Rajoy exporta pobreza y necesidad

mendigo-Japon

El optimismo está de enhorabuena. La crisis/estafa en España tiene los días contados y sus cómplices lo celebran por todo lo alto con fanfarrias, cotillones y chupinazos de autobombo. El gobierno y sus secuaces repiten marcial y cotidianamente las consignas del día suministradas desde el cuartel general de Génova. El gobierno ha hecho, y bien, los deberes que le han impuesto los truhanes y celebra la realidad impuesta a la ciudadanía.

El grotesco presidente de España, cumplido su deber, se ha ido a Japón a vender su patria como sólo un optimista de la derecha española sabe: con la cabeza alta y haciendo universal y único su modo de interpretar la realidad. Su España ha salido airosa de la estafa y, ahí es nada, la ciudadanía está ansiosa por acoger cualquier limosna que las economías sobradas tengan a bien concederle. “¡Una caridad, por el amor de Dios!” ha ido a implorar Rajoy.

La tarjeta de visita del presidente es impecable para un Japón donde el honor es seña de identidad, la yakuza no se sienta en el parlamento y un ministro dimite por una donación de 400 euros. Ha debido pensar Rajoy que los nipones desconocen los trajines de Bárcenas, los ERE, Fabra y los miles de chanchullos que también son Marca España. La responsabildad con la historia ha llevado a Japón a pedir perdón por su intervención en la Segunda Guerra Mundial, notable diferencia respecto a la España del Partido Popular que, lejos de condenarlo, ensalza su franquismo.

El presidente Rajoy se ha mostrado como un avezado estratega del tejo tirado a calzón quitado y ha tratado de adular al anfitrión quitando hierro y radioactividad a Fukushima. Perdido el decoro con el Prestige y los hilos de plastilina, no ha dudado en imitar a su paisano y mentor político Fraga en el épico episodio de Palomares. Su optimismo desbordado ha causado admiración justo el día en que el agua radioactiva se derramaba en el océano una vez más.

Pero no hay que quedarse en las minucias irrelevantes que forman parte del equipaje del, posiblemente, más ladino presidente que ha ocupado la Moncloa. La enjundia de su viaje ha sido vender España, su imagen, ya que el país real lo ha vendido a los mercados con la población incluida en el lote. Rajoy, adornado con un rosetón en la solapa que ya quisiera para sí Rubalcaba, ha vendido, sin un atisbo de rubor en el rostro o la lengua, recuperación y competitividad, paro y precariedad, pobreza y necesidad.

Ha viajado en avión, aunque podría haberlo hecho en galera, sin esclavos que mostrar para que los mercaderes del sol naciente puedan examinar sus dentaduras antes de decantarse por contratar mano de obra española. El gobierno lo ha hecho, ha impuesto condiciones tercermundistas a la vida laboral de sus ciudadanos y condiciones infrahumanas a sus vidas cotidianas. Rosell y Botín, la patronal y la banca, son netos vencedores de la estafa, los grandes favorecidos por recortes, reformas y recesiones.

¡Cuán grande va a ser la recuperación económica! A la vista del sudoku presupuestario, presentado por Montoro y envuelto por el PP en un estruendo de optimismo, los poderosos se van a recuperar en un par de años, un siglo antes de que lo hagan los perdedores. La España de Rajoy no es un país competitivo, sino un país de pobres ciudadanos pobres condenados al harakiri a causa de la deuda kamikaze pactada por el PP y el PSOE.

Quédese en Japón para siempre, Mariano, sayonara.

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