Charlie y la hipocresía

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Tres días de terror, de angustia, de dolor, de impotencia, de solidaridad y también de hipocresía. Ante un atentado como el sufrido por los humoristas de Charlie Hebdo, las industrias se han desatado en una vorágine de reacciones con inusitada magnitud emocional. La industria informativa ha hecho su agosto, la política ha llenado sus redes, la religiosa ha desbordado los templos, la armamentística se frota las manos y las redes sociales se han llenado de “Yo soy Charlie”.

Suele suceder, como antesala del olvido, cada vez que un hecho se escribe a sangre y fuego en una página de la historia cotidiana. Lamentablemente, estos episodios son diarios en un mundo eternamente entregado a la guerra y la barbarie, pero el uso de mayúsculas, negritas o cursivas se supedita al lugar donde se producen los hechos, a la filiación de quienes los sufren o al servicio prestado por quienes los perpetran. La escala del dolor cotiza en las bolsas ideológicas al alza o a la baja en función de cada inversor.

La Historia advierte, y caso omiso se le hace, de que todas las cruzadas son de ida y vuelta, de que el diálogo de las armas sólo vale para hablar de muerte y de que las desigualdades aniquilan al ser humano. Las sociedades se levantan sobre cimientos de sordera que las condenan una y otra vez a repetir sus fracasos porque los éxitos son acaparados por unas minorías encumbradas por el miedo y la ignorancia de las mayorías. Ahí tienen su origen todos y cada uno de los fanatismos religiosos que sustentan los fanatismos económicos, políticos y militares que condenan al mundo a lo que hoy es, pura destrucción.

Aún calientes los cadáveres, las reacciones de fobia y odio se han reavivado, como se ha visto con Le Pen al proponer como remedio homeopático a la barbarie la misma barbarie de plomo. La yihad occidental reclama su turno para hacer exactamente lo mismo que la yihad oriental en el macabro negocio del terror, el odio y las armas. Los talibanes grupos defensores de la supremacía occidental han sacado sus banderas y sus rapados cerebros a pasear en varias ciudades europeas, supuestamente por solidaridad, realmente por ciego fanatismo.

En España, recuerden que is different, Esperpento Aguirre se ha apresurado a utilizar el atentado de París para eximir de culpas a su conciencia aduciendo que demuestra que el 11M no tuvo que ver con la guerra de Irak. Pretenderá desligar las acciones del fundamentalismo mercantil de la OTAN en Irak, Afganistán o Libia y el permanente apoyo al genocidio practicado por Israel, de las reacciones del fanatismo yihadista. En España, is different, no existe Le Pen porque existe Le PPen.

Todo el espectro político ha condenado el asesinato de la sonrisa y el humor, el abanico mediático ha exhibido una enconada defensa de la libertad de expresión y la ciudadanía es Charlie por unos días. En la different España, el Partido Popular, sus medios afines y su militancia han izado la bandera de la hipocresía, una vez más, para defender lo que a diario atacan. La libertad de expresión ha sido manchada al ser reivindicada por el partido que ha promovido la Ley Mordaza, los medios que la han jaleado y los millones de españoles que, con su voto, son cómplices de ella.

Hace poco tiempo, un rato en la historia, la portada de El Jueves mofándose de los actuales reyes fue censurada, fue amenazada por caricaturizar a La Macarena la revista Mongolia y autocensuró su propietario otra portada de El Jueves por tildar a la monarquía de mierda. Facu Díaz ha sido imputado, Alfon, Carlos y Carmen han sido condenados, Loles León ha sido despedida y los manifestantes son golpeados, amenazados, identificados y multados por salir a la calle a practicar la libertad de expresión. España is not different, su gobierno es hipócrita, más bien idiota y peligroso como Le Pen.

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Podemos y la extrema derecha

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Podemos la ha liado, ¡y de qué manera!, con sus resultados electorales. Ya no se habla de Europa, lo del PSOE no interesa, liga y champions son agua pasada, ni siquiera el no celibato del Papa llama la atención. Todo el mundo habla de Podemos con ese don de lenguas que la naturaleza ha regalado a los españoles. Se ha dicho de todo, sólo le falta una canción para ser portada de la revista TIME, aunque ya lo fue hace tres años sin que la casta política parezca haberse enterado.

Desde que el PP llegó al poder, profesionales de la salud, la enseñanza, la minería, la pesca, la farándula, cualquiera que piense de distinta manera, son (somos) violentos radicales de extrema izquierda. La coleta de Pablo Iglesias, ¡cómo no!, es la evolución natural de la perilla de Lenin, el bigote de Stalin y las barbas de Bakunin. Ya lo saben: los 1.245.948 ciudadanos que han votado a Podemos, y los 1.562.567 que lo han hecho a IU, han votado a la extrema izquierda.

La indigestión electoral ha provocado eructos en el PP, flatos en el PSOE y un ladrido que llama la atención. A Rosa Díez, nómada del limbo ideológico, le ha resbalado una neurona hasta la lengua y ha comparado a Podemos con el partido de Le Pen. Tras la carcajada al escucharla, casi de inmediato, se encoge el corazón y el cerebro se nubla ante la pregunta que subyace en sus palabras: ¿dónde está la extrema derecha española?

La extrema derecha asoma peligrosamente en Europa, en Francia con más de medio cuerpo fuera de la ventana, y en España apenas ha sumado 322.000 votos entre seis candidaturas. ¿Dónde está la ultraderecha patria? Esta incertidumbre, este prodigio de moderación de los hijos de buena estirpe, confiere celestial bondad a la derecha española, la derecha como dios manda. En España sólo hay extrema izquierda, eso sí, con casi tres millones de votos y más que vienen de camino.

En España no hay patriotas con los cerebros rapados, por fuera y por dentro, y armados de bates de beisbol para herir o matar emigrantes. No hace falta. Fernández Díaz, cumplidas sus diarias obligaciones espirituales, ordena y dispone que sea la Guardia Civil quien realice tan sucio trabajo sacudiendo concertinas que hieren o disparando pelotas que matan. Y sus votantes lo aplauden, esa parte de sus votantes que encajarían en el Frente Nacional o Amanecer Dorado. Son millones.

En España no hay escuadrones que atiendan en exclusiva a españoles. De excluir y desatender las necesidades sanitarias de los que llegan, los que se salvan, se encarga Ana Mato y va más allá que Le Pen proponiendo que se desatienda a los españoles emigrados. De negarles otros derechos, se encargan los padrones municipales en manos del Partido Popular. Y quienes votan eso escogen, también a millones, papeletas de la gaviota.

En España no hay partidos neonazis, sino un partido neofranquista que mantiene símbolos y nombres de la dictadura en sus corazones, en las calles y en las plazas. El ministro Wert es un exponente de la españolización a lo Una, Grande y Libre inculcada en la escuela nacionalcatólica que prepara. Y las Nuevas Generaciones, consentidos flechas y pelayos, son un hervidero de saludos, banderas y proclamas al más puro estilo de las hitlerjugend alemanas.

Ya lo dijo Fraga en 1977: “Alianza Popular ha sido concebida como lo que es: como una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos cuarenta años”. En esas estamos. El miedo a un partido sin corrupción, transparente y formado por personas de la calle es lógico para la casta. Aire fresco por fin en las urnas. Otra política es posible, aunque sea de extrema izquierda. Nuestra esperanza es su amenaza.

Europa, España y la extrema derecha

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La Gran Depresión de 1929 produjo un periodo de crisis económica, social y política en Europa acentuada por su reciente salida de la Primera Guerra Mundial. En Alemania, Hitler gobernaba gracias a su habilidad propagandística para canalizar el descontento y la economía y la industria encontraron en él un elemento amigo para su reestructuración y crecimiento. Moderada la inflación y frenado el desempleo, Hítler aprovechó el “milagro” para modelar a las seducidas masas con su oculto programa de racismo, belicismo y totalitarismo conocido como nazismo.

Como en el 29, Europa vive hoy un periodo de crisis perfectamente orquestada por la industria y las finanzas, con idénticos visos de estafa, que también ha producido descontento social. La manipulación y la propaganda han señalado, como hizo Hitler, a los mismos enemigos de entonces, débiles enemigos desamparados a quienes se les ha otorgado un estatus peligrosidad social y de inferioridad previo a su aniquilación. Vuelven a ser la inmigración, las minorías étnicas y los descontentos con el sistema, dianas asequibles y prescindibles.

Como en toda crisis, la planificación económica se acompaña de planificación política. La acción de la troica, encaminada a diezmar lo público en beneficio de lo privado, es escoltada por una acción política que fija sus objetivos en un autoritario control de los derechos y las libertades cívicas, paso previo al totalitarismo. La vieja Europa, saturada de recia y contundente propaganda, entrega sus votos y sus esperanzas a partidos de extrema derecha que ya han dicho cómo hay que pensar. Los resultados son alarmantes, el de Marine Le Pen en Francia es el último.

Soflamas xenófobas, exacerbación antiizquierdista y germinación de nacionalismos patrios con mayor o menor extensión, calan en un electorado maltratado por la banca, la élite empresarial y la política a su servicio. Este derechista caldo de cultivo se condimenta con recetas tradicionales que le dan un inocente sabor a incienso: aborto, cristos, homosexualidad, vírgenes, caridad, santos y fe ciega en general. El plato para un nuevo estallido mundial, de nuevo en Europa, está servido y las colas para ingerirlo son muy largas.

España, siempre diferente y a cubierto de la modernidad, lleva la cosa como ha hecho a lo largo de su historia. Predicadores de la TDT y de la prensa extremista como Paco Marhuenda, Miguel Ángel Rodríguez, Salvador Sostres, Jiménez Losantos, Antonio Jiménez, Javier Algarra o Alfonso Merlos ofician a diario ceremonias de exaltación ultra. La jerarquía católica agita las aguas democráticas para hacer caja y engrosar el rebaño. Y todos juntos asisten a una beatificación masiva con presencia de la ultraderecha política instalada en el gobierno.

Los nacionalismos catalán y español escenifican un enfrentamiento absurdo, estemporáneo y vacuo cuyo trasfondo no es otro que propiciar enfrentamientos civiles. España ha entrado en la áspera y peligrosa senda por la que transitan el galicismo de Le Pen o el helenismo de Amanecer Dorado, vereda de odio y violencia flanqueada de bates de béisbol y totalitarias simbologías excluyentes. El partido que gobierna el país no le hace ascos, aplaude en la intimidad y, ante la grave situación que vive España, el Mesías Aznar se insinúa como agitador salvapatrias. Su amenaza tremendista, su populista “o yo o el caos”, es un perverso y siniestro aviso totalitario nada ajeno a las raíces de su partido.

Las bestias financieras han hecho caja y parecen contentas con el mísero esclavismo impuesto a la población. Las fieras políticas buscan con hocico dentado los tuétanos ciudadanos. La extrema derecha avanza en Europa y en España. Avisar, avisan.