Enésimo sepelio socialista

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Antes de que las almas mortales de la ciudadanía embarquen, sin moneda bajo la lengua, en la barca de Caronte, posiblemente tengan la oportunidad de asistir al enésimo entierro del socialismo español. Desde 1879, el PSOE ha caminado por la historia con irregulares pasos forzados por la presencia de una “S” en sus siglas a modo de molesta china en su calzado ideológico. Se podría pensar, por las huellas de su histórico caminar, que el socialismo nunca ha prestado comodidad a la horma de un partido socialista en España.

En su infancia, tras constituirse la Internacional Comunista, parte de su militancia sintió la incomodidad de la china y fundó el PCE en 1921, primera demostración de que el socialismo español tenía principios y de que, si no gustaban, tenía otros. Durante la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE zurció los rotos sociales de un golpe militar a cambio de cooperar para asegurarse un puesto en la carrera electoral que le llevó a ser el más votado en 1931. Su idilio con el poder le llevó a tratar a sus votantes como segundo plato y éstos, queridas desdeñadas, le retiraron su apoyo en 1933 y se deslizaron bajo las oscuras sábanas de la CEDA. Fue su estreno como protagonista de su propio entierro, aunque, ateo nominal, siempre creyó en la resurrección eterna.

Su juventud estuvo marcada por otro golpe militar que sepultó sus principios y diseminó a su militancia entre repletas cárceles, anónimas fosas, exilio internacional y cunetas nacionales. El exterminio franquista hizo que el socialismo se inhumase en vida para esperar, con la paciencia, la resignación y el miedo como equipaje, a ver pasar el cadáver de la dictadura y, sólo entonces, emerger de la tumba de silencio en la que permaneció inactivo durante cuarenta años.

Ya adulto, el PSOE despertó de su letargo voluntario, estudió el panorama que ofrecía la muerte del dictador, buscó en el armario el disfraz descamisado de vaqueros y chaqueta de pana y, antes de nada, sacó la molesta china del zapato en su congreso de Suresnes. Felipe González eliminó el socialismo de su ideario, manteniendo la “S” como cebo eficaz para exiliados y familiares de represaliados, y alteró a gusto, tras su victoria, el menú de sus principios: posicionamiento ante la OTAN, privatizaciones, contratos basura, corrupción, GAL, etc. facilitaron un nuevo entierro del socialismo español oficiado por Aznar.

Durante el velatorio, más que debate hubo intercambio de chascarrillos y fruto de ello fue someter su cadáver a una sesión de tanatoestética que culminó con la fugaz instauración de primarias para elegir candidatos. Perdieron los oficialistas, los barones, y ganó Zapatero. El pueblo, la calle, tuvo que gritar para que el socialismo desorientado avistase un sendero que sus torpes pasos no alcanzaban a encontrar. Y ganó el bisoño Zapatero para pagar la novatada y las culpas de su partido.  Las últimas elecciones supusieron un nuevo velorio, un mismo cadáver y un nuevo entierro para un partido que ha vuelto a abandonar, con políticas liberales y adornos populistas, el socialismo.

Suprimieron las primarias y, con el dedo, designaron a un joven y desconocido político, de nombre Alfredo, como candidato. Ahora, en una senil madurez intranquila, el anciano Rubalcaba propone cambiar el nombre al partido que seguirá manteniendo la “S” a pesar de que casi nadie en el PSOE recuerda su significado. El partido es un apetecible holding, como el PP, que genera empleo y distribuye riqueza entre sus cúpulas. Este partido, que tantas veces ha negado ya sus raíces debe regenerarse y desprenderse del tejido putrefacto acumulado sobre su obsoleto cuerpo.

Ningún viento es favorable para quien no conoce su destino.

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Rajoy con sabor cubano

Nunca imaginé que, como se dice hoy, Mariano Rajoy llegaría a poner en valor a Fidel Castro y su régimen cubano. Mariano Rajoy y toda su corte de los milagros se están convirtiendo en sus valedores universales.

La historia cubana del siglo XX ha estado marcada por la acción permanente de EE.UU. en la isla, bien conquistándola, bien apoyando gobiernos no populares, bien sosteniendo gobiernos golpistas, pero siempre al acecho de los pingües beneficios del azúcar. La historia de España del siglo XX comenzó marcada por la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, precisamente a manos de EE.UU., los mismos EE.UU. que no clamaron ni hicieron nada ante el golpe de estado del general Franco, los mismos que ayudaron a la dictadura con el Plan Marshall.

El Plan Marshall, aplicado apenas una década antes del triunfo castrista en Cuba, era la cruz de la moneda para detener el avance del comunismo en europa fortaleciendo países aunque estuviesen gobernados por un régimen fascista; la cara de la moneda fue el terrible e inhumano bloqueo a que EE.UU. sometió a Cuba con la misma finalidad. Cara y cruz de la moneda capitalista para salvar al mundo de la terribles garras del comunismo. Los resultados del bloqueo son evidentes y los de la derrota del comunismo también.

Hasta la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, Europa occidental vivió unos años moviéndose entre capitalismo y comunismo. El miedo mutuo, expresado en la Guerra fría, permitió que casi todos los países europeos disfrutasen de sistemas políticos que les permitieron acceder a las ventajas de uno y otro sistema, propiciando unas conquistas sociales equilibradas, conocidas como estado del bienestar, bajo el paraguas de la socialdemocracia, un híbrido de capitalismo y comunismo que ha durado hasta que el neoliberalismo, libre de competencia, ha puesto al descubierto su verdadera naturaleza y sus intenciones.

La asfixia de Cuba por el bloqueo USA es comparable en métodos y resultados al acoso que está sufriendo el euro por parte de unos mercados anglosajones que practican el neoliberalismo con el fanatismo de una religión económica, apoyados en los sordos bombardeos de la bolsa. Universalizar la miseria y privatizar los derechos son los efectos palpables del bloqueo impuesto a los países del sur de Europa con la colaboración desde el interior de unos gobiernos que actúan de espaldas al pueblo para imponer su doctrina.

Los frigoríficos y las despensas españolas comienzan a ser símbolos que muestran al abrirlos la pobreza a que nos somete el enemigo invisible; las libertades se recortan a conveniencia del gobierno: en España se apalea, se detiene, se multa y se encarcela a personas por pensar de forma disidente; y el PP pretende limitar la representatividad democrática reduciendo las posibilidades a la omnipresencia de dos partidos muy similares en su trasfondo ideológico. Fotos como éstas son esgrimidas a diario por anticastristas y peperos para condenar moralmente al gobierno cubano.

Como Fidel Castro, Mariano Rajoy tiene genética gallega, fuma puros y luce barba. Como Fidel, Rajoy utiliza la excusa del bloqueo para justificar sus acciones de gobierno, le cuenta a su puebo lo que éste quiere oír, cuenta con el respaldo manipulador de los medios de comunicación de su país, huye de la democracia en beneficio del partido, es capaz de sobrevivir muy bien dentro del ambiente de ruina general y se rodea de lo más selecto de su ideología.

Rajoy lleva camino de convertirse en un presidente que gobierna en contra de su pueblo, apoyando, comprendiendo y colaborando con quienes bloquean a España. A diferencia de Fidel, Rajoy se carga los dos puntales básicos para el desarrollo de cualquier sociedad: la educación y la sanidad. Hoy, Fidel se permite presumir de que entre los 860 millones de analfabetos absolutos que hay en el mundo no hay cubanos y de que de los niños que mueren cada siete segundos por hambre en el mundo tampoco ninguno es cubano. Rajoy y el PP, en España, han iniciado un incomprensible camino en el sentido contrario restringiendo el acceso de las personas al negocio de la salud y de la educación.

Puestos a elegir entre lo malo y lo peor, Rajoy nos hace dudar en favor de una pobreza, la cubana, que es una pobreza material, una pobreza digna. Rajoy nos hace dudar en favor de una miseria social, la cubana, que al menos salva de la hoguera la sanidad y la ecucación universales. Rajoy nos hace dudar de que el comunismo fuera el peor de los sistemas económicos.

Rajoy, en definitiva, nos está haciendo vivir las excelencias de su neoliberalismo desbocado y dudar de ellas. Rajoy está poniendo los cimientos para que contemplemos otras posibilidades de vida alejadas de la cruel competitividad y de la sanguinaria acumulación de riqueza.

Rajoy vuelve a poner en valor el socialismo como alternativa al capitalismo y como posibilitador del estado del bienestar.