Podemos y la extrema derecha

podemos

Podemos la ha liado, ¡y de qué manera!, con sus resultados electorales. Ya no se habla de Europa, lo del PSOE no interesa, liga y champions son agua pasada, ni siquiera el no celibato del Papa llama la atención. Todo el mundo habla de Podemos con ese don de lenguas que la naturaleza ha regalado a los españoles. Se ha dicho de todo, sólo le falta una canción para ser portada de la revista TIME, aunque ya lo fue hace tres años sin que la casta política parezca haberse enterado.

Desde que el PP llegó al poder, profesionales de la salud, la enseñanza, la minería, la pesca, la farándula, cualquiera que piense de distinta manera, son (somos) violentos radicales de extrema izquierda. La coleta de Pablo Iglesias, ¡cómo no!, es la evolución natural de la perilla de Lenin, el bigote de Stalin y las barbas de Bakunin. Ya lo saben: los 1.245.948 ciudadanos que han votado a Podemos, y los 1.562.567 que lo han hecho a IU, han votado a la extrema izquierda.

La indigestión electoral ha provocado eructos en el PP, flatos en el PSOE y un ladrido que llama la atención. A Rosa Díez, nómada del limbo ideológico, le ha resbalado una neurona hasta la lengua y ha comparado a Podemos con el partido de Le Pen. Tras la carcajada al escucharla, casi de inmediato, se encoge el corazón y el cerebro se nubla ante la pregunta que subyace en sus palabras: ¿dónde está la extrema derecha española?

La extrema derecha asoma peligrosamente en Europa, en Francia con más de medio cuerpo fuera de la ventana, y en España apenas ha sumado 322.000 votos entre seis candidaturas. ¿Dónde está la ultraderecha patria? Esta incertidumbre, este prodigio de moderación de los hijos de buena estirpe, confiere celestial bondad a la derecha española, la derecha como dios manda. En España sólo hay extrema izquierda, eso sí, con casi tres millones de votos y más que vienen de camino.

En España no hay patriotas con los cerebros rapados, por fuera y por dentro, y armados de bates de beisbol para herir o matar emigrantes. No hace falta. Fernández Díaz, cumplidas sus diarias obligaciones espirituales, ordena y dispone que sea la Guardia Civil quien realice tan sucio trabajo sacudiendo concertinas que hieren o disparando pelotas que matan. Y sus votantes lo aplauden, esa parte de sus votantes que encajarían en el Frente Nacional o Amanecer Dorado. Son millones.

En España no hay escuadrones que atiendan en exclusiva a españoles. De excluir y desatender las necesidades sanitarias de los que llegan, los que se salvan, se encarga Ana Mato y va más allá que Le Pen proponiendo que se desatienda a los españoles emigrados. De negarles otros derechos, se encargan los padrones municipales en manos del Partido Popular. Y quienes votan eso escogen, también a millones, papeletas de la gaviota.

En España no hay partidos neonazis, sino un partido neofranquista que mantiene símbolos y nombres de la dictadura en sus corazones, en las calles y en las plazas. El ministro Wert es un exponente de la españolización a lo Una, Grande y Libre inculcada en la escuela nacionalcatólica que prepara. Y las Nuevas Generaciones, consentidos flechas y pelayos, son un hervidero de saludos, banderas y proclamas al más puro estilo de las hitlerjugend alemanas.

Ya lo dijo Fraga en 1977: “Alianza Popular ha sido concebida como lo que es: como una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos cuarenta años”. En esas estamos. El miedo a un partido sin corrupción, transparente y formado por personas de la calle es lógico para la casta. Aire fresco por fin en las urnas. Otra política es posible, aunque sea de extrema izquierda. Nuestra esperanza es su amenaza.

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Las mil caras del terrorismo

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El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictaminado que la doctrina Parot no se atiene a derecho. A partir del fallo se ha destapado la fusilería dialéctica disparando a bocajarro contra el mensajero, en este caso el Tribunal de Estrasburgo. Parece ser que alguien hizo trampas con los naipes legales y la baraja marcada ha quedado al descubierto cuando la partida parecía haber acabado. El problema no es que unos vulgares asesinos salgan prematuramente de la cárcel, el problema es que la alteración torticera de la Ley ha pisado un callo de la justicia que afecta al propio Estado de Derecho.

En este país, el abominable terrorismo de ETA ha sido vilmente manipulado por la derecha que descubrió en los tiros de gracia y las bombas indiscriminadas un argumento electoral del que ha obtenido pingües beneficios políticos. Los dirigentes populares han pastoreado en el dolor de los familiares de las víctimas y en la solidaridad ciudadana como estrategia de asedio a la banda terrorista, en un primer plano, y al independentismo vasco, en un segundo plano.

No ha dudado el Partido Popular en incluir en sus listas electorales a víctimas del terrorismo como reclamo y llegó a la indecencia interesada de atribuir a ETA los atentados del 11M. La doctrina Parot se inscribe en la espiral manipuladora que ha llevado a los defensores del Estado de Derecho a hacer trampas a la propia legalidad vigente. El terrorismo mueve conciencias y desata los sentimientos de la gente sencilla que teme a cualquier tipo de bestia que amenace la convivencia. ETA era la peor de las bestias que paseaban por España y la derecha la ha utilizado, sin mucho escrúpulo, para atraer conciencias y sentimientos a su redil político.

Contrasta la forma de abrir las heridas de las víctimas del terrorismo etarra y exhibir las lágrimas de sus familiares con la vocación cicatrizante que la derecha, cada día más extrema, abandera respecto a las víctimas de otro terrorismo que azotó a España durante otros cuarenta años, el terrorismo franquista. La premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú dice que “Lo que no vale es la hipocresía y la doble moral de quienes condenan una forma de terrorismo, al mismo tiempo que tratan de justificar el terror de los estados”. Y lleva razón.

Suma España casi un siglo de terrorismo, entre el franquismo y ETA, al que se añaden ahora el terrorismo financiero, el terrorismo sanitario, el terrorismo asistencial, el terrorismo laboral o el terrorismo educativo que esa misma derecha de vestiduras rasgadas aplica desde el gobierno. Un cuerpo hipotecado colgando de una cuerda o un cáncer desatendido no son comparables a una bala en la nuca, aunque sean letales por igual, ni la esclavitud de un puesto de trabajo es comparable al secuestro en un zulo, aunque sean igualmente privativos de libertad. Así lo entienden y así lo venden en la calle Génova.

Un tal Jorge Bergoglio, nada sospechoso de izquierdismo, afirma que “Los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y de condiciones económicas injustas que originan las grandes desigualdades”. Y lleva razón. Aún no se han pronunciado los autorizados voceros del PP con idéntica vehemencia al respecto ni han arremetido contra el Vaticano con la misma exaltación que lo han hecho en contra del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos.

ETA es un cruel recuerdo del pasado más reciente de este país y no merece más protagonismo en su historia. Los frentes abiertos por los diferentes terrorismos que madrugan cada día y amenazan individual y colectivamente a la población son ya las únicas bandas a combatir de forma activa y democrática. Los enaltecimientos antietarras sólo conducen ya a posturas como las de Jaime A. Mora, cachorro de Nuevas Generaciones que, amamantado en la manipulación de su partido, se ha convertido en terrorista virtual de las redes sociales.

Wert: el toro que no cesa

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El señor ministro de educación siente que tiene cuernos, dos orejas y un rabo, amén de cuatro patas de las que se sirve, además de para caminar, para hacer algo parecido a pensar. No lo dice una servidora, sino que lo dejó caer él mismo en la recepción celebrada en el senado para conmemorar el 34 aniversario de una Constitución que su partido está corneando en la femoral de los derechos ciudadanos: “Soy como el toro bravo que se crece con el castigo”. Está crecido, sí, de astas que le dan un aspecto demoniaco a su ya siniestra figura.

Los destrozos causados por el ministro astado son para trasladar el sistema educativo directamente a la UCI de un hospital público, si quedara alguno tras la faena de los monosabios del ministerio de sanidad. El almacenamiento de alumnado en las aulas y las carencias de docentes en colegios e institutos se ha podido comprobar en el inicio de un curso con 80.000 alumnos más y 20.000 docentes menos. A pesar de todo, está satisfecho el ministro porque aún queda espacio libre en los pasillos de los centros ante eventuales complicaciones.

El ministro ha decidido dejar sin ayudas para material didáctico a casi 600.000 familias y a otras 25.000 ya las dejó sin beca el año pasado porque el ministro considera que les sobra el dinero. Para Wert, la cuestión es bien simple y no tiene nada que ver con los recortes ¿para que necesita un repartidor de bollería la licenciatura de empresariales? Capricho, estudiar es un capricho y los empresarios de este país, entre las cornadas de Wert y las de Báñez, están contentos, atendidos y bien servidos con lo que hay. No hacen falta más estudiantes, a no ser que los solicite Merkel.

Se crece el ministro con las protestas y no duda en colocarse la montera, atarse los machos y convertirse en torero por un día para incitar a la marea verde a hacerle una protesta como la chilena o la mejicana, como Dios manda. Con dos cojones” le ha faltado decir, que no pensar, seguramente con la testuz puesta en los subalternos Fernández Díaz y Cifuentes que saben cómo cornear con saña a la ciudadanía brava y rebelde. Si se radicalizaran las protestas, no faltarían Aguirre, Cospedal o cualquiera de la cuadrilla para señalar a los manifestantes como comunistas radicales y tal vez Gallardón señalaría a la República como culpable de todos los males de España.

Hoy se ha despachado el cuadrúpedo de educación afinando que la protesta anunciada para el 24 de octubre es política. Un cerebro bovino no da para mucho más. Ideológica, que no política, es su reforma, sus recortes y su concepto de la educación, pura ideología nacional catolicista de la prestigiosa ganadería franquista que pasa por una etapa de sobreproducción. Catecismo evaluable, Educación del Espíritu Nacional como materia transversal y, por supuesto, los niños con los niños y las niñas con las niñas, de la castidad y la abstiencia al cielo.

Es preocupante la fijación tan extrema que muestra Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte, hacia los toros. En plena crisis, en pleno desmantelamiento de la educación y de la sanidad públicas, en pleno ocaso inducido de la RTVE, no son pocos los ayuntamientos y diputaciones gobernadas por el PP que hacen un esfuerzo sobrehumano para subvencionar museos o celebrar eventos taurinos. Se han gastado un dineral para televisar una corrida los mismos que no encuentran dinero para adquirir los derechos de retransmsión de la última final de tenis ganada por Nadal, por ejemplo.

Wert es el digno sucesor del toro de Osborne en los paisajes patrios y su silueta merece ser estampada en banderas rojigualdas para que los cachorros de las Nuevas Generaciones las enarbolen en lugar de las franquistas. Los saludos e himnos son más difíciles de sustituir, aunque este sucesor de José María Pemán al frente de la educación española es capaz de crear una letra para el himno y, si se tercia, depurar al profesorado español. No le demos ideas.

Goteras de la democracia

Gotera

No deja de ser anécdota, pero en España, este país excesivo y barroco, la enorme gotera del Congreso de los Diputados adquiere los rasgos alegóricos de múltiples metáforas. Queda como anécdota la gotera física puesto que la obra está en garantía y el gobierno no dudará en exigir su inmediata reparación y una indemnización por los daños materiales y de imagen causados. ¿Cuánto vale la imagen negativa infrigida a la Marca España, tras una reforma de 4’5 millones de euros, por unas imágenes que han dado la vuelta la mundo?

El agua caída del techo del Congreso podría interpretarse como la descarga de una cisterna para limpiar la inmundicia de la corrupción representada por una parte de las señorías sin señorío que ocupan el fondo del inodoro parlamentario. Pero no, falsa alarma, las heces de Bárcenas y los ERE volvieron a flotar sobre los escaños una vez que la cisterna dejó de gotear. Situaciones captadas por las miradas, los oídos y los artilugios electrónicos de una delegación de empresarios taiwaneses que asistieron al peculiar tsunami interruptus “made in spain”.

También podría tratarse de una premonición de las lágrimas provocadas por los gases lacrimógenos con que la extrema derecha atacó la celebración de la Diada en la sede del Gobierno catalán en Madrid. Tras la escalada de ardor franquista exhibida por Nuevas Generaciones, y parte de las vieja generación del PP, a lo largo del verano, una violencia y unas armas algo más que preocupantes han acompañado a las banderas con el águila de San Juan, los saludos fascistas y el Cara al sol. El techo del Congreso parece haber derramado tardíamente las lágrimas que no brotaron en su día de los ojos practicados por balas golpistas en el mismo lugar.

Fuera del Congreso, un goteo de personas ha formado un arroyo humano que ha cruzado Cataluña de norte a sur para que el mundo visualice sus demandas. Paralelamente, Mas y Rajoy negocian en una intimidad opaca el trasvase de caudales desde la administración central a la autonómica reduciendo las reivindicaciones catalanistas a un mero y rastrero intercambio de divisas que nada tienen que ver con las banderas. CiU y PP pagan sus escarceos con sendas caídas en las encuestas.

Las goteras, en sentido figurado, aluden a las mermas que el paso del tiempo va dejando en los cuerpos de las personas. La democracia española no tiene una edad avanzada y su cuerpo, aún en formación, presenta un amplio menú de goteras posiblemente a consecuencia de esa cesárea deficientemente practicada que recibió el nombre de Transición. La forma de gobernar y la práctica política de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP a lo largo de veinticinco años han abierto una vía de agua en el casco de la nave democrática menos perceptible pero más grave que los atorados conductos del Congreso.

En el parlamento han instalado un gotero para administrar a la ciudadanía, vía decreto, una eutanasia muy por encima de sus merecimientos, muy por debajo de sus posibilidades. Inhibidores de derechos y morfina económica bajan rítmicamente por las cánulas del BOE hasta las venas de un pueblo desahuciado que sólo aspira ya a una vejez de beneficiencia como antesala de una caritativa muerte. Las gotas de pobreza enajenadas a la inmensa mayoría son el caudal de riqueza en el que nada una selecta minoría, la misma de siempre.

El agua caída en sede parlamentaria es una inundación en ciernes, el emblema de un país que hace aguas, la crónica visual de un naufragio anunciado donde la juventud acude a Europa en patera, la justicia navega en cayuco y los españoles aguantan el oleaje en zataras. España hoy sólo dispone de una lánguida flota para pescar raspas y conchas con que saciar el hambre. La armada invencible es hoy vencible y previsible.

Nuevo curso, viejos suspensos

sisifo

Óleo del artista cubano Ernesto Miguel Blanco Sanciprián

Finaliza el verano con doce víctimas en la operación retorno, récord de turismo extrajero y neveras nacionales en las playas, Gibraltar en manos británicas, cartas de despido sobre los mostradores de la hostelería, tortura animal en TVE y nuevo disparate en el mercado del balompié. Comienza el curso con menos pobres en la universidad, más pupitres en cada aula de escuelas e institutos, más miedo a la factura de la botica que a la enfermedad, pánico al recibo de la luz, resignación ante el familiar dependiente y pavor ante la nómina del nuevo trabajo, quien lo haya encontrado.

Los inicios de curso solían aportar novedades, cosquilleo ante la incertidumbre y, en ocasiones, fugaces ilusiones de posibles y deseados cambios. Eran tiempos, apenas cinco años atrás, en los que el futuro se vislumbraba como continuación del presente y las reglas del juego emanaban del diálogo y la justicia. Hoy comienza un nuevo curso infortunadamente previsible y desilusionante cuyo futuro es continuación del negro pasado de la posguerra y cuyas reglas de juego obedecen a una injusta imposición.

Aunque España va mal, y con evidentes síntomas de empeoramiento, el gobierno se ha permitido unas vacaciones dejando un retén para que los españoles no olviden quiénes mandan en sus vidas. La aparición de Margallo, defendiendo a España de la pérfida Albión, ha sido, para muchos españoles, la vergonzosa imagen de un ministro bronceado, tal vez en el último verano libre de canon por tomar el sol, que sacrifica el chiringuito playero para distraer de la corrupción de su partido. La aparición de Rafael Hernando, reescribiendo la historia, ha sido la impúdica imagen de un portavoz defendiendo a capa y espada la herencia ideológica de su partido.

El partido del gobierno ha practicado este verano la transparencia con mafiosos métodos que la justicia debería penar. Hasta ahora, el PP se presentaba como una corrupta panda que sufría el chantaje de uno de sus capos contables con décadas a sueldo del partido, una banda organizada y dispuesta a colaborar con la justicia que no ha dudado en destruir pruebas incriminatorias. Como cualquier empresa, dicen, han borrado o destruido los datos de los ordenadores requeridos por el juez sin hacer copias de seguridad. Han obrado lo que Garzón pretendió evitar.

Aún queda pendiente el cierre de la Escuela del Verano del partido en Gandía, donde proyectarán la película Malas noticias, sobre la caída de Lehman Brothers, y La ola, sobre el autoritarismo. El debate sobre la primera será moderado por Alfonso Alonso, quien contará con el privilegiado asesor Luis De Guindos, unos de los inspiradores del guión. El debate sobre la segunda película estará dirigido por Gallardón, aunque, dada la identificación del PP con los métodos exhibidos en el film, es de prever que se convertirá en una exaltación jubilosa de los gestos y poses practicados por Nuevas Generaciones durante los últimos meses.

El nuevo curso amenaza con una injusta reforma de la justicia, la dentellada de gracia al sistema de pensiones, la irracional aplicación de la LOMCE, la imposición del látigo en el mercado laboral, la desaparición de la universal sanidad pública y la impunidad de los ERE del PSOE y las corrupciones del PP. La Casa Real ha exiliado a sus miembros mediáticamente menos presentables, la Conferencia Episcopal seguirá alejada de los gestos y palabras del Papa Paco, RTVE continuará dinamitando la información y el pluralismo, veinte millones de votantes se preguntarán a quién narices votar y el Madrid o el Barça ganarán otra liga.

Todo es demasiado previsible, demasiado triste, demasiado cruel. Como la legendaria Penélope, el PP deshace lo que otros con más apoyo social hicieron, dejando la puerta abierta a que otros lo vuelvan a rehacer en un futuro ojalá que inmediato. También vale el mito de Sísifo como metáfora en la que unos elevan la roca hasta la cima para verla rodar nuevamente hasta el pie de la montaña. Esto no es democracia, es la condena a este bipartidismo podrido e insoportable que tiene la democracia como asignatura pendiente.

penelope

En franquismo no hay recortes

franquismo

“Ejemplar” fue la etiqueta para vender en su momento el tránsito de una dictadura a otro sistema político por el hecho de que la operación se realizó sin sangre, sin enfrentamientos civiles o militares, sin que se alterase el pulso cotidiano del país. Causó asombro y admiración la Transición española, más en el interior que en el exterior del país, más en una población aún temerosa que en los círculos del poder donde se habían diseñado las formas y contenidos que a continuación fueron bautizados como monarquía parlamentaria, dos conceptos antitéticos de compleja racionalidad.

La ausencia de violencia fue la más notoria señal de que la sociedad seguía atenazada por el miedo a revivir uno de los capítulos más negros de su historia, tan reciente que muchos de sus artífices seguían en activo. Se ofreció una amnistía como sucedáneo de un perdón catárquico e imprescindible que fue hurtado a la ciudadanía y que nunca llegó siquiera a plantearse. El juego de los miedos se impuso sobre el juego de la paz con operetas de ruidos de sables cuya puesta en escena contribuyó a asentar la monarquía, en el imaginario colectivo, como salvadora de la patria.

Los poderes económicos del franquismo se situaron en la base económica de la democracia y parte de la clase política curtida en las cortes franquistas continuó su papel en los escaños surgidos de las urnas. Figuras franquistas ocuparon las listas electorales de Alianza Popular (Fraga, Fernández de la Mora, Silva Muñoz, Martínez Esteruelas, López Rodó o Licinio de la Fuente) y las de UCD (Adolfo Suárez, José María de Areilza, Pío Cabanillas, Abril Martorell o Martín Villa), un aviso de que los jinetes de la dictadura seguían cabalgando en España.

La mayor contribución a la modélica Transición fue la renuncia del PSOE a su ideología y la firma del armisticio por parte del PCE para aceptar una monarquía impuesta por Franco como forma de convivencia. Lo dífícil estaba hecho: el franquismo se trasladó de las Cortes Españolas al Congreso de los Diputados y se mantuvo oculto en la formalidad democrática durante décadas, justo hasta el momento en que las heridas abiertas por la dictadura solicitaron cicatrizante para limpiar cunetas y fosas comunes. Hubiera sido ejemplar un gesto solidario para consolar a miles de familiares de represaliados que han sido ejemplares solicitando únicamente un lugar donde llorar. Hubiera sido ejemplar y democrático. Hubiera.

Es a partir de ahí, de considerar como afrenta recordar a un muerto, que el silencio se ha roto por parte de quienes ya no dudan en reclamar el Glorioso Movimiento Nacional como auténtica raíz de la planta que ha mantenido vivo algo más que su recuerdo. El Partido Popular y sus medios de propaganda han llevado a cabo una estrategia siniestra y vergonzante. Primero, la aceptación silenciosa de la democracia como disfraz; luego, marcar a la ciudadanía como “enemigo comunista y radical”; y ahora, la eclosión franquista de Nuevas Generaciones y de no pocos cuadros del partido con el incondicional apoyo de la nueva prensa del Movimiento.

La oposición radical por parte del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica y su defensa a ultranza de la permanencia de símbolos franquistas en el decorado de la convivencia adquieren su siniestro y verdadero significado ahora. No se trata de que esta Ley abriera heridas del pasado, sino de que pudiera cerrarlas digna y definitivamente, cosa que parece molestar al amplio segmento franquista del PP desde el momento de su publicación en el BOE. El PP necesita esos símbolos y esas heridas abiertas como aviso a navegantes, como una ventana de los horrores abierta al pasado que la modélica Transición no quiso cerrar.

La orgullosa e impune exhibición de banderas y saludos fascistas, la criminalización y la represión de la sociedad simplemente por opinar de forma diferente a ellos y las palabras de algunos de sus cargos públicos, son el pus que infecta la herida nunca cerrada en una sociedad, la española, que se creía en democracia y está comprobando que ésta no goza de buena salud. El peor de los síntomas son las justificaciones del aparato partidista que nos gobierna y su cierre de filas en torno a la defensa de la memoria de una impune dictadura asesina.

¡Oído cocina!

cocina

Hay días en que la actualidad se devora a sí misma con tal voracidad y virulencia que las arcadas son un mal menor para quien consume noticias de forma desprevenida. Los cocineros de la actualidad padecen estrés desmedido y los consejos de redacción parecen un ensayo de La Grande bouffe, dirigida por Marco Ferreri, donde la comida es sustituida por noticias. España se está convirtiendo en una impresionante cocina donde se producen primicias, no aptas para gourmet, a ritmo frenético y con la fecha de caducidad expresada en horas.

Las crónicas sobre Bárcenas y los EREs son un cocido de garbanzos, con abundante tocino y chorizo porcino, que atraganta a los españoles en el desayuno, el almuerzo y la cena (a quien pueda, hoy, comer tres veces al día). Si malo es engullir trapicheos de este calibre, peor aún es tragar las ruedas de molino con que los cocineros del PP y del PSOE tratan de escurrir el bulto aparentando aliviar la indigestión. La alta cocina política de España goza de una reputación, por méritos propios, equidistante entre lo pútrido y la cochambre. La factura es, no obstante, digna de El Bulli.

Los sucesos de La Zarzuela son un potaje, también abundante en chorizo, que hincha los estómagos forzando a un titánico ejercicio de esfínteres para evitar que los gases acaben con la capa de ozono. En este caso, las palabras de los cocineros del bipartidismo son un exceso de vinagre que raspa los esófagos y pellizca los hígados más allá del dolor físico. Según Martínez Pujalte, personaje que aún no ha vivido la transición, y eso que se conoce como derecha mediática, el potaje borbónico se le indigestará al juez instructor siguiendo la receta con la que cocinaron al juez Garzón. Todos respetan la justicia cuando se pliega a sus intereses: ésta es una mala noticia.

Las relaciones de Feijoo y de Rajoy con la narco marina gallega es una mariscada en la que el chapapote es más abundante que el marisco y los presuntos langostinos se quedan en camarones que cantan como pies sudados. En la línea de transparencia abanderada por el PP, Ignacio González propone “regular” las noticias que dañan a su partido. Es otro político más que hizo novillos cuando en este país se impartieron las clases de democracia y que añora con nostalgia otros tiempos en los que don Manuel Fraga ejercía de censor y amo de las calles a las órdenes de otro gallego de luctuoso recuerdo. Otra mala noticia.

La gran fritanga la están haciendo, con aceite de ricino requemado por el gobierno y sus medios de propaganda, con los escraches. Después de más de un año buscando un lider para el 15 M, el 25 S y cualquier movimiento ciudadano, quienes no creen en la conciencia colectiva y niegan la capacidad de pensamiento individual a la sociedad, han encontrado en Ada Colau el ansiado mesías para crucificar. El escrache de la PAH tiene un precedente cercano en las Nuevas Generaciones gallegas y otro más lejano en el Cobrador del Frac. Se rasgan las vestiduras de que haya niños en las casas de los políticos quienes diariamente acosan a todo el país desde el hemiciclo o desde el gobierno.

Mientras la cocina sirve raciones y tapas no aptas para el consumo humano, el maître Rajoy vuelve a recitar el menú de falsedad, especialidad de la casa, escondido tras su pantalla de plasma. De entrantes, actuamos contra la corrupción, representamos a quienes no han votado lo que hacemos desde el gobierno y hay que reprobar a quienes protestan porque pasamos de un millón y medio de firmas. De primero, en el 14 España crecerá con claridad; de segundo, hemos evitado el rescate; de tercero, la reforma evita destrucción de empleo. De postre, hemos superado la crisis financiera y la deuda soberana. Y como chupito digestivo, cortesía de la casa, he demostrado que estoy dispuesto a dialogar.

Rajoy sabe que las arcadas y la repugnacia ante los platos servidos impiden a la clientela escuchar con nitidez sus mensajes, sobre todo si es una pantalla de plasma la que habla. Se recomienda pedir el libro de reclamaciones e irse sin pagar.