Fábula de buitres, hienas y gaviotas

hienas

Todos afeaban la costumbre del funerario local de acechar bajo los balcones lágrimas de dolor o de muerte, que a ninguna hacía ascos, de personas con las que tal vez había compartido risas y copas en algún evento pasado o el mismo día anterior. A él ¡qué más le daba!. Era un profesional de la muerte como la copa de un ciprés que había mamado el oficio de su padre y éste de su abuelo. Ambos, él también y ahora enseñaba a su hijo, realizaban su labor comercial a pie de agonía, contando con la ayuda chivata de personal del hospital o de la guardia civil de tráfico.

Nadie en el pueblo, sin embargo, se le enfrentaba, ni aun cuando el dolor límite justificaba cuatro voces bien pegadas a este adicto al luto ajeno que merodeaba los domicilios atraído por el olor a cadáver. La gente se mordía la lengua porque, al fin y al cabo, el funerario, o sus hijos, acabarían por enterrar a todo el pueblo y nadie quería para sí un deslucido funeral. Cuando él no estaba presente, las conversaciones le aludían con la palabra buitre como epíteto acusador.

Sus íntimos le comentaban las habladurías y el enterrador solía comentar, con espíritu sereno, que no le preocupaba, que lo comprendía, pero que era su profesión, el pan de sus hijos. En tertulias aguerridas y altisonantes, solía comparar con dignidad al buitre con las hienas, saliendo bien parado de semejante cotejo. Él, como el buitre, se limitaba a hacer negocio cuando la muerte había hecho su trabajo; otros había que obtenían ganancias, como las hienas, usurpando a la parca sus funciones, rematando al moribundo. Ésa era la trinchera ética de su defensa.

Preguntado una vez por las hienas, por quienes se comportan como ellas, se limitó a decir que no había más que leer la prensa o atender al noticiario. No sería él quien señalase con el dedo o pusiese nombres y apellidos a quienes públicamente mostraban los colmillos a diario. No dijo más; también había aprendido de su padre y su abuelo a vestir la discreción bajo la ropa interior y a ponerse un sombrero de respeto que nunca colgó de percha ni acomodó en armario.

Los días siguientes, quienes habían participado de la charla, cinco más el camarero del bar donde tuvo lugar, se entregaron a escrutar periódicos, radios y televisores. Eran noticias cotidianas, sin atisbos de antropofagia por ningún lado, de política nacional, internacional, economía, sucesos, sociedad, deportes, el tiempo y alguna que otra curiosidad. Sin rastro de hianadae por ningún sitio. Al cabo de unos días, volvieron a coincidir en el mismo bar.

¡Joder!, –exclamó uno– se ha suicidado un tío porque le quitaron el piso”. “Nos estamos quedando sin sanidad –dijo otro–. “Hay que ver –apuntaba un tercero– cómo está el paro”. “¡Y cómo está el trabajo!” –se quejó el contratado eventual–. “¿Y las pensiones?” –gimió el único jubilado–.“Hay gente pa’ to!” –fue el corolario del tabernero–. El fúnebre amigo permanecía callado, escuchando, mientras apuraba su copa de vino. “¿No dices nada?” –le corearon–.

Vació la copa, pidió otra ronda y habló. “Detrás de todas las noticias están la troica, la CEOE, la banca y los políticos que rondan por el hábitat de las puertas giratorias”. Allí estaban, protagonistas destacadas, las hienas que ninguno atinó a ver y, sobrevolándolas como grises sombras desplegadas en un cielo garzo, una grey de gaviotas. “Si leéis la segunda acepción del diccionario de la palabra hiena –dijo para finalizar–, veréis en qué se diferencia el buitre de la hiena”. “Lo que faltaba –pensó en voz alta el camarero–: las gaviotas se alimentan de las sobras de hienas y buitres”.

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