Intereconomía y la teología financiera

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El día después de la bajada de persiana de Intereconomía no es jornada adecuada para lamentar, festejar o valorar la circunstancia. Apenas se puede decir que se haya notado la ausencia de esta cadena –se chismorrea que era más conocida por El Intermedio que por sus directos– en una parrilla saturada de aullidos y cizaña, dura competencia de pantalla con medios que remueven el légamo hasta la náusea, que suman sus propias deyecciones a las de quienes mandan.

El canal hubiera dado mucho de sí si los contenidos se hubieran ceñido a su compuesto nombre, analizando detalladamente la economía internacional. Falta está España, y necesitado el mundo, de alguien que explique la realidad paralela de los capitales y las carencias sociales, ahí sí hay audiencia y, con ella, publicidad y beneficio. Apostaron por la añeja realidad de la España, Una, Grande y Libre y perdieron, para eso se basta y sobra el gobierno.

Los medios no lo tienen fácil a la hora de analizar noticias económicas y dotarlas de una mínima lógica para ofrecerlas a sus audiencias sin que su prestigio se resienta. Hace falta un desvarío para comprender, por ejemplo, que la Eurocámara culpe ahora a la troica de la tragedia social derivada de las políticas respaldadas por los eurodiputados durante años. La Eurocámara ha descubierto lo que la ciudadanía afirma desde que se inició la crisis: vivimos una descomunal estafa financiera.

El FROB anuncia investigaciones sobre 90 operaciones sospechosas en la banca cuyas pérdidas han sido nacionalizadas, pura propaganda retórica y redundante donde, como en toda publicidad, es más relevante lo que se oculta que lo que se habla. Descubrir irregularidades en los bancos equivale a abrir los ojos a la imperante realidad financiera de lucro a cualquier precio. De engaños a clientes, accionistas y al propio estado viven, es su naturaleza.

Explicación se busca a la elección por el mismo FROB de Goldman Sachs para privatizar Bankia al precio simbólico de un euro, dejando expeditas a la zorra las puertas del gallinero. Y explicación tiene. La teología financiera atribuye al dios Sanchs la potestad de ser a un tiempo agencia de calificación, fondo de inversión, banco y consultora, cuatro entes, uno más que la Trinidad, para un solo dios, como Júpiter, insaciable cuando devora a sus hijos. Explicación hay, su racionalidad es otra cosa.

El gran casino mundial está abierto a experiencias novedosas que los jugadores propongan para su estudio y, en su caso, adopción universal si acrecientan la reputación ganadora de la banca. Todo el gabinete de Rajoy es un departamento de I+D+i a la busca de nuevas demencias que mostrar en el casino. La última, la más luminosa, la factura de la luz. El gobierno pretende educar a la ciudadanía en la liturgia bursátil y propone la factura como un índice de cotizaciones donde se especula con sus bolsillos en tiempo real, hora tras hora, minuto a minuto. Quedó obsoleta la subasta a corto plazo y ahora proponen la estafa inmediata.

Apagada Intereconomía, la audiencia ha quedado huérfana de un sacerdocio que imponía las verdades infalibles de la teología financiera internacional. Aún queda la capilla de 13 TV, el púlpito de La Razón, la ermita de ABC o la catedral de TVE para convertir el agua de la estafa en el vino de la recuperación, un milagro, como todos los milagros, sin cimiento racional, obrado por una fe obligada. Mientras se obra el milagro, el Partido Popular dice gobernar, en nombre de la mayoría de los españoles, con leyes que destilan una ideología tan radical y minoritaria como la audiencia de Intereconomía.

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El tren de la solidaridad

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Los desastres, la muerte sin duda el peor de ellos, modifican los hábitos y las conductas cotidianas de quienes los sufren en primera persona hasta extemos insospechados, también la sociedad en su conjunto altera sus rutinas ante una catástrofe. Los sentimientos y las conciencias se agitan a nivel individual y social sorprendiendo a las personas con acciones y reacciones a veces desconocidas por sus propios actores. Dolor, desesperación y duelo son los efectos íntimos más notorios y la solidaridad es la respuesta social por excelencia.

El descarrilamiento de un tren en Santiago y sus demoledoras consecuencias ha vuelto a demostrar que la sociedad española está sobredotada para ejercer la fraternidad. La sociedad española, de forma anónima y voluntaria, de nuevo ha reaccionado ejemplarmente situando la colaboración y el socorro por encima de los luctuosos efectos y las hipotéticas causas del accidente. El tren de la solidaridad ha circulado con una precisión y una velocidad muy superiores a las de cualquier AVE.

Antes de que las televisiones nacionales reaccionaran, los bomberos habían abandonado su huelga, las batas blancas recortadas o desempleadas poblaban los pasillos de los hospitales, la policía hacía causa común con la ciudadanía y cientos de personas saltaban sobre los vagones o formaban una kilométrica cola ofreciendo sus solidarias venas para arrebatar vidas a la muerte. El pueblo español, una vez más, ha superado con creces la ingrata tarea de aliviar y minorar un desastre tan cruel e inoportuno como irreversible.

El pueblo español no necesita organismos oficiales para exportar con orgullo lo que sin duda debiera ser la base de la Marca España: la solidaridad. El mundo conoce, sin alardes publicitarios, el nivel de este país en donaciones de sangre o de órganos, su capacidad para cooperar al desarrollo del llamado Tercer Mundo o su extraordinario tejido de asociaciones sin ánimo de lucro que atienden a todo tipo de personas desatendidas por el sistema. El mundo conoce y aprecia la solidaridad española.

En Santiago descarriló un tren cubriendo de muerte y dolor a todo un país. La misma noche también descarrilaron las televisiones cubriendo de incompetencia lo que era noticia a nivel mundial. Hace tiempo que las televisiones trocaron la información por opinión, que sustituyeron periodistas por tertulianos y que cubrieron las calles con becarios más pendientes de no meter la pata que de hacer bien su trabajo. Todo se resume en las palabras de Paolo Vasile al afirmar sin tapujos que en Tele5 no hay periodistas, sino opinadores. En las demás, igual, incluida RTVE.

RTVE ha pasado de servicio público a servicio de propaganda, ha sustitudo a experimentados profesionales por militantes, perdiendo en dos años el norte periodístico y la audiencia. La CNN y la BBC informaban del accidente una hora antes de que TVE utilizara un banner de texto a pie de pantalla para contar la actualidad, dos horas antes de que el canal 24 Horas de TVE ilustrase la noticia con imágenes del accidente de Chinchilla ocurrido en 2003. En Facebook, un tabajador de TVE se quejaba: “En 5 minutos de Twitter me he informado mejor que en 15 minutos del informativo 24 horas de Tve”. Eran las 22’35. La cobertura al día siguiente dejó un rastro de chapuzas con continuados errores en rótulos y conexiones. TVE ya no es un servicio público. No.

En las privadas, los mismos opinadores que descuartizan diariamente a Bárcenas, a Griñan, a la Pantoja, a la Duquesa de Alba o a José Bretón, alimentaban el morbo y mostraban casquería. Una psicóloga rogaba desde las mismas vías: “dejen en paz a las víctimas y a sus familiares”. Reprodujeron en bucle las imágenes del descarrilamiento y algún trozo de carne asomando bajo una manta. Apuntaron culpabilidades antes de que se investigue a fondo. Su negocio es el morbo y la carne, la humana es la más cotizada.

 Las televisiones andan ya a la caza de familiares destrozados y milagrosas salvaciones para ganar audiencia y dinero. En la vía muerta de la política ya han empezado los unos a culpar al gobierno de Zapatero y los otros a responsibilizar al gobierno de Aznar. La anécdota del día fue la nota de pésame de Rajoy, transmiendo su más sentido pésame por los efectos del terremoto en Gansu; a la altura de su televisión, muy por debajo de su pueblo.

Lo único que se salva en esta jungla es el clamor de la solidaridad.

Éxitos y fracasos del 19 J

Miles de personas han clamado en las calles en contra de los recortes sociales perpetrados por un gobierno cuyo presidente no acudió a su puesto de trabajo el día en que se votaban en el Congreso. Miles o cientos, dependiendo de la desinformación que cada una de las partes interesadas ha querido ofrecer a quienes no han asistido a las manifestaciones.

En cualquier capital de provincia o ciudad española, hemos podido ver por sus calles un desfile de disconformidad con la situación que vivimos y las soluciones que se nos venden como las únicas posibles para salvar la economía del país, entendida ésta como el saneamiento de la banca y el beneficio empresarial a costa del sacrificio y la inmolación de los trabajadores.

A diferencia de las últimas manifestaciones habidas a cuenta de la crisis democrática que padecemos, en esta ocasión las artesanas pancartas y las consigansas espontáneas ha sido ampliamente superadas por la uniforme parafernalia tradicional que partidos políticos, sindicatos y colectivos sociales han desplegado entre el gentío. También se ha hecho notar la presencia de muchas personas primerizas en la defensa de sus derechos que participaban con una actitud y una indumentaria más propias de un desfile procesional que de una acción reivindicativa. Bienvenidos sean los unos y los otros porque la lucha es tarea de todos.

El ambiente -muy numeroso- no ha sido tan ruidoso, colorista y reivindicativo, por un motivo o por otro, como el de las manifestadiones que se han desarrollado desde el 15M con mínima presencia de partidos políticos y sindicatos. Muchas de las personas y de los colectivos habituales en estas manifestaciones se han echado en falta el 19J, quizás por un rechazo ideológico a una parte de los convocantes, quizás por hastío, quizás porque sus últimas convocatorias improvisadas por grupos muy minoritarios han tenido escaso seguimiento, quién sabe. Y también se ha echado de menos a los cinco millones largos de parados que esperan en sus casas o en algún botellón paliativo, con la fe como argumento, la llegada de un mesías que arregle su situación con un golpe de su báculo divino.

Dentro del catálogo exihibido de banderas y pancartas, hemos podido visualizar siglas sindicales, hasta hoy inéditas en huelgas generales o primeros de mayo, pertenecientes a sindicatos sectoriales o minoritarios (CSIF o USO, por ejemplo) que no suelen participar de las reivindicaciones generales de la gran mayoría de los trabajadores. También se ha hecho notar la ausencia de otras siglas sindicales que dicen representar a trabajadores (ANPE o sindicatos de la sanidad, por ejemplo). Y dos notas pancarteras a tener en cuenta: ni una bandera del PSOE, cuyos militantes optaron por el disfraz de UGT o el anonimato, y la presencia notoria de un PCE, sin representación parlamentaria, provincial o municipal alguna, a costa de sumir en el olvido a IU.

Todo lo observado denota que las estrategias de movilización de sindicatos y partidos políticos no acaban de conectar con el pueblo y que sus actuaciones siguen moviéndose más en clave interna de sus respectivos aparatos que en clave social amplia con todas sus consecuencias. No obstante, el éxito de las manifestaciones ha sido evidente, aunque no contundente, y ha puesto de manifiesto que la gente se ha echado a la calle por la llamada del sufrimiento en mayor medida que por la convocatoria de sindicatos y partidos que deben tomar nota para renovar sus estructuras, sus cargos y sus objetivos si quieren volver a conectar con el pueblo. Mientras no lo hagan, alguien podría pensar que pretenden fagocitar la espontaneidad de las protestas que últimamente se vienen produciendo sin su concurso.

Para terminar, el repaso al baile de cifras de la prensa ha concluido de forma estrepitosa con la constatación de que los noticiarios informativos de TVE han sido desbancados por un parte -con olor a caspa y naftalina- que comienza con imágenes de Sol cuando estaban llegando los primeros manifestantes y los claros de público eran evidentes, sigue con las estimaciones para Madrid de 40.000 asistentes según la policía frente a los 800.000 según los convocantes y acaba, como no, con esas imágenes criminalizantes de la policía disparando contra grupos minoritarios de camorristas, posiblemente -ya puestos a manipular- profesionales a sueldo.