Votemos

papeletas

Acostumbrada a salmodiar liturgias en las que no cree o, en el mejor de los casos, de las que desconfía y teme, la ciudadanía se apresta a la ceremonia de la urna. Las campanas han tocado por segunda vez para anunciar que estamos en vísperas y hay que hacer examen de conciencias ajenas para no votar en pecado. El tercer toque será en la mañana del 2 de diciembre próximo y quien no acuda al colegio electoral, papeleta en mano, quedará fuera del paraíso democrático.

Como suele ocurrir, poca gente acude a las catequesis con verdadera fe y la devoción se derrama por las grietas que las prácticas de las jerarquías partidistas producen. Para paliar esta crisis vocacional, las sectas recurren al impagable esfuerzo de sus misioneros y misioneras de tertulia durante todo el año en los púlpitos mediáticos. Las hojas parroquiales son redactadas por la aristocracia política tras recibir el soplo divino de sus deidades que confluyen en un solo dios: el dinero.

Todos los evangelistas tratan al rebaño como si la estulticia fuese su estado natural y la verdad, la única, fuese patrimonio secular de los pastores. Pero ¿de qué hablan?, ¿cuáles son sus mensajes? Conscientes de que el pueblo llano está educado en el rezo inconsciente de letanías, la élite pastoril esboza unos argumentarios que, recitados una y mil veces, son repetidos por el rebaño cada vez que los balidos hacen coro entre bocado y bocado de la mala hierba con que es alimentado.

En las misas andaluzas, los párrocos locales la han liado. Los obispos y cardenales primados los han dejado en segundo plano para tomar la palabra y propagar la idea de que el diablo existe travestido de independentista golpista, comunista bolivariano y pecador antisistema. Es una vergüenza que los intereses del rebaño queden soslayados por el único interés de los pastores: el voto, sin compromiso por su parte, el voto para autoproclamarse salvadores de la patria.

No es de extrañar que Marín o Moreno cedan el púlpito a Casado y Rivera, no es de extrañar porque los proyectos políticos de los curas de aldea no tienen que ver con Andalucía. El PP y C’s hace años que se han embarcado en una cruzada para enfrentar, unos contra otros, a los españoles. De hecho, Ciudadanos nació para enfrentar a unos catalanes con otros, a unos vascos con otros y, una vez conseguido el objetivo, han importado esta dialéctica frentista a Andalucía y al resto de España.

Las propuestas de unos y otros se atienen al catecismo populista que limpia los pecados en la oposición. Un catecismo de calcetín al que se da la vuelta sin pudor una vez alcanzado el poder, como hacen Pedro Sánchez y Susana Díaz. Hay que declararse protestantes, ciudadanos y ciudadanas con libre albedrío y capacidad para interpretar las biblias sin la concurrencia del virtuosismo manipulador de los profesionales de la política, o, mejor, directamente practicantes del ateísmo.

El tercer toque de la campana electoral llevará a millones de andaluces a depositar su voto en la creencia ciega de que dará la victoria a unos o a otros, un falaz dogma de fe: ganarán, como siempre, las élites de la Meca y el Vaticano. Es así. El FMI, el BCE y la OCDE, esas élites que jamás estampan sus logotipos en las papeletas, serán los vencedores en las elecciones andaluzas porque sus prelados de PP, PsoE y C’s son acérrimos seguidores practicantes de la biblia capitalista.

Como en otras ocasiones, como casi siempre, me queda el consuelo de votar a quienes más les jode a los pudientes, a quienes más acercan su mensaje a mi propia realidad personal e irrenunciable. Pecare, humanum est.

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El cuento de Podemos

podemosSucedió en España, no hace mucho –de hecho, aún sucede–, que la gente se sintió indignada por el modo altivo, prepotente y rufianesco con que sus gobernantes actuaban y castigaban. Cosa prodigiosa fue ver que las calles y las plazas se llenaban sin que mediara gesta deportiva, desfile de famosos o la presencia de un Papa. Las calles, como digo, se llenaron de gente de clase media y baja para protestar y reclamar una oportunidad para la esperanza.

La clase política, fue entonces cuando comenzaron a llamarla casta, se preocupó, nerviosa se puso, se sintió amenazada. Hubo pánico entre caciques por los cuatro costados de España cuando la juventud se apropió del espacio público con altavoces y tiendas de campaña. Mano dura exigió el Partido Popular, buen rollito ofreció Rubalcaba y así, durante un año, protagonistas de la política fueron calles y plazas, hasta el punto de ser referencia mundial el movimiento de los indignados, la nueva marca.

Ganó el PP las elecciones, criminalizó las protestas, despreció la voz del pueblo y desalojó las plazas con brutalidad policial en desproporcionadas cargas. La soberbia y autoritaria derecha dijo, en su boca una infamia, que así no se arreglan las cosas, que el país vivía en democracia y que la indignación pasara por las urnas para ser homologada. Tertulianos sin escrúpulos, periodistas de pluma comprada y vividores corruptos –más de tres o cuatro, por cientos se cuentan– exigieron un partido para escuchar el ciudadano programa.

Ocurrió que el guante participativo fue recogido y la turbamulta se hizo partido, Podemos se llama, aclamado por el pueblo y por las élites temido. Al frente, para dar la batalla, se situaron personajes de andar por casa, sin experiencia política y de novedosa estampa. Quisieron los medios hacer de ellos espectáculo, subir las audiencias y ganar dinero con las cuotas de pantalla. Iglesias, Errejón, Echenique, Rodríguez y Monedero las nuevas estrellas se llaman. La estética hippy, la coleta, la silla de ruedas o el chaleco sin mangas fueron objeto de críticas y de chanzas por parte de las élites que dicen representar a la gente como Dios manda.

A toda prisa, contrarreloj, improvisaron candidatura para las europeas, las primeras votaciones a las que se presentaban. Un pasmo recorrió los espinazos de quienes ellos llaman casta al ver que conseguían nada menos que cinco actas. En guerra abierta se tornó la plácida batalla cuando periodistas, tertulianos, banqueros, empresarios, Génova y Ferraz sacaron la artillería pesada. De comunistas, bolivarianos, radicales, violentos y perroflautas les tildan con descaro para ver si el apoyo popular socavan. Por un contrato de 1.800 euros y una factura de 400.000, como a corruptos los tratan quienes han vendido el país a sus socios y amiguitos del alma.

Sucede hoy día que para salvarse de la quema y guardarse las espaldas, las derechas políticas, financieras, empresariales y mediáticas han recurrido a Ciudadanos que por allí pasaba. Caballero trajeado, bien afeitado, juvenil, fina estampa, Albert Rivera es la nueva estrella política y mediática, utilizada como crucifijo, ristra de ajos, martillo y estaca para combatir al vampiro de votos, el anticristo con coleta que al negocio parlamentario amenaza.

Pero es Pablo Iglesias, para Podemos y para sí mismo, la mayor amenaza desde que verticalizó el partido, la participación y la esperanza. Si no eres de izquierdas ni de derechas, si no estás con el pueblo ni con la casta, corres el riesgo de perderte, de acabar en la nada, como muestran los sondeos y los círculos en desbandada. La situación de Podemos y la figura de Pablo Iglesias quedan en un soneto de Padadú, bloguero compañero, poéticamente retratadas.