¡¡Rajoy: pasa el porro!!

porreros

Hay propuestas políticas, como la de legalizar el cannabis, que descolocan cuando son formuladas por una pureta de la talla de Rosa Díez. Instantáneamente la sospecha da un brinco y la psicodelia estira el cuello para otear dónde está el truco, dado que en marzo de 2013 UPyD, PP y PSOE votaron en contra de una propuesta de ERC “para regularizar, en el plazo más breve posible, la producción, distribución y consumo de cannabis”.

UPyD necesita para las próximas elecciones generales la misma pócima mágica que su competencia directa, el Partido Popular, para vender su programa. La detención de los ediles populares Beatriz Rodríguez y José Antonio Gallegos con un kilo de marihuana o la presencia de la planta en el apartamento de la militante popular implicada en el asesinato de León son indicios de que en el PP se fuman porros habitualmente. La prueba irrefutable son las declaraciones de Mariano Rajoy y la cúpula del partido.

La visión idílica del país ofrecida por el presidente hace unos días, desligada radicalmente de la realidad, hace pensar que éste ha cambiado los habanos por petardos king size. Tal alucinación, propia de quien se quema las uñas apurando el canuto, sin pasarlo a nadie, sugiere que los bonsáis de Felipe González han sido sustituidos en Moncloa por plantas de Blueberry. La evasión de la realidad es muy evidente en el jefe del gobierno y va en aumento desde que viera hilillos de plastilina en los fondos marinos gallegos.

Uno de los efectos nocivos del THC, derivado de su deficiente administración o de su abuso, es la aparición de paranoias en quienes lo consumen. En la cocina del Campus de la FAES parece que a alguien se le ha ido la mano aliñando pasteles con más marihuana de la cuenta. Los efectos se han notado en todos y cada uno de los responsables del PP que han salido en tromba, los ojos rojos y la lengua de trapo, cargando contra Podemos y, por los síntomas, Aguirre se ha jalado, ella sola, con adicta gusa, un kilo entero de pastel.

Pero no todos y todas se han puesto hasta el culo de maría y hachís. Los hay que permanecen fieles a drogas tradicionales, carpetovetónicas, de efectos más elevados, más espirituales. Gallardón, Fátima Báñez, De Guindos o Fernández Díaz prefieren esnifar incienso en cantidades gloriosas confiando en que vírgenes y cristos iluminen su mandato y arreglen España. La Gürtel les ha surtido de sobres con billetes de 500 € para fabricar los aspiradores nasales.

Los fumetas de la alternancia, más finos ellos que los del PP, le han dado a la narguila durante el proceso de primarias cuyos resultados han sido infumables tanto para la militancia socialista como para su cada vez más escaso electorado. La paranoia también se ha manifestado en Susana Díaz y el electo Pedro Sánchez que han cargado contra Podemos en los mismos términos que sus socios en el poder. Esto evidencia que PP y PSOE comparten, además de políticas y puertas giratorias, el mismo camello entronizado con los votos de ambos.

No es casual, a la vista del colocón bipartidista, la agenda de Felipe el Preparado en sus primeras semanas de reinado. Primero viajó al Vaticano para garantizar el suministro de incienso de la mejor calidad y ahora se ha bajado al moro para negociar las cosechas de Ketama y el expolio de los bancos de pesca saharauis con el dictador marroquí. Mientras tanto, la ciudadanía escasamente puede ahogar sus penas y sus miserias en un vaso de Don Simón con gaseosa. Hay que quitarle el porro de las manos a Rajoy cuanto antes.

 

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Podemos y la extrema derecha

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Podemos la ha liado, ¡y de qué manera!, con sus resultados electorales. Ya no se habla de Europa, lo del PSOE no interesa, liga y champions son agua pasada, ni siquiera el no celibato del Papa llama la atención. Todo el mundo habla de Podemos con ese don de lenguas que la naturaleza ha regalado a los españoles. Se ha dicho de todo, sólo le falta una canción para ser portada de la revista TIME, aunque ya lo fue hace tres años sin que la casta política parezca haberse enterado.

Desde que el PP llegó al poder, profesionales de la salud, la enseñanza, la minería, la pesca, la farándula, cualquiera que piense de distinta manera, son (somos) violentos radicales de extrema izquierda. La coleta de Pablo Iglesias, ¡cómo no!, es la evolución natural de la perilla de Lenin, el bigote de Stalin y las barbas de Bakunin. Ya lo saben: los 1.245.948 ciudadanos que han votado a Podemos, y los 1.562.567 que lo han hecho a IU, han votado a la extrema izquierda.

La indigestión electoral ha provocado eructos en el PP, flatos en el PSOE y un ladrido que llama la atención. A Rosa Díez, nómada del limbo ideológico, le ha resbalado una neurona hasta la lengua y ha comparado a Podemos con el partido de Le Pen. Tras la carcajada al escucharla, casi de inmediato, se encoge el corazón y el cerebro se nubla ante la pregunta que subyace en sus palabras: ¿dónde está la extrema derecha española?

La extrema derecha asoma peligrosamente en Europa, en Francia con más de medio cuerpo fuera de la ventana, y en España apenas ha sumado 322.000 votos entre seis candidaturas. ¿Dónde está la ultraderecha patria? Esta incertidumbre, este prodigio de moderación de los hijos de buena estirpe, confiere celestial bondad a la derecha española, la derecha como dios manda. En España sólo hay extrema izquierda, eso sí, con casi tres millones de votos y más que vienen de camino.

En España no hay patriotas con los cerebros rapados, por fuera y por dentro, y armados de bates de beisbol para herir o matar emigrantes. No hace falta. Fernández Díaz, cumplidas sus diarias obligaciones espirituales, ordena y dispone que sea la Guardia Civil quien realice tan sucio trabajo sacudiendo concertinas que hieren o disparando pelotas que matan. Y sus votantes lo aplauden, esa parte de sus votantes que encajarían en el Frente Nacional o Amanecer Dorado. Son millones.

En España no hay escuadrones que atiendan en exclusiva a españoles. De excluir y desatender las necesidades sanitarias de los que llegan, los que se salvan, se encarga Ana Mato y va más allá que Le Pen proponiendo que se desatienda a los españoles emigrados. De negarles otros derechos, se encargan los padrones municipales en manos del Partido Popular. Y quienes votan eso escogen, también a millones, papeletas de la gaviota.

En España no hay partidos neonazis, sino un partido neofranquista que mantiene símbolos y nombres de la dictadura en sus corazones, en las calles y en las plazas. El ministro Wert es un exponente de la españolización a lo Una, Grande y Libre inculcada en la escuela nacionalcatólica que prepara. Y las Nuevas Generaciones, consentidos flechas y pelayos, son un hervidero de saludos, banderas y proclamas al más puro estilo de las hitlerjugend alemanas.

Ya lo dijo Fraga en 1977: “Alianza Popular ha sido concebida como lo que es: como una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos cuarenta años”. En esas estamos. El miedo a un partido sin corrupción, transparente y formado por personas de la calle es lógico para la casta. Aire fresco por fin en las urnas. Otra política es posible, aunque sea de extrema izquierda. Nuestra esperanza es su amenaza.

El CIS y la terca realidad

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Los informes PISA retratan a España como un país flojo de neuronas, tocado de entendederas, bordeando la necedad social. Dicen los descuartizadores de encuestas y estudios que la nota de los españoles en matemáticas y comprensión lectora está por debajo de la media de la OCDE, dato conocido y explotado magistralmente por la banca mucho antes de PISA. Un país con problemas para comprender cifras y palabras escritas, es un país con graves dificultades para comprender la realidad.

Quizás los datos expliquen por qué el libro de Belén Esteban es de los más leídos, por qué Mariló Montero es presentadora de televisión, por qué se argumenta a gritos en las tertulias o por qué Wert es ministro y Rajoy presidente del gobierno. La realidad española no se interpreta desde un simple bachillerato y es difícil de comprender desde un máster. Es una realidad que escapa a toda lógica y se aparta de lo medianamente razonable.

El CIS ha publicado el avance de su barómetro del pasado enero y muchos datos hacen dudar de la fiabilidad del informe PISA. Que todavía el 32,1% considere al PP digno de confiarle el voto, y el 26,6% al PSOE, sugiere que el 58,7% del electorado interpreta extrañamente la realidad, su propia realidad. Es llamativo y preocupante que el español medio se obstine en avalar el poder de los más corruptos de la clase, de quienes les roban los libros en el aula, las tiritas en el botiquín y el bocadillo en el recreo.

Algún sociólogo debería hacer una lectura coherente de las valoraciones que de los líderes políticos han hecho los encuestados, y explicarla. Es penoso el suspenso general otorgado a la casta y muy alarmante el cosechado por los miembros del gobierno. El ministro menos dañado es, con 3,17, el que recomienda comer insectos, duchas de agua fría o consumir yogures caducados; de ellos, por propios méritos, el peor valorado es el inexplicable Wert.

Y como en el reino del suspenso el 4,15 se antoja sobresaliente, destaca como más valorada Rosa Díez, un collage ideológico de improvisado programa. Ella, como los bancos, busca réditos en el déficit de comprensión lectora y, al contrario que ellos, ha optado por mensajes cortos, oportunos, ambiguos, multiusos, vacuos. No es de izquierdas ni de derechas, ni de dios ni del diablo. Políticamente, esta diputada curricular no es ni chicha ni limoná. Pero ahí está, ahí la tienen.

La ciudadanía busca el centro, esa quimera electoral ideada por quienes no saben dónde ubicarse y reclamada ilegítimamente por PP y PSOE. Rosa Díez ha ido más allá y ofrece un limbo ideológico poblado de flora populista y fauna demagógica que le va dando resultados tanto a ella como a su formación. Obtendrá resultados históricos y casi la llave para gobernar junto al Partido Popular o el PSOE, a ella le da igual, junto a quien ofrezca más.

La realidad ofrece argumentos más que suficientes para que el bipartidismo obtenga un respaldo residual en los comicios. Dos partidos que obedecen ciegamente los intereses de quienes esquilman a los ciudadanos no merecen la confianza de éstos y mucho menos sus votos. Hay otras alternativas, muchas, en las cabinas de voto y es hora de probar nuevas ideas, otras formas. Como decía Einstein, si se buscan resultados distintos, no se debe hacer siempre lo mismo.

Deprimente España deprimida

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“En el circo Fernando” Henri de Toulouse-Lautrec. 1888. Instituto de Arte de Chicago.

Atrás quedó la navidad y las ilusiones han envejecido como languidece la esperanza y mengua la despensa, de ayer para hoy, sin llamar a la puerta. Este patio de vecinos, esta corrala, otea en el almanaque otras fiestas, otros desahogos momentáneos para sobrellevar carencias y desganas. Los carnavales ya se ensayan, bajo los puentes de las autovías se escucha la semana santa y las ferias de la siembra ya han elegido cartel y damas.

A codazos en el calendario se hacen hueco efemérides paganas que recuerdan su destino triste a las personas dentro y fuera de la corrala. Un día se recuerda la doble condena bíblica de la mujer a ganar el pan con el sudor de la frente y a parir con dolor, aun sin desearlo. Otro día se evoca que el sudor moja las frentes de todo el vecindario, un sudor, el del trabajo, que hoy funciona más como maldición que como derecho, tanto si se tiene como si es deseado. Y como colofón de fiestas y calvarios, como epílogo al mes de mayo, elecciones europeas con reflexión el veinticuatro.

Domadores de gaviotas azules y vendedoras de rosas coloradas ya visten sus ajadas galas con mil funciones a las espaldas. El espectáculo electoral, decadente y decrépito, asoma sus intenciones y amenaza con envolver la realidad bajo su embaucadora carpa al más sutil de los descuidos. Son los más vetustos ocupantes de la pista y vuelven a recurrir a intemporales proclamaciones y primarias, desgastadas magias que ya no ilusionan y apenas engañan.

Liberales conservadores y moderados liberales andan en internas disputas los unos y postulación de candidato los otros, moviendo cromos por encima del mantel y también por debajo. Elecciones para que la ciudadanía vote a quienes ejecutarán los programas de los ausentes, de aquéllos que sin constar sus nombres en papeletas de voto siempre ganan. Candidato, lista y programa, a cual más vistoso, a cual más paritaria, a cual más postizo, tres pócimas para simular democracia.

Los sondeos, vestidos al gusto de quien los paga, hablan de nuevo de tendencias, desgastes, subidas y bajadas, como parlanchinas cotillas redichas y taimadas. Los augurios manejan voluntades como charlatanes de feria que venden crecepelo a quienes carecen de calva, atribuyendo lo natural a la virtud de su ungüento. Sabe el bipartidismo que las encuestas arrastran votos, causa de su aderezo, a manos de sollastres experimentados, previo a su postrera difusión.

El lado diestro de la pista, a conservadores reservado, cuenta con Rosa Díez, burguesía vascocatalana y seguidores de Mariano. Necesitaba el PP un espacio en el extremo de la derecha para maquillar su reciente viraje y en Vox, ultras en disputa con lo más ultra del aparato, lo ha encontrado. A la izquierda, palpitan siglas mal entendidas y peor aprovechadas con IU en crecida torpemente administrada. Y entre ambos espacios, sonámbulo, el desorientado fantasma del PSOE pone urna a ver qué recoge.

Seis millones de parados, más de millón y medio de hogares sin trabajo, diez millones de pobres relativos, ocho de excluidos, trabajo temporal y precario mal pagado, la salud tasada, la educación secuestrada… La realidad no convoca a fiestas y anima al titubeo ciudadano, mil veces camelado, ante nuevas elecciones con viejas reglas y exigencias renovadas. Queda pues la calle, en cuyas oficinas y despachos se tramita el presente ciudadano, donde caminan cabizbajas ilusiones con el currículum bajo el brazo, y donde se aprende a mirar los contenedores con ojos necesitados.

Calle para desahogar, para festejar y también para el compromiso, la protesta y la alternativa. Elecciones trucadas, pero elecciones. El sistema solicita y ruega que no se vote, una actitud beneficiosa para él. Hay que extirpar el bipartidismo votando hacia otro lado, aunque sea con la nariz tapada. El espectáculo ha comenzado.

Bárcenas, Garzón y PP

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El caso Gürtel, como en su momento el caso Filesa o el reciente caso Palau, son unidades didácticas de la historia reciente de España cuyos contenidos y objetivos han sido diseñados por revoltosos estudiantes de esos que suelen enturbiar el correcto desarrollo de las clases en los colegios. La irrupción de estos “maestrillos” en la actualidad hace que se resienta toda la población y que la calidad de sus enseñanzas evidencie las carencias de lo no aprendido junto a los devastadores efectos de lo aprendido. ¿Qué enseñan los corruptos? ¿Qué deja de aprender la ciudadanía? Son preguntas abiertas cuyas respuestas dibujan el triste paisaje de la lamentable realidad actual.

El caso Gürtel se destapó y se desarrolla como un guión de cine negro que desnuda las vergüenzas y los entresijos de una clase política alejada del servicio al pueblo y movida por siniestros personajes a los que sirven con mafiosa fidelidad. Bárcenas enseña que los intereses públicos y sociales son asesinados por intereses privados e individuales con premeditación, nocturnidad, alevosía y bastarda conciencia de impunidad. También enseña que el gatillo de la corrupción es fácil y dispara con pasmosa agilidad desde las armas cortas de cualquier ayuntamiento o la artillería pesada de cualquier ministerio.

Conscientes de su poder, los partidos políticos, en este caso el Partido Popular, recurren a tretas gansteriles para defender “lo suyo”. Bárcenas, como Al Capone, ha facilitado a la justicia la herramienta contable necesaria para restablecer la ley y el orden. El PP, como la banda de Al, hurgó y acosó al juez díscolo que le investigaba aireando sus actividades de caza con el ministro Bermejo y denunciándolo, hasta apartarlo de la justicia, por investigar lo que hoy es evidente. Como en la familia de El Padrino, en la banda pepera se imponen la omertá y la mentira.

Garzón, persona discutible y discutida, representaba para el Partido Popular un doble peligro. De una parte, el juez estaba sobre la pista fiable, ahora se comprueba, de la maquinaria corrupta del partido y, por otra parte, amenazaba con investigar también su corrupción ideológica. En Génova no estaban dispuestos a que nadie echara por alto los trajes de Camps, el Jaguar misterioso de Ana Mato o esos sobres de los que se han beneficiado la cúpula del partido, voceros afines como Jiménez Losantos, Rosa Díez y quién sabe qué otras personalidades e instituciones manejadas a billetazo limpio. Tampoco estaban dispuestos a “lo otro”.

El PP tampoco estaba dispuesto, Garzón sí, a que saltara por los aires la hagiografía del franquismo encargada por Aznar, con impúdico dinero público, a los sabios de la Academia de la Historia. El PP no podía permitir que la investigación del franquismo, cosa propia de países con decencia democrática, perjudicara directamente a muchos de sus mentores y militantes en activo. El PP se negaba a condenar el golpe de estado del 18 de julio y a renunciar a su histórico papel de martillo de rojos, herejes y masones. El PP escribe su propia historia de España, la historia sufrida de los españoles.

El caso Gürtel enseña que el Partido Popular participa de la misma moral corrupta que el PSOE, que para ellos el fin justifica los medios, que codearse con los poderosos reporta beneficios materiales o que la pertenencia a un partido es algo más que un carnet con una gaviota o un puño. La ciudadanía ha perdido la ocasión de aprender que la justicia está por encima de los partidos, que la ideología es algo diferente a una transacción económica, que la política puede ser una actividad al servicio del pueblo, que la ética debe ser la guía para la convivencia o que el pueblo es realmente soberano.

El caso Gürtel suspende el informe PISA de la transparencia y pisa con desprecio los principios más elementales de la democracia.

España: un cótel molotov.

Las guerras dejan demasiadas marcas siniestras en las culturas que las padecen y el lenguaje está lleno de marcas verbales que con el tiempo diluyen su origen y quedan en el habla coloquial con significados consensuados por la masa que las utiliza, muchas veces alejados de su origen militar. Cuando se bebe un tanque” de cerveza, nadie sufre ardores belicistas y las resacas por abuso suelen ser derrotas sin contiendas. Cuando se habla de “cóctel Molotov”, se piensa en un artilugio incendiario y no en la ironía del pueblo finlandés cuando, en 1939, respondió al Comisario de Asuntos Exteriores ruso Viacheslav Mólotov. Mólotov anunció por radio a la población finlandesa que su ejército no bombardeaba, sino que lanzaba alimentos. Los fineses llamaron a las bombas rusas “comida Mólotov” y su ejército respondió que si «Mólotov ponía la comida, ellos pondrían los cócteles».

La escena política española, desde la transición, ha aderezado nuestras vidas con ingredientes que durante años lograron atajar la indigestión del franquismo y pasar a una dieta democrática sin mayores complicaciones estomacales. Hemos vivido unas décadas de convivencia tolerante a pesar de que muchos residuos franquistas han permanecido como pinches en la cocina demócrata y muchos residuos republicanos han permanecido en el vertedero de la historia y en las cunetas de la geografía de muchas familias.

La Ley de la Memoria Histórica, un digestivo destinado a cicatrizar muchos paladares españoles dañados por el olvido institucional y el recuerdo familiar, encontró una fuerte oposición en el Partido Popular aduciendo que tal reparación era una afrenta al espíritu de la transición. Poco después, el juez Garzón decidió investigar los crímenes del franquismo y esto le convirtió en la última víctima de aquel régimen a manos de sectores ultraderechistas y del propio PP. Dos operaciones de cirujía reparadora se han convertido en una apertura en canal de la concordia por parte de quienes las han utilizado para llenar la cocina con la cuchillería oxidada de las dos Españas.

Ambos casos han desatado a una derecha que pensábamos superada por la famosa transición y desde las pantallas y la prensa no cesan de agregar combustible a la coctelera reivindicando el triunfo golpista de 1939 y culpando de ello a quienes no comulgan con su ideario. Desde la arena política, Aznar, Aguirre (ojo con ella), Cospedal y demasiada tropa de Génova no cesan de echar a la coctelera ingredientes facilitadores de la combustión. La exaltación del franquismo vive un momento dorado que permite al PP conceder honores a Queipo de Llano, impedir la retirada de honores a Franco, eliminar del callejero a poetas rojos, mantener en el callejero a franquistas o rendir homenaje a las tropas de Annual. Por su parte, Rosa Díez reclama la centralización del estado, Boadella reivindica el Cara al Sol y un Asesor de Álvarez Cascos pide tres días de fiesta para celebrar la muerte de Santiago Carrillo.

Por si fuera poco, en Cataluña han flameado las senyeras agitando el cóctel patriótico a niveles de ebullición y el PP y la derecha mediática han encontrado un chivo expiatorio a quien señalar como pirómano antes de que el fuego haga su aparición estelar. Queda por ver si las elecciones en Euskadi aportan ingredientes chispeantes al cóctel una vez que los incendiarios de ETA han cesado en su actividad. Y por si hubiera pocos cocineros, el rey se ha prestado a ejercer de maitre publicando una carta digna de cualquier recetario conspirador del pensamiento único.

El cóctel Molotov necesita una mecha para que la explosión y la expansión ígnea surtan los efectos esperados. Ahí están Cristina Cifuentes y Jorge Fernández Díaz, trenzando la cuerda e impregnando de parafina al 15M, al 25S, a los sindicatos, a las mareas, al saboteador del estadio de Vallecas y a todo el que tenga la ocurrencia de protestar en la calle en contra de su gobierno.

El lenguaje bélico, instalando en demasiadas bocas, está llegando a los hogares, a los corrillos de las plazas, a las colas del paro y a no pocas personas que por edad deberían protegerse del cóctel guerracivilista que nos están sirviendo en bandeja.

Si bombardean con estos alimentos, el pueblo debe permanecer firme en la dieta democrática, consumir lo necesario para el cuerpo y evitar que estalle el cóctel. Si los cocineros no están a la altura de los comensales, habra que cambiar de pinches o de cocina.

Más turbación en la Moncloa.

Mientras España capea como puede el chaparrón de recortes en los derechos cívicos, preguntándose por qué la banca se beneficia de la situación y cómo es que son indultados los evasores y defraudadores de impuestos, las filas del PP se entregan a una masturbación colectiva que raya la indecencia política y asalta las más elementales normas de la ética democrática.

María Dolores de Cospedal -más de 200.000 euros de sueldos al año e invitada del club Bilderberg en 2011- excitada por las propuestas de su compañero Feijoo, el sector rancio de su partido y el empuje del populista sexo electoral de Rosa Díez, manipula su libido ideológica en un frenesí que le lleva a proponer con paroxismo reducir a la mitad los escaños del parlamento manchego que ella misma amplió hace cuatro meses de 49 a 53 escaños. Y para que el orgasmo sea variado, también propone que no cobren los diputados con sueldo privado, es decir, que sólo accedan a los parlamentos quienes, sobrados de dinero y de tiempo, decidan dedicar su ocio a administrar nuestras vidas desinteresadamente. Esto es simple y llanamente un gatillazo totalitario.

Esperanza Aguirre también desliza sus dedos por las zonas erógenas de su absolutismo para señalar Madrid como destino de un antro ludópata y mafioso que iluminará los cielos de la capital con sus neones y las luces multicolores de las máquinas tragaperras. A ella no le importan los negocios colaterales de su admirado Sheldon Adelson y está dispuesta a sodomizar cuantas leyes considere oportunas para satisfacer a su mafioso amigo. Eurovegas no es Eurodisney y la estrecha moral de los cuentos de hadas será sustituida por escabrosas oportunidades para trabajar de camareras o bailarinas en una barra americana.

Fátima Báñez, ajena a los placeres mundanos, vive su particular éxtasis místico ocupando sus dedos en acariciar con fruición las cuentas del rosario, embelesada con la esperanza de que la virgen del Rocío traiga trabajo a más de cinco millones de españoles a los que, con la otra mano, desnuda lentamente eliminando sus protecciones sociales. El olor del incienso la hace levitar y abstraerse de la cruda realidad para no ver ni sentir que los recortes de las prestaciones y el abaratamiento de las condiciones laborales entran en el ámbito del sadomasoquismo, pero ella goza permitiéndolo desde las alturas ministeriales.

Ana Mato se ha ceñido una escotada y abotonada bata de enfermera para dar rienda suelta a sus fantasías sanitarias. Su posición dominante le hace disfrutar mientras sus dedos habilidosos y suaves se ocupan de retirar las drogas terapéuticas del alcance de sus dominados pacientes. Su lengua húmeda recorre sus labios cuando piensa en el placer que producen sus medidas en el cuerpo médico privado y en la meretriz farmacéutica que aprovisiona los consultorios de remedios y placebos. De aquí a nada tendremos que pagarle la cama del hospital.

Soraya Sáez de Santamaría supervisa estos afanes solitarios e insolidarios de sus compañeras con la morbosidad de voyeur propia de su vicepresidencia. Ella disfruta lo suyo embriagada de las feromonas desparramadas por el gobierno y el olor a cama caliente que desprende la calle Génova, sede de su partido y lupanar ideológico donde se pone precio al trabajo, a la vida, a la salud, a la educación, a la vejez y a las libertades de toda la ciudadanía.

El jefe Mariano ha tenido un orgasmo múltiple, sin necesidad de usar las manos ni la imaginación, con la visita de Ángela Merkel -esperemos que no le haya quitado el habla del todo- y con los susurros de Mario Draghi al oído de los mercados. Mira por dónde las palabras de la una y del otro le han venido a huevo para respirar unos meses hasta que la prima de riesgo vuelva a recobrar el pulso; hasta entonces, confía en tener tiempo para que sus expectativas electorales en Galicia no supongan un coito interruptus para el partido. Será el momento de pedir el segundo o el tercer rescate para España.

La actuación de la sección femenina del PP produce más turbación en la sociedad española que la sana masturbación, íntima y placentera, practicada por Olvido Hormigos. Parece que casi todas las mujeres del PP han reaccionado, cada una a su manera, al grito de Andrea Fabra y están jodiendo al país con placer.