Un animal mata al burro del belén

Burro-y-animal

Foto del burrito y del animal al que se le ha eliminado la cabeza por ser quizá la parte vana de su inútil persona y porque no merece la pena el esfuerzo de despreciarlo.

Un animal, dos varas y cuarto de altura, once arrobas de peso, escasos dos gramos de cerebro y un negro vacío tras su pecho izquierdo, ha matado presuntamente a un inocente burrito, pardo y peludo, de apenas cuatro meses de vida. Cruenta forma de celebrar el centenario de Platero y yo en Lucena, publicitada como ciudad de las tres culturas, una ciudad de un país donde la forma más extendida de hincar los codos es sobre la barra del bar.

La noticia, recogida por Lucena Hoy y medios nacionales, es tan simple como cruel: en el Belén navideño se exhiben animales vivos como decorado; algo que vino al mundo como ser humano decide montar en uno de los burros expuestos para hacer la gracia y adquirir notoriedad en las redes sociales; posible hemorragia interna o fractura de columna y posterior muerte del burrito. Una lee la noticia, comienza a dar vueltas al asunto y, horrorizada, se pregunta hasta qué punto es ese animal culpable de la muerte del burro.

Este país alberga demasiados animales, dotados de DNI, cuyo déficit neuronal les sitúa por encima de lo que a ellos se les antojan seres inferiores, sean animales, mujeres, niños o inmigrantes. Son la cara más negra de la Marca España: la España machista, pedófila y xenófoba que, para colmo, desprecia a los animales. Son tantas las aberraciones humanas con derecho a voto que se ven a sí mismas como normales.

Vaya en descargo de este animal el hecho de disfrutar de la ciudadanía de un estado cuyo gobierno es defensor a ultranza del maltrato animal queriéndolo elevar a la categoría de patrimonio cultural. Un gobierno que defiende y no prohíbe los espectáculos taurinos, produce este tipo de monstruos para quienes la muerte es baladí cuando no es la propia. Vaya en su descargo que no ha hecho cosa diferente que otros psicópatas encumbrados como figuras del toreo que, según FAADA –Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales–, liquidan al año 70.000 toros ante el clamor y la ovación de cada vez menos necrófilos que gustan del espectáculo y por él pagan.

Se le podría aplicar como atenuante al animal del Belén pertenecer a un estado cuyas élites y cuya máxima autoridad disfrutan sin reproche de su misma afición: abatir animales y posar con ellos en una fotografía. España es un país con larga tradición de jefes del estado promotores y practicantes del tiro al blanco con animales. Otras instancias oficiales lo hacen sobre manifestantes o inmigrantes, también sin pudor y con el cómplice beneplácito de parte de la población.

Con toda seguridad, el presunto asesino del burrito pensará que no ha hecho algo distinto a lo que asiduamente ofrecen determinados programas de televisión donde los animales son utilizados de forma grosera como parte de un pretendido entretenimiento. Él ha imitado lo que se ofrece por la pantalla, a la vista de un público infantil en edad de aprendizaje, pero se le ha ido la mano: gajes del directo. En su entorno familiar y de amistades habrá descerebrados que le rían la gracia.

Por su parte, el Ayuntamiento de la localidad (PSOE-IU) estudia actuar contra el presunto causante de la muerte del burrito. Ahí, con un par, al más puro estilo de Pedro Sánchez en Sálvame, pretende hacerse pasar por animalista de pro. No es la primera vez que le afean el hecho de utilizar animales vivos como ornato navideño y el año pasado, en un gesto de compromiso ecologista, pusieron braseros a conejos y pavos. No señora concejala: o se es monárquica o republicana, o socialista o liberal, o laica o confesional, o animalista o maltratadora animal. Las medias tintas dan o restan votos: ya ve cómo está su partido, con más mermas que apoyos.

– – – – – – 0 – – – – – –

NOTA ACLARATORIA: Según la información recogida en un primer momento por los medios de comunicación, las declaraciones de testigos presenciales y el primer informe veterinario apuntaban a una relación causa-efecto entre el maltrato infligido al burrito y su muerte. Posteriormente, el acusado ha afirmado no haber montado al burrito, sino a otro que se encontraba en el mismo recinto. Espero que la justicia haga su trabajo y se dilucide la verdad de los hechos. El sentido del presente artículo apunta a la firme condena del maltrato animal en cualquier grado y circunstancia, incidiendo en la educación que la ciudadanía recibe sobre este tema desde diferentes instancias de la sociedad, desde los propios gobernantes hasta las élites sociales pasando por determinados programas de entretenimiento que ofrece la televisión.
Anuncios

Una España de mierda

mierda

19.000 niños mueren al día en el mundo, 6.000 de ellos por hambre, sin mellar las conciencias. La capa de ozono se diluye por el tubo de escape de la responsabilidad colectiva. El Ártico se derrite agitado en el cóctel de la indiferencia. El fondo de armario de la opulenta vanidad no tiene perchas para colgar la mano de obra esclava. La sociedad está educada para aceptar sus derrotas como algo inevitable, ajeno, incluso necesario.

El confort vital exige distanciarse de molestos compromisos y arrellanar los egos en la displicencia comunal. Cada individuo tiene un rosario de excusas, elaborado por quienes producen los desastres, para alejar remordimientos y disfrutar una felicidad efímera y acartonada. Los heraldos de las realidades incómodas establecen fronteras espacio temporales para los problemas globales y acentúan en cambio los locales.

El mundo en general es un basurero y España es una mierda. Los intereses industriales y financieros hacen agonizar el planeta en tierra, mar y aire, problemas percibidos como lejanos y por llegar. Los intereses de los políticos patrios, servidores de industria y banca, son más cercanos, más inmediatos y, quizás por eso, se toca a rebato y las conciencias se desperezan escandalizadas. La democracia española está podrida y en estado catatónico.

Parte de la ciudadanía, la mayoría, con encefalograma plano para ver la crisis como estafa, ha asumido el rescate de la banca como una bíblica plaga que ha diezmado la cosecha de sanidad, dependencia o educación durante años cultivadas. Resignación e impotencia contra el enemigo global. La ciudadanía estalla ante el enemigo local, cercano, mesándose los cabellos porque la casta mete mano a las arcas, sean públicas o privadas.

La corrupción no es excepción; la corrupción es el sistema, la seña de identidad del país, la Marca España. Hay artistas, empresarios, asalariados, autónomos, funcionarios, aristócratas, deportistas, justicias, banqueros, partidos, sindicatos, periodistas, gobernantes y gobernados, demasiados implicados y muy pocos imputados. Privatizan para empresas de militantes y allegados, conviven en consejos de administración y se ceden el paso en las puertas giratorias banqueros, empresarios, senadores y diputados.

Sobresueldos y cajas B, anónimas donaciones y tarjetas opacas, obsequios y sobornos, dinero cambiando de manos, son las piezas que componen el mosaico del desprecio y el desencanto. La conducta de Caja Madrid o Bankia no es un escándalo aislado, sino la esencia de la codicia puesta en práctica por la banca al mismo tiempo que la patronal exprime su esencia explotadora, ambas bien servidas por un partido neoliberal cuyas esencias son la acumulación de la riqueza y el desequilibrio social.

En medio del basurero, alzado sobre la mierda, Rajoy exalta a los suyos, los del Ibex y la banca, los que –como se aprecia todos los días– les pagan y regalan, proclamando la recuperación. Normal si la ciudadanía estalla viendo cómo gastan el dinero que en sus bolsillos falta, escuchando cómo mienten sin que les tiemble el habla, cansada de que ningún genio salga de la lámpara frotada. Lo demás, la infancia condenada, la naturaleza maltratada y la humanidad esclavizada, siguen a la cola para saltar la remota valla de la indignación.

¿Personas o carne humana?

espejo

Algunos días, frente al espejo, antes de afrontar la jornada, muchos ojos estudian minuciosamente los rostros reflejados y surge una pregunta: “¿qué eres?”. Los datos del DNI, foto incluida, responden sobre quien maneja el peine o los afeites, alguien cotidiano de sobra reconocido por esos ojos que se apagan ante la pregunta “¿qué eres?”. El espejo transmite a las personas la idea de su cosificación, de que son herramientas que nacen, producen, consumen y mueren. Poco más.

Algunos días, casi todos, las noticias informan de hechos que apuntalan la sensación de aparejo mecanizado, trebejo del mercado, que muchas personas asumen. Otros días, no pocos, los sucesos recuerdan que otras personas ni siquiera tienen espejos que las miren, ni ojos, sólo hambre y olor salado a patera en el mejor de los casos. Esas personas, utensilios sin uso, asoman por el espejo y transforman depresiones en consuelos urgentes, cambian la pregunta maldita “¿qué eres?” por la ajena “¿qué son?”.

El trabajo, el paro, la escuela, el hospital, la infancia o la vejez, las transitadas calles y plazas del laberinto social, han dejado de ser espacios de seguridad y ánimo al pasar a dominios privados. Como el amo ordena rociar la alcuza sobre los engranajes desgastados, el FMI “recomienda” reducir salarios y precarizar empleos, achinarlos. El gobierno, capataz y lacayo, aplicará esas medidas para mejorar la economía empresarial y financiera a costa de la del pueblo llano.

La comisión Europea y el Banco Central Europeo piden a Rajoy que “vigile las medidas nacionales y regionales para limitar desahucios porque ponen en riesgo la estabilidad de los bancos”. ¿Qué es un desahuciado? Una herramienta desechada. ¿Un hogar? Un borrón en la cuenta de resultados. ¿Una persona? Carne humana. Christine Lagarde (352.859 €), Mario Draghi (374.124) y Durao Barroso (más de 370.000) son ejemplos de sadismo bien remunerado, caníbales mercantiles.

El Partido Comunista Chino exige que cese nada menos que la Justicia Universal y el Partido Popular echa toneladas de tierra sobre la represión en el Tíbet, sobre José Couso, Guantánamo, el Frente Polisario y otros holocaustos más o menos numerosos y cercanos. No le tiembla el pulso al PP para emplear la misma pala con la que acumula tierra y desvergüenza sobre fosas comunes, cunetas y zanjas en su propio país, España. A fin de cuentas, según Alfonso Alonso, con la Justicia Universal “no se consigue nada más que tener conflictos”. ¿Conflictos? ¿De católica moral?

Carne humana reprimida, explotada, masacrada, sacrificio sangriento al dios financiero, carne que inclina pocos votos. Al PP, cadáveres y conflictos Marca España le bastan para tirar de rienda diestra en pos de sufragios, apetecidos por número y marchamo, con que equilibrar encuestas. En la sacristía judicial, las sotanas han exigido el celibato universal con licencia para procrear que, para el ministerio, traducido a ley de aborto, tendrá “un impacto neto positivo por los beneficios esperados por el incremento de la natalidad”. Carne humana: si dependiente, para la familia; si sana, para los mercados.

Todos los días, toda la vida, los ojos, los espejos y la pregunta “¿qué eres?”. El índice “Carne Humana” no ha sido bursátil contrapeso suficiente para detener el dorado beneficio de la banca, el Ibex todo y la CEOE, beneficio en carne y euros. Y otra noticia, y otra pregunta. ¿Quiénes son las 3.539 personas suicidadas en 2012 en España? ¿Qué son? Muchas de ellas, herramientas averiadas, chips cortocircuitados, vidas abortadas, daños colaterales que no sacian al mercado.

La revolución pendiente

jornaleros

El pueblo español es poco dado a protagonizar la historia por sí mismo y prefiere dejarse llevar por las olas aunque el horizonte aparezca escarpado de afiladas aristas. La historia de España no ofrece épicos episodios ni gloriosas gestas que hayan tenido al pueblo como actor principal a la vez que beneficiario último y único de los logros alcanzados. Siempre que el pueblo ha tomado las armas en contra de una fuerza opresora lo ha hecho para sustituirla por otra fuerza opresora.

El anecdotario histórico ofrece referencias a Numancia, Viriato, Don Pelayo, El Cid, Guzmán el Bueno, Hernán Cortés, Lepanto, los tercios de Flandes, Trafalgar, Agustina de Aragón o los últimos de Filipinas. Personajes e hitos componen una secuencia ininterrumpida de lucha y frustración en la que el pueblo ha puesto la sangre y las esperanzas al servicio de los poderes que han hecho caja en nuestra historia. Nunca el pueblo español conquistó el poder para sí, nunca desalojó a los malos gobernantes para gobernar por sí mismo. En España, la revolución, a diferencia de muchos países modernos, es la asignatura pendiente.

La historia de España es una historia de perdedores, de aplazamientos y de intenciones castradas. El español no ha tomado aún conciencia de su propia naturaleza y parece alérgico a tomar las riendas de su destino. Desde Atapuerca hasta el siglo XXI el gregarismo es la seña de identidad nacional, la Marca España, perfectamente manejada por los jefes de la tribu apoyados en guerreros y brujos que dicen hablar en nombre de los dioses. La espada y la cruz son los símbolos del poder en España.

Se ha otorgado al pueblo el derecho a creer que la libertad consiste en tomar decisiones sobre asuntos que le afectan. Se le ha concedido, a lo largo de los siglos, la posibilidad de elegir ganador entre duques y condes, entre hidalguía y clerecía, entre burgueses y cambistas. Se le ha reservado el papel de perdedor ad aeternum, de espectador cómplice en la ignominiosa partida que los poderes juegan en su contra. Se le ha educado y se le educa para ello.

Un vistazo cualquier día, a cualquier hora, en cualquier canal de televisión, es una oportunidad para comprobar que la audiencia es adiestrada con concursos de toda índole cuyo principal atractivo son los desfiles de perdedores. Nadie recuerda la receta del ganador de un concurso de cocina que reunió ante el altar televisivo a casi seis millones de españoles; lo importante es el fracaso de las demás recetas. El público disfruta con los perdedores, se identifica con ellos, los adora y se adora a sí mismo.

La mediocridad es el gran negocio de los triunfadores. De un electorado mediocre sólo pueden surgir gobiernos mediocres, de trabajadores y empresarios mediocres sólo una economía mediocre y sólo una intelectualidad mediocre sitúa en el ranking de libros más vendidos a Belén Esteban. La mediocridad es el estado natural de los perdedores. España es un país mediocre que ha renunciado a hacer la revolución por puro miedo a usar el cerebro y gobernarse a sí mismo.

En Europa lo saben, nos conocen mejor que nosotros y han decidido que, junto a portugueses, italianos, griegos y chipriotas, somos la mano de obra sumisa y barata que los vecinos del norte necesitan para engordar sus cuentas. Nosotros, a lo nuestro, a despellejarnos vivos entre nosotros, a molernos a mamporros y trompadas, a sacudirnos malos gobiernos propiciando otros aún peores, a esperar que el cielo haga un apaño por nosotros, a naufragar en el océano de la mediocridad sin echar mano del salvavidas. La revolución y la rebeldía pueden esperar otros mil años más.

Rajoy exporta pobreza y necesidad

mendigo-Japon

El optimismo está de enhorabuena. La crisis/estafa en España tiene los días contados y sus cómplices lo celebran por todo lo alto con fanfarrias, cotillones y chupinazos de autobombo. El gobierno y sus secuaces repiten marcial y cotidianamente las consignas del día suministradas desde el cuartel general de Génova. El gobierno ha hecho, y bien, los deberes que le han impuesto los truhanes y celebra la realidad impuesta a la ciudadanía.

El grotesco presidente de España, cumplido su deber, se ha ido a Japón a vender su patria como sólo un optimista de la derecha española sabe: con la cabeza alta y haciendo universal y único su modo de interpretar la realidad. Su España ha salido airosa de la estafa y, ahí es nada, la ciudadanía está ansiosa por acoger cualquier limosna que las economías sobradas tengan a bien concederle. “¡Una caridad, por el amor de Dios!” ha ido a implorar Rajoy.

La tarjeta de visita del presidente es impecable para un Japón donde el honor es seña de identidad, la yakuza no se sienta en el parlamento y un ministro dimite por una donación de 400 euros. Ha debido pensar Rajoy que los nipones desconocen los trajines de Bárcenas, los ERE, Fabra y los miles de chanchullos que también son Marca España. La responsabildad con la historia ha llevado a Japón a pedir perdón por su intervención en la Segunda Guerra Mundial, notable diferencia respecto a la España del Partido Popular que, lejos de condenarlo, ensalza su franquismo.

El presidente Rajoy se ha mostrado como un avezado estratega del tejo tirado a calzón quitado y ha tratado de adular al anfitrión quitando hierro y radioactividad a Fukushima. Perdido el decoro con el Prestige y los hilos de plastilina, no ha dudado en imitar a su paisano y mentor político Fraga en el épico episodio de Palomares. Su optimismo desbordado ha causado admiración justo el día en que el agua radioactiva se derramaba en el océano una vez más.

Pero no hay que quedarse en las minucias irrelevantes que forman parte del equipaje del, posiblemente, más ladino presidente que ha ocupado la Moncloa. La enjundia de su viaje ha sido vender España, su imagen, ya que el país real lo ha vendido a los mercados con la población incluida en el lote. Rajoy, adornado con un rosetón en la solapa que ya quisiera para sí Rubalcaba, ha vendido, sin un atisbo de rubor en el rostro o la lengua, recuperación y competitividad, paro y precariedad, pobreza y necesidad.

Ha viajado en avión, aunque podría haberlo hecho en galera, sin esclavos que mostrar para que los mercaderes del sol naciente puedan examinar sus dentaduras antes de decantarse por contratar mano de obra española. El gobierno lo ha hecho, ha impuesto condiciones tercermundistas a la vida laboral de sus ciudadanos y condiciones infrahumanas a sus vidas cotidianas. Rosell y Botín, la patronal y la banca, son netos vencedores de la estafa, los grandes favorecidos por recortes, reformas y recesiones.

¡Cuán grande va a ser la recuperación económica! A la vista del sudoku presupuestario, presentado por Montoro y envuelto por el PP en un estruendo de optimismo, los poderosos se van a recuperar en un par de años, un siglo antes de que lo hagan los perdedores. La España de Rajoy no es un país competitivo, sino un país de pobres ciudadanos pobres condenados al harakiri a causa de la deuda kamikaze pactada por el PP y el PSOE.

Quédese en Japón para siempre, Mariano, sayonara.

Goteras de la democracia

Gotera

No deja de ser anécdota, pero en España, este país excesivo y barroco, la enorme gotera del Congreso de los Diputados adquiere los rasgos alegóricos de múltiples metáforas. Queda como anécdota la gotera física puesto que la obra está en garantía y el gobierno no dudará en exigir su inmediata reparación y una indemnización por los daños materiales y de imagen causados. ¿Cuánto vale la imagen negativa infrigida a la Marca España, tras una reforma de 4’5 millones de euros, por unas imágenes que han dado la vuelta la mundo?

El agua caída del techo del Congreso podría interpretarse como la descarga de una cisterna para limpiar la inmundicia de la corrupción representada por una parte de las señorías sin señorío que ocupan el fondo del inodoro parlamentario. Pero no, falsa alarma, las heces de Bárcenas y los ERE volvieron a flotar sobre los escaños una vez que la cisterna dejó de gotear. Situaciones captadas por las miradas, los oídos y los artilugios electrónicos de una delegación de empresarios taiwaneses que asistieron al peculiar tsunami interruptus “made in spain”.

También podría tratarse de una premonición de las lágrimas provocadas por los gases lacrimógenos con que la extrema derecha atacó la celebración de la Diada en la sede del Gobierno catalán en Madrid. Tras la escalada de ardor franquista exhibida por Nuevas Generaciones, y parte de las vieja generación del PP, a lo largo del verano, una violencia y unas armas algo más que preocupantes han acompañado a las banderas con el águila de San Juan, los saludos fascistas y el Cara al sol. El techo del Congreso parece haber derramado tardíamente las lágrimas que no brotaron en su día de los ojos practicados por balas golpistas en el mismo lugar.

Fuera del Congreso, un goteo de personas ha formado un arroyo humano que ha cruzado Cataluña de norte a sur para que el mundo visualice sus demandas. Paralelamente, Mas y Rajoy negocian en una intimidad opaca el trasvase de caudales desde la administración central a la autonómica reduciendo las reivindicaciones catalanistas a un mero y rastrero intercambio de divisas que nada tienen que ver con las banderas. CiU y PP pagan sus escarceos con sendas caídas en las encuestas.

Las goteras, en sentido figurado, aluden a las mermas que el paso del tiempo va dejando en los cuerpos de las personas. La democracia española no tiene una edad avanzada y su cuerpo, aún en formación, presenta un amplio menú de goteras posiblemente a consecuencia de esa cesárea deficientemente practicada que recibió el nombre de Transición. La forma de gobernar y la práctica política de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP a lo largo de veinticinco años han abierto una vía de agua en el casco de la nave democrática menos perceptible pero más grave que los atorados conductos del Congreso.

En el parlamento han instalado un gotero para administrar a la ciudadanía, vía decreto, una eutanasia muy por encima de sus merecimientos, muy por debajo de sus posibilidades. Inhibidores de derechos y morfina económica bajan rítmicamente por las cánulas del BOE hasta las venas de un pueblo desahuciado que sólo aspira ya a una vejez de beneficiencia como antesala de una caritativa muerte. Las gotas de pobreza enajenadas a la inmensa mayoría son el caudal de riqueza en el que nada una selecta minoría, la misma de siempre.

El agua caída en sede parlamentaria es una inundación en ciernes, el emblema de un país que hace aguas, la crónica visual de un naufragio anunciado donde la juventud acude a Europa en patera, la justicia navega en cayuco y los españoles aguantan el oleaje en zataras. España hoy sólo dispone de una lánguida flota para pescar raspas y conchas con que saciar el hambre. La armada invencible es hoy vencible y previsible.

El tren de la solidaridad

tren-solidaridad

Los desastres, la muerte sin duda el peor de ellos, modifican los hábitos y las conductas cotidianas de quienes los sufren en primera persona hasta extemos insospechados, también la sociedad en su conjunto altera sus rutinas ante una catástrofe. Los sentimientos y las conciencias se agitan a nivel individual y social sorprendiendo a las personas con acciones y reacciones a veces desconocidas por sus propios actores. Dolor, desesperación y duelo son los efectos íntimos más notorios y la solidaridad es la respuesta social por excelencia.

El descarrilamiento de un tren en Santiago y sus demoledoras consecuencias ha vuelto a demostrar que la sociedad española está sobredotada para ejercer la fraternidad. La sociedad española, de forma anónima y voluntaria, de nuevo ha reaccionado ejemplarmente situando la colaboración y el socorro por encima de los luctuosos efectos y las hipotéticas causas del accidente. El tren de la solidaridad ha circulado con una precisión y una velocidad muy superiores a las de cualquier AVE.

Antes de que las televisiones nacionales reaccionaran, los bomberos habían abandonado su huelga, las batas blancas recortadas o desempleadas poblaban los pasillos de los hospitales, la policía hacía causa común con la ciudadanía y cientos de personas saltaban sobre los vagones o formaban una kilométrica cola ofreciendo sus solidarias venas para arrebatar vidas a la muerte. El pueblo español, una vez más, ha superado con creces la ingrata tarea de aliviar y minorar un desastre tan cruel e inoportuno como irreversible.

El pueblo español no necesita organismos oficiales para exportar con orgullo lo que sin duda debiera ser la base de la Marca España: la solidaridad. El mundo conoce, sin alardes publicitarios, el nivel de este país en donaciones de sangre o de órganos, su capacidad para cooperar al desarrollo del llamado Tercer Mundo o su extraordinario tejido de asociaciones sin ánimo de lucro que atienden a todo tipo de personas desatendidas por el sistema. El mundo conoce y aprecia la solidaridad española.

En Santiago descarriló un tren cubriendo de muerte y dolor a todo un país. La misma noche también descarrilaron las televisiones cubriendo de incompetencia lo que era noticia a nivel mundial. Hace tiempo que las televisiones trocaron la información por opinión, que sustituyeron periodistas por tertulianos y que cubrieron las calles con becarios más pendientes de no meter la pata que de hacer bien su trabajo. Todo se resume en las palabras de Paolo Vasile al afirmar sin tapujos que en Tele5 no hay periodistas, sino opinadores. En las demás, igual, incluida RTVE.

RTVE ha pasado de servicio público a servicio de propaganda, ha sustitudo a experimentados profesionales por militantes, perdiendo en dos años el norte periodístico y la audiencia. La CNN y la BBC informaban del accidente una hora antes de que TVE utilizara un banner de texto a pie de pantalla para contar la actualidad, dos horas antes de que el canal 24 Horas de TVE ilustrase la noticia con imágenes del accidente de Chinchilla ocurrido en 2003. En Facebook, un tabajador de TVE se quejaba: “En 5 minutos de Twitter me he informado mejor que en 15 minutos del informativo 24 horas de Tve”. Eran las 22’35. La cobertura al día siguiente dejó un rastro de chapuzas con continuados errores en rótulos y conexiones. TVE ya no es un servicio público. No.

En las privadas, los mismos opinadores que descuartizan diariamente a Bárcenas, a Griñan, a la Pantoja, a la Duquesa de Alba o a José Bretón, alimentaban el morbo y mostraban casquería. Una psicóloga rogaba desde las mismas vías: “dejen en paz a las víctimas y a sus familiares”. Reprodujeron en bucle las imágenes del descarrilamiento y algún trozo de carne asomando bajo una manta. Apuntaron culpabilidades antes de que se investigue a fondo. Su negocio es el morbo y la carne, la humana es la más cotizada.

 Las televisiones andan ya a la caza de familiares destrozados y milagrosas salvaciones para ganar audiencia y dinero. En la vía muerta de la política ya han empezado los unos a culpar al gobierno de Zapatero y los otros a responsibilizar al gobierno de Aznar. La anécdota del día fue la nota de pésame de Rajoy, transmiendo su más sentido pésame por los efectos del terremoto en Gansu; a la altura de su televisión, muy por debajo de su pueblo.

Lo único que se salva en esta jungla es el clamor de la solidaridad.