Dejen de crear empleo, por favor

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En 1982, el ilusionista Felipe González prometió crear 800.000 puestos de trabajo. En 1984, todavía existían sindicatos de clase en España, 8 millones de trabajadores (90% de la población activa) le hicieron una huelga general por abaratar los despidos y crear los contratos basura. En 1986, inició la reconversión industrial que desmanteló la escasa industria española y limitó la producción en sectores como el lácteo, la vid, el olivo y algunos más.

En 1996, Aznar, Rato y De Guindos arreglaron la economía española. Con la liberalización y desregulación del suelo y la vivienda, convirtieron a la mitad de los parados en opulentos albañiles y ávidos consumidores. En 2002 aprobaron un decretazo que recortó la protección por desempleo, facilitó y abarató el despido, universalizó la precariedad y fue declarado inconstitucional en 2007. España quedó embarazada de la burbuja de la crisis, preñada de estafa.

En 2004, Zapatero se dejó arrullar por la especulativa pujanza económica que colocó al país en la Champions de la economía mundial. En 2008, la burbuja rompió aguas y el desempleo golpeó como en ningún otro país. En 2010, implantó medidas para fomentar el empleo: más desprotección social, despido más barato y convenios colectivos en el cadalso del olvido. Su espíritu socialista y su vocación obrera le llevaron a reformar el artículo 135 de la Constitución, a mayor gloria del capital, de la mano de su socio bipartidista.

En 2011, Rajoy accedió al poder precedido por el aviso de Montoro a la portavoz de Coalición Canaria: “Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Bajo el auspicio de la Virgen del Rocío, Fátima Báñez diseñó, para crear empleo, una batería de recortes a trabajadores y pensionistas que resumió a la perfección Andrea Fabra: “¡que se jodan!”. Desde entonces, el paro se ha situado en máximos históricos y la calidad del empleo se asemeja a la del siglo XIX.

Tras los errores reconocidos por el FMI, la OCDE y el BCE en sus estimaciones macroeconómicas, ya nadie duda de que sufrimos una estafa. Ha quedado al descubierto el papel de las agencias de calificación como expertas crupiers que marcan la cartas para que la banca siempre gane. Sobre el verde tapete de la crisis, Barclays anuncia desastres si gobierna otro que no sea su PP o su PSOE, el BBVA sugiere que el trabajador se pague su despido, la bala con la que es fusilado, y el G20 felicita a Rajoy por su carnicería sin estallido social.

Crear empleo es la intención de la CEOE y sus satélites. Tras destruir millones de empleos, participar en las tramas corruptas y defraudar al fisco, tras el simbólico encarcelamiento de sus dirigentes, la patronal no está satisfecha aún. Le estorba, para crear empleo, el SMI, cotizar, la prestación por desempleo, la mujer embarazada, el horario decente, la jubilación, la prevención de riesgos, la baja laboral, el descanso y cualquier afeite humano y justo del trabajo. La patronal es reacia a crear empleo para malcriados españoles empeñados en comer a diario o disponer de techo, como si fuesen personas.

Cada vez que un político, un banquero o un empresario habla de crear empleo, está hablando de precariedad, explotación, pobreza y humillación, de ahondar la fosa donde yacen los derechos cívicos. Cada vez que se les oye, dan ganas de gritar ¡dejen de crear empleo, por caridad!

Pendones y perdones

corruptos

El ramalazo machista que el DRAE concede al término pendón se subsana en el habla cotidiana considerando como tal a todo género de personas cuyo comportamiento se considera indecoroso, descarado o impúdico. De esta forma, se puede afirmar que las instituciones están pobladas, además de por banderas y estandartes, por una recua de pendones. Es más: en algunos, casos la sinonimia permite hablar de prostitutos/as que mantienen relaciones políticas a cambio de dinero.

Son adictos a prevaricar, cohechar, malversar, defraudar, blanquear, falsear, evadir, apropiarse o a cualquiera de los delitos previstos e imprevistos por el Código Penal. Les ronda la sospecha y lo niegan, les delata la evidencia y se declaran perseguidos, acosados, maltratados, les rodea la imputación y piden perdón, lo sienten mucho y no volverá ocurrir. Son profesionales de la trampa, el engaño y la estafa. Y también del descaro, la impudicia y el teatro, pendones desorejados.

El vendaval de corrupción, este sálvese quien pueda, exige el final urgente de la jaula de grillos sin grilletes que gobierna. El panorama apela al decoro cívico, a la higiene como seña de identidad ciudadana, a decir “basta ya” en cajas de metacrilato con ranura en la tapa. El Siglo de Oro consagró a los pícaros, el Romanticismo idealizó a los bandoleros y la Transición ha emborronado la tradición literaria de este país saturándolo de indecentes pendones.

Se les podría perdonar su avaricia, su insolencia, su altivez y prepotencia, su arrogancia, su desprecio y hasta su falta de inteligencia. Pero nunca se les ha de perdonar los mayores atracos por ellos perpetrados: la sanidad, la educación, las pensiones, la protección laboral, la cultura, la energía, el sol y el agua, las libertades, los salarios, la vivienda, las costas, los parques y los campos, todos los derechos de nuestros mayores heredados. Ninguna clemencia merecen tamaños pendones.

Al otro lado de los Pirineos, histórica valla de concertinas intelectuales, insalvable para los españoles, los pendones del BCE, de la OCDE, del FMI y de la CE también piden perdón. Tras diezmar al sur europeo, cuando han masacrado las economías domésticas, después de esclavizarnos, reconocen que se han pasado, que quizá exigieron demasiado, que tal vez el rescate no era necesario. Y piden perdón, sin pedirlo, con el cinismo de un pendón redomado.

La historia de la humanidad es la historia de sus pendones y poco ha cambiado, acaso en sus elementos más accesorios, en los últimos cuatro mil años. Faraones, tiranos, emperadores, nobles, reyes y dictadores dedicaron sus vidas y dinastías a concentrar riquezas y dispersar miserias, la misma ocupación heredada por burgueses, empresarios y banqueros desde el fin de la Edad Media. Hoy los anales de la codicia se escriben desde la lista Forbes, una lista de egregios pendones.

Los vaivenes de la historia han dejado momentos, pocos y aplastados manu militari, de insoportable hartazgo. Todo apunta a que uno de ellos es inminente y necesario. De las urnas desconfía el pueblo, de la lógica huye la irracional economía y el humanismo es incompatible con el carácter de los pendones. Cansa, deprime y duele perdonar, ofrecer la mejilla y volver a recibir en ella. La mecha está preparada, ¿alguien tiene fuego?

La España bolivariana de Rajoy

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Jugar con el lenguaje es peligroso y utilizarlo como arma puede ser contraproducente. En España, el Partido Popular habla de dictadura con preocupante ligereza y hasta se permite desligar al franquismo de su siniestro significado. A nada que alguien se muestra contrario a su pensamiento, proceden a la yerra y le aplican la palabra “dictadura” con verbo incandescente, a ser posible en la frente. Para el PP, medio país es ETA y el otro medio bolivariano.

Los fantasmas de la dictadura y el terrorismo son sus cebos preferidos para sacar del pantano político y social a cualquier especie que perturbe el ecosistema de carroñeras gaviotas y puños con agostadas rosas. Como en una dictadura, han sacralizado el pensamiento neoliberal y presentan como enemigo del régimen todo disenso, duda, o discrepancia. Floriano, Santamaría o Aguirre producen dentera intelectual al pronunciar la palabra porque suena a ellos mismos.

En la España bolivariana de Rajoy, se ha subrogado el interés general al particular de las élites dominantes. Parte del pueblo pasa hambre, aun disponiendo de trabajo, porque la mafia energética, la del ladrillo y la bancaria, extraen de su bolsillo más dinero del que la patronal está dispuesta a pagar por un trabajo. La diferencia con Cuba o Venezuela es que allí las tiendas están vacías, no como aquí, que se pasa hambre estando llenas. Una dictadura es, para ellos, un escaparate vacío.

En la España bolivariana de Rajoy, un militar accede a la jefatura del estado sin consultar al pueblo, por vía consanguínea, recibiéndola de su militar padre que la heredó de un sanguinario general. La notable diferencia con la dictadura cubana es que Castro derrocó al dictador Batista con el apoyo del pueblo y Franco aniquiló la democracia republicana con el apoyo de las élites que aún exprimen a España. Una dictadura es, para ellos, un barbado militar sin cetro ni corona.

En la España bolivariana, el gobierno ha secuestrado los medios de comunicación públicos por decreto, se censuran simples y jocosas viñetas (El Jueves) o no se publican (Huffingnton Post). La televisión bolivariana española es un duopolio en manos amigas del poder y en prensa y radio el libro de estilo lo escriben los grandes anunciantes con silencio y manipulación a la medida justa de sus intereses. Una dictadura es, para ellos, la voz de su amo si no es liberal.

La España bolivariana reprime con dureza la disidencia, la exhibición de símbolos estigmatizados y encarcela a manifestantes y sindicalistas. Su bolivariano ministro del interior persigue policial y judicialmente a desafectos en las redes sociales. La policía bolivariana española hace muescas en las escopetas, por cada ojo vaciado y testículo reventado, y en las porras, por cada brecha abierta, por cada cuerpo golpeado. Una dictadura es, para ellos, un estado policial sin dios que lo mande.

La España bolivariana no aparece, como Venezuela, en los informes de la ONU entre los países que más han reducido la pobreza y la desigualdad y tampoco, como Cuba, está libre de desnutrición infantil según ha certificado Unicef. La España bolivariana es el país de la OCDE donde más ha aumentado la desigualdad social y 2.306.000 niños padecen pobreza y malnutrición. Una dictadura es, para ellos, negar a la infancia hambrienta la ilusión de un McDonald’s.

La España del Partido Bolivariano Popular empeorará a nada que la condesa lideresa se haga con el poder. Ella condena las dictaduras que tan bien conoce por comerciar con ellas su bolivariano partido.

 

El CIS y la terca realidad

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Los informes PISA retratan a España como un país flojo de neuronas, tocado de entendederas, bordeando la necedad social. Dicen los descuartizadores de encuestas y estudios que la nota de los españoles en matemáticas y comprensión lectora está por debajo de la media de la OCDE, dato conocido y explotado magistralmente por la banca mucho antes de PISA. Un país con problemas para comprender cifras y palabras escritas, es un país con graves dificultades para comprender la realidad.

Quizás los datos expliquen por qué el libro de Belén Esteban es de los más leídos, por qué Mariló Montero es presentadora de televisión, por qué se argumenta a gritos en las tertulias o por qué Wert es ministro y Rajoy presidente del gobierno. La realidad española no se interpreta desde un simple bachillerato y es difícil de comprender desde un máster. Es una realidad que escapa a toda lógica y se aparta de lo medianamente razonable.

El CIS ha publicado el avance de su barómetro del pasado enero y muchos datos hacen dudar de la fiabilidad del informe PISA. Que todavía el 32,1% considere al PP digno de confiarle el voto, y el 26,6% al PSOE, sugiere que el 58,7% del electorado interpreta extrañamente la realidad, su propia realidad. Es llamativo y preocupante que el español medio se obstine en avalar el poder de los más corruptos de la clase, de quienes les roban los libros en el aula, las tiritas en el botiquín y el bocadillo en el recreo.

Algún sociólogo debería hacer una lectura coherente de las valoraciones que de los líderes políticos han hecho los encuestados, y explicarla. Es penoso el suspenso general otorgado a la casta y muy alarmante el cosechado por los miembros del gobierno. El ministro menos dañado es, con 3,17, el que recomienda comer insectos, duchas de agua fría o consumir yogures caducados; de ellos, por propios méritos, el peor valorado es el inexplicable Wert.

Y como en el reino del suspenso el 4,15 se antoja sobresaliente, destaca como más valorada Rosa Díez, un collage ideológico de improvisado programa. Ella, como los bancos, busca réditos en el déficit de comprensión lectora y, al contrario que ellos, ha optado por mensajes cortos, oportunos, ambiguos, multiusos, vacuos. No es de izquierdas ni de derechas, ni de dios ni del diablo. Políticamente, esta diputada curricular no es ni chicha ni limoná. Pero ahí está, ahí la tienen.

La ciudadanía busca el centro, esa quimera electoral ideada por quienes no saben dónde ubicarse y reclamada ilegítimamente por PP y PSOE. Rosa Díez ha ido más allá y ofrece un limbo ideológico poblado de flora populista y fauna demagógica que le va dando resultados tanto a ella como a su formación. Obtendrá resultados históricos y casi la llave para gobernar junto al Partido Popular o el PSOE, a ella le da igual, junto a quien ofrezca más.

La realidad ofrece argumentos más que suficientes para que el bipartidismo obtenga un respaldo residual en los comicios. Dos partidos que obedecen ciegamente los intereses de quienes esquilman a los ciudadanos no merecen la confianza de éstos y mucho menos sus votos. Hay otras alternativas, muchas, en las cabinas de voto y es hora de probar nuevas ideas, otras formas. Como decía Einstein, si se buscan resultados distintos, no se debe hacer siempre lo mismo.