Pobreza intelectual

La peor de las pobrezas nos acecha y parecemos empeñados en demostrar al mundo que la merecemos. No se trata de la carencia de empleo, ni de la incertidumbre de una barra de pan, del grillete de un banco o del llanto de los niños. No. Se trata de algo más simple y, a la vez, más amargo aún si cabe.

Los trileros de las hipotecas, aliados con los embaucadores de las urnas, han formado un tándem que vocea -a través de las ondas de radio, de las pantallas y del papel impreso- su increíble inocencia, sus nada creíbles esfuerzos por ayudarnos y su desacreditada capacidad para hacer otra cosa que no sea rebañarnos los raídos bolsillos y aterciopelar los suyos y los de sus verdaderos representados que, a día de hoy, no somos ninguno de nosotros.

Este tándem predador proclama repetidamente, decenas de veces cada día, que no han sido sus fraudes especulativos sino nuestras rebasadas posibilidades, que no han sido sus agujeros financieros sino nuestros desconchones consumistas, que no ha sido su putrefacta condición corrupta sino nuestras necesidades elementales, que no han sido ellos sino nosotros quienes hemos desencadenado esta estafa que pretenden blanquear utilizando la palabra crisis para ello.

No les basta con ello y se permiten desacreditar con los mismos medios y el mismo descaro, uno a uno, a todos los colectivos que osen cuestionar su falseador discurso. Así, desde que el PP ha asaltado la democracia utilizando las urnas para legitimar su despotismo, nos hemos encontrado de repente con maestros que no enseñan, médicos que no curan, funcionarios en general que cobran por no trabajar, obreros que disfrutan viviendo sólo con el paro, mineros que arrancan el carbón en el BOE, pensionistas adictos a la salud, ciudadanos que obligan a que les vendan sin IVA, autónomos improductivos a los que no les gusta trabajar más de quince horas diarias, etcétera, etcétera, etcétera. Todos hemos dejado de ser patriotas comprometidos con sus planes y nos hemos vuelto peligrosos terroristas que sólo buscamos nuestro interés.

Estos discursos demagógicos, intencionados, peligrosos y fascistoides calan en una parte de la sociedad que entiende que la crisis la hemos provocado sus vecinos, que de su situación de paro es responsable su prima funcionaria, que tiene que pagar las medicinas por culpa de la abuela diabética y fármacodependiente, que ha perdido la ayuda para cuidar al padre inválido porque cientos de emigrantes han gastado el dinero del estado o que han tenido que vender el coche para comprar gasolina porque los mineros se jubilan a los cincuenta años.

La peor de las pobrezas es esa pobreza intelectual, origen de todas las barbaries humanas, que hace que unos nos enfrentemos a otros en un duelo a muerte del que son padrinos los políticos y los banqueros. La legitimidad del duelo la establecen los medios de comunicación y las armas las elegimos nosotros mismos para disfrute de los padrinos que, por cierto, nunca mueren en los duelos. La pobreza intelectual del español medio se palpa diariamente en tertulias y charlas entre amigos donde se repiten como un dogma las consignas de los padrinos y se defienden sin más argumentos que un dedo acusador y sin otra base racional que la demagogia conductista de los medios de comunicación.

La peor de las pobrezas no te obliga a mendigar comida, te obliga a mendigar ideas. El hambre, la sangre, el dolor y la muerte vendrán después.

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Rajoy futbolero

El presidente, como todos los presidentes, chupando cámara

El problema que tienen PP y PSOE se llama, ni más ni menos, bipartidismo. Ambos juegan un partido amañado a sabiendas de que sólo uno de los dos puede ser campeón y ambos se han acostumbrado a ganar elecciones más por los errores del rival que por aciertos propios.

Los espectadores, pasivos como nunca, se limitan a pagar el abono cada cuatro años para ver los partidos desde casa, pagando de camino la televisión, la luz, el asiento, los refrescos y las tapas. Finalizada la liga, los votantes se plantean, año tras año, si vale la pena perder el tiempo con esta competición falseada y se dedican a rajar del equipo propio y del rival porque no juegan como cada cual desearía. A los cuatro años vuelven a comprar el abono y se cambian de camiseta y de bufandas como si eso influyera en algo en el resultado final de la competición.

Durante cuatro años, el equipo ganador ejerce de ganador y el perdedor hace de perdedor, aunque en la práctica ambos roles sólo sirvan para machacar al resto de los participantes y a los propios votantes con la dudosa legitimidad que otorgan las urnas.

Y digo dudosa legitimidad porque el equipo ganador planteará el 4-4-2 para mantener el poder mientras el subcampeón planteará un 3-4-3 para tratar de recuperar el título, independientemente de lo que prometieran durante la campaña electoral. Así vemos al PP ejecutando medidas que no llevaba en su programa electoral (en realidad, no sabemos si llevaba programa) y acutando de la misma forma que durante ocho años criticó al PSOE. También se permite, sin rubor, contradecirse alarmantemente en las ruedas de prensa como en el caso de la amnistía fiscal. Sin rubor. Sin vergüenza. Sinvergüenza.

El PSOE peca de lo mismo, pero como subcampeón. Así, critica medidas adoptadas por el PP que son iguales a las practicadas durante los gobiernos de Zp, exige un IBI a la iglesia que Zp nunca exigió, critica recortes en las plantas que había podado previamente, critica subidas de impuestos en impuestos que ellos no subieron o exigen impuestos a los ricos que no practicaron durante sus mandatos.

Los hooligans (léase sindicatos) del PSOE reclaman los penaltis en el área del PP como nunca los reclamaron en el área propia, mientras los ultrasur (léase patronal) se ha instalado en el banquillo del PP y piden la expulsión de todos los jugadores del contrario, cosa que van camino de conseguir con la táctica impuesta por el gobierno no sólo a sus jugadores, sino también a los contrarios.

El resultado es el partido bronco que estamos presenciando, propiciado por las exigencias de la UEFA para jugarlo sin botas reglamentarias, con el tamaño de las porterías duplicado y en un sólo campo. Más tarde, el campeón de nuestra liga será llamado a jugar la champions junto al campeón alemán, francés, inglés, holandés, italiano, griego o portugués para disfrute de Platiní y pocos más. Una champions también amañada en la que el dominio del balón o la calidad de los jugadores poco importan: ganarán Alemania, Francia e Inglaterra, aunque no levanten la copa.

A nivel de liga local, los equipos hacen lo que pueden para parecerse a sus mayores y hay que aplaudirles el valor de saltar al campo sabiendo de antemano que toda la afición les silbará y abucheará antes incluso del pitido inicial. Saben que el público, cómodamente desde su sofá, les recriminará por no jugar como el Madrid y el Barça, les insultará por no tocar el balón en el preciso instante en que se destapa la segunda cerveza ante la tele doméstica, les acusará de tongo y de no sudar la camiseta… Hay que aplaudirles, ya digo, simplemente por la osadía de saltar a un terreno de juego ante un público al que no le interesa el fútbol y que parace disfrutar únicamente con los goles en propia meta o con la lesión de algún jugador.

Es triste, aunque anima pensar en los muchos espectadores que sí disfrutan con sus equipos locales, sin estrellas mediáticas, apoyando las jugadas o indicando posibles mejoras de las mismas. Estos espectadores sí están legitimados a exigirles que lo den todo en el campo, que se rebajen los sueldos y que renuncien a las primas por ganar o empatar.