Rajoy, trituradora neoliberal

marionetaRajoyEra imposible. La capacidad del presidente Rajoy para avergonzar a los españoles parecía no tener límite. Su IEP (Índice de Estulticia Personal) parecía llamado a figurar con letras áureas en ese libro de los récords que mide la estupidez humana a nivel mundial. También parece imposible que haya mantenido el tipo sobre la silla, esperando las embestidas de los españoles, incluido su propio partido, casi cuatro años.

El sandio presidente ha dicho que reconoce errores y cambiará todo, menos la economía.

El presidente ha sido sincero, penosamente sincero, y ha delatado lo que se sospechaba de él. Alberti, vía Calderón de la Barca, tituló su libro, su canto a los clásicos del cine cómico mudo, “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. El presidente llegó tonto a la Moncloa y saldrá de ella siendo dos tontos, bien pagados ambos. Se sospechaba y se confirma: Mariano no es humano, sino una marioneta empalada por los brazos de decenas de ventrílocuos que han hablado por su boca durante casi cuatro años.

La pose más necia de Mariano balbucea que no va a cambiar la economía.

El presidente que ha negado hasta la saciedad la corrupción de su partido hizo sus pinitos como bobo mayor del reino con la gestión de los hilillos de plastilina del Prestige. El presidente que niega y reniega el rescate a la banca se asoma al balcón de la corrupta sede de su partido y no ve en la calle más que tontos porque “hay que ser muy zoquete para votarme”, se murmura a sí mismo. Quizás lo más humano de la marioneta que nos preside hayan sido sus comparecencias en plasma.

Insisto: el presidente reitera que no cambiará la economía.

Hay que ser muy tonto, tal vez el más tonto de los tontos posibles, para hundir la RTVE y ahuyentar a la ciudadanía de dos canales y varias emisoras, dejando la audiencia a los pies de alternativas menos zafias, burdas y chabacanas. Y más tonto si cabe es pretender que el fracaso electoral se debe a unas televisiones cansadas de la monotonía delictiva y judicial protagonizada por cientos de cargos públicos del PP.

No va a cambiar la economía. Mariano lo cambiará todo, menos la economía.

Costaba trabajo creer que el presidente se creyese sus mantras de que la crisis ha terminado, que el país está en plena recuperación y que se crea empleo, mucho y de calidad. Y lo peor no es que se lo diga al pueblo, de su talla intelectual, que ha vuelto a votar PP en las pasadas elecciones tras sufrirlo casi cuatro años en el poder. No. Lo peor es que no se le cae la cara de vergüenza cuando lo suelta, tal cual, en foros internacionales donde interpreta sobradamente el papel de bufón de la corte.

Lo está haciendo de maravilla, no tiene por qué cambiar la economía.

El partido en el poder ha pensado que meter el dedo en la llaga de ETA o airear Venezuela y Cuba como fantasmas le iba a deparar los mismos votos de siempre. El Partido Popular se ha mostrado como un partido netamente populista y más dictatorial que sus criticados, con hechos, además de con palabras. La miseria en Venezuela está muy por debajo de cómo la encontraron los bolivarianos a pesar de la jugada petrolera de USA en la zona. La miseria y la desigualdad en España están muy por encima de donde las encontró el gallego neoliberal. Son su herencia.

Tiene muy claro que no cambiará la economía. El presidente, digo.

Representan un peligro no ya la marioneta, sino los brazos que, desde la zona más baja de su espalda, mueven su cuerpo y su boca. Son peligrosas gentes como Esperanza Aguirre, Ana Palacio y muchos cargos públicos del PP con el guerracivilismo desatado, las trituradoras de papel a pleno rendimiento, los trituradores de periodistas golpeando y amenazando y la policía identificando a los agredidos. España es cada día que pasa un poco menos democracia, un poco más dictadura.

La economía neoliberal ha triturado España. El problema, precisamente, es la economía… ¡idiota!

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Vivir para trabajar para vivir para

trabajarVivir

No hay que tener el título de abuela o de nieve el cabello, como dice algún cursi o poeta, para contar a cualquier joven historias llenas de pasado y ofrecerlas como plan de futuro, como un deseo mágico. Son historias simples, personales pero mundanas, casi universales, las que hablan del tiempo como el bien más preciado al que puede aspirar una persona. A la suma de todas las gotas de tiempo que nos empapan la solemos llamar con un nombre lleno de segundos, se primaveras, de otoñales días, de años, de lunas soleadas y también de inviernos y ocasos. La llamamos Vida.

Se desconoce en qué momento de la historia, de las vidas secuenciadas de toda la humanidad, se produjo el seísmo social que derribó lo natural para imponer el artificio como modo de vida. Unos dicen que es cosa evolutiva de los “sapiens”, otros iluminan con mitologías diseñadas con miedos divinos y todos se rinden al alejamiento de la naturaleza y a la pérdida de la libertad. La libertad tal vez sea, consustancial a la biología, una cuestión de tiempo. El tiempo debe ser libre o no es.

El “sapiens” lee en el diccionario “ocio: 2. m. Tiempo libre de una persona” como un mensaje secreto escrito en una postal que carga con la sospecha de ser un epitafio. Lo lee y piensa de inmediato en la brevedad de su tiempo libre, acosado por el tiempo no-libre que puebla la mayor parte de la vida. Piensa el “sapiens”en lo contrario de lo que lee, lo busca y lo encuentra: “negocio: (Del latín negotium [nec otium]: ‘sin ocio’) 1. m. Ocupación, quehacer o trabajo”.

Ahí está la clave, en el trabajo como consumidor de tiempo, como medidor de vidas para trocarlas por un oro cuyo valor debiera ser insignificante comparado con tiempo y vida. Ahí está el negocio, en privar a la humanidad de sus bienes más preciados. Se podría hablar a un joven cualquiera de tiempos dorados en que un tercio del tiempo, ocho horas, era el pago para disfrutar de los otros dos tercios, el tiempo libre. En un país tan cercano como España, en un tiempo tan lejano como puedan ser dos legislaturas, la palabra temporalidad era apenas un sarpullido social, hoy cáncer terminal.

Trabajar y vivir son los dos extremos del péndulo dialéctico que oscila sobre la preposición “para”. La clase política se afana en conseguir que las personas acepten cabizbajas que la única opción es vivir para trabajar y la ciudadanía, en cambio, sólo aspira a trabajar para vivir. La reforma laboral del Partido Popular ha destruido la linde que separaba el ocio del negocio perfilando la difusa frontera de la temporalidad esbozada por el PSOE en los años 80. Se puede contar a un joven cualquiera la hermosa historia de los contratos indefinidos que permitían construir una vida de ocio alrededor de la participación en negocios que eran cosa de dos: empleado y empleador.

En este contexto de robo generalizado de tiempo ajeno se conoce el horario de entrada al tajo, pero no el de salida, la cuantía mínima del salario, pero no el valor de mercado del trabajo realizado. Llaman competitividad a las prácticas esclavistas reproducidas en una Europa supuestamente libre y pretendidamente moderna, social y emancipada. Llaman recuperación a la concentración de dinero en muy pocos bolsillos, a punto de estallar porque ya más no cabe en ellos.

Se escucha a la ministra Báñez o al presidente Rajoy hablar de creación de puestos de trabajo y un joven cualquiera piensa en setecientos euros a cambio de olvidar que el reloj marca sus biorritmos con sus necesarias pausas. Habría que narrar a esa juventud los esfuerzos que llevaron a disfrutar unas consensuadas condiciones laborales que permitían vivir y trabajar al mismo tiempo, construir sobre el presente los proyectos del futuro y mirar al pasado para no repetir los fracasos. Se podrían contar a un joven cualquiera que las cosas eran muy diferentes hace tan sólo cuatro eternos años y que la justificación neoliberal forma parte de una premeditada estafa a la Libertad y a la Vida, a la vida en libertad.

Agripina y Kill Bill, candidatas PP

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La nave de Mariano hace aguas por el casco, gravemente dañado tras pasar por la quilla a casi la totalidad de la población española, y también por el puente de mando. El Partido Popular es un rosario de conspiraciones, un collage de cicatrices, un corro de dagas danzando por las espaldas, un brindis de cicuta con ginger ale. El aire huele a derrota y, sin cadáveres aún, los síntomas de la descomposición son la nítida señal que atrae y colora los picos de las gaviotas.

Sin primarias, la democracia digital del PP, el dedo de Mariano, ha proclamado candidatas para la batalla de Madrid. En un ambiente de desafección ciudadana, que afecta e infecta a todos los partidos, Aguirre y Cifuentes han sido nominadas para empapelar paredes y copar tertulias. Fruto de arduas negociaciones entre Mariano y Rajoy, ambas candidatas llegan de la mano del consenso entre Rajoy y Mariano. Aznar satisfecho y Albert Rivera preparada la caña para pescar osos.

Tras el vodevil protagonizado por Ana Botella, Esperanza ha forzado su elección como pepera garantía de que las cosas pueden, y deben, ir a peor para los madrileños. Unanimidad en el partido ante una mujer capaz de conspirar contra sí misma, presentarse como víctima y extraer ganancias de su suicidio calculado. Como Agripina la Menor, no hay patricio que la desconozca, plebeyo que no la tema ni esclavo o liberto a salvo de sus profundas aspiraciones y siniestras conspiraciones.

Su desmedido apetito político es insaciable y, recién nombrada candidata, ha retado al pusilánime César Rajoy a un pulso de poder. Ella quiere ser alcaldesa y presidenta del PP madrileño, dueña del palacio y de las cloacas, del bastón y de la vara de mando, de la victoria y de la derrota también. No quiere cabos sueltos, hilos alejados de sus dedos, cerraduras inmunes a su llavero, porque es una autócrata nacida para emperadora, no para emperatriz. Si vence, será la salvadora; si no, Rajoy habrá perdido y ella esperará su momento para ser presidenta, de su partido y de España.

Y si el pueblo madrileño ha soportado la alcaldía de Botella sin un estallido de vergüenza, Cristina Cifuentes ha demostrado con suficiencia estar preparada para sofocar cualquier estallido. Ella es un cíborg político de humana estampa y alma electrónica, capaz de obedecer cualquier orden con la lógica binaria de una autómata. En el disco duro de su proceder político están fichadas todas las mareas, todas las protestas, un censo completo de desafectos al régimen de sus programadores.

Kill Bill Cifuentes es la venganza del neofranquismo sobre una sociedad que le dio la espalda y se atrevió a pensar por sí misma y a expresar sus ideas en voz alta. Con ella en la delegación del gobierno, Madrid recuperó la época dorada de Fraga como dueño de la calle, las torturas de Billy el Niño y el esplendor de los sótanos de la Dirección General de Seguridad en la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol. El tándem Cifuentes/Fernández Díaz es un anacronismo pertinente en esta vuelta al pasado que el Partido Popular ha impulsado en los últimos tres años.

Madrid es hoy la metrópoli decadente de un país decrépito como sus gobernantes. El PP ha puesto sobre el tapete a la reina de oros y a la sota de bastos, Agripinila y Kill Bill, para jugar la última mano en la partida del bipartidismo contra los naipes marcados de Carmona y Gabilondo. el discurso poético de García Montero, la incertidumbre de Podemos, la silla vacía de los tahúres de Ciudadanos y UPyD como mirón de timba. El bienestar y la dignidad de Madrid están en juego y el bipartidismo no da la talla, aunque nunca la dio y ahí estuvo siempre.

La realidad y el voto

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Votar se ha convertido en una rutina como pintar las fachadas, cambiar de coche o celebrar unas bodas de cualquier metal. Acudir a las urnas produce aburrido cansancio desde que la ciudadanía quedó relegada al papel de florero ornamental en la sede de la soberanía popular. Si quienes son respaldados por los votos legislan y gobiernan para los poderosos, desamparo y desprecio se traducen en desafección, abulia o abstención en el pueblo llano. Nadie acepta de buen grado ser una inerte flor de plástico.

Si la patronal asalta el Ministerio de Trabajo, la iglesia los de Educación y Justicia y la banca los de Hacienda y Economía, si el bipartidismo golpea la Constitución a toque de corneta de banqueros y mercados, ¿merece la pena votar? Los viejos políticos apelan a sus realidades para justificar que se desentiendan continuamente de promesas y programas, de las personas. “La realidad –nos dicen– es el Ibex, la troica y Angela Merkel, para ellos los beneficios y para vosotros los daños colaterales”.

Las realidades son mostradas como paisajes inamovibles por profetas que se apropian de la capacidad de interpretarlas adjudicando al pueblo una ignorancia tan natural como la carencia de alas para volar. Hay que aceptar la realidad, han repetido faraones, césares, emperadores, reyes y dictadores, a lo largo de la historia de la humanidad. “Su” realidad, “su” negocio, “sus” beneficios, “su” genealógica perpetuidad. “Sus” paraísos, “nuestros” infiernos.

La apropiación de la realidad por los grupos dominantes se ha basado históricamente en dos pilares contrarios a la razón: las religiones y las armas, la cruz y la espada. A partir del Renacimiento, la razón convenció a las sociedades avanzadas de que la realidad y el poder estaban al alcance de cualquier individuo, pero no venció. Las élites no tardaron en recomponerse y la burguesía, bajo un popular disfraz, ocupó los aristocráticos espacios a través del derecho, la religión, las armas y el dinero.

Ajustar las cuentas al deseo de la minoría dominante es el único horizonte que contemplan sus servidores políticos como ineludible realidad. A Mariano Rajoy no le tiembla la lengua para acusar a Syriza de su propio pecado: prometer lo que no se puede cumplir. La diferencia entre unos y otros es un matiz de la realidad: el PP incumplió su programa a sabiendas, con alevosía y enormes dosis de placer para mantener su realidad, mientras Tsipras presentó el suyo como una realidad alternativa que, a diferencia de la neoliberal, es la única deuda con el pueblo de pago obligatorio.

La realidad se ha convertido en un ajuste de cuentas, bien con los poderosos, bien con la ciudadanía, y de las urnas debería depender, si la democracia fuese real, hacia qué lado desnivelar el saldo. Es evidente, real por tanto, que los partidos tradicionales amañan la realidad y deterioran su percepción con el hambre y la miseria de la mayoría social. El sueño de los faraones ha vuelto a hacerse realidad con una sociedad nuevamente esclavizada en el siglo XXI. A más miseria popular, mayor riqueza elitista. La miseria del sur se convierte así en la riqueza del norte.

A la ciudadanía se le pinta el caos, la hecatombe, como alternativa a lo que hay, como si la desgracia y la catástrofe no formasen parte ya de la realidad cotidiana. Trabajo siglo XIX a cambio de cama y comida, emigración como salida, cesta de la compra inalcanzable para millones de personas, represión para la disidencia, salud y educación para los pudientes o energía como lujo, son pinceladas de la realidad liberal y neoliberal del PP y del PsoE. ¿Sirve votar? Sí, al menos para aliviar la conciencia propia y no sentir que la complicidad con ellos nos condena.

Dos tazas de derecha

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Estratégicamente, el PP está jugando sus bazas mucho mejor que políticamente. Sorprende que un partido zafio, felón y chabacano maniobre electoralmente con tan maquiavélica pericia en un momento de naufragio con la madera del casco podrida y la jarcia roída por las ratas. De manera inesperada, en lugar de quemar sus naves, la derecha se ha lanzado a quemar las ajenas utilizando para ello su clásico arsenal incendiario al que ha añadido el temido fuego griego.

Rajoy navega a remolque de los piratas financieros y empresariales que arrastran su nave al puerto ayudado tambien por los sumisos remeros mediáticos. El canto de sirena de la falsa recuperación ofusca a una parte del electorado que, sumada a los votos del Ibex, la CEOE y los púlpitos, le concede un porcentaje suficiente para superar las turbulencias por él creadas. Pero hay demasiados cayucos a la deriva ocupados por una mayoría de ciudadanos, vilmente arrojados a los tiburones por los suyos, que amenazan el atraque.

El mar zarandea los restos del PsoE destrozado en plena tormenta electoral por sus propios timoneles, un salvavidas de plata para el Partido Popular. Descartado el PsoE como amenaza electoral, todos los cañones apuntan y disparan con maestría la infalible munición de la corrupción sobre la nueva alternativa. Así, mediante lo único que en este país sigue siendo universal y gratuito, la corruptela, tratan de neutralizar el avance de la esperanza.

Las andanadas contra Podemos son un vano esfuerzo que dejan la gobernabilidad a merced de las olas de un pacto PP-PSOE ya vaticinado, asumido y ensayado. Ave carroñera como ninguna otra, la gaviota ha recurrido a la tripulación del yate de Ciudadanos para dividir el caladero de votos en mutuo provecho. En el momento oportuno, los genoveses han facilitado la entrada en escena de Albert Rivera, hijo de La Caixa, y los suyos prestándoles todo el apoyo de la logística mediática y financiera.

Esta segunda fase de la estrategia es arriesgada, pues el cebo del español con barretina es la misma mosca neoliberal utilizada por el PP, pero puede ser beneficiosa si C’s captura los miles de besugos que esperan recetas diferentes del nuevo candidato. La risa en Moncloa ha sido estrepitosa cuando han escuchado al joven y cándido Albert, traje demodé y pijamente encorbatado, maltratar a Andalucía igual que CiU, igual que el PP, igual que todos los que, considerando vago a su pueblo, no han dudado en explotarlo a lo largo de la historia.

Fría y calculadora, la maquinaria de Moncloa ofrece a C’s como alternativa juvenil y perfumada con Chanel a los adanes de Podemos y como sucedáneo amable de la lideresa magenta que sólo se quiere a sí misma. Divide et impera. No importan los votos propios que puedan perder si ello les permite presentar como triunfo una bajada porcentual del rival, y menos cuando el beneficiado es un reflejo del propio PP. Para un pueblo harto de derecha, ofrecen, como novedad, dos tazas.

Mientras arrecian sucios golpes políticos y mediáticos sobre Podemos, mientras la troica extorsiona al pueblo griego para evitar que cunda el ejemplo en España, mientras se encumbra a Ciudadanos, los candidatos del PP permanecen en la bodega, ocultos, protegidos, salvaguardados. En el partido saben que no deben sacarlos a cubierta porque apestan a recortes, a mordaza, a dictadura, a imputación, a escándalo, a cohecho o a prevaricación. Saben que, cuanto más tarden en mostrarlos, más se prolongará el asedio a los nuevos y menos tiempo tendrá el electorado para reconocer en ellos a quienes les han arruinado.

Rajoy y Susana: ¡Ya está bien!

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El silencio es el gran despreciado por la clase política española. Nadie le concede su justo valor, a pesar del intento de Mariano Rajoy por ocultar sus innatas deficiencias, e insisten, con agobiante reiteración, en herir los tímpanos de la razón. El presidente más inepto desde la transición, innegable el mérito de haber superado a Zaparero en esta faceta, está en campaña electoral y habla más de lo que el sentido común es capaz de soportar.

Habla el presidente, con boca propia o prestada, de recuperación, de generación de empleo y de superación de la crisis. Se pregunta España a quién van dirigidos esos triunfales discursos optimistas y cuál es su significado. Si difícil de descodificar es la siseante dicción de Mariano, compleja se antoja la tarea de descifrar el significado de sus palabras. El oído común que escucha sus tarambanas palabras, aturdido queda, turbado, cuando no indignado.

Por otro lado, Pedro Sánchez ha tensado sus cuerdas vocales para gritar a los suyos, una vez más, que son de izquierdas, ovidando que elevar la voz no concede credibilidad a una afirmación. Ha reclamado la sanidad y la educación como logros de su partido, obviando que la Constitución ya las recogía como derechos universales de todos los españoles. El silencio de los apaños de Zapatero, reforma exprés del articulo 135, y los suyos propios, cadena perpetua, con la derecha, habla de esa “izquierda” más que la voz de sus líderes. Susana Díaz, tras escuchar a los Botín, también se ha pronunciado impidiendo la aprobación de leyes progresistas en Andalucía: banca pública, renta básica o banco de tierras. No olviden todos ellos que el pueblo escucha las voces y los silencios.

Parte de la ciudadanía se ha echado a la calle para manifestar que prefiere otras opciones antes de votar a quienes han convertido España, PP y PsoE, en un desolladero. El clamor de la Puerta del Sol y manzanas adyacentes viene motivado, a partes casi iguales, tanto por lo mal que lo pasa el pueblo como por lo bien que, a su costa, se lo pasan las élites. Cuando pobreza y riqueza comparten la realidad, el político decide a quién escuchar y para quién gobernar, y ambas cosas las hace el bipartidismo pensando en los intereses de quienes satisfacen sus propios intereses partidistas y personales.

Hablan neoliberales y socialistas liberales de recuperación y salida de la estafa. La salida de la crisis se ha escenificado globalmente tras la recogida de beneficios por parte de quienes la provocaron, dejando pendientes los flecos mediterráneos donde se han cebado. Durante los años de plomo de la estafa, soportada en exclusiva por el pueblo, banca y grandes empresas han obtenido indecentes beneficios. No es mérito del gobierno el final de la estafa, sino el hecho de haber instalado la pobreza y la precariedad como nueva realidad ciudadana.

Lo peor está por llegar. Nadie dude de un pacto de estado entre Mariano y Susana, Pedro es ya historia amortizada, para, de nuevo, salvar España, esta vez sin batallas en el Ebro ni en Guadarrama. Es lo único para lo que guardan silencio, capacitad y experiencia tienen en demasía, para maniobrar de espaldas a sus propios votantes. Para lo demás, utilizan el recurso de la demagogia, la manipulación y la mentira que tan buenos resultados les han dado… hasta ahora.

Es notable que las palabras y los silencios derramados en España viajen acompañados por los miedos y los silencios esparcidos desde el FMI o la Comisión Europea. Más de lo mismo. El pavor de los estafadores les induce a evitar que el ejemplo griego se extienda en lo que vendría a ser la justa y exigible respuesta del pueblo llano a la banda de facinerosos que se ha hecho con el poder secuestrando la democracia. No debemos callar. Ladran, luego cabalgamos.

Mariano Vidriera Rajoy

transparencia

Ignoro qué tipo de pócima, qué mágico bebedizo, le han hecho tomar secretamente al presidente de mi país para que, como sucedió al Licenciado Vidriera de Cervantes, se vea él todo transparente. Sospecho que la redoma ha pasado de boca en boca por todos y cada uno de los miembros del gobierno y de la plana mayor del Partido Popular. Su pretendida lucha contra la opacidad y la corrupción me hacen sospechar que el seso ha huido de sus cabezas, que ha desertado la razón de esa banda dándola por imposible.

Pocos días ha necesitado el gobierno Rajoy para pintar de negro los pocos cristales diáfanos que aún quedaban en su España de miedo y oscuridad. Mariano Vidriera insiste en que una capa de negro es el remedio para que la luz entre a raudales en las tinieblas institucionales donde sólo él y los suyos se desenvuelven como vampiros en noche cerrada. Creo que no soy la única persona que percibe cierta insania o perversidad en la conducta del presidente, su gobierno y su partido.

Cospedal, Santamaría, Floriano y todas las voces autorizadas por Génova y Moncloa espetan a la ciudadanía que son paladines de la transparencia y campeones anticorrupción. Se sienten Vidrieras y son percibidos por la calle como los falaces charlatanes que son. Los Vidrieras han rechazado que se investigue en el Parlamento el pufo de Bankia, cuyo rescate se ha llevado por delante la sanidad y la educación, y los casos de corrupción porque “no es el momento”. Para ellos, es el momento de la opacidad, de la oscuridad, de la mentira, de volcar la responsabilidad en Zapatero, de la impunidad.

Mariano Vidriera ha conseguido correr una segunda cortina tupida sobre la inmundicia corrupta que se mueve en su partido evacuando de la Gürtel al juez Ruz. La primera cortina la corrieron apartando al juez Garzón del caso por unas ilegales escuchas telefónicas que ahora legalizan, como si de la dictadura china se tratara, sin permiso del juez. Vidriera el transparente, el de los discos duros borrados y los registros de entrada perdidos, no debe seguir al frente de un gobierno con el que tapa las miserias, y los delitos, de su partido y –quién sabe– de sí mismo.

La visita a China le ha servido también a Vidriera Rajoy para aplicar en España los dictatoriales métodos de control informativo y dificultar, mediante la Ley de la Propiedad Intelectual, el acceso de los españoles a la prensa en internet. Portales de agregadores de noticias (Google o Menéame) son víctimas de la LPI, al igual que las libertades de prensa, de empresa, de competencia o la innovación, como acertadamente expone Arsenio Escolar.

El presidente Vidriera, consciente de que sus medidas no son en absoluto populistas (DRAE: “perteneciente o relativo al pueblo”), siente miedo ante su destino electoral y lo combate con pánico, con la Ley Mordaza. Tras el Día de los Derechos Humanos, el católico Fernández Díaz ha aprobado una inhumana ley para castigar la defensa de los derechos cívicos. Desde hoy, en España, se ha perdido lo más transparente de una democracia: la libertad de pensamiento y expresión.

El aparatoso Portal de la Transparencia, inaugurado con confetis verbales y mediática parafernalia, nace tarde y tullido. El portal se queda en anécdota comparado con la transparencia ofrecida por Wikileaks y Edward Snowden y perseguida por la derecha mundial. En un ejercicio de suma transparencia, Mariano Vidriera se ha atrevido a anunciar a los parados, a los desahuciados, a los dependientes, a los mal asalariados que la crisis, su crisis, ha terminado.