Ladrones buenos y malos

Cruz

Cuenta la mitología cristiana que Jesús fue crucificado entre dos ladrones, Dimas y Gestas, uno bueno y otro malo según su grado de arrepentimiento y actitud hacia el Todopoderoso. Cuando el todopoderoso sistema financiero comenzó a hablar de banco malo, la gente escuchó y leyó el adjetivo descalificativo empleado y surgió la inevitable pregunta hasta ese momento ociosa: ¿existe algún banco bueno? Ningún banco, en el Gólgota, hubiera escuchado la frase, dirigida a él, “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Los bancos han creado su propio paraíso, fiscal para más señas, y no necesitan más salvadores que los ciudadanos.

Apeada de la cruz destinada a los ladrones, la banca ha sembrado toda una cordillera de cruces destinadas a una ciudadanía que está padeciendo el calvario de la estafa, orquestada por financieros y ejecutada a golpe de látigo, lanza y espada por la élite política. En este calvario, son los propios condenados quienes, a tiempo parcial, aceptan un minijob de cirineos para aliviar a aquéllos que más dificultades muestran para sobrellevar el castigo. En la cima, Longinos afila su lanza, capaz de hendir millones de costados en nombre de los mercados, y los 27 Pilatos europeos tienen dispuestos millones de clavos para sujetar a la población en los maderos tras colocarle, para más inri, una corona de espinas como reyes que han vivido por encima de sus posibilidades.

Hasta ahora, los bancos han robado a mansalva recortando para su causa sueños y salarios, vidas y proyectos, derechos y esperanzas. Pero los dioses, insatisfechos con tal sacrificio, exigen limpiar como patenas bolsillos, colchones de doble fondo y huchas con forma de cerdito. Es sabido que lo mejor para los cerditos es un buen corralito donde se permita a los ahorradores abrir las piernas y apoyar las manos contra la pared para ser cacheados meticulosamente por bandoleros bursátiles, democráticos rufianes y piratas mercantiles. Destrozado el pasado, hipotecado el futuro y embargado el presente buscan el último aliento, la última gota de sangre y hasta el rastro indeleble del alma, por si puediera venderse.

Quienes tratan de convencer de que ha sido la actitud disoluta y libertina del pueblo, y no los desmanes orgiásticos de la banca, la culpable de la crisis, quienes han sacrificado a toda la sociedad en beneficio de una economía desmadrada, desbocada y desmedida, son quienes ahora tratan de inculcar que lo de Chipre es una gripe pasajera y aislada que nada tiene que ver con la salud general de Europa. Quienes trabajan, desde los gobiernos, para la banca diagnostican un resfriado donde la neumonía es evidente. Antes de que estornude España, ya tosió Argentina en el laboratorio bursátil y ahora carraspea Chipre a pie de cama. El contagio es inminente, inevitable y crónico.

Dice el gobierno, para intranquilidad de la población, que España no está expuesta a un corralito como el chipriota, que la banca española está saneada y que en España no hay rescate. Lo dice un gobierno, el de España, que, según su partido, no privatiza los servicios públicos, fomenta el empleo, dignifica a la tercera edad y es dialogante. Lo dice el gobierno de España cuyo presidente ha decidido no hablar para no mentir. Así pues, si lo dice el gobierno, saque el dinero cuanto antes del banco y métalo en el paraíso fiscal de una loseta suelta de su casa. Y después rece. El calvario no ha hecho más que comenzar y ya hay quien se librará de la cruz por haber muerto en el camino.

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Santos inocentes del siglo XXI.

Santos-inocentes

Alguien se empeñó en que, además de la inocencia, gozaran de la santidad aquéllos que, sin culpa, perecieron para que el gobernante del momento disfrutase de su poder sin amenazas ni oposición. Narra la mitología católica cómo Herodes I el Grande, dejándose llevar por las leyendas urbanas de la época, ordenó la matanza sistemática de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, convencido de que así moriría el futuro líder de la oposición a su figura. Este episodio mitológico guarda cierto paralelismo con el relato en el que otro gobernante, un faraón egipcio, ordenó arrojar al Nilo a todo judío que naciera movido por los mismos objetivos que Herodes: la salvaguarda de su poder y el aplastamiento de cualquier conato de oposición.

Moisés y Jesús son dos iconos de la cultura católica supervivientes de matanzas infantiles ordenadas por gobernantes, pero también eran portadores de unos mensajes ideológicos sobre los que la cúpula del catolicismo ha desparramado secularmente la cal viva del olvido. Las religiones, sus sumos sacerdotes, todos sin excepción, buscan alianzas con los poderes terrenales para participar de los beneficios del dominador e imponer sus dogmas por decreto y no por convicción. La alianza entre Dios y el César exige que los representantes del primero escondan, bajo la alfombra de la jerarquía terrenal y episcopal, los mensajes de su mitología susceptibles de lograr que el pueblo se cuestione la legitimidad del segundo; exige que los representantes del segundo acepten en sus leyes algunos postulados presuntamente inspirados por el primero.

La opresión de un pueblo obligado a la esclavitud y el papel de líder de un Moisés que consiguió la liberación de dicho pueblo, una de las primeras utopías hechas realidad en la historia, han sido convenientemente silenciadas en favor del misticismo fabulador de un anciano de blanca barba que hacía brotar agua de una piedra, que abrió en canal un mar para facilitar el paso de los suyos o que consiguió un incunable de la ley divina en la ventanilla oficial del monte Sinaí. El papel de líder ideológico y perroflauta comprometido que interpretó Jesús ha pasado a un segundo plano ante el oropel navideño y el imbécil sacrificio, como alternativa a la rebeldía ante la injusticia, que se pregona en la semana santa.

Dios y el César consumaron hace tiempo un matrimonio cuyos descendientes siguen ocupando los poderes terrenales desde gobiernos y curias. Los inocentes siguen condenados a la danza de la muerte por gobiernos que actúan como el faraón de hace 4.000 años y por Conferencias Episcopales que actúan como el Pilatos de hace 2.000 años. Moisés y Jesús han quedado relegados a un papel decorativo, sin más mensaje que los latigazos recibidos y cuatro trucos presentados como milagros a un pueblo que sigue conformádose con raciones casi diarias de pan y circo. Más circo que pan últimamente.

El día de los inocentes es el día en que el pueblo oprimido y reprimido celebra que estén haciendo universal la enfermedad, que la mitología católica ocupe el lugar de la cultura pagana en las escuelas, que los mercaderes se adueñen de templos y hemiciclos, que la vejez vuelva a ser una muerte adelantada en vida, que la juventud cruce el desierto de vuelta al esclavismo faraónico y que pensar diferente se castigue de nuevo con latigazos, prisión y cruz. En los albores del siglo XXI los inocentes volvemos a ser una famélica legión alimentada de mentiras y engaños milagreros. La mayor inocentada que nos gastan es hacernos creer que somos culpables de lo que nos pasa, propio de una mitología católica en la que el sufrimiento hasta la muerte es virtud de santidad, y que los verdaderos culpables son quienes nos pueden aliviar las lágrimas.

Hoy día, el monigote no se cuelga en las espaldas de los amigos a quienes se quiere gastar una “inocentada”, los monigotes lacerantes y sangrientos que participan en nuestra matanza se cuelgan de las televisiones a diario e intentan buscar un hueco en nuestras conciencias con vacíos y macabros discursos en los que se enumeran uno a uno nuestros pecados y se omiten, uno tras otro, los suyos, los de los pecadores.

El gobierno de Pilatos, colaboracionista.

Como un auténtico ejército, entrenado para dominar el mundo, ese genérico denominado “los mercados” avanza asolando estados, destruyendo países enteros, extendiendo la pobreza y la miseria bajo la bota del terror que pisotea los derechos, las conciencias y los cuerpos de seres humanos. Este ejército intangible utiliza el arma genocida del dinero.

Su estrategia terrorista ha ido exterminando resistencias ciudadanas, país a país, uno tras otro, con un objetivo claro: arrasar los derechos y las conquistas cívicas sumiendo a las personas en un estado de esclavitud propicio para sus intereses de dominación financiera. No se detiene ante nada porque se sabe superior a cualquier resistencia posible de unas atemorizadas masas que no saben dónde golpear para defenderse. Y si acaso golpearan, tiene en la reserva los letales ejércitos tradicionales que no dudará en utilizar para aplastar cualquier conato de rebeldía.

Cuentan además con gobiernos colaboracionistas en cada uno de los países que les sirven ciegamente mediante ardides manipuladores con los que consiguen que el pueblo machacado distraiga su atención de la verdadera naturaleza de esta estafa criminal y asesina que están llevando a cabo. Los gobiernos se encargan de convencer a sus pueblos de que el mal es irremediable, de canjear fraudulentamente derechos por dinero, y de enfrentar a unos ciudadanos con otros mediante falsas responsabilidades que acusan a personas, partidos y estamentos sociales concretos, más fáciles de identificar y golpear con la furia que debieran recibir los mercados.

Concretamente, en España, el gobierno utiliza el señuelo de la herencia recibida como una percha donde colgar sus propias responsabilidades, su colaboracionismo total con los mercados, su entrega a la hora de depreciar la Constitución, su sectario concepto del poder o la toalla de Pilatos que utiliza para lavarse las manos cada vez que firma con sangre un decreto. Se trata de una percha de múltiples brazos donde el gobierno todavía va a colgar alguna felonía más a la vuelta de sus vacaciones.

Manejando y manipulando a las masas consiguen criminalizar cualquier rebelión, por insignificante que sea, utilizando el látigo del orden público que aprendieron a manejar durante la dictadura y secuestrando la información con una maestría digna de Manuel Fraga en sus mejores momentos. Medio pueblo anda sumiso y callado ante tanta tropelía, dominado por el terror que produce una cesta de la compra repleta de hambre y frustaciones. El otro medio se encuentra agazapado a la espera de una señal de sus gobernantes para saltar sobre los enemigos que les señalan e identifican desde unos medios de comunicación tambien colaboracionistas del propio gobierno y de los mercados.

La derrota está servida. Han conseguido que los funcionarios sean atacados por casi todo el mundo, que los sindicatos sean vistos como enemigos por los trabajadores, que los parados esperen en sus casas algún trabajo sin salario, que los ancianos prefieran la muerte a una vida de posguerra sin dignidad, que los jóvenes viajen en patera buscando un futuro que no existe, que los enfermos vuelvan a confiar en curanderos y milagros por no disponer de alternativa a su alcance y que hasta los árboles se quemen a lo bonzo en el absurdo mundo que los humanos les robamos. Divide y vencerás.

A la vuelta de las vacaciones, los mercados entregarán unas nuevas condiciones de rendición que el gobierno, gustoso, nos leerá en los huecos que el fútbol, la duquesa de Alba y las elecciones americanas dejen libres en las parrillas televisivas y las portadas de los periódicos.

Alguien resultará premiado por la Bonoloto y todos sentiremos que la suerte existe y puede llegar a cualquiera en cualquier momento.

El desmantelamiento del estado y la ruina nos toca a todos sin necesidad de comprar boletos. Bueno, sí: casi once millones de españoles compraron papeletas del PP en las últimas elecciones generales, el premio gordo nos ha tocado sin piedad a los cuarenta y siete millones de españoles y la pedrea a los inmigrantes que pasaban por aquí.