Tontos de capirote

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Se veía venir. Que nadie se asombre. La ciudadanía española es tonta de capirote según un informe, uno más, que sitúa a España en el último vagón de cualquier tren que circule por el planeta, con la excepción puntual de algunas disciplinas deportivas. España hace poco tiempo que abandonó la alpargata como medio de transporte y de progreso y hoy se permite alardear casi únicamente de los triunfos deportivos alcanzados por una élite utilizada masivamente para anestesiar la realidad.

Una concienzuda prueba ha servido para presentar unos resultados que son notorios y evidentes para cualquiera que observe el devenir cotidiano de este país. No hay más que ver las reacciones de los políticos para que la moral se arrastre por el suelo al comprobar que estamos representados por la flor y nata de la estulticia nacional. Para el PP, la culpa es del PSOE; para el PSOE la culpa es del PP. Y tú más. Si el Congreso tuviese rincones, deberían ocuparlos sus señorías con sendos capirotes y orejas de burro.

Que el español medio es tonto lo acreditan los resultados electorales de las dos últimas décadas, pues siguen llenando sus alforjas los mismos lelos que han mentido y sisado reiteradamente legislatura tras legislatura. Por comunidades autónomas también es representativo el pulso de las urnas para determinar el escalafón de la idiotez entre los españoles. No hay más palurdo que quien vota a un inepto y así se ha llegado hasta aquí, hasta hoy, entre votos nulos, blancos, cautivos, ciegos, útiles y majaderos, que también hay votos majaderos.

Nada deben extrañar los resultados de PISA en un país que se educa con bazofia televisiva emitida desde canales ceporros, canales zopencos y una TDT estúpida y peligrosamente mentecata. Un país que adora a personajes tipo Belén Esteban, Paquirrín, Jorge Javier o Jordi González, que eleva las audiencias de Gran Hermano, Sálvame o El gato al agua, es un país genéticamente derrotado, un país con un problema más clínico que educativo. El consumo de telebasura deforma los cerebros y los convierte en papeleras, contenedores o letrinas, según las horas desperdiciadas ante la pantalla y el tipo de programa seleccionado.

Hay que preguntarse si para la tabulación de los resultados se ha tenido en cuenta que el segmento de población mayor de 50 años disfrutó de un sistema educativo tan exclusivo y excluyente como el que propone Wert con su reforma y el Partido Popular con sus recortes. Hay que preguntarse por qué no se han incluido preguntas o problemas relacionados con la religión o con el fútbol, parcelas del conocimiento en las que España hubiera arrasado. Y hay que preguntarse por qué, a diferencia de los países punteros, los políticos patrios meten continuamente las pezuñas en el sistema educativo.

Es lógico que, en un país de bobos contrastados, se trate a la población con la estúpida arrogancia que desprenden Rajoy, todos y cada uno de sus ministros y su coro de aduladores. Montoro habla desde una cátedra de necedad, Báñez desde el atril de la simpleza y Gallardón desde el púlpito de la sandez. Rosell es la estupidez personificada como Rouco es la memez santificada. Marhuenda, Losantos, Sostres, Moa y tantos opinadores oficiales componen una corte de ignorancia elevada a la categoría de despropósito.

Ante este panorama, la población silenciosa, el pueblo sumiso, la gente derrotada, otorgan al bipartidismo una lucidez que no le corresponde. PP y PSOE lo saben y por ello insisten en unos mensajes y unas actitudes cercanas al cretinismo. En cuatro años hemos pasado de la negación de la crisis/estafa por parte de Zapatero a la conversión de la misma en una negra realidad a la que Rajoy se refiere como “superación”. Si se sigue votando mayoritariamente a estos despreciables personajes es que el pueblo ha dejado de ser tonto de capirote para convertirse en orate perdido.

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