que te habías propuesto y miras algunos de los improperios que tus amigos han colgado recientemente como introducción de las noticias que les han llamado la atención.

En el anárquico muro de Facebook descubres que una conocida ha echado un polvo glorioso que le gusta a quince personas, que otras siete lo han comentado públicamente y que otras tres lo han compartido para que se entere del evento más gente. Unos mineros surafricanos han sido asesinados por reivindicar una subida de salario (le gusta a cuatro personas, lo comentan ocho y lo comparten dos). El Follonero incomoda a dos diputadas con un programa sobre reformas en el Congreso a través de Youtube (le gusta a dos, comenta uno y nadie comparte). Alguien escribe un párrafo larguísimo sobre una reflexión personal en torno a la explotación desmedida de la selva amazónica (le gusta a cinco, nadie comenta, nadie comparte). Una amiga ha perdido a su perrita y pide ayuda a la galaxia por el Facebook con foto de la perrita incluida (veinticinco me gusta, quince comentarios y diez compartir)… Cosas de casi todos los días.

Y entre estas cosas de un interés incierto y una pesadez anodina, lees los habituales sobresaltos puestos al día de manera inmediata. ¡¡Lo que dan de sí unas cuantas horas en la sociedad de la información y de la comunicación!! Como cuentan quienes nunca han muerto que sucede segundos antes de morir, toda la actualidad pasa ante los ojos en esos segundos de debilidad y lees que Diego Cañamero ha impartido un máster de dignidad ante la Inquisición de Intereconomía, que la Inquisición anglosajona quiere a Julián Assange a toda costa en la hoguera de las vanidades, que el líder de Manos Limpias ha sido imputado por chantaje y estafa, que el gobierno dice que la bandera republicana incita a la violencia, que la FAES se ha visto salpicada por el espionaje del Vaticano, que el Financial Times acusa al gobierno español de usar la crisis para retroceder cuarenta años o que el portavoz del PP acusa a los parados de vivir con sus padres para negarles los 400 €.

Demasiada actividad para agosto, demasiada competencia para los 40º de calor, demasiadas lamentaciones para el muro de un portátil. Apagas el ordenador y vuelves a la reunión con la intención de cambiar el contenido del vaso por güisky o algo de más octanos. La expresión de la cara sorprende a los presentes que te preguntan y respondes ante una audiencia que reproduce, al comentar las noticias, ideas y opiniones obtenidas con el mando a distancia de la tele.

– Cañamero ha hablado en Intereconomía.

– Es un atracador -responde uno de los presentes que trabaja de director en una sucursal bancaria.

– Inglaterra no quiere que Assange se asile en la embajada de Ecuador.

– Es un violador que merece que le ahorquen -filosofa un amigo, cliente habitual de puticlubs, que pone los cuernos semanalmente a su mujer.

– El de Manos Limpias ha sido imputado por estafa.

– Ya están los comunistas asediando a este héroe -sentencia una con las muñecas abrazadas por la bandera de España.

– La bandera republicana incita a la violencia.

– Yo fusilaba a todos los antiespañoles -vuelve a intervenir la pulsera patriota.

– La FAES está mezclada con el asunto del Vaticano.

– Eso le pasa por intentar ayudar al papa -dice un presente de misa y comunión diaria.

– El PP dice que los parados que viven con sus padres no tienen derecho a los 400 €.

– Me cago en el gobierno -estalla el hijo de los anfitriones, ingeniero de montes al que han despedido de su puesto de becario en el que ha trabajado los últimos doce meses con un salario bruto de 900 €.

Ante este panorama, optas por callar y piensas que quizás es hora de suspender los tres días de vacaciones y volver al puesto de combate. El muro de las lamentaciones es demasiado fuerte y la actualidad demasiado peligrosa para abandonarla a su suerte.

Quizás no vuelvas a disponer de otros tres días de vacaciones jamás. Los chinos no tienen vacaciones y nosotros, en aras de la competitividad, debemos renunciar a ellas.

El güisky sabe a rayos en un ambiente tormentoso en el que las bocas exhalan centellas.