Los caminos de Santiago Rajoy

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La regenta de España, Ángela Merkel, se ha dado un vacacional paseo con su vasallo, el virrey Mariano, como colofón a sus merecidas vacaciones. El anfitrión la ha llevado a Galicia, cuna de luces poéticas, musicales, pictóricas, monumentales, y cuna también de sombras ultracatólicas y fascistas. Ellos dos, una de las parejas que menos enamoran de Europa, han hecho el camino de Santiago con la peregrina ilusión de enamorar al pueblo.

Los inversores extranjeros, la banca alemana entre ellos, adoran a Rajoy, su lacayo más fiel e incondicional en Europa. En un alto del camino, Rajoy ha celebrado que los inversores casi no cobran por comprar letras españolas porque confían en él y sus políticas. Su publirreportaje electoral no habla de los más de los más de 40.000 millones de recortes, previstos para los próximos tres años, en salarios de funcionarios, prestaciones por desempleo e inversiones públicas que ofrece a los mercados.

Tampoco ha hablado de la subida del IRPF y del IVA maquinada para el mismo periodo por De Guindos, uno de los talentos a quien el mundo debe el estallido de la actual crisis/estafa, quien presume de haber devaluado a los trabajadores españoles un 8,1%. El presidente, a los pies del apóstol, ha mostrado el cielo ocultando el infierno y la Dama de Hielo, agradecida, le ha prometido llevarse al ministro a la presidencia del averno europarlamentario.

Es sintomática la capacidad de los mercados, los inversores, para premiar a los bandidos con puestos de máxima responsabilidad. El FMI, el selecto club de malandrines y rufianes, donde se urden ruinas sociales a escala global, vuelve a tener en su presidencia a una maleante. No son las personas, es el sistema quien extorsiona y roba. La vía neoliberal se impone como único camino en Europa, en el mundo y, desde Galicia, irradia dolor y malestar social a toda España.

Es normal que un gobierno de integristas religiosos siga el Camino de perfección de Santa Teresa: “Donosa cosa es que quiera yo ir por un camino adonde hay tantos ladrones, sin peligros, y a ganar un gran tesoro”. Es normal que este gobierno responda a la oposición como señala Escrivá de Balaguer en Camino: “¿Quién eres tú para juzgar el acierto del superior? ¿No ves que él tiene más elementos de juicio que tú; más experiencia; más rectos, sabios y desapasionados consejeros?”. Para la ciudadanía, como para El Lute, sólo deja Camina o revienta.

El idilio entre Merkel y Rajoy, inevitablemente, evoca el apoyo de un dictador alemán a uno gallego en otro de los episodios más negros de la historia europea. El presidente de España, gallego sin complejos, sigue el camino usado por Franco para elegir alcaldes y diputados, el paso previo, como dice el maestro Forges, para que los elijan los bancos. Un paso más en un camino de regreso al pasado donde dejará de crecer la hierba democrática.

La fragancia del miedo impregna las decisiones del gobierno del Partido Popular, un miedo ancestral al pueblo, a la ciudadanía, a las personas. Ese miedo le ha hecho encauzar al país por el camino de complicado retorno que lleva a la pobreza y el hambre como instrumentos de dominación, un camino de terror. Antonio Machado advirtió del peligro que hoy amenaza: “Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar”.

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Wert: el toro que no cesa

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El señor ministro de educación siente que tiene cuernos, dos orejas y un rabo, amén de cuatro patas de las que se sirve, además de para caminar, para hacer algo parecido a pensar. No lo dice una servidora, sino que lo dejó caer él mismo en la recepción celebrada en el senado para conmemorar el 34 aniversario de una Constitución que su partido está corneando en la femoral de los derechos ciudadanos: “Soy como el toro bravo que se crece con el castigo”. Está crecido, sí, de astas que le dan un aspecto demoniaco a su ya siniestra figura.

Los destrozos causados por el ministro astado son para trasladar el sistema educativo directamente a la UCI de un hospital público, si quedara alguno tras la faena de los monosabios del ministerio de sanidad. El almacenamiento de alumnado en las aulas y las carencias de docentes en colegios e institutos se ha podido comprobar en el inicio de un curso con 80.000 alumnos más y 20.000 docentes menos. A pesar de todo, está satisfecho el ministro porque aún queda espacio libre en los pasillos de los centros ante eventuales complicaciones.

El ministro ha decidido dejar sin ayudas para material didáctico a casi 600.000 familias y a otras 25.000 ya las dejó sin beca el año pasado porque el ministro considera que les sobra el dinero. Para Wert, la cuestión es bien simple y no tiene nada que ver con los recortes ¿para que necesita un repartidor de bollería la licenciatura de empresariales? Capricho, estudiar es un capricho y los empresarios de este país, entre las cornadas de Wert y las de Báñez, están contentos, atendidos y bien servidos con lo que hay. No hacen falta más estudiantes, a no ser que los solicite Merkel.

Se crece el ministro con las protestas y no duda en colocarse la montera, atarse los machos y convertirse en torero por un día para incitar a la marea verde a hacerle una protesta como la chilena o la mejicana, como Dios manda. Con dos cojones” le ha faltado decir, que no pensar, seguramente con la testuz puesta en los subalternos Fernández Díaz y Cifuentes que saben cómo cornear con saña a la ciudadanía brava y rebelde. Si se radicalizaran las protestas, no faltarían Aguirre, Cospedal o cualquiera de la cuadrilla para señalar a los manifestantes como comunistas radicales y tal vez Gallardón señalaría a la República como culpable de todos los males de España.

Hoy se ha despachado el cuadrúpedo de educación afinando que la protesta anunciada para el 24 de octubre es política. Un cerebro bovino no da para mucho más. Ideológica, que no política, es su reforma, sus recortes y su concepto de la educación, pura ideología nacional catolicista de la prestigiosa ganadería franquista que pasa por una etapa de sobreproducción. Catecismo evaluable, Educación del Espíritu Nacional como materia transversal y, por supuesto, los niños con los niños y las niñas con las niñas, de la castidad y la abstiencia al cielo.

Es preocupante la fijación tan extrema que muestra Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte, hacia los toros. En plena crisis, en pleno desmantelamiento de la educación y de la sanidad públicas, en pleno ocaso inducido de la RTVE, no son pocos los ayuntamientos y diputaciones gobernadas por el PP que hacen un esfuerzo sobrehumano para subvencionar museos o celebrar eventos taurinos. Se han gastado un dineral para televisar una corrida los mismos que no encuentran dinero para adquirir los derechos de retransmsión de la última final de tenis ganada por Nadal, por ejemplo.

Wert es el digno sucesor del toro de Osborne en los paisajes patrios y su silueta merece ser estampada en banderas rojigualdas para que los cachorros de las Nuevas Generaciones las enarbolen en lugar de las franquistas. Los saludos e himnos son más difíciles de sustituir, aunque este sucesor de José María Pemán al frente de la educación española es capaz de crear una letra para el himno y, si se tercia, depurar al profesorado español. No le demos ideas.

La reforma divina de Wert

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El ministro de educación ha puesto la primera piedra para mejorar la enseñanza propinando una pedrada muy certera en la zona frontal del cráneo social, justo a la altura del pensamiento crítico. Ha tirado la piedra sin esconder la mano, orgulloso del servicio prestado a su dios, a su patria y a su rey, como un auténtico legionario María, un guerrillero de Cristo Rey del siglo XXI. El ministro, consciente de las evidentes deficiencias del sistema educativo, ha perpetrado su reforma, la séptima en 37 años, para ¿mejorarla? de forma sosegada, meditada y dialogada como nunca se había hecho, según sus propias palabras, arreando así otra pedrada, esta vez a la inteligencia.

Atento a la diversidad y al pluralismo, Wert vuelve a centralizar los contenidos de las materias troncales en un único y recoleto despacho de Madrid, un minarete desde el que un reducido grupo de muecines llamarán a la oración y evitarán que dos más dos sean cinco o que el Ebro pase por Badajoz. Los almuédanos evaluarán al alumnado para comprobar que toda España se sabe, por orden genealógico, la dinastía de los Borbones o es capaz de calcular a qué hora aterrizará en el aeropuerto de Castellón un vuelo de Ryanair, cargado de emigrantes españoles, que partió de Londres a las 13 p.m.

El conocimiento debe ser una nave adecuada a la movilidad exterior. La Formación Profesional a los quince años será la nao capitana de la juventud, un cayuco a los ojos un ministro que hubiera preferido adelantarla a los seis o siete años y convertirla en una fragata ganadora en el océano de la competitividad. Una lástima que no lo haya hecho y que nuestras empresas tengan que seguir sacando su producción a Bangladesh o Taiwan, verdaderos portaaviones del mercado donde las prácticas profesionales comienzan al final del periodo de lactancia. ¿Para qué perder el tiempo estudiando lengua, matemáticas o literatura que nada aportan a la economía?

Ya era hora de que alguien cogiera el toro por los cuernos y diera la puntilla al desmadre de los malos estudiantes. Se acabaron los suspensos reincidentes y los cursos sin repetición. Ya era hora. Con la ley Wert, los malos estudiantes serán marcados con suspensos y cursos repetidos. El problema parece ser un título mal expedido, no las causas que llevan al fracaso de un alumnado desmotivado, de un sistema apedreado en cada cambio de gobierno y de un profesorado acosado por padres, políticos y opinadores.

El gobierno que ha recortado más de 5.000 millones en educación desde que llegó al poder quiere mejorar la calidad educativa aumentando las ratios en las aulas, sobrecargando de tareas al profesorado y minorando los medios técnicos y materiales de los colegios. Toda una apuesta para demostrar que la educación pública no es sostenible y facilitar su privatización, priorizando las ofertas de colegios para niños y colegios para niñas, como dios manda.

La ley Wert ha acabado con el adoctrinamiento en las aulas. Se acabó la Educación para la Ciudadanía. Ha llegado la hora de la única y verdadera doctrina, la doctrina católica, apostólica, romana, neoliberal y falangista de las JONS, para más señas. España se equipara desde hoy a los estados teocráticos donde se legisla y se adoctrina desde las creencias religiosas, donde el pecado adquiere rango de delito y donde las sagradas escrituras tienen predicamento constitucional. Y todavía queda la sura de Gallardón. El único diálogo mantenido por este gobierno ha sido con Merkel, Rosell y Rouco. Para el pueblo, plasma y pensamiento único bien adoctrinado desde la infancia.

La nota en religión vale para conseguir una beca. El profesorado de religión podrá dejar sin beca a hijos de gays o lesbianas, a niñas con la falda por encima de la rodilla o a quienes no pasen el domingo por el confesionario. El alumnado compensará su desconocimiento de la ley de Newton con el teorema de la Santísma Trinidad, el análisis de un soneto de Quevedo equivaldrá al recitado del Padrenuestro y las carencias de la tabla periódica se suplirán con el misterio de la conversión del agua en vino. Por fín se enseñará científicamente que Darwin se equivocó, que los hijos nacen en el costillar femenino, que la mujer es el origen de todo mal y que una familia la componen una mujer virgen, un hombre con oficio y una paloma.

España habrá echado a perder la generación mejor preparada de su historia, pero tiene garantizada la generación más devota de Europa. Si alguien no lo remedia pronto.

Merkel 8 : Rajoy-Zapatero 1

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Tenía que pasar. Pretender llevar una vida ajena al negocio del fútbol no es fácil, como no lo es evadirse de modas, eventos sociales o familiares incómodos que siempre están a mano. Es una odisea buscar unas gafas que no “se lleven”, un calvario rechazar invitaciones a bodas, bautizos o comuniones, y una batalla campal ejercer la sinceridad con un cuñado o una prima hermana. No entender o atender a la actualidad futbolera es, sencillamente, un imposible.

Por sus propiedades adictivas, el fútbol es utilizado para generar negocio y, por su innegable capacidad socializadora, para adoctrinar. Me cuentan que hay adultos que sacan el carnet de un club a sus vástagos antes incluso de inscribirlos en el registro civil. Conozco algún niño que viste la camiseta de un ídolo pelotero y desconoce la historia de Cenicienta. He visto jóvenes en la cola del paro calzando extravagantes y caras zapatillas lucidas por su héroe dominguero. Sé de malabaristas de la nómina capaces de ayunar para atender el abono de su club. He comprendido que el forofo, el hincha o el hooligan, no nacen: se hacen. Desde pequeños.

No he podido eludir dos tremendas debacles nacionales acaecidas esta semana y, sin remedio, he sentido angustia y desazón en mi espina dorsal. Estos sentimientos no nacen de dos derrotas deportivas, sino de la derrota social que supone el hecho de que compitan en las cabeceras de los noticiarios, y las cabezas de la gente, con 6.202.700 personas en paro o 370 muertes en Bangladesh, en su mayoría personas esclavizadas que fabricaban camisetas para el mercado del balompié. Los mismos noticiarios han despachado la letanía rutinaria de corrupción, recortes y democracia descafeinada para acompañar el almuerzo o la cena.

Esa amalgama informativa sugiere la triste sensación de que fútbol y política son almas gemelas. Los dos equipos que más dinero e intereses mueven, condenados a ganar, disputan una liga amañada, que necesita equipos secundarios, condenados a perder o a esperar que los grandes fallen, para simular una auténtica competición deportiva. Los dos partidos políticos que más dinero e intereses mueven, condenados a ganar, también necesitan el concurso de partidos secundarios, condenados a perder o a la espera del fallo, para simular que este amañado sistema electoral es una democracia decente.

El pueblo apuesta a caballo ganador impulsado por el marketing político y la mercadotecnia deportiva que ataca directamente a las filias y las fobias individuales y colectivas. El disfrute de la derrota ajena no es gusto por el deporte, sino insania destructiva motivada por un odio hábilmente canalizado. Disfrutar de los errores ajenos no es una actitud demócrata, sino impulsos totalitarios liberados. Ser madridista o barcelonista, del PSOE o del PP, son muestras de racionalidad deportiva o política. Ser “antialgo” es una práctica asocial y degenerada de ambas disciplinas, rayana en la violencia irracional, demasiado extendida entre la población.

La prensa deportiva, el Madrid y el Barça fomentan la irracionalidad cuando los argumentos del juego escasean y los resultados no acompañan. Eso vende, que es de lo que se trata. La prensa generalista, el PP y el PSOE hacen lo mismo. Eso vende, que es de lo que se trata. Remata el paralelismo que Zapatero se declare culé y Rajoy merengue, dos políticos mediocres y dos clubes prepotentes a la conquista de Europa hasta que llegaron Merkel y la Bundesliga.

La semana que viene, en pleno apogeo de santos patrones y romerías por toda España, sólo se espera la posibilidad del milagro deportivo. En lo político, la encomienda de Fátima Báñez a la Virgen del Rocío no ha dado, ni dará, resultado. Las velas neoliberales del sur de Europa están obrando el milagro de la economía alemana, que es de lo que se trata.

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La ley del silencio

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El presidente del gobierno y su partido, lenguaraces opositores apenas hace dos años, ganaron las elecciones con un programa de gobierno henchido de silencio sobre sus intenciones reales. Ganaron e instauraron un nuevo sistema de comunicación basado en la mentira para justificar medidas en favor de empresarios y financieros, la manipulación para apuntalar medidas contra los votantes y el silencio para resolver dudas sobre la corrupción con que han obsequiado al pueblo. Suyas son las ruedas de prensa sin preguntas, donde se silencia la incomodidad, o la magistral comparecencia de una pantalla de plasma tras el atril presidencial.

Dictaron silencio para Baltasar Garzón condenando al olvido, por segunda vez, las cunetas y fosas donde yacen restos de españoles doblemente asesinados. La misma sentencia sirvió de sudario para intentar envolver la Gürtel que compite con el silencio roto de los EREs. Silencio en Valencia y Galicia. En Baleares y Madrid, silencio. Silencio sobre el rescate a la banca. Evasores en silencio. Silenciosos defraudadores. Obediencia silenciosa y ciega a Merkel. El gobierno y el PP, ante el sufrimiento, guardan silencio, sospechoso, siniestro y cómplice silencio. O mienten.

Cuando rompe el silencio, cuando el gobierno toma la palabra, es para exigir silencio a los profesionales de la sanidad, a los de la educación, a los pacientes, a los estudiantes, a los padres, a los artistas, a los intelectuales, a los trabajadores, a los parados, a los mayores, al pueblo entero. Y para exigir sacrificios a quienes no disponen más que de sus vidas para sacrificar, exigir austeridad al pobre, comprensión al incomprendido, paciencia al desesperado, confianza al traicionado, ánimo al desalentado y silencio a todo aquel que necesita gritar ante tanta injusticia silenciada.

Silencio en las calles, en los hogares, individual y colectivo, público y privado. Silencio para empobrecer, para estafar, para recortar, desemplear, reprimir, golpear, multar y encarcelar. El presente silencioso que impone el gobierno no tiene más perspectiva que un futuro sordo y mudo a corto plazo y ciego a medio plazo, un futuro sin sentidos, artificial, inhumano. Se trata de un silencio de escalofríos, apenas protestado, dolorosamente soportado, el macabro y caníbal silencio de los peperos.

Y si fúnebres son los silencios practicados y exigidos desde Moncloa y Génova, clamoroso es el silencio de la Conferencia Episcopal ante tanta pobreza sobrevenida y dañino el sumiso silencio de gran parte del rebaño ciudadano. El del PSOE es el silencio de la derrota, el silencio de quien habló mal o de más cuando tuvo ocasión, el silencio preciso de quien no tiene nada nuevo y creíble que decir, es el silencio de quien hace tiempo dejó de ejercer como voz del pueblo.

Ante tanto silencio se alzan voces anónimas, voces de la calle, voces no profesionales, que trata de silenciar el bipartidismo que no las representa mediante una represión criminalizadora que las acosa, fustiga, amenaza y condena. Desde el poder sólo se permite a estas voces el uso de la palabra para entonar el mea culpa y pedir disculpas. Para hablar sin freno ni cortapisas, el PP y el gobierno se han hecho con los servicios de mercenarias lenguas que regüeldan y roznan, para deleite de sus incondicionales, desde la TDT y una prensa limosnera no apta ya ni para envolver viandas.

Históricamente, una de las peores amenazas hacia la democracia ha sido precisamente la imposición de la ley del silencio. En ello están.

Discúlpenme piratas financieros, corsarios laborales y bucaneros de hemiciclo, discúlpenme, no puedo callar. Ni quiero.

Mentiras y silencios

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Las mentiras anidan en los oídos y amenazan con desahuciar la razón de los cerebros para instalar en ellos una realidad paralela, virtual, prefabricada, hecha a la medida de los profesionales del embuste. La inmediatez actual de la información ha favorecido la aparición de un ejército de pinochos que a diario pone sus huevos en los pabellones auditivos acondicionándolos con cerumen intencionado y torticero. Los engaños, parásitos de la comunicación y la convivencia, necesitan de muy poco para crecer y multiplicarse y lesionan de gravedad los organismos que los acogen.

La ciudadanía está infectada de mentiras y parece disfrutar rascándolas en lugar de extirparlas y sanar sus oídos, como sería lógico, antes de que el cerebro colectivo se resienta. En pocos días, los medios de comunicación se hacen eco, o las producen ellos mismos, de decenas de mentiras que bordan la actualidad, para ajustarla al deseo de Pinocho, y bordean la dura realidad social. Conectar una radio, una televisión, un ordenador, o leer la prensa, son hoy actividades de riesgo que se practican con cierta inocencia infantil. Como mal menor, las noticias cabrean hasta sacar de quicio.

Definitivamente, la dignidad se pierde cuando Pinocho mueve la lengua ante un micrófono o se deja acariciar por una cámara. Sabe que va a mentir, que pasará por mentiroso, pero es el papel que ha elegido y trata de hacerlo bien, con desparpajo, con profesionalidad, sin dignidad. Sabe que sus compañeros de escenario haran lo mismo, que sus apuntadores mediáticos reforzarán su mensaje, que sus trolas tendrán que competir duramente con los bulos de otros pinochos y que las falacias del día siguiente ocultarán bajo un pliegue de la memoria las de hoy. También sabe que los oídos del público se rigen por la máxima goebbeliana “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” y el aforismo daliniano “que hablen de mí aunque sea mal”.

Produce estupor ver o escuchar a los máximos responsables de un partido político y de una nación mentir ufana y reiteradamente sobre el caso Bárcenas. Es pasmosa la arrogancia con la que Merkel engaña a Europa sobre la necesidad de extender la pobreza para crear (su) riqueza. Es asombroso que el estado hable de proporcionalidad en las cargas policiales contra manifestantes. Es desconcertante oír decir al actual gobierno que su objetivo es el estado del bienestar. Es sobrecogedora la manera en que los partidos presentan un programa que no dudan en asesinar cuando alcanzan el poder. Repiten, repiten y repiten sus mentiras, una, dos, tres y mil veces, para transfigurarlas en verdad.

Hasta el límite de la indignidad se han arrastrado como culebras, en un solo día, la señora Dolores De Cospedal y el señor Toni Cantó. No cabe mayor afrenta ni desdén hacia la inteligencia que las palabras de una persona, adicta a los sueldos y a la erótica del poder, para explicar la situación contractual de Bárcenas en su partido. Tampoco se puede imaginar mayor escarnio y vejación hacia las mujeres que las palabras, tan populistas como peligrosas, pura ideología UPyD, escritas por un cómico-florero, otrora galán de los escenarios, para que se hable de él, aunque sea mal, y volver a remolcar su figura ante las cámaras.

Pero la angustia, la ansiedad, la aflicción, la inquietud y el desconsuelo se instalan en nuestros oídos cuando en ellos anida la peor de las rapaces, lo peor de la fauna política, el silencio. Nadie en el PP quiere nombrar a Bárcenas, hicieron memorables cabriolas verbales para no hablar de rescate, contorsionaron el lenguaje para eludir sus privatizaciones como parte de nuestra realidad y, ahora, la Comunidad de Castilla La Mancha quiere desahuciar del diccionario la palabra desahucio. Silencio. Ruedas de prensa sin preguntas. Respuestas envueltas en el celofan de la mentira. Silencio e impunidad.

Alguien de los suyos

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Como todo el mundo sospecha, Eurovegas es una tapadera. Los negocios se han convertido en una actividad social turbia y perversa que atiende menos a satisfacer las necesidades de la población que a satisfacer los egos dorados y metálicos de una minoría que sólo amasa dinero y poder. Nadie tiene como prioridad apostar su vida en un tapete, y menos aún en un tapete donde se esparcen los naipes marcados por los dueños del casino. Eurovegas es una tapadera.

Abierta la tapadera, los olores facultan a cualquier pituitaria para constatar por sí misma la verdadera naturaleza de lo que se aloja en el contenedor. El cubo de Eurovegas huele mal y, pasado el hedor inicial, se van distinguiendo diferentes aromas, nada agradables, que pueden ayudar a identificar su contenido. Junto a la basura reconocible que generan los casinos, hay restos orgánicos identificables, con poco magen de error, como pulsos políticos y lucha por el poder. La presencia de gaviotas carroñeras a su alrededor es un indicio más de que en Eurovegas se juega algo más que unos euros.

En el acantilado de la calle Génova, donde anidan las gaviotas peperas, Maquiavelo ejerce de instructor de vuelo. Allí, Aznar, aclamado profeta por su partido, sublimó sus mayorías absolutas entendiendo que el poder era suyo y para siempre. Al final de su segundo mandato decidió retirarse a su laboratorio para, desde allí, mover los hilos de un poder que repartió, como un padre la herencia, entre los suyos. Fue entonces, allí mismo, cuando los herederos evaluaron sus partes, cuando miraron de reojo las partes de los otros; en ese momento, en ese lugar, se dasataron los cordones de la concordia y se afilaron envidias y celos para reclamar una parte mayor de la herencia.

Los pasillos de Génova se cubrieron de una espesa neblina de sospecha que apenas daba para ocultar el desfile de sombras embozadas en gabardinas y cubiertas por sombreros fajados. Esquinas y despachos alojaron espías y el ambiente se impregnó de intrigas y maquinaciones entre sus propios moradores. Eran los años de la primera derrota post Aznar, los primeros años de un sombrío sucesor que cosechó derrotas ante el cándido y bisoño oponente de un PSOE ocho años sumido en similares maquinaciones y enredos. Fueron los años en que la Comunidad de Madrid envió espías al Ayuntamiento, los años en que comenzaron las vendettas internas.

Aguirre, Gallardón, Cospedal, Rajoy, Aznar, Mayor Oreja, Fraga (y sus cien mil hijos)… un plantel de sospechosos digno de Le Carré, Chandler, Hammet, Christie, Highsmith, Simenon, González Ledesma, Juan Madrid, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán. Todos contra todas, centro derecha contra derecha radical, PP contra Partido Popular y Aznar, desde su cuartel de invierno, observando a sus vástagos y moviendo los hilos de una partida en la que él, la derecha radical, mueve todos todos los peones, todas las fichas, todos los hilos que le deja Merkel. La conjura se puso en marcha al día siguiente de que Rajoy fuera investido presidente.

Aguirre, despechada, lució la prenda de Eurovegas para reivindicarse ante la mirada furtiva de Josemari; Gallardón, exultante, escupió sobre el casino desde su estrado ministerial; Cospedal se hizo fuerte en su principado manchego; Fraga sonrió desde el cielo de Franco y Pinochet; y Mayor Oreja intentó mojar la oreja a Rajoy sin éxito. En medio de la contienda ha estallado la bomba Bárcenas sin que a nadie le conste su existencia desde los años ochenta. Las miradas que antes se espiaban, ahora se señalan. La guerra está servida. Eurovegas, como se sospechaba, es una tapadera y Aguirre es señalada por los suyos como la garganta profunda que ha puesto en marcha el temporizador.

Mientras tanto, la ciudadanía traga cicuta neoliberal con la insólita esperanza de que sea el propio gobierno quien sufra sus efectos. Como César, Rajoy tiene todas las papeletas para caer, no envenenado, sino herido por uno de los suyos.