La macabra memoria del PP

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Las tradiciones son transferencias socioculturales que se realizan de generación en generación, una suerte de traspaso de costumbres cotidianas a modo de herencia colectiva. Como peculiaridad, suelen ser recibidas por los herederos y aceptadas sin escrutar su naturaleza ni cuestionar su validez para nuevos tiempos. Las herencias suelen ser origen de disputas, desavenencias y rupturas en los frágiles cimientos de la convivencia, una eficaz variedad de disolvente social.

El período de historia reciente conocido como Transición dio paso a un perverso testamento que la sociedad española, inmersa aún en el duelo causado durante cuarenta años por el difunto, aceptó como mal menor con la urgencia de acallar los llantos de plañideras civiles y el ruido de los sables militares que trajinaban alrededor del féretro. Hoy, echando la vista atrás y constatando la realidad actual, España no tiene dudas de que el nombre más adecuado para aquel momento es el de Transmisión, concretamente Transmisión del Movimiento Nacional.

El tercio de la herencia conocido como legítima fue repartido a partes iguales, como corresponde, entre toda la población. El grueso de la legítima no fue el legado del finado, sino la recuperación de una tradición por él amputada: la Libertad, en sus variantes física e ideológica. Se dictó una curiosa amnistía que extinguió los supuestos delitos de las víctimas del delincuente, se restableció la democracia asesinada por el dictador y se aprobó una Constitución para sustituir la gorra de plato y la justicia militar como código de convivencia.

El tercio de mejora del testamento fue acaparado casi en su totalidad por quienes apoyaron sin dudar al patriarca durante su caudillato. La iglesia disfruta favores, prebendas y sinecuras, como cuando el estado era confesional, gracias a la renovación de los inefables Concordatos de 1976 y 1979, heredados del de 1953. La Monarquía, por su parte, es la prolongación de una Jefatura del Estado ajena a las urnas y ungida por la militar capitanía general.

Por último, el tercio de libre disposición es ahora cuando se aprecia su destino. La amnistía de 1977 tenía un doble fondo en el que se ocultó la caterva de asesinos, secuestradores y torturadores que formaron parte del más tétrico de los coros que interpretaron el Cara al sol acompañados de orquestas de sangre y metal. Los directores de orquestas y coros sigueron blandiendo la batuta, desde los escaños de Alianza Popular primero y del Partido Popular después, travestidos en demócratas de toda la vida.

Pasados los años, mordido el miedo por la fantasía democrática, hubo quien quiso honrar a los difuntos y borrar los indecentes vestigios del horror y la infamia, ritos ancestrales para superar el duelo según los psicólogos y la tradición. Es entonces cuando la sensibilidad del PP asomó su gélido corazón heredado para oponerse hablando de heridas cerradas por la cal viva del olvido oficial. Con uñas, dientes, discursos y banderas, trataron de minimizar la memoria inhumanamente inhumada de miles y miles de personas en la hiriente quietud de fosas y cunetas.

La hueste popular ha desenvainado su herencia. No bastó con la Transición para imponer una sonrojante impunidad sobre los crímenes franquistas. No bastó con una amnistía para encubrir una bananera ley de punto y final. El PP hoy proclama su adhesión al franquismo sin complejos, sin embozos, sin recato, con orgullo y decisión. La comprensión del gobierno con el falangista suegro de Gallardón, el ultraderechista abogado de los terroristas de Blanquerna o el ascenso de un militar carlista por Defensa son los más recientes destellos de la macabra memoria del PP. Human Rights Watch, Amnistía internacional o el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU deberán esperar.

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¿Libertad? Sólo para obedecer.

No es libre un estado cuyas voces y conciencias críticas se convierten en huéspedes forzados de juzgados y mazmorras. Cuando la mordaza se convierte en parte de la dialéctica social, ésta se torna una ilusión imposible de justicia, una quimera utópica de libertad y un canto fúnebre a la dignidad de las personas. Cuando el rol moderador del estado es impuesto mediante coacciones, amenazas, sanciones, grilletes, empellones, sangre y miedo, expulsa, por la puerta trasera de la sociedad, el concepto de libertad. La libertad en España, hoy, vuelve a caminar de nuevo peligrosamente por la sombría senda de la clandestinidad, la persecución y el destierro interior.

El miedo produce la inhibición involuntaria de la libertad individual. El miedo social impide el ejercicio de la libertad comunitaria, como suma de las libertades individuales acosadas y coartadas, cuando el estado intimida a los individuos con identificaciones arbitrarias, multas indiscriminadas y acusaciones de atentado contra el estado. El miedo a la amenaza sobre la integridad física de las personas que expresan su opinión entra en el ámbito del terror y tiene por nombre terrorismo, de estado cuando es un gobierno quien lo promociona, encubre y justifica. En España, hoy, se vuelve a golpear el pesamiento y se judicalizan la palabras no afectas al régimen imperante.

Un gobierno que llega al kafkiano extremo de encarcelar la cinta de una cámara de La Sexta, acusándola de ejercer como notario de la realidad, es propio de un estado insano, peligroso y dañino para la convivencia. Un gobierno que fabrica la realidad cotidiana moviendo los hilos informativos, como un ventrílocuo que guarda en el baúl a los profesionales para dar paso a sus voceros amaestrados, es un gobierno manipulador, nada fiable y mentiroso. La libertad de prensa en España, hoy, vuelve pedir auxilio internacional y la información hay que volver a buscarla en las ondas hertzianas y en las redes transpirenaicas.

Asistimos a un discurso que rescata ajados capítulos de la memoria y los presenta como necesarias soluciones a problemas compuestos de albures y adulteraciones. El gobierno pasea desnudo ante la ciudadanía y castiga duramente a quienes señalan los rasgos que marcan su figura. A diferencia del cuento, no se libra de la represión ni la inocente verdad en una boca infantil. El desparpajo y la prepotencia con que se impone este nudismo carpetovetónico infunde en la población el temor a revivir una historia que parecía superada por eso que se ha dado en llamar “modélica transición”. En España, hoy, se vuelve a castigar a inocentes mientras se indulta con arrogancia a torturadores.

La vida de los españoles, de nuevo, vuelve a la orfandad educativa, sanitaria y judicial. Si ya era harto difícil luchar contra los aparatos legales al servicio de quien podía pagarlos para defender los derechos, ahora es simplemente imposible. Sólo quien disponga de dinero podrá ser indemnizado por un despido o un accidente de tráfico, por ejemplo. La balanza de la justicia se ha equilibrado para que el fino papel de quinientos euros desnivele los platos a su favor ante el peso del metal de las monedas de un euro. En España, hoy, se han incautado casi todos los derechos, incluidos los de opinión y expresión, y ahora se confisca el propio Derecho.

A la par que el gobierno cultiva procedimientos de posguerra en su quehacer diario, cierta prensa, ciertos poderes sociales, vuelven a airear simbologías y nostalgias pretéritas que despiertan de un periodo de hibernación proclamando de nuevo que la calle es suya.

Camisas y política nacional

Los nuevos descamisados

Durante los dos últimos años se ha venido practicando en el ruedo ibérico una nueva forma de hacer política que ha dado lugar a un novedoso concepto: la política fashion. A partir del 15M, los políticos profesionales han pasado a un segundo plano ético y político superados por la protesta espontánea y anónima de millones de personas que se echan a la calle periódicamente para protestar, entre otras cosas, por el problema que para España y la propia democracia supone la propia clase política. La voz del pueblo se acompaña de modestos y variados carteles -alejados de la uniformidad pactada de las manifestaciones “oficiales” de sindicatos y asociaciones tradicionales- y con camisetas y otros símbolos que se lucen públicamente durante y después de las manifestaciones para expresar públicamente un rechazo o un apoyo hacia una causa concreta.

Lejos quedan las campañas electorales de los 80 en que Alfonso guerra arengaba a los descamisados desde la tribuna a la par que iba renovando las camisas de su fondo de armario. Fueron estas camisas símbolos recurrentes de la demagogia practicada en aquel momento ante un pueblo que acababa de salir de un periodo en el que las camisas viejas o las camisas azules eran símbolos de un horror demasiado reciente a punto de acabar.

Ahora, las manifestaciones han pasado a llamarse “mareas” y se apellidan con el nombre de un color -verde, violeta, amarilla o negra- en alusión a las camisetas reivindicativas que portan sus integrantes. Hasta los hemiciclos nacionales o autonómicos han llegado estas camisetas portadas por representantes del pueblo, como apoyo a tal o cual causa, que han sido amonestados por los rectos presidentes de las cámaras por apartarse de lo políticamente correcto. Como se ve, hasta en cuestiones de moda se muestran los estamentos políticos distanciados y distantes del pueblo que les vota.

Con la llegada del PP al gobierno central, la derecha política y la derecha mediática han hecho causa común para criminalizar estos movimientos ciudadanos que les restan protagonismo y amenazan su hegemonía en el ordeno y mando. Los ataques son tremendos, prohibiendo en actos públicos e incluso en las aulas de algunos centros el uso de las camisetas como forma de reivindicación, prohibiendo, en última instancia, la reivindicación misma y amputando la libertad de expresión.

Parece que el PP, al calor de la crisis, no se conforma sólo con cercenar derechos y libertades, sino que tiene la tentación de proponer la camisa nueva que cantaban sus mayores (y algunos que aún continúan en la brecha del poder) como uniforme en su nueva y refundada España, aunque haya que recurrir a los tradicionales métodos de sangre y fuego que forjaron aquella España grande y libre con los mismos protagonistas. Asturias, donde la Guardia Civil ha hecho que los mineros vuelvan a lucir una camisa roja de sangre de un compañero, da fe de ello.

 La verdad, la libertad y la democracia están cada vez más desnudas.