Vacaciones de la dignidad y los sentimientos

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Hasta no hace mucho tiempo, las vacaciones pagadas eran un derecho, en este país, que los maquilladores de la Historia atribuían al dictador Franco y su 18 de julio. Dada la querencia de la memoria por las vacaciones, conviene recordar que tal derecho se recogía en el artículo 46 de la Constitución Española de 1931. Así, el franquismo se apropió de un logro de la Segunda República que el neofranquismo vigente no ve con buenos ojos.

Hasta no hace mucho tiempo, el trabajo era un deber y un derecho de cualquier persona, recogido en la Constitución Española de 1978. Pero la Constitución está de vacaciones desde su entrada en vigor y sólo ha trabajado, desde entonces, dos días para hipotecar el bienestar con la ilegítima reforma del artículo 135. Es un sarcasmo su sanción el 27 de diciembre y su publicación el 29 para evitar el espíritu de los Santos Inocentes que la inspira.

Sólo renuncian a sus vacaciones quienes viven del trabajo ajeno –patronal, banca y gobierno– y no reposarán hasta que salarios y descanso sean un añorado recuerdo. Las castas parásitas están consiguiendo, reforma tras reforma, que la ciudadanía asuma una vida miserable en la que el sudor de la frente no basta para satisfacer las necesidades básicas. Hay cinco o seis millones de personas sin trabajo y el trabajo que se crea es competitiva esclavitud temporal y precaria.

El personal agacha la testuz como hacían los abuelos y bisabuelos ante la presencia del cacique en la plaza del pueblo para escoger braceros dóciles y ajustar cuentas a los insumisos. Cuando la memoria se va de vacaciones, la historia se repite con galas de novedad y modernismo, con impávido uniforme de rancia actualidad. El personal agacha hoy la testuz y se deja robar la injusta limosna empresarial por el tío de la luz, el de la gasolina, el del teléfono, el del IVA, el prestamista, el casero y, en última instancia, hasta el panadero.

Un país se pierde cuando concede vacaciones a la dignidad y la conciencia. Si alguien avasalla, la dignidad da un respiro a la persona ejerciendo su deber y derecho a la queja y, llegado el caso, al desagravio. La queja en diferido, la barra del bar como púlpito y los parroquianos como audiencia, la preferida por los españoles, provoca el aplauso de quienes llenan el BOE de vejaciones e invitan a otra ronda. Estéril queja, indignidad sumisa y enajenada conciencia de la mayoría silenciosa.

Cuando las vacaciones se conceden a los sentimientos, se pierde la humanidad. El drama nacional no exime de sufrir como propios los desastres exteriores, algunos de los cuales salpican de sangre la valla de nuestras fronteras. Las guerras de Siria, Irak, Ucrania o el permanente genocidio palestino, mal calificado como guerra, evidencian que los sentimientos están de vacaciones y se discute sobre sangre inocente en los mismos términos que sobre corrupción, “¡y tú más!”, opinando con falaces argumentarios ajenos, con poco o ningún sentimiento.

La memoria está de vacaciones y España no percibe que las condiciones sociolaborales impuestas por el Partido Popular son la misma partitura orquestada contra la República. La educación bélica concede vacaciones indefinidas a los sentimientos en el mismo limbo que la dignidad y la conciencia. El cóctel es veneno y el cura de los Jerónimos, el 18 de julio, ha tañido campanas de luctuoso sonido por todos conocido.

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Ética y cosmética social

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Si la ética acude al psiquiatra, es un síntoma de salud. Si, por el contrario, acude al esteticista, es un sintoma de desastre. La ética necesita una reformulación que la vuelva a situar como referente social y la saque del zulo institucional en que malvive secuestrada. Aplicarle artificios cosméticos sólo lleva a sustituirla por la hipocresía y convertirla en un carnaval donde las máscaras se imponen a los rostros y los disfraces a los sentimientos.

Recientemente, el teatro del mundo global ha ofrecido una función única, protagonizada por los actores más cotizados del momento, con la guerra de Siria como escenario y el petróleo como telón de fondo. El mundo ha escenificado su repulsa a los crímenes contra la humanidad sufridos por el pueblo sirio horrorizado por el uso de armas químicas. Ásperas y prolongadas sesiones cométicas han conseguido que en Siria se asesine y se masacre de forma civilizada: a pedradas, a navajazos, a machetazos, a balazos o a cañonazos. Todos contentos y a otra cosa. Misión cumplida.

Casi al mismo tiempo, la tragedia de Lampedusa dio paso a un desfile de lágrimas y lamentos a cargo de plañideros europeos educados en la misma teatral escuela que americanos, chinos y rusos. “Es una vergüenza”, rezó el Papa; “una tragedia”, dijo Letta; “no se puede mirar a otro lado”, dijo Barroso; “¡asesinos!”, gritó el pueblo a los políticos durante el fuenral. Toda Europa se rasgó las vestiduras ante trecientos cadáveres durante unos días, obviando los cientos de miles de muertos que anualmente se producen en la tierra de la que huyeron los náufragos.

Cada semana, las noticias recogen la frase “última víctima de la violencia machista” con una naturalidad más peligrosa que la propia lacra. Observatorios, comisiones, fiscalías y opinión pública están en ello: luchan contra la violencia, pero no contra el machismo; condenan las muertes, pero no su base cultural; castigan al criminal, pero no la ideología que lo produce. Los minutos de silencio a la puerta de las instituciones son hoy como un cigarrillo durante la jormada laboral, pero sin humo.

La represión de manifestaciones de forma manifiestamente desproporcionada ha llevado a la autoridad incompetente a plantearse la sustitución de pelotas de goma por otros instrumentos de agresión más civilizados. La humanización de los cuerpos represivos pasa por culpar a las pelotas y exculpar o indultar a quienes disparan la escopeta y a quienes disparan la orden. Vaciar el ojo a una ciudadana de un disparo no es de recibo, parece más ético hacerlo con una porra o cegarlo con gas pimienta.

Aplicar el código penal estricta y literalmente, sin artificios interesados, es “una injusticia y una equivocación”, por lo que se reclama la ley del más fuerte elevando a la víctima, el estado, a la misma categoría moral del verdugo. La manipulada AVT pide venganza en lugar de justicia y sus manipuladores se hacen querer ofreciendo a su presidenta un puesto como florero en las listas electorales. ETA, además de un reguero de muerte, ha dejado en este país un reguero de votos al que el Partido Popular no quiere renunciar. Categorizar a los muertos es una injusticia y una equivocación y las cunetas y las fosas comunes de España son fedatarias de esta inmoralidad.

Cuando se piensa a golpe de impulsos inmediatos, se pierde la perspectiva racional animalizando las respuestas a los estímulos. Cuando se gobierna a golpe de lobby, se pierde la perspectiva democrática pisando los peligrosos territorios del despotismo, el autoritarismo o el totalitarismo. La intensidad de la pisada determina el nivel de salud o de desastre al que la cosmética puede llevar a la ética, a un país o a la humanidad. Cuando los gobiernos juegan con fuego, la ciudadanía suele acabar calentada, quemada o incinerada. Cuestión de intensidad.

Otra guerra para la vergüenza

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Tras recibirlo Obama en 2009 y la Unión Europea en 2012, el Premio Nobel de la Paz se ha precipitado por el desagüe del descrédito social. Premiar al presidente de la nación que más guerras promueve, del país que sitúa las armas en lo más alto de su escala de valores, fue un desatino, una bofetada a dos manos en el rostro de la Paz. Premiar al continente que ha exportado la guerra a los otros cuatro y cuya historia es una milenaria sucesión de batallas y guerras internas y externas, ha sido un traspiés de la Academia Sueca, una nefasta evidencia de que el significado de la palabra “Paz” ha sido adulterado.

Las guerras han tenido y siguen teniendo dos pilares básicos, el económico y el religioso, endiabladamente complementarios entre sí. Las guerras, desde el siglo XX, se han perfeccionado hasta el punto de que la muerte y la destrucción se ceban casi exclusivamente en la población civil, lo que no autoriza a considerarlas civilizadas, sino todo lo contrario. Los estrategas modernos no mueven miniaturas militares sobre maquetas ni dibujan los avances del horror sobre mapas. Hoy las guerras se diseñan en Wall Street y los generales manejan gráficas y cotizaciones de bolsa.

Desde hace décadas, se ha creado un embudo mediático para inculcar a la población la idea de que lo realmente inhumano es el empleo de armas químicas, como si una bala, una mina, un obús, un misil o un machete sobre el corazón humanizaran la muerte. El holocausto nazi ha relegado a la tercera plaza del horror la bomba de Hiroshima o el agente naranja de Vietnam, mientras la moral occidental reserva el segundo escalón a esas armas de destrucción masiva que, en manos infieles, suponen una amenaza para toda la humanidad.

Un paseo por el mercado de la muerte al por mayor permite comprobar que los amos de la industria bélica son países que apenas soportan guerras en sus territorios: Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia, Reino Unido, China, Países Bajos, Suecia, Italia, Israel, Ucrania y España. El mundo civilizado comercia con la muerte y necesita que este mercado esté activo porque, entre otros daños colaterales, contribuye a empobrecer al resto de la humanidad que participa en la silenciosa guerra de la especulación económica global. Guerra, petróleo, pobreza y beneficio son los nuevos Jinetes del Apocalipsis.

Otra vez la guerra asalta la vida cotidiana, ahora en Siria, otra vez los demonios y los ángeles de la muerte, otra vez el olor del petróleo y el brillo del oro, otra vez la sangre inocente y los errores divinos, otra vez las vestiduras rasgadas y los sepulcros blanqueados. La ONU, esa conciencia mundial devaluada, investiga el uso de armas químicas sin importarle las miles de muertes provocadas de manera artesanal ni la procedencia de las herramientas empleadas por los matarifes. La ONU se pierde por el mismo desagüe que el Nobel de la Paz.

Los países que creen en el dios verdadero han decretado el llanto general ante la barbarie de los países atrapados por falsas doctrinas de inciertos dioses. Como en Corea, Vietnam, Camboya, Afganistán o Irak, los mercaderes de armas salvarán al pueblo sirio con fuego amigo, tan mortal o más que el enemigo, derribarán un régimen asesino, contribuirán a la democratización del país, recogerán beneficios y volverán a vender tecnología militar a las facciones que surjan allá cuando se retiren los salvadores. El negocio estará hecho y la lista de espera de nuevos escenarios bélicos ofrecerá un nuevo país en tanto que Siria se recupera.

Cada vez son más las personas que asumen y propagan el mantra de que las guerras, al igual que la codicia, son inherentes a la naturaleza humana. Millones de personas en el mundo luchan contra la codicia y la muerte, buscando un mundo mejor, pero son calificadas por la sociedad acomodada como utópicas o perroflautas en un ejercicio de cinismo que lava su conciencia con agua sucia y contaminada.