Fábula de buitres, hienas y gaviotas

hienas

Todos afeaban la costumbre del funerario local de acechar bajo los balcones lágrimas de dolor o de muerte, que a ninguna hacía ascos, de personas con las que tal vez había compartido risas y copas en algún evento pasado o el mismo día anterior. A él ¡qué más le daba!. Era un profesional de la muerte como la copa de un ciprés que había mamado el oficio de su padre y éste de su abuelo. Ambos, él también y ahora enseñaba a su hijo, realizaban su labor comercial a pie de agonía, contando con la ayuda chivata de personal del hospital o de la guardia civil de tráfico.

Nadie en el pueblo, sin embargo, se le enfrentaba, ni aun cuando el dolor límite justificaba cuatro voces bien pegadas a este adicto al luto ajeno que merodeaba los domicilios atraído por el olor a cadáver. La gente se mordía la lengua porque, al fin y al cabo, el funerario, o sus hijos, acabarían por enterrar a todo el pueblo y nadie quería para sí un deslucido funeral. Cuando él no estaba presente, las conversaciones le aludían con la palabra buitre como epíteto acusador.

Sus íntimos le comentaban las habladurías y el enterrador solía comentar, con espíritu sereno, que no le preocupaba, que lo comprendía, pero que era su profesión, el pan de sus hijos. En tertulias aguerridas y altisonantes, solía comparar con dignidad al buitre con las hienas, saliendo bien parado de semejante cotejo. Él, como el buitre, se limitaba a hacer negocio cuando la muerte había hecho su trabajo; otros había que obtenían ganancias, como las hienas, usurpando a la parca sus funciones, rematando al moribundo. Ésa era la trinchera ética de su defensa.

Preguntado una vez por las hienas, por quienes se comportan como ellas, se limitó a decir que no había más que leer la prensa o atender al noticiario. No sería él quien señalase con el dedo o pusiese nombres y apellidos a quienes públicamente mostraban los colmillos a diario. No dijo más; también había aprendido de su padre y su abuelo a vestir la discreción bajo la ropa interior y a ponerse un sombrero de respeto que nunca colgó de percha ni acomodó en armario.

Los días siguientes, quienes habían participado de la charla, cinco más el camarero del bar donde tuvo lugar, se entregaron a escrutar periódicos, radios y televisores. Eran noticias cotidianas, sin atisbos de antropofagia por ningún lado, de política nacional, internacional, economía, sucesos, sociedad, deportes, el tiempo y alguna que otra curiosidad. Sin rastro de hianadae por ningún sitio. Al cabo de unos días, volvieron a coincidir en el mismo bar.

¡Joder!, –exclamó uno– se ha suicidado un tío porque le quitaron el piso”. “Nos estamos quedando sin sanidad –dijo otro–. “Hay que ver –apuntaba un tercero– cómo está el paro”. “¡Y cómo está el trabajo!” –se quejó el contratado eventual–. “¿Y las pensiones?” –gimió el único jubilado–.“Hay gente pa’ to!” –fue el corolario del tabernero–. El fúnebre amigo permanecía callado, escuchando, mientras apuraba su copa de vino. “¿No dices nada?” –le corearon–.

Vació la copa, pidió otra ronda y habló. “Detrás de todas las noticias están la troica, la CEOE, la banca y los políticos que rondan por el hábitat de las puertas giratorias”. Allí estaban, protagonistas destacadas, las hienas que ninguno atinó a ver y, sobrevolándolas como grises sombras desplegadas en un cielo garzo, una grey de gaviotas. “Si leéis la segunda acepción del diccionario de la palabra hiena –dijo para finalizar–, veréis en qué se diferencia el buitre de la hiena”. “Lo que faltaba –pensó en voz alta el camarero–: las gaviotas se alimentan de las sobras de hienas y buitres”.

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Rajoy: paro y desamparo.

El PP pasó siete años en la oposición afirmando que era imposible hacerlo peor que Zapatero, que ellos sabían lo que España necesitaba para crecer y que disponían de una fórmula mágica para detener la escalada del paro. Durante los primeros cuatro años, la población hizo oídos sordos a estos cantos de sirena prefiriendo el carisma novel del anterior presidente a la ausencia de carisma de un Rajoy con el perfil más bajo como aspirante y como presidente que se ha dado en la democracia, a excepción, quizás, de Leopoldo Calvo Sotelo.

Y llegó la crisis como agua de mayo para el PP. Durante su segundo mandato, Zapatero hizo añicos el crédito carismático que disfrutó durante su primer mandato, torció del todo su gobierno hacia la deriva neoliberal y gestionó el comienzo de la crisis de forma deplorable. Los golpes de la economía comenzaron a lacerar las espaldas de la población y Rajoy se encontró con que la economía mundial le estaba allanado el camino. La economía mundial y la propia ineptitud de un gobierno agonizante.

Rajoy enarboló el estandarte del paro en la carrera electoral y bautizó las infames listas del desempleo como “los parados de Zapatero”, llegando a protagonizar una astracanada fotográfica luciendo su lamentable palmito ante una oficina del INEM. El mensaje, coreado al unísono por el PP y la derecha mediática, fue tomando cuerpo ante la desesperación ciudadana, dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo, por la escalada de una crisis ante la que claudicó Zapatero haciendo una reforma laboral, metiendo los primeros tijeretazos y reformando a dúo con Rajoy la Constitución, de forma vergonzosa y nada democrática, para satisfacer a los mercados.

El PSOE perdió unas elecciones que Rajoy no llegó a ganar nunca por méritos propios y sentó sus reales en Moncloa supuestamente para salvar al pueblo y llevarlo a una tierra prometida donde el paro se reduciría y España volvería a crecer como dios manda. La pócima milagrosa eran, según él y los profetas de la FAES, unas reformas estructurales que volverían a crear empleo y a devolver la confianza a los mercados. Las reformas estructurales y la flexibilización del mercado laboral se han traducido en recortes en los bolsillos y en los derechos de una ciudadanía que vive mucho peor que con Zapatero y que ha podido comprobar, al igual que Europa y los mercados, que Rajoy y su gobierno no son de fiar y que mienten más que hablan.

En un año de gobierno, Rajoy ha conseguido aumentar el paro de forma alarmante y descarada, ha conseguido un crecimiento galopante de la prima de riesgo y un decrecimiento paralelo de la economía sin precedentes. La misma guadaña con la que ha segado la economía del país para las próximas tres o cuatro generaciones le ha servido también para cercenar derechos cívicos labrados durante cuarenta años de lucha, tras un periodo de otros cuarenta años, los más negros de la historia de España, bajo el yugo franquista. Y también ha reflotado el franquismo mediante la actuación de un ramillete ministerial siniestro como el propio fantasma resucitado.

España, azotada por el paro, asiste asustada a una ofensiva neoliberal y neofranquista que vuelve a contar con presos políticos en sus cárceles -como el joven estudiante del piquete granadino-, persecución de ideas políticas contrarias al régimen -como los sancionados, heridos y detenidos por protestar-, censura informativa -el último caso es Informe Semanal-, policía que cumple órdenes ciegamente -hasta el punto de hacer brotar la sangre en una cabeza de 13 años- y es indultada y justificada por sus máximos responsables. Un panorama tétrico y desolador para una España cuya pesadilla fascista aún no ha sido desterrada ni enterrada por la rabiosa oposición del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica.

La situación era susceptible de empeorar y empeoró con la irrupción de Gallardón a la grupa del caballo de Atila en el Ministerio de Justicia. El gobierno de Rajoy nos ha condenado al paro y este peligroso ministro nos condena ahora al desamparo. No sólo se han perdido empleos, viviendas y derechos sino que también se ha perdido la posibilidad de defensa del pueblo a través de la justicia, se ha perdido la justicia misma y la dignidad de un país que vuelve a ser la España negra rediviva. España vuelve a ser ese país decadente que tropieza siempre en la misma piedra. Es la “Marca España” del PP.

Buscar trabajo sale muy caro.

Para quien tiene una edad que le aparta de la juventud y no le llega para la vejez, buscar trabajo se convierte en una ocupación fronteriza con la depresión que, a día de hoy, encima, le cuesta el dinero.

La experiencia laboral se ha convertido en una carga que representa un desgaste vital marcado por la sospecha de que si se está en el paro es porque no se ha sabido desempeñar bien el anterior trabajo. Se empieza a mirar al parado entrado en años como un fracasado, como una pieza desgastada que no merece la pena reciclar y no vale ni siquiera como pisapapeles en la mesa de cualquier escritorio. Su destino es un cementerio inútil a las afueras de la sociedad donde se le permite una vida de zombi sin esperanza ni destino.

Una vida esforzada durante años, doblando la espalda y plegando el futuro, se queda en nada cuando el jefe anuncia, con gesto luctuoso y fúnebre voz, que la empresa no puede “mantener” el gasto que supone el puesto de trabajo porque hay una fuerza laboral extranjera más competitiva que no exige tantos derechos y tanto dinero para producir lo mismo. El jefe lo “siente” en la oquedad de su alma y firma un finiquito miserable amparado en la nueva legislación que abarata la sustitución de piezas de manera ventajosa.

El flamante parado tiene la obligación de comer y el imperativo de recurrir al subsidio que le corresponde por haber cotizado para ello durante veinte o más años. Se dirige como un novato a una oficina de empleo donde le fichan como engranaje desechado y le piden una serie de papeles que le mantendrán ocupado durante los siguientes dos o tres días. Allí le interrogan sobre su situación personal y la de quienes conviven con él para avisarle de que, si le llaman para algún trabajo, perderá el derecho adquirido y deberá optar entre el subsidio actual y el que corresponda por el nuevo trabajo cuando sea despedido del mismo. El parado novato no entiende muy bien lo que le advierten, pero acepta movido por la urgencia de atender los gastos del mes en curso.

Al llegar a casa, medianamente optimista por disponer de un colchón temporal, se encuentra con que su hija, licenciada en empresariales, ha sido despedida al cumplirse los doce meses de su contrato como becaria y debe seguir sus pasos en la oficina de empleo. El optimismo desaparece de inmediato porque el derecho al subsidio de su hija es incompatible con su propio subsidio, por vivir bajo el mismo techo, y la desesperación se mezcla con la culpabilidad ante tan injusta situación.

Padre e hija deciden dar un paso al frente y buscar trabajo activamente para sentirse vivos. Sentados en el ordenador de casa, redactan los curriculums de ambos, con foto a color incluida, e imprimen doce copias de cada en folios cuyo IVA sube hasta un 21% próximo al lujo. La impresora se queda sin tinta en la novena copia y cambian el cartucho por uno nuevo, también al 21%, justo en el momento en que se va la luz, tal vez debido al déficit tarifario de las eléctricas cuyo precio no ha dejado de subir y sus servicios mantienen los mismos defectos de siempre. Tras dos horas y media no remuneradas ante el ordenador, consiguen las copias, pero esperarán al día siguiente para visitar empresas porque las tardes son poco propicias para buscar trabajo.

Con los curriculums bajo el brazo y acicalados como pobres en busca de fortunas ajenas que les retiren de las calles, salen de casa para coger el autobús y llegar al mercado de personas donde pondrán a la venta sus vidas y sus aptitudes impresas en dos folios. El precio del autobús también ha subido y ambos hacen cábalas para realizar sus recorridos al menor coste posible. Así deben actuar durante treinta días como mínimo, para tener derecho a lo que por justicia les corresponde, según las últimas directrices del gobierno.

En la mayoría de los sitios visitados les despiden diciéndoles que de momento no hay nada, pero que llamen cada semana por si saliera algo. Lo de llamar es otra puñalada en la economía familiar. Cada llamada a móviles es un dineral que va a parar a las empresas de telefonía consentidas en su continua estafa por el mismo gobierno que les hace pagar los remedios farmacéuticos para sus respectivas dolencias porque cobran subsidios y, por tanto, no son pobres de beneficiencia.

A las dos semanas de búsqueda activa de empleo comprenden que la tarea es inútil, ingrata y cara para sus bolsillos, comprenden que no encuentran trabajo porque no hay, porque entre las empresas visitadas han encontrado ERES a la carta, despidos baratos a tutiplén y falta de financiación por parte de los bancos.

Hacen cuentas y cada día de búsqueda activa de empleo les sale por unos cinco o diez euros en función de las distancias recorridas y las llamadas telefónicas realizadas, sin contar que ese trabajo no es remunerado. Esta cantidad, sumada al repago sanitario, a la subida del IVA, al recibo de la luz, a la cesta de la compra, a la hipoteca que no baja aunque lo haga el euribor, al recibo del agua y a esos gastos imprevistos que el día a día provoca, les desanima y les hace repensar la estrategia.

¿Trabajar en negro? ¿Hurtar en el super? ¿Pagar sin IVA? ¿Atracar una sucursal bancaria? ¿Pedir limosna? ¿Emigrar? ¿Echarse a la calle? ¿Prostituirse? ¿Traficar con droga? ¿Asustar viejas de renta antigua? ¿Robar cobre en las farolas? ¿Asaltar chalets? ¿Robar materiales de obra o cosechas?

En el mundo del hampa parece que hay más oportunidades y el título de desecho social ya se lo dieron junto al finiquito, pero también para esto hay que tener aptitudes, habilidades, currículum y un buen padrino por si la cosa sale mal.

Los misterios de Fátima (Báñez).

Cuando la realidad se ensombrece como en los aciagos tiempos que vivimos, son recurrentes las explicaciones a lo que sucede basadas en misterios y prodigios, más digeribles por el pueblo que las sinrazones y los desvaríos que nos gobiernan.

Los misterios de Fátima Báñez compiten hoy día con los de su tocaya portuguesa, de la que se diferencia básicamente en la faceta virginal (supongo). El primer misterio de Fátima B es cómo ha conseguido plantarse en los 45 años viviendo con una comodidad insultante sin que se le conozca actividad laboral alguna alejada de la política y llegar, sin embargo, a ser ministra de trabajo. Quizás en el propio misterio esté la respuesta si consideramos que la política se ha convertido en este país en un medio de vida para demasiada gente que no sirve a la sociedad sino a sus propios intereses.

Otro misterio de Fátima B es adivinar cómo se conjuga la disminución del paro a la vez que se facilita el despido de los trabajadores. Tal vez el pueblo no comprenda, llevado por un agnosticismo pertinaz, que la fe inquebrantable en el poder celestial es muy superior a la lógica empresarial y del mercado y que, por eso, la ayuda implorada a su paisana la virgen del Rocío sea la panacea militante del pleno empleo y la salida de la crisis. En este sentido, ha creado escuela dentro de su partido y este verano hemos asistido incrédulos a ruegos y oraciones de medio PP a patrones y patronas en todos los rincones de España para que iluminen al gobierno en su empeño de socorrer a los pobres sin molestar a los ricos. Un milagro imposible incluso para su dios todopoderoso.

Un misterio más de Fátima B es contemplar cómo es una mujer de su tiempo que concilia a las mil maravillas su vida laboral y familiar, llegando al punto de que sus hijos dedican su ocio a jugar con el tamagotchi que el Congreso regaló a mamá, pagado con el dinero de todos los españoles, y consiguen 5.390 puntos en Bubble Shooter. Como madre entregada, también ha creado escuela en el PP y sus hijos compiten en las redes sociales con los de Gabriel Elorriaga, José Antonio Monago y otros muchos que prestan sus juguetes públicos a sus hijos sin la debida supervisión paterna para que no se conviertan en ludópatas o caigan en manos de proxenetas cibernéticos.

El último misterio que nos ha ofrecido Fátima B ha sido la explicación dada al atraco moral perpetrado por su gobierno a cuenta del PROTEJA. Dice la ministra que es injusto que una familia cuyos cónyuges cobran 8.000 € al mes de forma conjunta (esto sí que es un milagro) disfrute del derecho adquirido, como personas físicas, por sus hijos mediante su trabajo y sus cotizaciones sociales. El ejemplo puesto por Fátima es revelador de su profundo desconocimiento de la vida cotidiana del español medio y de la fe ciega que tiene en el argumentario de la FAES. El PROTEJA que ella y su gobierno protegen es una muestra más de caridad, beneficiencia y limosna exento por ahora de la partida de bautismo o el certificado de buena conducta como requisitos indispensables para acceder a él.

Debiera saber Fátima, por el entorno que la rodea, que una familia opulenta como la que retrata sólo es imaginable en un matrimonio de profesionales ligados al erario público y no es imaginable que los hijos de estas familias estén distraídos con trabajos remunerados con 1.000 € al mes, sino disfrutando de sus estudios en universidades privadas y segregadas por sexo a ser posible. En el caso de que estos descendientes, los únicos españoles que pueden permitírselo, hayan cursado ya dos grados, tres másters y un postgrado en Yale, seguramente estarán trabajando para el partido, alejados de la incertidumbre laboral a la que sus progenitores condenan al resto de sus compatriotas. No tiene más que mirar dónde se mueven los hijos de Aguirre y otros próceres populares y socialistas.

Fátima B, enredada en los circunloquios verbales que usa su partido para mentir y manipular, no es consciente del daño que provocan sus palabras y sus actos. No es que sea analfabeta, no, es sencillamente que comulga a muerte con el ideario de su partido y no le duelen prendas a la hora de hacer el ridículo públicamente.

Fátima B, al igual que Montoro, son dos ejemplos de andaluces atípicos que, renunciando a sus orígenes, han adquirido la nacionalidad genovesa para salvaguardar sus mezquinos intereses.

¿Vacaciones? ¡Que se jodan!

De ser un periodo de disfrute liberado de la rutina cotidiana, las vacaciones han pasado a convertirse en un auténtico problema para muchas familias cuyas costumbres vitales han sido asaltadas por el paro y el desamparo.

Las vacaciones han sufrido un cambio radical en su fisonomía sin que nos hayamos dado cuenta del momento exacto de una mutación que ha instalado la depresión y la sozobra en el día previo a dejar el trabajo y ha mudado la alegría a la víspera de comenzar a trabajar. Justo al revés de lo vivido hasta hace pocos años. El síndrome postvacacional ha pasado a ser el síndrome prevacacional y viceversa. Los psicólogos tienen trabajo, si es que alguien se puede permitir combatir la depresión.

La nostalgia nos recuerda las primeras vacaciones sepia de los españoles caracterizadas por visitas de familiares y allegados que irrumpían en nuestras casas durante unos días veraniegos con regalos típicos de sus lugares de residencia que tácitamente suponían la apertura de par en par de las puertas de nuestras despensas. Se les llamaba cariñosamente, cuando no estaban presentes, “comeorzas”, “limpiaorzas” o “rebañaorzas”, dependiendo de cada latitud geográfica. La estrechez física y la estrechez económica de los hogares no suponían un obstáculo insalvable y se compensaban con el solidario “hoy por ti y mañana por mí” que propiciaba un intercambio de roles para el verano siguiente.

A continuación vinieron las vacaciones con poderío, de hotel, hostal o camping, según el bolsillo que las auspiciaba, con fotos a color y regalos a la vuelta para quienes se habían quedado en el pueblo recogiendo el correo, cuidando el canario y regando las macetas. Aquellas vacaciones sin testigos directos se disfrutaban de prisa y el recuerdo de sus mágicos instantes servía para alargarlas durante el resto del año y, en muchos casos, durante toda la vida, en un ejercicio que combinaba la narración de los lugares visitados y los hechos vividos con el punto de deformación exagerada que nos hacía disfrutar de cada momento cada vez que lo contábamos a alguien al calor del álbum de fotos correspondiente.

Más tarde la industria vacacional puso delante de nuestros deseos, y de nuestros dispositivos digitales para inmortalizar el disfrute, sus catálogos de lugares paradisiacos, cruceros de película o apartamentos en primera línea de una playa asfixiada por apartamentos, todo ello con ofertones y pagos aplazados al alcance de cualquiera. Las lujosas vacaciones digitalizadas comenzaron a ser ya no sólo un momento de descanso y disfrute, sino todo un indicador de estatus social ante la familia y el vecindario.

La historia de las vacaciones guarda un cierto paralelismo con la historia social y económica vivida desde los años setenta en España, desde las alpargatas de esparto hasta las Nike de diseño, desde el fotógrafo ocasional hasta el iPhone, desde el tren de mercancías hasta Ryanair, desde la maleta de cartón hasta la Samsonite, desde el neumático de camión hinchado hasta el Costa Concorde. Y hasta aquí llegó la cosa. El Costa Concorde es la metáfora que explica el vuelco y el naufragio de nuestras vacaciones y de nuestras vidas. Explica cómo hemos vuelto al puerto de partida agradeciendo, encima, la suerte de haber naufragado sin perecer.

Estas vacaciones tememos un fatídico mensaje de correo electrónico o un wasap de última hora anunciando la llegada de familiares “comeorzas” que nos visitan no por estar de vacaciones, sino para buscar trabajo durante unos días en nuestro lugar de residencia y alrededores. Quizás haya que abrirles, en lugar de las puertas de la despensa, el botiquín de casa por si hubiera alguna medicina que ya no pueden pagar. Quizás, en lugar de longaniza y vino, agradecerán mucho más ropa desechada o libros de texto usados para los más pequeños. Quizás, con suerte, la estrechez física y momentánea de nuestra casa se alargue durante unos meses porque hayan encontrado algún mísero trabajo.

Muy posiblemente, la mayoría de la gente pasaremos este año unas vacaciones tecnológicas visitando a los amigos en las redes sociales y manteniendo contacto con la familia a través de la mensajería electrónica. El fresco de la sierra cederá el paso al abanico que no gasta, la bañera a medio llenar será un sucedáneo de la mar salada, el menú del chiringuito de la playa será sustituido por Hacendado en nuestros paladares, la visita a monumentos será reemplazada por documentales de La 2 y el ambiente del dormitorio nos sabrá a dos o tres estrellas.

A pesar de la desgracia, todavía hay energúmenos abyectos como Salvador Sostres que disfrutan como el gobierno con nuestros retrocesos sociales. Y, lo que es peor, vecinos, amigos y parientes que comulgan con sus ideas.

Pobreza intelectual

La peor de las pobrezas nos acecha y parecemos empeñados en demostrar al mundo que la merecemos. No se trata de la carencia de empleo, ni de la incertidumbre de una barra de pan, del grillete de un banco o del llanto de los niños. No. Se trata de algo más simple y, a la vez, más amargo aún si cabe.

Los trileros de las hipotecas, aliados con los embaucadores de las urnas, han formado un tándem que vocea -a través de las ondas de radio, de las pantallas y del papel impreso- su increíble inocencia, sus nada creíbles esfuerzos por ayudarnos y su desacreditada capacidad para hacer otra cosa que no sea rebañarnos los raídos bolsillos y aterciopelar los suyos y los de sus verdaderos representados que, a día de hoy, no somos ninguno de nosotros.

Este tándem predador proclama repetidamente, decenas de veces cada día, que no han sido sus fraudes especulativos sino nuestras rebasadas posibilidades, que no han sido sus agujeros financieros sino nuestros desconchones consumistas, que no ha sido su putrefacta condición corrupta sino nuestras necesidades elementales, que no han sido ellos sino nosotros quienes hemos desencadenado esta estafa que pretenden blanquear utilizando la palabra crisis para ello.

No les basta con ello y se permiten desacreditar con los mismos medios y el mismo descaro, uno a uno, a todos los colectivos que osen cuestionar su falseador discurso. Así, desde que el PP ha asaltado la democracia utilizando las urnas para legitimar su despotismo, nos hemos encontrado de repente con maestros que no enseñan, médicos que no curan, funcionarios en general que cobran por no trabajar, obreros que disfrutan viviendo sólo con el paro, mineros que arrancan el carbón en el BOE, pensionistas adictos a la salud, ciudadanos que obligan a que les vendan sin IVA, autónomos improductivos a los que no les gusta trabajar más de quince horas diarias, etcétera, etcétera, etcétera. Todos hemos dejado de ser patriotas comprometidos con sus planes y nos hemos vuelto peligrosos terroristas que sólo buscamos nuestro interés.

Estos discursos demagógicos, intencionados, peligrosos y fascistoides calan en una parte de la sociedad que entiende que la crisis la hemos provocado sus vecinos, que de su situación de paro es responsable su prima funcionaria, que tiene que pagar las medicinas por culpa de la abuela diabética y fármacodependiente, que ha perdido la ayuda para cuidar al padre inválido porque cientos de emigrantes han gastado el dinero del estado o que han tenido que vender el coche para comprar gasolina porque los mineros se jubilan a los cincuenta años.

La peor de las pobrezas es esa pobreza intelectual, origen de todas las barbaries humanas, que hace que unos nos enfrentemos a otros en un duelo a muerte del que son padrinos los políticos y los banqueros. La legitimidad del duelo la establecen los medios de comunicación y las armas las elegimos nosotros mismos para disfrute de los padrinos que, por cierto, nunca mueren en los duelos. La pobreza intelectual del español medio se palpa diariamente en tertulias y charlas entre amigos donde se repiten como un dogma las consignas de los padrinos y se defienden sin más argumentos que un dedo acusador y sin otra base racional que la demagogia conductista de los medios de comunicación.

La peor de las pobrezas no te obliga a mendigar comida, te obliga a mendigar ideas. El hambre, la sangre, el dolor y la muerte vendrán después.