Obesidad lúdica/anorexia afectiva

obesidad_ludica

Con los jirones aprovechables de la realidad, hagamos una pelota, hagamos un muñeco, hagamos ilusiones y recordemos que los juegos precisan de pocos artificios para asomarse a la felicidad. Para sonreir sólo es necesaria una boca y una chispa de humanidad, la alegría es un sentimiento prisionero con ansias de libertad, y disfrutar es algo que la realidad esconde, bajo múltiples pliegues, en las enaguas de las necesidades. Ajenos a la realidad adulta, los niños sonríen, se alegran y disfrutan de manera natural, inocentemente, ayudados sólo por lo que la naturaleza provee. Felicidad en estado puro que, culturalmente, los adultos contaminamos paulatinamente en la creencia cierta de que educamos a los hijos, sobrinos, nietos y demás infancia.

Los adultos solemos mostrar ciertas tendencias educadoras que, bien miradas, prestan un flaco favor a sus infantiles destinatarios. La velocidad vital nos incita a conquistar los afectos ajenos de forma directa y rápida, como un AVE de las relaciones que las priva de la pausa necesaria para su justo aprecio y deleite, como una hamburguesa de amistad de la que sólo queda con el tiempo una extraña e irreconocible mezcla de sabores, tres euros menos en el bolsillo, una mancha en la tapicería del coche y una sensación de hambre mal satisfecha.

La capacidad para educar a un niño en el consumo de alimentos sanos como frutas, verduras, legumbres o pescado, sucumbe fácilmente ante el poder adictivo y seguro de golosinas, bollería industrial o comida rápida, acortando el camino hacia su aprobación y su sonrisa, proporcionando al adulto un merecido tiempo extra para dedicar a otras actividades aparentemente más necesarias y abriendo la puerta con peligro al “Hombre de los caramelos”. La fatiga de la rutina impide una relación pausada con los hijos y pronto se les buscan educadores ajenos con quienes los padres deberán competir para sintonizar con ellos. Los menos aconsejables suelen ser más utilizados de lo recomendable: la televisión, la consola (nombre procazmente parecido a consolador, también un juguete solitario) o el ordenador.

Son muchos los niños que no reconocen el afecto de los mayores en los regalos, convertidos en atajo para la complicidad y el cariño, que sin duda están cargados de buenas intenciones. Muchos niños padecen hoy de obesidad lúdica provocada por un goteo casi diario de pequeños regalos, ofrecidos como recompensa por ese tiempo robado que sacude conciencias intranquilas, que provocan un efecto de saturación frustante en estas fechas. La novedad del regalo es para los niños una rutina y un quebradero de cabeza para los adultos que, en poco tiempo, se estresan ante la sensación de haber regalado todo lo que hay en los escaparates y casi todo lo que sale en la tele.

Deambulando a través del laberinto consumista, perdidos en la abundancia, no son pocos los adultos que acaban comprando los regalos que les gustan a ellos mismos o los que la publicidad impone a las débiles voluntades infantiles. No son pocos los niños que disfrutan más con los envoltorios que con los propios juguetes y, llevados por la sobrealimentación juguetera, no son capaces de digerir adecuadamente el empacho. Se les está educando en el consumismo, la posesión y el egocentrismo. Sin querer, buscando justificaciones infantiles y poco sostenibles, se les ofrece a los niños una especie de compensación sentimental provocada, quizás, por el hecho de que los niños vienen al mundo sin manual de instrucciones y para ser padres nadie exige obtener un carné.

El día siete de enero, cuando el colegio devuelva la paz y la tranquilidad a los hogares, hagan una lista de los juguetes recibidos por algún niño cercano y analícenla. Quizás, tras esa lista, aparezcan muchas deudas pendientes con la infancia.

Una pelota o un muñeco de trapo juegan el mismo papel y son menos nocivos que la carga de Papa Noel o los Reyes Magos. No visten tanto socialmente, pero tienen facultades sobradas para provocar sonrisas y alimentar la felicidad.

Anuncios

El muro de las lamentaciones en Facebook.

No hay descanso posible. Una decide desconectar de las noticias, durante un par de días, para desentumecer el cerebro, y casi lo consigue. Cambiamos el telediario por la piscina de los amigos, cambiamos la prensa por la recomendable película La educación prohibida, cambiamos la tertulia tabernera de medio día por una sesión de fotos en la naturaleza. Todo bien, todo según lo previsto hasta que alguien, por la noche, viene a traerte un tinto con casera de limón y, de tapa, te trae el portátil para que veas una de esas frases lapidarias adornadas con la dudosa estética del power point para que la veas.

La fotito de marras, por supuesto, está colgada en Facebook y el síndrome de abstinencia acude como el caballo a las neuronas y no puedes evitar dar un repaso al muro para ver qué otras cosas hay colgadas en él. La desconexión salta por los aires y vuelves a comprobar que de nuevo estás dando la espalda al mundo con la vista magnetizada por el muro de las lamentaciones digitales. Decides posponer un día la desintoxicación que te habías propuesto y miras algunos de los improperios que tus amigos han colgado recientemente como introducción de las noticias que les han llamado la atención.

En el anárquico muro de Facebook descubres que una conocida ha echado un polvo glorioso que le gusta a quince personas, que otras siete lo han comentado públicamente y que otras tres lo han compartido para que se entere del evento más gente. Unos mineros surafricanos han sido asesinados por reivindicar una subida de salario (le gusta a cuatro personas, lo comentan ocho y lo comparten dos). El Follonero incomoda a dos diputadas con un programa sobre reformas en el Congreso a través de Youtube (le gusta a dos, comenta uno y nadie comparte). Alguien escribe un párrafo larguísimo sobre una reflexión personal en torno a la explotación desmedida de la selva amazónica (le gusta a cinco, nadie comenta, nadie comparte). Una amiga ha perdido a su perrita y pide ayuda a la galaxia por el Facebook con foto de la perrita incluida (veinticinco me gusta, quince comentarios y diez compartir)… Cosas de casi todos los días.

Y entre estas cosas de un interés incierto y una pesadez anodina, lees los habituales sobresaltos puestos al día de manera inmediata. ¡¡Lo que dan de sí unas cuantas horas en la sociedad de la información y de la comunicación!! Como cuentan quienes nunca han muerto que sucede segundos antes de morir, toda la actualidad pasa ante los ojos en esos segundos de debilidad y lees que Diego Cañamero ha impartido un máster de dignidad ante la Inquisición de Intereconomía, que la Inquisición anglosajona quiere a Julián Assange a toda costa en la hoguera de las vanidades, que el líder de Manos Limpias ha sido imputado por chantaje y estafa, que el gobierno dice que la bandera republicana incita a la violencia, que la FAES se ha visto salpicada por el espionaje del Vaticano, que el Financial Times acusa al gobierno español de usar la crisis para retroceder cuarenta años o que el portavoz del PP acusa a los parados de vivir con sus padres para negarles los 400 €.

Demasiada actividad para agosto, demasiada competencia para los 40º de calor, demasiadas lamentaciones para el muro de un portátil. Apagas el ordenador y vuelves a la reunión con la intención de cambiar el contenido del vaso por güisky o algo de más octanos. La expresión de la cara sorprende a los presentes que te preguntan y respondes ante una audiencia que reproduce, al comentar las noticias, ideas y opiniones obtenidas con el mando a distancia de la tele.

– Cañamero ha hablado en Intereconomía.

– Es un atracador -responde uno de los presentes que trabaja de director en una sucursal bancaria.

– Inglaterra no quiere que Assange se asile en la embajada de Ecuador.

– Es un violador que merece que le ahorquen -filosofa un amigo, cliente habitual de puticlubs, que pone los cuernos semanalmente a su mujer.

– El de Manos Limpias ha sido imputado por estafa.

– Ya están los comunistas asediando a este héroe -sentencia una con las muñecas abrazadas por la bandera de España.

– La bandera republicana incita a la violencia.

– Yo fusilaba a todos los antiespañoles -vuelve a intervenir la pulsera patriota.

– La FAES está mezclada con el asunto del Vaticano.

– Eso le pasa por intentar ayudar al papa -dice un presente de misa y comunión diaria.

– El PP dice que los parados que viven con sus padres no tienen derecho a los 400 €.

– Me cago en el gobierno -estalla el hijo de los anfitriones, ingeniero de montes al que han despedido de su puesto de becario en el que ha trabajado los últimos doce meses con un salario bruto de 900 €.

Ante este panorama, optas por callar y piensas que quizás es hora de suspender los tres días de vacaciones y volver al puesto de combate. El muro de las lamentaciones es demasiado fuerte y la actualidad demasiado peligrosa para abandonarla a su suerte.

Quizás no vuelvas a disponer de otros tres días de vacaciones jamás. Los chinos no tienen vacaciones y nosotros, en aras de la competitividad, debemos renunciar a ellas.

El güisky sabe a rayos en un ambiente tormentoso en el que las bocas exhalan centellas.

Tecnología: uso y abuso.

La irrupción de las nuevas tecnologías en nuestras vidas ha supuesto una revolución en casi todos los ámbitos en que nos desenvolvemos, desde el laboral hasta el más estrictamente personal, modificando los hábitos de la población de manera notable.

Hasta hace poco, para acceder a cualquier puesto de trabajo no tecnificado, bastaba con demostrar unos conocimientos y unas destrezas relacionados directamente con las tareas a desarrollar. Para un puesto de dependiente bastaba con poseer aptitudes para las relaciones públicas y conocimientos sobre el producto o servicio ofertado al público por la empresa contratante; hoy hay que desenvolverse con soltura entre códigos de barras, terminales de punto de venta y teclados que habilitan el cobro en efectivo o con tarjeta. Ayer, el camarero que nos servía las cervezas o los refrescos, cambiaba las consumiciones por dinero desde el bolsillo del delantal o después de acercarse a la caja para dejar el billete con que pagamos y coger el cambio para la vuelta; hoy, toma nota de los pedidos en una PDA y nos acerca un terminal bancario a la mesa para que marquemos el PIN de nuestra tarjeta.

Son ejemplos cotidianos de la presencia omnipresente de la tecnología en nuestras vidas.

En el ámbito económico, la tecnología tiene una influencia determinante sobre el consumo, no sólo por las posibilidades de comprar sin salir de casa -desde el ordenador, el teléfono móvil o, incluso, desde el mando de nuestro televisor-, sino por el racionamiento que los fabricantes hacen de nuestra cuenta corriente fabricando productos a los que la tecnología permite dotar de eso que se llama Obsolescencia Programada. Ha arraigado en nuestras vidas la idea de que el coche nos cuesta un pastón cada vez que le falla el ordenador de a bordo, o que el microondas hay que renovarlo cada cinco o seis años porque su reparación tiene un coste similar al de la compra de uno nuevo, o que las bombillas de bajo consumo también se funden y reemplazarlas es muchísimo más caro que tener una de las tradicionales (que ya no se fabrican) encendida todo el día, o que hay que cambiar la lavadora porque le ha fallado el programador con un coste de reemplazo que ronda la mitad del precio de una nueva.

Son ejemplos del abuso a que nos someten los camellos del consumo cotidiano valiéndose de la tecnología.

Si pasamos al ámbito de los servicios, llama la atención ver cómo los bancos han reducido personal de atención al público en base a la endemoniada proliferación de tarjetas y cajeros automáticos que les permiten utilizar a sus clientes como administrativos que realizan las operaciones para mover dinero que antes realizaban sus empleados (y nos cobran comisiones por ello). Llama la atención que la deslocalización de empresas de todo tipo haya barrido innumerables puestos de trabajo cercanos al cliente sustituyéndolos por satánicos contestadores automáticos que nos desesperan pidiendo que marquemos una tecla de nuestro móvil para cada pregunta que nos formulan con voz sudamericana, sin llegar a resolver nuestros problemas en la mayoría de los casos. Llama la atención ver cómo nos sacan los cuartos por aparcar en la vía pública tras obtener un tique de una máquina que trasvasa el dinero de nuestros bolsillos a los de una empresa privada que deja una limosna al ayuntamiento que le presta nuestras calles para ejercer su negocio.

Son ejemplos de cómo la tecnología sirve a los intereses de atracadores cibernéticos.

Pero pasemos al ámbito privado.

Hasta hace años, el teléfono era un instrumento imprescindible para la comunicación entre las personas; hoy se ha convertido en un instrumento de incomunicación, como se puede comprobar a diario en cualquier bar, en cualquier hogar, en cualquier lugar: personas sentadas en la misma mesa se ignoran recíprocamente mientras teclean vertiginosamente en sus respectivos móviles. Otras personas se aíslan en las habitaciones de sus hogares, sentadas ante un ordenador, para chatear con otras personas -posiblemente con algún vecino o familiar cercanos en el espacio- renunciando al calor del contacto directo, al perfume de otros cuerpos, al contagio de la risa espontánea o a la improvisación de la casualidad. Muchas personas, sobre todo las pertenecientes a la generación digital, sufren hoy de síndromes relacionados con el uso y el abuso de las nuevas tecnologías: ansiedad por haber olvidado el móvil, mono por llevar casi un día sin acceder a las redes sociales, problemas laborales por consultar el correo, el tuenti o el feisbu en horas de trabajo, adicción ludópata a páginas y aplicaciones de juegos, etc. etc.

Son algunos síntomas de una sociedad que empieza a enfermar cortocircuitada.