Matemos a las mujeres

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Por cultura, por tradición, por ideología, se matan o maltratan por gusto animales y plantas sin problema y no pasa nada: acaso una multa o una condena a prisión cuyo cumplimiento es anecdótico. No pasa nada: por ideología, cultura y tradición, maten o maltraten los machos a las mujeres. A fin de cuentas, para el macho hispano no son más que seres inferiores, como los animales o las plantas, que les deben eterno agradecimiento por tenerlas en cuenta.

La vertiente cultural del menosprecio hacia la mujer es común a todas las sociedades drogadas por cualquier religión: todas condenan a la mujer por los santos cojones de dioses inexistentes. La actitud de la jerarquía católica lleva siglos quemándolas en público, condenándolas en privado y alentando a los hombres a demostrar su hombría cebándose en nosotras que somos débiles, pecadoras e impuras. La jerarquía católica, que nadie se engañe, está al mismo nivel que la musulmana, la judía o cualquier otra: maten los machos a las mujeres, que algún dios habrá que los perdone.

Por tradición, la derecha quiere recuperar la esencia de la familia: “la mujer en casa y con la pata quebrá”. Los hombres no encuentran trabajo por culpa de las mujeres que trabajan. Se folla cuando, donde y con quien el macho necesite, si lo demanda ella es porque es puta. Los hijos están desatendidos y los hogares sucios desde que las mujeres tienen vida propia. Y ya ni siquiera aceptan con sumisa alegría la lencería de puticlub que los machos les regalan en ocasiones especiales. Maten los machos a las mujeres que no estén en la cocina como la sartén.

Por ideología, se desempolva la arenga de Queipo de Llano que legionarios y manadas de civiles, soldados y paisanos llevan a la práctica con la aquiescencia de jueces y juezas, que también las hay, machistas. Por ideología, considerar que una persona es superior a otra por nacimiento, raza, sexo, religión u opinión es propio del peor de los fascismos que vuelven a Europa y a España. Las mujeres son inferiores, lo dice la Biblia, y por ellas ha empezado el franquismo triunfante, que lleva ideologizando y depurando a esta mierda de país ochenta y dos años. Maten los machos a las mujeres y luego a rojos, moros y maricones.

Una mezcla de las peores tradiciones, de la cultura más nociva y de la ideología más asesina inspira a los tres hijos de la gran FAES que son mayoría en Andalucía y lo serán en España. La epidemia del fascismo destruyó Europa con Hitler, Mussolini y Franco. 80 años después, el espíritu del genocida triunvirato se ha reencarnado en España en Abascal, Casado y Rivera. Los tres coinciden, no lo olvidemos, en minimizar el terrorismo machista reduciéndolo a delito común mediante la omisión de su envergadura (casi 1.000 muertas en 15 años, muchas más que ETA) y de su carácter eminentemente misógino. Violencia doméstica nos dicen: terrorismo machista es. Maten los machos a las mujeres, sobre todo si no comulgan sus ruedas de molino.

Nos han acostumbrado a vivir en la mentira, la gran aportación de las religiones al mundo, quienes ostentan títulos falsos, viven del dinero público y sirven a las otras mentiras que nos gobiernan: las de las élites financieras y empresariales. Todos ellos, las derechas extremas y la jerarquía católica, vuelven a reeditar su pacto nacionalcatólico del que se beneficiaron durante 40 años en exclusiva y durante otros 40 con la competencia del PsoE y de nacionalistas varios. Maten los machos a las mujeres en nombre de la patria y sus saqueadores.

El resultado: 40 años de retraso económico y social respecto a Europa. 40 años, los del franquismo, de maltrato a la mujer como seña cultural e ideológica asentada en la tradición. 40 años, los segundos, marcados por una corrupción sin parangón en la historia y en el mundo desarrollado. 80 años de franquismo, posfranquismo y neofranquismo que amenaza con cumplir los 100 a nada que el pueblo, embaucado y manipulado como nunca, siga votando a quien ha de exterminarlo. Maten los machos a las mujeres, que la historia es mentira y disfrutan repitiéndola.

La bandera de España en sus manos, la impuesta por el franquismo, fue, es y será nuestro sudario.

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Palestina y los dioses asesinos

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La civilización es la expresión social de los seres humanos, capacitados para la convivencia sin otra motivación que el horizonte de la supervivencia. La satisfacción de las necesidades naturales es común a todos los seres vivos y su consecución está relacionada con la información genética y el aprendizaje comunal. Cualquier alteración del ecosistema pone a prueba la capacidad de animales y plantas para sobrevivir, para adaptarse a la novedad.

El ser humano se ha autoproclamado superior al resto de las especies desde un supuesto dominio sobre el medio ambiente basado en la competencia de la razón y, dado que ésta no alcanza a explicar el universo todo, el hombre ha creado a dios. Este constructo social, apartado de su original génesis para explicar la naturaleza, ha sido convertido en instrumento de dominio sobre la propia humanidad. Desprovisto de razón, es el hombre el ser más gregario de la tierra.

La existencia de religiones no se explica desde el ADN, sino por una torsión intelectual que lleva a unos hombres a dominar a sus semejantes por un prurito de codicia y ambición. Todo edificio religioso se construye con ladrillos de incultura y argamasa de ceguera bajo la dirección técnica de arquitectos integristas y peritos en manipulación. Sólo así se explica que en toda tragedia humana esté presente la cruz, la media luna, la estrella de David o cualquier otro símbolo de un dios predador.

La tragedia palestina sintetiza lo que las religiones aportan a la civilización: muerte, dolor, sangre, odio, venganza, guerra, exterminio, oro, petróleo, expolio, silencio y complicidad. Todo en nombre de dioses y dogmas cargados de amor, fraternidad y paraísos de felicidad que en nada se parecen a la realidad, dioses y dogmas mentirosos y, a la postre, asesinos. Dios, Allah y Yahvé; Biblia, Corán y Talmud; comercio, petróleo y oro; metralla, cohetes y misiles: muerte y destrucción.

Palestina está siendo asesinada en nombre de dos dioses ante el silencio cómplice de un tercero. Una carnicería humana en nombre de dioses genocidas, perpetrada por desertores de la civilización, convertida en espectáculo para la inhumanidad que no duda en tomar asiento para contemplar la masacre en unas colinas cercanas o frente a una pantalla que ofrece cadáveres, entre plato y plato, a la hora de comer, sin provocar indigestiones.

Las religiones se reducen a mover fronteras en la geografía de la razón, a establecer límites a las libertades individuales y colectivas, líneas ideológicas trazadas por minorías que definen el bien y el mal para las mayorías. Tiaras, turbantes y kipás no cubren cerebros dotados de humanas neuronas, sino vacíos tenebrosos que generan ceguera y odio en nombre de los dioses. Las fronteras en Palestina separan a los dioses, a un lado el horror, al otro la barbarie. No hay más.

El mundo y su historia están llenos de Palestinas sin que ningún dios, ninguna religión, haya tenido la decencia y la honestidad de ponerse al servicio de la humanidad. Palestina es un duelo entre fanáticos, integristas y talibanes que arman a sus pueblos con preceptos, fatuas y torás para cumplir presuntas palabras sagradas de esos dioses asesinos a los que todos rezan y adoran. Palestina y el mundo serán un paraíso sólo cuando desaparezcan las religiones, cuando los dioses crucen las fronteras del olvido.

 

Dioses y diablos

FaustoEterno

Dos mil años de inmovilismo, alternado con retroacción, definen a un organismo poco reconocible en los reinos animal o vegetal, un organismo inanimado, cuasi mineral. El organismo humano, animal, ha desarrollado unas capacidades cerebrales que le han hecho distanciarse del resto de los seres vivos. El uso de la inteligencia, sin embargo, no le ha eximido de cumplir la ley natural simplificada en el proceso de nacer, crecer y morir, común a todos los organismos celulares.

La muerte, en la mayoría de las sociedades, causa angustia y los individuos recurren a constructos culturales en un deseo íntimo de eludir este último estadio de la vida. La muerte no deja de ser la mayor frustración de la humanidad y las colectividades, milenariamente, han buscado recursos para esquivarla. Las religiones han sabido negociar una proyección de inmortalidad que ha llegado hasta el siglo XXI como alternativa a una realidad irrefutable. La vida eterna a cambio de la razón, ese ha sido el trato y el gran éxito del marketing religioso.

La eternidad no es un rasgo humano sostenible intelectualmente y ha sido necesario idear un ser sobrehumano, un dios, un ente capaz de suplir la deficiencia natural. Dijo el hombre: “hágase dios” y el dios se hizo, eterno, a imagen y semejanza del anhelo humano. En palabras de Luis García Montero, “Los seres humanos pueden vivir sin dioses pero los dioses le deben la vida a los seres humanos, es decir, son una extensión imaginaria de la realidad, el resultado de una insatisfacción”.

Esta especie de terapia cultural fue intuida pronto como un elemento de poder y dominación social y así surgieron los sacerdotes, personas que se situaron en un plano intermedio entre lo humano y lo divino, y el diablo, supremo castigo para quienes recelan de los dioses. Dioses y diablos son inseparables, no se conciben los unos sin los otros y viceversa. La eternidad se presenta como una potestad divina que sólo alcanza a quienes se pliegan incondicionalmente a los dioses y sólo es accesible tras la muerte. Ícaro, Fausto o Dorian Gray son fabulaciones laicas que advierten sobre los riesgos de la inmortalidad a destiempo, avisos para navegantes.

La fijación por la etapa del nacimiento y la oposición al crecimiento intelectivo de las personas explica el inmovilismo, el carácter conservador que muestran, sin excepción, las religiones. Sus promesas de vida eterna a quienes acaten las normas divinas explican el uso del miedo como método de supervivencia de las creencias religiosas que se mueven al ritmo ritual del tótem y del tabú, del premio y del castigo, de ídolos y pecados, entre marciales acordes de trompetas y tambores.

En el caso de las católicas y marianas sociedades occidentales, es notoria la posición de la jerarquía eclesiástica que ha sobrevivido durante dos milenios imponiendo sus dogmas según ha demandado el mercado de la fe en las diferentes etapas de la historia. Las más de las veces han apelado al diablo y se han distanciado de quienes buscaban un dios más humano del propuesto por el Vaticano. Hoy, en España, asistimos a un episodio más de imposición de la fe por parte de la Conferencia Episcopal. No le vale convencer y busca por todos los medios vencer.

Su silencio sobre los efectos empobrecedores de la economía, su silencio ante el sufrimiento provocado por la política sanitaria, su silencio hacia unas víctimas de la guerra y del horror, su silencio ante la nueva esclavitud laboral, son silencios que hieren los oídos y las creencias, 30 silenciosas monedas a cambio de perpetuar su supremacía. Hay que recordar las palabras de Epicuro: “¿Está dispuesto Dios a prevenir la maldad, pero no puede?… entonces no es omnipotente. ¿Puede hacerlo, pero no está dispuesto?… entonces es malévolo. ¿Es capaz y además está dispuesto?… entonces, ¿de dónde proviene la maldad? ¿No es él capaz ni tampoco está dispuesto?… entonces, ¿por qué llamarlo Dios?” Tal vez el diablo vista traje, uniforme o sotana, ¿chi lo sa?

Economía para creyentes

capitalismo

El liberalismo es un sistema filosófico, económico y político surgido de la lucha contra los absolutismos. En principio, es la corriente de pensamiento en la que se fundamentan el estado de derecho, la democracia representativa y la división de poderes, principios republicanos que persiguen las libertades individuales, el progreso social y la igualdad ante la ley. El diablo adornó este pensamiento con la pedrería de la economía de mercado y la quincalla del individualismo, aderezos desigualadores que causan sarpullidos vitales a la inmensa mayoría de los ciudadanos.

El paso de la filosofía a la religión se basa en la supremacía que se otorga a dogmas estáticos en detrimento de la dialéctica del pensamiento en continuo flujo. Una vez consignado un dogma, la religión vive en exclusiva por y para su inamovibilidad, para su adoración incondicional ad aeternum. La filosofía, en cambio, establece tesis para ser pensadas en un constante proceso de análisis que es su única razón de ser, su esencia, su vitalidad. El tránsito del liberalismo clásico (siglo XVIII) al moderno (finales del XIX) supuso su secuestro del ámbito filosófico a manos de quienes hicieron de él un catálogo de dogmas para crear la religión capitalista, triunfante, única, incuestionable y, como toda religión, conservadora.

El dogma de la competencia basada en la oferta y la demanda estalla en las tarifas de telefonía, se electrocuta en las tarifas de la luz y arde a lo bonzo en los paneles de precios de las gasolineras. La libre competencia es un dios sin credibilidad, un ídolo etéreo, una burbuja con millones de practicantes no creyentes que rezan más por miedo que por fe, como suele suceder en todas las religiones, a su dios. El hecho de pensar, de analizar, de cuestionar, el hecho de escribir lo que estás leyendo ahora mismo, son pecados o delitos, anatemas dignos de hoguera. (Leerlo, también lo es).

El dogma del individuo, dueño de su persona y de su destino, hace aguas en un océano de nóminas y horarios laborales que cada vez son menos útiles para satisfacer unas necesidades básicas abocadas al naufragio tras impactar contra el iceberg de la falsa competencia. La sociedad en su conjunto se ahoga día a día porque los hacedores de fortunas y los sacerdotes financieros cuecen a las personas en el lento fuego del consumo efímero y los débitos obligados. El liberalismo ha vendido la ilusión del individuo aislado y ha aniquilado la fuerza de lo colectivo como motor social. El destino y la libertad de los individuos escala y resbala, cotiza, en las gráficas de la bolsa.

En el siglo XXI, el individuo no dispone siquiera de sus habilidades, destrezas y capacidades para realizarse personal y profesionalmente. Para ser rentable, toda persona debe adaptarse cada poco tiempo a un nuevo entorno laboral, a unas nuevas condiciones, a unos nuevos retos para, una vez adaptada, vover al páramo de la búsqueda de empleo. Ya no es rentable quien más produce y con mayor eficiencia, sino quien menos come, menos duerme y casi nada cobra, aptitudes que se asimilan sin ningún tipo de formación específica y están al alcance de cualquiera. Es el dogma de la excelencia empresarial, origen de la calidad contable y de la desaparición de la calidad en productos, sevicios y vida ciudadana y democráctica.

El capitalismo, sádica y lacerante aberración del liberalismo, campa a sus anchas estrangulando individuos y sociedades de una forma verdaderamente insaciable. Ha laminado el estado de derecho, la democracia representativa y la división de poderes. Los estados se mueven al dictado de los mercados, los individuos son unidades de consumo, el progreso social está de vuelta y la igualdad ante la ley dispone de tarifa propia. La filosofía liberal ha muerto y sus sacerdotes proclaman las excelencias del dogma capitalista como único camino de salvación para pecadores que han de morir para dejar de sufrir.

Los pecados de la Conferencia Episcopal.

Feijoo, Rajoy y Cospedal parecen exigir silencio al obispo de Santiago

Hoy es domingo y fiesta de guardar según los preceptos de la Santa Madre Iglesia y según la rutina de quien, a estas alturas, aún disponga de un trabajo aunque sea mal pagado. Es domingo y cada cual acudirá al templo de su preferencia para rendir cuentas a su dios particular, único e intransferible. Unos acudirán al estadio de fútbol en busca de terapia o el estadio acudirá a ellos, otros acudirán a los centros comerciales acuciados por la fe consumista, otros acudirán a la taberna para entregarse al dios Baco, otros saldrán al campo a rendir homenaje a Pachamama y los más tradicionales acudirán a la iglesia para purgar pecados y restaurar conciencias. Habrá quienes compaginen varios templos y varios dioses a lo largo de la jornada.

En todos los países y en todas las culturas, la religión más arraigada históricamente es la que pasa por los templos dedicados al culto divino, sean iglesias, catedrales, mezquitas, pagodas o locales adaptados ex profeso. En estos lugares, son habituales los ritos transmitidos secularmente y practicados con un rigor establecido y vigilado por quienes se autoproclaman herederos de una tradición proveniente, en última instancia, de los mismísimos dioses. Suelen ser elementos comunes de estas tradiciones unas escrituras sagradas, unos intérpretes autorizados de las mismas y un público receptor cuyo papel fundamental es repetir las fórmulas orales y gestuales que componen el rito. Un papel poco participativo por parte de los fieles y muy activo por parte de los sacerdotes.

Hay quienes acuden a misa verdaderamente convencidos de que es eso lo que necesitan y que es allí donde encontrarán una orientación verdadera y gratificante para sus vidas y para sus almas. Acuden de buena fe y salen con las pilas cargadas para soportar su paso por este purgatorio llamado mundo, por este valle de lágrimas. Los verdaderos creyentes conocen, aunque sea de oídas, el mensaje cristiano que se predica en las iglesias y disfrutan sintiéndose amantes del prójimo, caritativos, solidarios, humildes, desprendidos y justos.

Pero nos encontramos con el hecho constatable de que la clientela parroquial está cayendo alarmantemente en número desde hace muchos años. Teólogos tendrá la Iglesia que analicen y den una explicación al fenómeno sin caer en la tentación de culpar también de ello a Zapatero. Antes bien deberían mirarse al espejo y analizar qué hace o qué no hace la propia Iglesia para que su prima de riesgo particular esté alcanzando los niveles que tiene hoy día.

La Iglesia siempre ha sido una imponente maquinaria propagandística capaz de llegar a los lugares y a las personas más insospechadas y convertir cualquier menudencia en un asunto de repercusión transfronteriza en muy poco tiempo, así lo demuestran los recientes casos mediáticos del juicio a Javier Crahe, la represión totalitaria de las Pussy Riot en Rusia o el Eccehomo tuneado por doña Cecilia en Borja. La Iglesia ha utilizado este poder comunicativo durante más de dos mil años para mantener su estatus social y político en el mundo y ahora parece haberse vuelto en su contra.

Quizás tenga que ver en ello su alejamiento del pueblo para alinearse junto a los ricos y a los poderosos -incluso a costa de manchar sotanas y casullas con la sangre inocente derramada ante su cómplice silencio- en determinados periodos de la historia reciente; tal vez tengan que ver determinadas declaraciones de prelados, y la actitud pasiva y tolerante al respecto por parte de la Conferencia Episcopal, ante casos relacionados con la homofobia, el abuso sexual a menores o el maltrato a la mujer; y hasta es posible que su particular crisis esté relacionada con la distancia que muestra el Vaticano entre lo que predica y lo que practica.

En los últimos meses estamos asistiendo a un silencio demasiado cómplice por parte de la Conferencia Episcopal respecto a las medidas nada cristianas que está llevando a cabo el gobierno con la excusa de la crisis. Estamos asistiendo a la censura que Rouco Varela impone a colectivos cristianos, incluidos curas, que denuncian los efectos demoledores de las reformas del gobierno sobre sus parroquianos. Estamos asistiendo al cobro de las 30 monedas de plata, en forma de prebendas educativas y financieras, con que el gobierno paga su colaboración altruista en manifestaciones y pastorales durante los últimos años del zapaterismo y su silencio, siempre el silencio, actual ante las acometidas sociales del gobierno.

Estas actitudes pecaminosas de la Iglesia conllevan su condena y penitencia y es por ahí por donde la fe y el respeto se resquebajan hasta los niveles que estamos viendo. Se echa de menos una Iglesia cristiana comprometida firmemente con el pueblo y defensora de los más débiles. Una Iglesia alineada con los ricos y poderosos es una Iglesia que prefiere canjear la fe y la devoción por sepulcros blanqueados que acuden a ella para limpiar sus sucias conciencias. Y esto no es popular.

Dívar, divino y humano.

Viendo a este hombre con su uniforme de trabajo nos asalta la duda de si es la sotana que le queda corta o es la toga que le viene grande, una no sabe si se trata de un juez religioso o un religioso de la jurisprudencia. Leyendo algunas de sus divagaciones nos asalta la inquietud de que su concepto de la justicia esté tan ligado a la religión como si de un rabino, un imán, un inquisidor o un talibán se tratara.

Pero la inquietud inicial se evapora y estalla cuando comprobamos que se trata de un mortal como cualquiera de quienes han padecido sus sentencias, un letrado cuyo estrado es de este mundo. Imagino que se habrá absuelto a sí mismo de los pecados y delitos cometidos durante su carrera como alto cargo mamandurriado, aunque tiendo a pensar que no ha sido consciente de sus actos ni de sus omisiones. Gastar lo que este hombre gastaba en un finde marbellí no entraba, para él, en la categoría de derroche y sí cuadraba con el concepto de limosna de cepillo eclesial que para sus emolumentos representan diez o quince mil euros de nada.

La ley y la justicia, en España y parte del extranjero, son conceptos polisémicos que adquieren uno u otro significado en función de la personalidad y la cuenta corriente del delincuente o del agraviado. Mientras la justicia esté esposada al estatus social y se permita la mordaza del dinero como eximente, permanecerá en el limbo de nuestros anhelos utópicos, como un fanstasma etéreo que nunca aparece cuando se le necesita. Carlos Dívar es un ejemplo, pero hay más fantasmas que nos golpean a diario con sus cadenas arrastradas para recordarnos que no todos somos iguales ante la ley.

Montesquieu pereció asesinado por los venenos de la burguesía, las dagas de la nobleza, los fusiles del clero y la guillotina de los diputados. La separación de poderes ha sido y sigue siendo una entelequia en manos de los custodios del dinero que son, desde la más remota antigüedad, quienes realmente dictan las leyes y las sentencias en un lenguaje bífido que les permiten sortear cualquier condena.

Sorprendió que fuese un gobierno supuestamente progresista quien pusiera a este hombre en los altares de nuestra justicia y sorprendería aún más que fuese un gobierno conservador quien actuase con el rigor que la sociedad reclama. Hoy mismo, mediante un decretazo, el gobierno ha anunciado la incompatibilidad de las pensiones de los altos cargos con otros ingresos de los mismos, en un ejercicio populista por recuperar parte del crédito popular dilapidado en los siete meses que lleva haciéndonos incompatibles al resto de los mortales con la dignidad y con la vida. Ha aplicado la justicia con el mínimo imprescindible para dar munición defensiva a sus militantes y sus palmeros, dejando de lado una profunda reforma de la función pública que elimine absolutamente todos los desmanes y prebendas que tantas cartucheras, panzas y varices provocan en sus cuentas corrientes.

Nunca los sacerdotes han predicado para sí mismos ni los políticos han legislado en su contra. Todo lo que podemos esperar son gestos populistas y manipuladores por su parte para condenar el pecado venial mientras se autoconceden bulas para seguir pecando mortalmente.

Hoy mismo también los telediarios nos han metido de postre al pobre señor Roca, el del Miró adornando su bañera, como una plañidera pidiendo misericordia y comprensión. Hace no pocos días, la señora Munar explicaba que la prisión no es el mejor castigo para delitos económicos. Y unos meses atrás asistíamos a la absolución de Camps porque el delito no cabía en sus trajes. Los parlamentos y los plenos están sobradamente poblados de chorizos que se inmunizan aprobando leyes exculpatorias y creando comisiones de investigación que habitualmente se encargan del sepelio de la verdad y de la justicia.

¿Cabe esperar que la justicia y la ley sean iguales para todos? Con este ganado no, desde luego.

Por cierto, ¿condenaron al alcalde de Jerez por decir que la justicia es un cachondeo? Yo sólo lo pregunto, por si acaso.