Éxitos y fracasos del 19 J

Miles de personas han clamado en las calles en contra de los recortes sociales perpetrados por un gobierno cuyo presidente no acudió a su puesto de trabajo el día en que se votaban en el Congreso. Miles o cientos, dependiendo de la desinformación que cada una de las partes interesadas ha querido ofrecer a quienes no han asistido a las manifestaciones.

En cualquier capital de provincia o ciudad española, hemos podido ver por sus calles un desfile de disconformidad con la situación que vivimos y las soluciones que se nos venden como las únicas posibles para salvar la economía del país, entendida ésta como el saneamiento de la banca y el beneficio empresarial a costa del sacrificio y la inmolación de los trabajadores.

A diferencia de las últimas manifestaciones habidas a cuenta de la crisis democrática que padecemos, en esta ocasión las artesanas pancartas y las consigansas espontáneas ha sido ampliamente superadas por la uniforme parafernalia tradicional que partidos políticos, sindicatos y colectivos sociales han desplegado entre el gentío. También se ha hecho notar la presencia de muchas personas primerizas en la defensa de sus derechos que participaban con una actitud y una indumentaria más propias de un desfile procesional que de una acción reivindicativa. Bienvenidos sean los unos y los otros porque la lucha es tarea de todos.

El ambiente -muy numeroso- no ha sido tan ruidoso, colorista y reivindicativo, por un motivo o por otro, como el de las manifestadiones que se han desarrollado desde el 15M con mínima presencia de partidos políticos y sindicatos. Muchas de las personas y de los colectivos habituales en estas manifestaciones se han echado en falta el 19J, quizás por un rechazo ideológico a una parte de los convocantes, quizás por hastío, quizás porque sus últimas convocatorias improvisadas por grupos muy minoritarios han tenido escaso seguimiento, quién sabe. Y también se ha echado de menos a los cinco millones largos de parados que esperan en sus casas o en algún botellón paliativo, con la fe como argumento, la llegada de un mesías que arregle su situación con un golpe de su báculo divino.

Dentro del catálogo exihibido de banderas y pancartas, hemos podido visualizar siglas sindicales, hasta hoy inéditas en huelgas generales o primeros de mayo, pertenecientes a sindicatos sectoriales o minoritarios (CSIF o USO, por ejemplo) que no suelen participar de las reivindicaciones generales de la gran mayoría de los trabajadores. También se ha hecho notar la ausencia de otras siglas sindicales que dicen representar a trabajadores (ANPE o sindicatos de la sanidad, por ejemplo). Y dos notas pancarteras a tener en cuenta: ni una bandera del PSOE, cuyos militantes optaron por el disfraz de UGT o el anonimato, y la presencia notoria de un PCE, sin representación parlamentaria, provincial o municipal alguna, a costa de sumir en el olvido a IU.

Todo lo observado denota que las estrategias de movilización de sindicatos y partidos políticos no acaban de conectar con el pueblo y que sus actuaciones siguen moviéndose más en clave interna de sus respectivos aparatos que en clave social amplia con todas sus consecuencias. No obstante, el éxito de las manifestaciones ha sido evidente, aunque no contundente, y ha puesto de manifiesto que la gente se ha echado a la calle por la llamada del sufrimiento en mayor medida que por la convocatoria de sindicatos y partidos que deben tomar nota para renovar sus estructuras, sus cargos y sus objetivos si quieren volver a conectar con el pueblo. Mientras no lo hagan, alguien podría pensar que pretenden fagocitar la espontaneidad de las protestas que últimamente se vienen produciendo sin su concurso.

Para terminar, el repaso al baile de cifras de la prensa ha concluido de forma estrepitosa con la constatación de que los noticiarios informativos de TVE han sido desbancados por un parte -con olor a caspa y naftalina- que comienza con imágenes de Sol cuando estaban llegando los primeros manifestantes y los claros de público eran evidentes, sigue con las estimaciones para Madrid de 40.000 asistentes según la policía frente a los 800.000 según los convocantes y acaba, como no, con esas imágenes criminalizantes de la policía disparando contra grupos minoritarios de camorristas, posiblemente -ya puestos a manipular- profesionales a sueldo.

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Camisas y política nacional

Los nuevos descamisados

Durante los dos últimos años se ha venido practicando en el ruedo ibérico una nueva forma de hacer política que ha dado lugar a un novedoso concepto: la política fashion. A partir del 15M, los políticos profesionales han pasado a un segundo plano ético y político superados por la protesta espontánea y anónima de millones de personas que se echan a la calle periódicamente para protestar, entre otras cosas, por el problema que para España y la propia democracia supone la propia clase política. La voz del pueblo se acompaña de modestos y variados carteles -alejados de la uniformidad pactada de las manifestaciones “oficiales” de sindicatos y asociaciones tradicionales- y con camisetas y otros símbolos que se lucen públicamente durante y después de las manifestaciones para expresar públicamente un rechazo o un apoyo hacia una causa concreta.

Lejos quedan las campañas electorales de los 80 en que Alfonso guerra arengaba a los descamisados desde la tribuna a la par que iba renovando las camisas de su fondo de armario. Fueron estas camisas símbolos recurrentes de la demagogia practicada en aquel momento ante un pueblo que acababa de salir de un periodo en el que las camisas viejas o las camisas azules eran símbolos de un horror demasiado reciente a punto de acabar.

Ahora, las manifestaciones han pasado a llamarse “mareas” y se apellidan con el nombre de un color -verde, violeta, amarilla o negra- en alusión a las camisetas reivindicativas que portan sus integrantes. Hasta los hemiciclos nacionales o autonómicos han llegado estas camisetas portadas por representantes del pueblo, como apoyo a tal o cual causa, que han sido amonestados por los rectos presidentes de las cámaras por apartarse de lo políticamente correcto. Como se ve, hasta en cuestiones de moda se muestran los estamentos políticos distanciados y distantes del pueblo que les vota.

Con la llegada del PP al gobierno central, la derecha política y la derecha mediática han hecho causa común para criminalizar estos movimientos ciudadanos que les restan protagonismo y amenazan su hegemonía en el ordeno y mando. Los ataques son tremendos, prohibiendo en actos públicos e incluso en las aulas de algunos centros el uso de las camisetas como forma de reivindicación, prohibiendo, en última instancia, la reivindicación misma y amputando la libertad de expresión.

Parece que el PP, al calor de la crisis, no se conforma sólo con cercenar derechos y libertades, sino que tiene la tentación de proponer la camisa nueva que cantaban sus mayores (y algunos que aún continúan en la brecha del poder) como uniforme en su nueva y refundada España, aunque haya que recurrir a los tradicionales métodos de sangre y fuego que forjaron aquella España grande y libre con los mismos protagonistas. Asturias, donde la Guardia Civil ha hecho que los mineros vuelvan a lucir una camisa roja de sangre de un compañero, da fe de ello.

 La verdad, la libertad y la democracia están cada vez más desnudas.