Rajoy: paro y desamparo.

El PP pasó siete años en la oposición afirmando que era imposible hacerlo peor que Zapatero, que ellos sabían lo que España necesitaba para crecer y que disponían de una fórmula mágica para detener la escalada del paro. Durante los primeros cuatro años, la población hizo oídos sordos a estos cantos de sirena prefiriendo el carisma novel del anterior presidente a la ausencia de carisma de un Rajoy con el perfil más bajo como aspirante y como presidente que se ha dado en la democracia, a excepción, quizás, de Leopoldo Calvo Sotelo.

Y llegó la crisis como agua de mayo para el PP. Durante su segundo mandato, Zapatero hizo añicos el crédito carismático que disfrutó durante su primer mandato, torció del todo su gobierno hacia la deriva neoliberal y gestionó el comienzo de la crisis de forma deplorable. Los golpes de la economía comenzaron a lacerar las espaldas de la población y Rajoy se encontró con que la economía mundial le estaba allanado el camino. La economía mundial y la propia ineptitud de un gobierno agonizante.

Rajoy enarboló el estandarte del paro en la carrera electoral y bautizó las infames listas del desempleo como “los parados de Zapatero”, llegando a protagonizar una astracanada fotográfica luciendo su lamentable palmito ante una oficina del INEM. El mensaje, coreado al unísono por el PP y la derecha mediática, fue tomando cuerpo ante la desesperación ciudadana, dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo, por la escalada de una crisis ante la que claudicó Zapatero haciendo una reforma laboral, metiendo los primeros tijeretazos y reformando a dúo con Rajoy la Constitución, de forma vergonzosa y nada democrática, para satisfacer a los mercados.

El PSOE perdió unas elecciones que Rajoy no llegó a ganar nunca por méritos propios y sentó sus reales en Moncloa supuestamente para salvar al pueblo y llevarlo a una tierra prometida donde el paro se reduciría y España volvería a crecer como dios manda. La pócima milagrosa eran, según él y los profetas de la FAES, unas reformas estructurales que volverían a crear empleo y a devolver la confianza a los mercados. Las reformas estructurales y la flexibilización del mercado laboral se han traducido en recortes en los bolsillos y en los derechos de una ciudadanía que vive mucho peor que con Zapatero y que ha podido comprobar, al igual que Europa y los mercados, que Rajoy y su gobierno no son de fiar y que mienten más que hablan.

En un año de gobierno, Rajoy ha conseguido aumentar el paro de forma alarmante y descarada, ha conseguido un crecimiento galopante de la prima de riesgo y un decrecimiento paralelo de la economía sin precedentes. La misma guadaña con la que ha segado la economía del país para las próximas tres o cuatro generaciones le ha servido también para cercenar derechos cívicos labrados durante cuarenta años de lucha, tras un periodo de otros cuarenta años, los más negros de la historia de España, bajo el yugo franquista. Y también ha reflotado el franquismo mediante la actuación de un ramillete ministerial siniestro como el propio fantasma resucitado.

España, azotada por el paro, asiste asustada a una ofensiva neoliberal y neofranquista que vuelve a contar con presos políticos en sus cárceles -como el joven estudiante del piquete granadino-, persecución de ideas políticas contrarias al régimen -como los sancionados, heridos y detenidos por protestar-, censura informativa -el último caso es Informe Semanal-, policía que cumple órdenes ciegamente -hasta el punto de hacer brotar la sangre en una cabeza de 13 años- y es indultada y justificada por sus máximos responsables. Un panorama tétrico y desolador para una España cuya pesadilla fascista aún no ha sido desterrada ni enterrada por la rabiosa oposición del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica.

La situación era susceptible de empeorar y empeoró con la irrupción de Gallardón a la grupa del caballo de Atila en el Ministerio de Justicia. El gobierno de Rajoy nos ha condenado al paro y este peligroso ministro nos condena ahora al desamparo. No sólo se han perdido empleos, viviendas y derechos sino que también se ha perdido la posibilidad de defensa del pueblo a través de la justicia, se ha perdido la justicia misma y la dignidad de un país que vuelve a ser la España negra rediviva. España vuelve a ser ese país decadente que tropieza siempre en la misma piedra. Es la “Marca España” del PP.

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La sopa boba de los recortes.

Cuenta el folclore popular que antiguamente, en posadas, tabernas o conventos, se restaban alimentos de los platos de los comensales con los que se componían platos destinados a los juglares a cambio de alguna pieza musical, verso o trova. Posteriormente, estos platos -hechos a base de recortes y bautizados como “sopa boba”– se ofrecieron como caridad a los pobres o menesterosos y se consolidó el significado de la circunlocución “vivir de la sopa boba” para referirse a quienes viven sin esfuerzo a expensas de terceros.

Los tiempos actuales, pródigos en recortes, pobres y menesterosos, son propicios para condimentar una sopa a base de cualquier ingrediente que se se encuentre a mano y tenga la virtud de emboscar el agrio sabor del aceite de ricino que sirve de base a la receta neoliberal que los maestros cocineros del gobierno nos sirven a diario. El pueblo, a falta de mejor alternativa, traga paciente y resignadamente esta sopa infestada de recortes aderezados por quienes realmente viven de la sopa boba a costa de sus impuestos.

Cada semana, los viernes con generosidad extrema, el gobierno sirve un condumio que, lejos de alimentar, adelgaza los cuerpos, los derechos y las esperanzas de todo un pueblo. En lo que presenta como sopa boba, echa los restos que la voracidad financiera y empresarial no es capaz de digerir y los presentan como alimentos básicos, de nombres exóticos, que ha conseguido haciendo un esfuerzo titánico para adquirirlos desde una faltriquera vaciada alegre e irresponsablemente (según ellos) por nosotros mismos. Y encima nos exigen la gratitud por no dejarnos morir de inanición.

Los mercaderes lo han encarecido todo en los almacenes de la prima de riesgo haciendo difícil el acceso a productos básicos para cientos de miles de personas que acuden al banco de alimentos y a los comedores sociales en busca de alimento caliente o frío para sus bocas. Los cocineros de Moncloa están atareados en satisfacer la comanda exigida por el BCE, Alemania y el FMI y tienen desatendido el comedor nacional, atestado de ciudadanía que protesta por tener que comer las sobras pagando un precio de menú ejecutivo.

Los minoristas aprovechan la crisis para hacer su agosto y llenar sus cestas raspando de los bolsillos la calderilla que el gobierno deja en nombre de los mercados. Encender la luz o el brasero del comedor se convierte en un lujo y una carencia más que añadir al hambre. Desplazarse para buscar empleo o trabajar es un sacrificio que resta dinero para comer. Utilizar el teléfono para cualquier cosa es un dispendio. Manejar nuestro dinero en el banco es un despilfarro en comisiones y gastos. Y, además, los sueldos menguan mientras crecen los impuestos.

Mientras tanto, sus señorías, con descaro y altanería, mueven en la cocina sus sebosos carrillos a ritmo de entrantes y canapés al estilo gourmet. Se nutren de 100.000 euros para iPads, 7.000 para multas de coches oficiales, 30.000 para parking en el aeropuerto, 19.258 para los viajes de cada cocinero, 1.019.800 para reuniones y conferencias o 892.500 euros para subvencionar a Arturo Fernández (presidente de la patronal madrileña y dueño del Grupo Cantoblanco) que ejerce de camarero mayor en la cafetería del Congreso.

¡Oído cocina! La sopa boba que se sirve al pueblo no ha de ser muy nutritiva para no dañar los famélicos estómagos desacostumbrados a comer más de lo necesario para no morir. La sopa boba que se sirve a clientes políticos y financieros debe ir sobrada de ingredientes pues, de lo contrario, no quedarían restos para componer la primera.

La solidaridad perdida en España

El siglo XXI ha nacido con la marca genética prevalente de la insolaridad y el desprecio por lo humano. El engendro en el que vivimos marca distancias con el gen de la humanidad y el de la empatía con los seres más desfavorecidos de la sociedad. Es como si Mª Dolores de Cospedal, recortando la prueba del talón, hubiese impedido prever la tara y Ruiz Gallardón, eliminando el derecho a abortar por malformación, hubiera condenado a la sociedad a convivir con un nuevo siglo de cerebro tarado en su cabeza y corazón gelido en su pecho.

Al tiempo que los predadores esculpen la pobreza y el desamparo a modo de epitafio en la lápida de la realidad europea, los habitantes del viejo continente asisten a su descenso en la pirámide social desde el primer mundo donde acostumbraban a vivir hasta un segundo mundo en el que aprenden a desenvolverse entre latigazos reformistas y contenedores de basura. Un consuelo para los pobres ha sido siempre contemplar a quienes viven peor, los miserables, y los ricos siempre han cuidado que el paisaje de la miseria esté a la vista de los pobres como una amenaza de que la cosa puede ir a peor. Es este motivo, nada filantrópico, el que ha llevado al gobierno a suprimir las ayudas y programas de cooperación al desarrollo, diezmando la labor de las ONGs y las escasas esperanzas del tercer mundo.

Los recortes que conducen a las clases medias europeas a la pobreza se acompañan de oxidados navajazos a la solidaridad. Cada puñalada asestada a la cooperación asesina cientos de miles de posibilidades de salvar o mejorar vidas en países empobrecidos por las mismas manos que manejan la navaja. Los gobiernos lo saben y saben también que las imágenes de niños famélicos, compitiendo con las moscas por una seca ubre materna, son imágenes que alivian la pobreza neófita por siniestra comparación.

No le duelen prendas al acomodado y rico gobierno que nos recorta la vida presente y futura suprimir las partidas destinadas a cooperación amparándose en la crisis y amenazando con la miseria en caso de no hacerlo. De forma simultánea, este mismo gobierno, tarado de cerebro y de corazón helado, aprueba un crédito de 1.782 millones de euros para armamento, demostrando que la inversión para destruir vidas es más prioritaria que la inversión para salvarlas. Es el mismo gobierno que socorre de inmediato a la banca deslizando entre sus condiciones para tal rescate la infame disminución inmediata de las partidas destinadas a obras sociales. Otra puñalada a la solidaridad. Otro gesto insolidario.

Nos dicen que la solidaridad hay que practicarla priorizando el DNI y la pureza de la raza española. Nos dicen que los inmigrantes no son personas dignas como los autóctonos. La vida de un inmigrante se mide con las tarifas que Cospedal, Mato y Rajoy han dispuesto para esos tercermundistas que nos invaden con su turismo sanitario, según opina la derecha católica y española. Estas tarifas hacen que nos sintamos privilegiados por sufrir sólo la pobreza del repago farmacéutico y tener derecho a que nos operen de cáncer sin estirparnos el bolsillo. Así, nuestra pobreza, comparada con la miseria del inmigrante, se transforma en todo un privilegio: “hay que limitar el acceso indiscriminado a la sanidad pública para que sea universal y sostenible”. Palabras y obras insolidarias de un gobierno xenófobo en la teoría y en la práctica.

Tomen nota del menú insolidario que avanza Cospedal, la “cristiana” con mantilla de la procesión del Corpus, para personas que tengan el capricho de enfermar y no pertenezcan al cada vez más selecto club de quienes tienen trabajo medianamente remunerado. Tomen nota los inmigrantes de lo que vale su salud tasada por una experta en poner precio a vidas ajenas. Tomen nota el resto de ciudadanos y comparen precios con las tarifas de los hospitales privados que la familia de la gaviota gestiona directa o indirectamente. Busque, compare y dispare si se siente estafado y amenazado.

Ante este panorama, la insolidaridad del gobierno degusta la indiferencia con que una parte muy numerosa de la población española repite las insolidarias consignas del PP y disfruta con la lenta agonía de ONGs que tratan de agitar sus últimos alientos para concienciar a la sociedad ante el descabello sanitario del PP. También aquí, las pandemias que desatarán los recortes en cooperación internacional serán un bálsamo de indolencia ante la tragedia que se vive en nuestro país.

La iglesia de Rouco Varela, presunta heredera de la solidaridad cristiana, mantiene el más insolidario de los silencios acercándose más a la práctica de la caridad de las monjas de Granada que al posicionamiento del Padre Patera en Algeciras. Es su forma de pagar los favores recibidos.

Éxitos y fracasos del 19 J

Miles de personas han clamado en las calles en contra de los recortes sociales perpetrados por un gobierno cuyo presidente no acudió a su puesto de trabajo el día en que se votaban en el Congreso. Miles o cientos, dependiendo de la desinformación que cada una de las partes interesadas ha querido ofrecer a quienes no han asistido a las manifestaciones.

En cualquier capital de provincia o ciudad española, hemos podido ver por sus calles un desfile de disconformidad con la situación que vivimos y las soluciones que se nos venden como las únicas posibles para salvar la economía del país, entendida ésta como el saneamiento de la banca y el beneficio empresarial a costa del sacrificio y la inmolación de los trabajadores.

A diferencia de las últimas manifestaciones habidas a cuenta de la crisis democrática que padecemos, en esta ocasión las artesanas pancartas y las consigansas espontáneas ha sido ampliamente superadas por la uniforme parafernalia tradicional que partidos políticos, sindicatos y colectivos sociales han desplegado entre el gentío. También se ha hecho notar la presencia de muchas personas primerizas en la defensa de sus derechos que participaban con una actitud y una indumentaria más propias de un desfile procesional que de una acción reivindicativa. Bienvenidos sean los unos y los otros porque la lucha es tarea de todos.

El ambiente -muy numeroso- no ha sido tan ruidoso, colorista y reivindicativo, por un motivo o por otro, como el de las manifestadiones que se han desarrollado desde el 15M con mínima presencia de partidos políticos y sindicatos. Muchas de las personas y de los colectivos habituales en estas manifestaciones se han echado en falta el 19J, quizás por un rechazo ideológico a una parte de los convocantes, quizás por hastío, quizás porque sus últimas convocatorias improvisadas por grupos muy minoritarios han tenido escaso seguimiento, quién sabe. Y también se ha echado de menos a los cinco millones largos de parados que esperan en sus casas o en algún botellón paliativo, con la fe como argumento, la llegada de un mesías que arregle su situación con un golpe de su báculo divino.

Dentro del catálogo exihibido de banderas y pancartas, hemos podido visualizar siglas sindicales, hasta hoy inéditas en huelgas generales o primeros de mayo, pertenecientes a sindicatos sectoriales o minoritarios (CSIF o USO, por ejemplo) que no suelen participar de las reivindicaciones generales de la gran mayoría de los trabajadores. También se ha hecho notar la ausencia de otras siglas sindicales que dicen representar a trabajadores (ANPE o sindicatos de la sanidad, por ejemplo). Y dos notas pancarteras a tener en cuenta: ni una bandera del PSOE, cuyos militantes optaron por el disfraz de UGT o el anonimato, y la presencia notoria de un PCE, sin representación parlamentaria, provincial o municipal alguna, a costa de sumir en el olvido a IU.

Todo lo observado denota que las estrategias de movilización de sindicatos y partidos políticos no acaban de conectar con el pueblo y que sus actuaciones siguen moviéndose más en clave interna de sus respectivos aparatos que en clave social amplia con todas sus consecuencias. No obstante, el éxito de las manifestaciones ha sido evidente, aunque no contundente, y ha puesto de manifiesto que la gente se ha echado a la calle por la llamada del sufrimiento en mayor medida que por la convocatoria de sindicatos y partidos que deben tomar nota para renovar sus estructuras, sus cargos y sus objetivos si quieren volver a conectar con el pueblo. Mientras no lo hagan, alguien podría pensar que pretenden fagocitar la espontaneidad de las protestas que últimamente se vienen produciendo sin su concurso.

Para terminar, el repaso al baile de cifras de la prensa ha concluido de forma estrepitosa con la constatación de que los noticiarios informativos de TVE han sido desbancados por un parte -con olor a caspa y naftalina- que comienza con imágenes de Sol cuando estaban llegando los primeros manifestantes y los claros de público eran evidentes, sigue con las estimaciones para Madrid de 40.000 asistentes según la policía frente a los 800.000 según los convocantes y acaba, como no, con esas imágenes criminalizantes de la policía disparando contra grupos minoritarios de camorristas, posiblemente -ya puestos a manipular- profesionales a sueldo.

Y Rajoy se corrió de gusto

Rajoy, con el pañuelo en su izquierda y aireando el cuerpo con la derecha, sonríe por la faena bien hecha.

Dicen las malas lenguas que, desde que Rajoy salió -esposado y con una bola de goma taponándole la boca- de la cama de Merkel, sus andares y su sonrisa no eran los mismos. Algunos malpensados señalan a un aparatoso bulto en su entrepierna como el causante de su rígido caminar y su alelada sonrisa.

Viéndole babear en la tribuna mientras anunciaba, uno tras otro, los recortes y el dolor a que nos somete, comprendí que su actitud no correspondía a la de una persona normal, que la falta de humanidad en sus palabras y en su persona eran propias de quien padece un trastorno disimulado de psicópata. La tribuna tapaba la zona baja de su cuerpo (en el sentido físico de la palabra, ya que moralmente es todo bajo) y no permitía comprobar los rumores sobre el sospechoso bulto. Recordé las lágrimas y la voz entrecortada por el dolor de la ministra italiana mientras anunciaba los recortes en su país y sentí miedo al contrastar su imagen con las falsas lágrimas secas y la ausencia de sentimientos de Rajoy.

Tuve miedo. Se le veía radiante de placer mientras anunciaba la subida del IVA, mientras metía la mano de nuevo en los bolsillos y la dignidad de los funcionarios, mientras liquidaba a las autonomías siguiendo con nostalgia su ideal de “España una, grande y libre”, mientras ofrecía el sacrificio de los sindicatos derrotados en el altar de la CEOE, mientras condenaba a discapacitados y dependientes a ser arrojados por el monte Taigeto como hacían en Esparta, mientras anunciaba una ampliación del castigo que ya sufren los desempleados, mientras anunciaba… la esclavitud como forma de vida adecuada a nuestras posibilidades.

Tuve miedo, pánico, cuando vi a la mayoría absoluta de los “representantes” del pueblo aplaudir y jalear con indisimulada satisfacción cada uno de los latigazos descargados por Mariano sobre sus súbditos. Salí de dudas sobre la humanidad de los palmeros cuando me enteré de que la diputada, de pijo aspecto ario y genética corrupta, Andrea Fabra gritó con sinceridad “Que se jodan” aludiendo a los parados. Sentí terror al recordar la actitud de sus correligionarias acusando al pueblo de protestar como escusa para azuzar a unos cuerpos de seguridad del estado, deshumanizados y fuertemente armados, como garantes de un orden que ellos mismos quiebran implantando el terror en las calles.

La relajada cara de satisfacción de Mariano y sus secuaces, posterior a la sesión parlamentaria, me corroboró que el presidente había disfrutado de lo lindo, que su satisfacción había ido más allá de lo exigido por Merkel, que el anuncio de nuestra ruina había sido para él un orgasmo ideológico de primera magnitud.

Supe entonces que Mariano Rajoy se había corrido en la orgía colectiva de su partido, aunque ninguna mancha en su entrepierna lo haya certificado.

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Días después, como es costumbre de estos profesionales de la política, han salido a la palestra parte de los impresentables aplaudidores de nuestro dolor, con la misma cantinela de siempre, tratando de tapar la vergüenza de sus aplausos con los apalusos de vergüenza del PSOE ante los recortes de Zapatero hace dos años. Quienes opinan en foros y tertulias, con el odio al contrario como único argumento disponible en sus desolados cerebros, repitiendo este tipo de réplicas, siguen el juego a esos políticos que les machacan desde ambos bandos.

Fueron vergonzosos los aplausos del PSOE en 2010 y son vergonzosos hoy los apalusos del PP. Este partido, llevado por el placer que le produce cualquier tipo de recorte, aplaudió los recortes del 2010, los del 2012 y aplaudirá los que quedan por venir.

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En este país, tierra de juglares, poetas y cantautores, sorprende la velocidad con la que ha saltado a la plaza virtual de la redes sociales una composición sobre el espectáculo ofrecido por nuestros políticos en el Congreso. Andrea Fabra ya tiene su canción con letra y música de Diego Escusol:

Rajoy inyecta el fútbol en vena

Es impresionante la capacidad del presidente del reino de España para presentar como triunfos las desgracias del país que gobierna desde la mentira, el silencio y la manipulación -al parecer es un triunfo que Campechano I haya abdicado en favor del FMI y del Eurogrupo-, y que lo haga como triunfo propio, obviando que Hollande y Obama hayan enmendado la plana a su admirada Merkel proponiendo los eurobonos y la inversión como alternativas a los recortes, recortes y más recortes del neoliberalismo.

Impresiona asimismo su machacona insistencia en que había que haberlo hecho antes. Antes incluso de que se conociese la estafa de Bankia por parte de su mentor económico Rato o el camuflaje del déficit público por parte de sus comunidades autónomas emblemáticas. Zapatero, en vías de convertirse en gran estadista comparado con Mariano, hizo una reforma financiera pecando de no prever que los buques insignia del PP eran pateras conducidas por patrones protegidos del PP y se tragó las cuentas falseadas de, entre otros, su enemiga y enemiga de todos Aguirre.

Mariano da la vuelta a la tortilla para proclamar que son los bancos quienes deben responder a un préstamo que firma y avala el estado (perdón, el reino, que quede claro) español y que no repercutirá en el pueblo. Don Mariano: como todos los avalistas, el estado debe responder en caso de incumplimiento por parte de esa caterva de gánsters que nos roban a diario con comisiones vergonzantes, mantenimientos de cuentas delictivos, uso de las tarjetas con sisa o suelos hipotecarios leoninos. Pero, es más, en el mejor de los casos es el pueblo español quien sufrirá en sus carnes la inclusión como déficit público en las finanzas del estado esos intereses “inmejorables” con que nos acaban de secuestrar (rescatar) vía subida de impuestos, recortes a los funcionarios, devaluación de pensiones, endurecimiento casi criminal de las prestaciones por desempleo o privatizaciones de servicios e infraestructuras públicas.

Va don Mariano y se permite el lujo de soltarnos la mentira de que, lejos de recibir presiones, ha sido él, el poderoso, quien ha presionado. Debe pensar que España sigue siendo el yermo inculto y analfabeto de los años dorados del franquismo al que su “querida” Aguirre y su indescriptible Wert quieren hacernos volver vía recortes injustificados y desprecio indecente hacia la educación pública. Don Mariano: a España llega internet y muchos españoles hemos aprendido idiomas que nos permiten contrastar con la prensa internacional lo que ABC, La Razón, El Mundo y todos los medios de extrema derecha que le ríen sus gracias y le imponen muchas de sus mentiras, tratan de presentarnos como periodismo.

Para finalizar, es de vergüenza que usted se permita el lujo de coger un avión para ir y otro para volver del fútbol en un momento en que usted ha solucionado “sus problemas” agudizando y empeorando los problemas de sus gobernados. Usted se va al fútbol costeado por todos los españoles y, encima, se permite quejarse de no poder ver el tenis. Se comprende que tenga usted tanto tiempo, en vista de que nunca da la cara o, cuando la da, lo hace deprisa y mintiendo. Para eso, casi es preferible su silencio.

Es de esperar que no reclame para sí y para su partido las victorias de la selección.

No vaya al fútbol, por favor; y si va, hágalo con modestia, con discreción y con su dinero; y hágalo cuando el resto de los españoles podamos disfrutarlo sin temor a que usted y los suyos sigan jodiéndonos con esa herencia que le está preparando a nuestros hijos, nietos, bisnietos…

Rajoy futbolero

El presidente, como todos los presidentes, chupando cámara

El problema que tienen PP y PSOE se llama, ni más ni menos, bipartidismo. Ambos juegan un partido amañado a sabiendas de que sólo uno de los dos puede ser campeón y ambos se han acostumbrado a ganar elecciones más por los errores del rival que por aciertos propios.

Los espectadores, pasivos como nunca, se limitan a pagar el abono cada cuatro años para ver los partidos desde casa, pagando de camino la televisión, la luz, el asiento, los refrescos y las tapas. Finalizada la liga, los votantes se plantean, año tras año, si vale la pena perder el tiempo con esta competición falseada y se dedican a rajar del equipo propio y del rival porque no juegan como cada cual desearía. A los cuatro años vuelven a comprar el abono y se cambian de camiseta y de bufandas como si eso influyera en algo en el resultado final de la competición.

Durante cuatro años, el equipo ganador ejerce de ganador y el perdedor hace de perdedor, aunque en la práctica ambos roles sólo sirvan para machacar al resto de los participantes y a los propios votantes con la dudosa legitimidad que otorgan las urnas.

Y digo dudosa legitimidad porque el equipo ganador planteará el 4-4-2 para mantener el poder mientras el subcampeón planteará un 3-4-3 para tratar de recuperar el título, independientemente de lo que prometieran durante la campaña electoral. Así vemos al PP ejecutando medidas que no llevaba en su programa electoral (en realidad, no sabemos si llevaba programa) y acutando de la misma forma que durante ocho años criticó al PSOE. También se permite, sin rubor, contradecirse alarmantemente en las ruedas de prensa como en el caso de la amnistía fiscal. Sin rubor. Sin vergüenza. Sinvergüenza.

El PSOE peca de lo mismo, pero como subcampeón. Así, critica medidas adoptadas por el PP que son iguales a las practicadas durante los gobiernos de Zp, exige un IBI a la iglesia que Zp nunca exigió, critica recortes en las plantas que había podado previamente, critica subidas de impuestos en impuestos que ellos no subieron o exigen impuestos a los ricos que no practicaron durante sus mandatos.

Los hooligans (léase sindicatos) del PSOE reclaman los penaltis en el área del PP como nunca los reclamaron en el área propia, mientras los ultrasur (léase patronal) se ha instalado en el banquillo del PP y piden la expulsión de todos los jugadores del contrario, cosa que van camino de conseguir con la táctica impuesta por el gobierno no sólo a sus jugadores, sino también a los contrarios.

El resultado es el partido bronco que estamos presenciando, propiciado por las exigencias de la UEFA para jugarlo sin botas reglamentarias, con el tamaño de las porterías duplicado y en un sólo campo. Más tarde, el campeón de nuestra liga será llamado a jugar la champions junto al campeón alemán, francés, inglés, holandés, italiano, griego o portugués para disfrute de Platiní y pocos más. Una champions también amañada en la que el dominio del balón o la calidad de los jugadores poco importan: ganarán Alemania, Francia e Inglaterra, aunque no levanten la copa.

A nivel de liga local, los equipos hacen lo que pueden para parecerse a sus mayores y hay que aplaudirles el valor de saltar al campo sabiendo de antemano que toda la afición les silbará y abucheará antes incluso del pitido inicial. Saben que el público, cómodamente desde su sofá, les recriminará por no jugar como el Madrid y el Barça, les insultará por no tocar el balón en el preciso instante en que se destapa la segunda cerveza ante la tele doméstica, les acusará de tongo y de no sudar la camiseta… Hay que aplaudirles, ya digo, simplemente por la osadía de saltar a un terreno de juego ante un público al que no le interesa el fútbol y que parace disfrutar únicamente con los goles en propia meta o con la lesión de algún jugador.

Es triste, aunque anima pensar en los muchos espectadores que sí disfrutan con sus equipos locales, sin estrellas mediáticas, apoyando las jugadas o indicando posibles mejoras de las mismas. Estos espectadores sí están legitimados a exigirles que lo den todo en el campo, que se rebajen los sueldos y que renuncien a las primas por ganar o empatar.