El cuento de Podemos

podemosSucedió en España, no hace mucho –de hecho, aún sucede–, que la gente se sintió indignada por el modo altivo, prepotente y rufianesco con que sus gobernantes actuaban y castigaban. Cosa prodigiosa fue ver que las calles y las plazas se llenaban sin que mediara gesta deportiva, desfile de famosos o la presencia de un Papa. Las calles, como digo, se llenaron de gente de clase media y baja para protestar y reclamar una oportunidad para la esperanza.

La clase política, fue entonces cuando comenzaron a llamarla casta, se preocupó, nerviosa se puso, se sintió amenazada. Hubo pánico entre caciques por los cuatro costados de España cuando la juventud se apropió del espacio público con altavoces y tiendas de campaña. Mano dura exigió el Partido Popular, buen rollito ofreció Rubalcaba y así, durante un año, protagonistas de la política fueron calles y plazas, hasta el punto de ser referencia mundial el movimiento de los indignados, la nueva marca.

Ganó el PP las elecciones, criminalizó las protestas, despreció la voz del pueblo y desalojó las plazas con brutalidad policial en desproporcionadas cargas. La soberbia y autoritaria derecha dijo, en su boca una infamia, que así no se arreglan las cosas, que el país vivía en democracia y que la indignación pasara por las urnas para ser homologada. Tertulianos sin escrúpulos, periodistas de pluma comprada y vividores corruptos –más de tres o cuatro, por cientos se cuentan– exigieron un partido para escuchar el ciudadano programa.

Ocurrió que el guante participativo fue recogido y la turbamulta se hizo partido, Podemos se llama, aclamado por el pueblo y por las élites temido. Al frente, para dar la batalla, se situaron personajes de andar por casa, sin experiencia política y de novedosa estampa. Quisieron los medios hacer de ellos espectáculo, subir las audiencias y ganar dinero con las cuotas de pantalla. Iglesias, Errejón, Echenique, Rodríguez y Monedero las nuevas estrellas se llaman. La estética hippy, la coleta, la silla de ruedas o el chaleco sin mangas fueron objeto de críticas y de chanzas por parte de las élites que dicen representar a la gente como Dios manda.

A toda prisa, contrarreloj, improvisaron candidatura para las europeas, las primeras votaciones a las que se presentaban. Un pasmo recorrió los espinazos de quienes ellos llaman casta al ver que conseguían nada menos que cinco actas. En guerra abierta se tornó la plácida batalla cuando periodistas, tertulianos, banqueros, empresarios, Génova y Ferraz sacaron la artillería pesada. De comunistas, bolivarianos, radicales, violentos y perroflautas les tildan con descaro para ver si el apoyo popular socavan. Por un contrato de 1.800 euros y una factura de 400.000, como a corruptos los tratan quienes han vendido el país a sus socios y amiguitos del alma.

Sucede hoy día que para salvarse de la quema y guardarse las espaldas, las derechas políticas, financieras, empresariales y mediáticas han recurrido a Ciudadanos que por allí pasaba. Caballero trajeado, bien afeitado, juvenil, fina estampa, Albert Rivera es la nueva estrella política y mediática, utilizada como crucifijo, ristra de ajos, martillo y estaca para combatir al vampiro de votos, el anticristo con coleta que al negocio parlamentario amenaza.

Pero es Pablo Iglesias, para Podemos y para sí mismo, la mayor amenaza desde que verticalizó el partido, la participación y la esperanza. Si no eres de izquierdas ni de derechas, si no estás con el pueblo ni con la casta, corres el riesgo de perderte, de acabar en la nada, como muestran los sondeos y los círculos en desbandada. La situación de Podemos y la figura de Pablo Iglesias quedan en un soneto de Padadú, bloguero compañero, poéticamente retratadas.

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Rajoy exporta pobreza y necesidad

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El optimismo está de enhorabuena. La crisis/estafa en España tiene los días contados y sus cómplices lo celebran por todo lo alto con fanfarrias, cotillones y chupinazos de autobombo. El gobierno y sus secuaces repiten marcial y cotidianamente las consignas del día suministradas desde el cuartel general de Génova. El gobierno ha hecho, y bien, los deberes que le han impuesto los truhanes y celebra la realidad impuesta a la ciudadanía.

El grotesco presidente de España, cumplido su deber, se ha ido a Japón a vender su patria como sólo un optimista de la derecha española sabe: con la cabeza alta y haciendo universal y único su modo de interpretar la realidad. Su España ha salido airosa de la estafa y, ahí es nada, la ciudadanía está ansiosa por acoger cualquier limosna que las economías sobradas tengan a bien concederle. “¡Una caridad, por el amor de Dios!” ha ido a implorar Rajoy.

La tarjeta de visita del presidente es impecable para un Japón donde el honor es seña de identidad, la yakuza no se sienta en el parlamento y un ministro dimite por una donación de 400 euros. Ha debido pensar Rajoy que los nipones desconocen los trajines de Bárcenas, los ERE, Fabra y los miles de chanchullos que también son Marca España. La responsabildad con la historia ha llevado a Japón a pedir perdón por su intervención en la Segunda Guerra Mundial, notable diferencia respecto a la España del Partido Popular que, lejos de condenarlo, ensalza su franquismo.

El presidente Rajoy se ha mostrado como un avezado estratega del tejo tirado a calzón quitado y ha tratado de adular al anfitrión quitando hierro y radioactividad a Fukushima. Perdido el decoro con el Prestige y los hilos de plastilina, no ha dudado en imitar a su paisano y mentor político Fraga en el épico episodio de Palomares. Su optimismo desbordado ha causado admiración justo el día en que el agua radioactiva se derramaba en el océano una vez más.

Pero no hay que quedarse en las minucias irrelevantes que forman parte del equipaje del, posiblemente, más ladino presidente que ha ocupado la Moncloa. La enjundia de su viaje ha sido vender España, su imagen, ya que el país real lo ha vendido a los mercados con la población incluida en el lote. Rajoy, adornado con un rosetón en la solapa que ya quisiera para sí Rubalcaba, ha vendido, sin un atisbo de rubor en el rostro o la lengua, recuperación y competitividad, paro y precariedad, pobreza y necesidad.

Ha viajado en avión, aunque podría haberlo hecho en galera, sin esclavos que mostrar para que los mercaderes del sol naciente puedan examinar sus dentaduras antes de decantarse por contratar mano de obra española. El gobierno lo ha hecho, ha impuesto condiciones tercermundistas a la vida laboral de sus ciudadanos y condiciones infrahumanas a sus vidas cotidianas. Rosell y Botín, la patronal y la banca, son netos vencedores de la estafa, los grandes favorecidos por recortes, reformas y recesiones.

¡Cuán grande va a ser la recuperación económica! A la vista del sudoku presupuestario, presentado por Montoro y envuelto por el PP en un estruendo de optimismo, los poderosos se van a recuperar en un par de años, un siglo antes de que lo hagan los perdedores. La España de Rajoy no es un país competitivo, sino un país de pobres ciudadanos pobres condenados al harakiri a causa de la deuda kamikaze pactada por el PP y el PSOE.

Quédese en Japón para siempre, Mariano, sayonara.

Enésimo sepelio socialista

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Antes de que las almas mortales de la ciudadanía embarquen, sin moneda bajo la lengua, en la barca de Caronte, posiblemente tengan la oportunidad de asistir al enésimo entierro del socialismo español. Desde 1879, el PSOE ha caminado por la historia con irregulares pasos forzados por la presencia de una “S” en sus siglas a modo de molesta china en su calzado ideológico. Se podría pensar, por las huellas de su histórico caminar, que el socialismo nunca ha prestado comodidad a la horma de un partido socialista en España.

En su infancia, tras constituirse la Internacional Comunista, parte de su militancia sintió la incomodidad de la china y fundó el PCE en 1921, primera demostración de que el socialismo español tenía principios y de que, si no gustaban, tenía otros. Durante la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE zurció los rotos sociales de un golpe militar a cambio de cooperar para asegurarse un puesto en la carrera electoral que le llevó a ser el más votado en 1931. Su idilio con el poder le llevó a tratar a sus votantes como segundo plato y éstos, queridas desdeñadas, le retiraron su apoyo en 1933 y se deslizaron bajo las oscuras sábanas de la CEDA. Fue su estreno como protagonista de su propio entierro, aunque, ateo nominal, siempre creyó en la resurrección eterna.

Su juventud estuvo marcada por otro golpe militar que sepultó sus principios y diseminó a su militancia entre repletas cárceles, anónimas fosas, exilio internacional y cunetas nacionales. El exterminio franquista hizo que el socialismo se inhumase en vida para esperar, con la paciencia, la resignación y el miedo como equipaje, a ver pasar el cadáver de la dictadura y, sólo entonces, emerger de la tumba de silencio en la que permaneció inactivo durante cuarenta años.

Ya adulto, el PSOE despertó de su letargo voluntario, estudió el panorama que ofrecía la muerte del dictador, buscó en el armario el disfraz descamisado de vaqueros y chaqueta de pana y, antes de nada, sacó la molesta china del zapato en su congreso de Suresnes. Felipe González eliminó el socialismo de su ideario, manteniendo la “S” como cebo eficaz para exiliados y familiares de represaliados, y alteró a gusto, tras su victoria, el menú de sus principios: posicionamiento ante la OTAN, privatizaciones, contratos basura, corrupción, GAL, etc. facilitaron un nuevo entierro del socialismo español oficiado por Aznar.

Durante el velatorio, más que debate hubo intercambio de chascarrillos y fruto de ello fue someter su cadáver a una sesión de tanatoestética que culminó con la fugaz instauración de primarias para elegir candidatos. Perdieron los oficialistas, los barones, y ganó Zapatero. El pueblo, la calle, tuvo que gritar para que el socialismo desorientado avistase un sendero que sus torpes pasos no alcanzaban a encontrar. Y ganó el bisoño Zapatero para pagar la novatada y las culpas de su partido.  Las últimas elecciones supusieron un nuevo velorio, un mismo cadáver y un nuevo entierro para un partido que ha vuelto a abandonar, con políticas liberales y adornos populistas, el socialismo.

Suprimieron las primarias y, con el dedo, designaron a un joven y desconocido político, de nombre Alfredo, como candidato. Ahora, en una senil madurez intranquila, el anciano Rubalcaba propone cambiar el nombre al partido que seguirá manteniendo la “S” a pesar de que casi nadie en el PSOE recuerda su significado. El partido es un apetecible holding, como el PP, que genera empleo y distribuye riqueza entre sus cúpulas. Este partido, que tantas veces ha negado ya sus raíces debe regenerarse y desprenderse del tejido putrefacto acumulado sobre su obsoleto cuerpo.

Ningún viento es favorable para quien no conoce su destino.