España: ¿Democracia? ¿Estado de derecho? ¡Já!

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Pablo Arias (PP): “España vuelve a ser un referente en Europa gracias a las políticas del Partido Popular”. Ana Madrazo (PP): “España es un referente internacional de superación”.

En una misma semana, se acabaron los espejismos. No hay palmeras, ni una charca potable, sólo arena y sol. Quise creer que había una esperanza, necesitaba creerlo, de ser persona, de ser alguien, pero lo han dejado claro en esta semana: soy una anotación contable, como el 90% de la población, un cero a la izquierda. Entre las dunas sociales por donde arrastran mi cuerpo y mis ilusiones, lo único húmedo, lo único mojado, es el papel donde están escritos mis derechos: la Constitución.

España es una democracia, repiten día tras día, un estado de derecho, machacan continuamente, y es mentira, se rebela mi conciencia. Elegimos en las urnas a quienes queremos que nos representen y, una vez que se hacen con los votos, se comprueba que cumplen obedientes lo que les ordenan quienes aprecian los ceros a la derecha. No hay posibilidad de votar para botarlos porque ellos viven al margen de la democracia, manejando los hilos de los votados. Es su negocio y nuestra ruina.

Hace poco, el ministro Margallo dijo que los bancos imponen las condiciones de vida a los pueblos, cosa que ya sabíamos. Los bancos que falsean sus cuentas, los que meten la mano en las nuestras, los que viven del cuento del interés y la comisión, son los soberanos. Y no podemos votarlos ni botarlos. Hace dos días, Luis Garicano, el asesor económico de Albert Rivera, el del nuevo partido con viejas ideas, disparó su pistola política contra Grecia: “mejor un mal trato que una pelea, un mal acuerdo que una guerra”. Sabemos por la historia que las guerras han solucionado muchas crisis y es la bala que guarda el poder financiero en la recámara, para amenazar o para matar si llega el caso.

A los bancos se unen las empresas, hermanadas con ellos en el culto al beneficio y el desprecio a las personas. De Guindos, como Garicano, también emplea el lenguaje de la extorsión y la amenaza: “cualquier puesto de trabajo es mejor que el desempleo”, incluido el trabajo esclavo. Cosa Nostra y Camorra en estado puro. Vístase de negro, de los pies a la cabeza, a un ejecutivo de Gilead, el fabricante del Sovaldi, y con un mono naranja a un enfermo de hepatitis C para visibilizar la lacra terrorista a la que nadie combate porque es la que manda.

No vivimos en democracia. El sistema es una plutocracia, una oligarquía, una aristocracia empresarial y financiera con los representantes públicos a su servicio de manera incondicional y remunerada en B. Se podría confiar en el estado de derecho, en la Justicia como última trinchera defensiva del ciudadano, pero tampoco. Bajo los vuelillos de las togas, asoman carnets de partido que convierten a los magistrados en tahúres y a la Justicia en casino.

No se ocultan los partidos a la hora de desahuciar a un juez si las pesquisas de su instrucción causan incomodidad política. La Gürtel –empresarios y políticos como actores–, el caso Blesa –banqueros y políticos–, o el de Urdangarín –empresarios, banqueros, políticos y monarquía– son vergüenzas bananeras. Silva y Garzón condenados y la jubilación forzada de Castro son pruebas irrefutables de que el estado de derecho es una entelequia calenturienta.

Muy de vez en cuando, algún chorizo, sin llegar al 2%, es condenado y su paso por la cárcel se retransmite en directo y con todo lujo de detalles. La apariencia es que el estado de derecho funciona, pero la realidad muestra que no, que son muchos más los que eluden a una justicia implacable con los ceros a la izquierda, con el pueblo llano. No sólo es un espejismo el estado de derecho, sino que espectáculos como la desaparición del sumario del borrado de los ordenadores del PP dan la razón a Pedro Pacheco y autorizan a afirmar que la Justicia es un cachondeo.

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Mariano Vidriera Rajoy

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Ignoro qué tipo de pócima, qué mágico bebedizo, le han hecho tomar secretamente al presidente de mi país para que, como sucedió al Licenciado Vidriera de Cervantes, se vea él todo transparente. Sospecho que la redoma ha pasado de boca en boca por todos y cada uno de los miembros del gobierno y de la plana mayor del Partido Popular. Su pretendida lucha contra la opacidad y la corrupción me hacen sospechar que el seso ha huido de sus cabezas, que ha desertado la razón de esa banda dándola por imposible.

Pocos días ha necesitado el gobierno Rajoy para pintar de negro los pocos cristales diáfanos que aún quedaban en su España de miedo y oscuridad. Mariano Vidriera insiste en que una capa de negro es el remedio para que la luz entre a raudales en las tinieblas institucionales donde sólo él y los suyos se desenvuelven como vampiros en noche cerrada. Creo que no soy la única persona que percibe cierta insania o perversidad en la conducta del presidente, su gobierno y su partido.

Cospedal, Santamaría, Floriano y todas las voces autorizadas por Génova y Moncloa espetan a la ciudadanía que son paladines de la transparencia y campeones anticorrupción. Se sienten Vidrieras y son percibidos por la calle como los falaces charlatanes que son. Los Vidrieras han rechazado que se investigue en el Parlamento el pufo de Bankia, cuyo rescate se ha llevado por delante la sanidad y la educación, y los casos de corrupción porque “no es el momento”. Para ellos, es el momento de la opacidad, de la oscuridad, de la mentira, de volcar la responsabilidad en Zapatero, de la impunidad.

Mariano Vidriera ha conseguido correr una segunda cortina tupida sobre la inmundicia corrupta que se mueve en su partido evacuando de la Gürtel al juez Ruz. La primera cortina la corrieron apartando al juez Garzón del caso por unas ilegales escuchas telefónicas que ahora legalizan, como si de la dictadura china se tratara, sin permiso del juez. Vidriera el transparente, el de los discos duros borrados y los registros de entrada perdidos, no debe seguir al frente de un gobierno con el que tapa las miserias, y los delitos, de su partido y –quién sabe– de sí mismo.

La visita a China le ha servido también a Vidriera Rajoy para aplicar en España los dictatoriales métodos de control informativo y dificultar, mediante la Ley de la Propiedad Intelectual, el acceso de los españoles a la prensa en internet. Portales de agregadores de noticias (Google o Menéame) son víctimas de la LPI, al igual que las libertades de prensa, de empresa, de competencia o la innovación, como acertadamente expone Arsenio Escolar.

El presidente Vidriera, consciente de que sus medidas no son en absoluto populistas (DRAE: “perteneciente o relativo al pueblo”), siente miedo ante su destino electoral y lo combate con pánico, con la Ley Mordaza. Tras el Día de los Derechos Humanos, el católico Fernández Díaz ha aprobado una inhumana ley para castigar la defensa de los derechos cívicos. Desde hoy, en España, se ha perdido lo más transparente de una democracia: la libertad de pensamiento y expresión.

El aparatoso Portal de la Transparencia, inaugurado con confetis verbales y mediática parafernalia, nace tarde y tullido. El portal se queda en anécdota comparado con la transparencia ofrecida por Wikileaks y Edward Snowden y perseguida por la derecha mundial. En un ejercicio de suma transparencia, Mariano Vidriera se ha atrevido a anunciar a los parados, a los desahuciados, a los dependientes, a los mal asalariados que la crisis, su crisis, ha terminado.

Bárcenas, Garzón y PP

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El caso Gürtel, como en su momento el caso Filesa o el reciente caso Palau, son unidades didácticas de la historia reciente de España cuyos contenidos y objetivos han sido diseñados por revoltosos estudiantes de esos que suelen enturbiar el correcto desarrollo de las clases en los colegios. La irrupción de estos “maestrillos” en la actualidad hace que se resienta toda la población y que la calidad de sus enseñanzas evidencie las carencias de lo no aprendido junto a los devastadores efectos de lo aprendido. ¿Qué enseñan los corruptos? ¿Qué deja de aprender la ciudadanía? Son preguntas abiertas cuyas respuestas dibujan el triste paisaje de la lamentable realidad actual.

El caso Gürtel se destapó y se desarrolla como un guión de cine negro que desnuda las vergüenzas y los entresijos de una clase política alejada del servicio al pueblo y movida por siniestros personajes a los que sirven con mafiosa fidelidad. Bárcenas enseña que los intereses públicos y sociales son asesinados por intereses privados e individuales con premeditación, nocturnidad, alevosía y bastarda conciencia de impunidad. También enseña que el gatillo de la corrupción es fácil y dispara con pasmosa agilidad desde las armas cortas de cualquier ayuntamiento o la artillería pesada de cualquier ministerio.

Conscientes de su poder, los partidos políticos, en este caso el Partido Popular, recurren a tretas gansteriles para defender “lo suyo”. Bárcenas, como Al Capone, ha facilitado a la justicia la herramienta contable necesaria para restablecer la ley y el orden. El PP, como la banda de Al, hurgó y acosó al juez díscolo que le investigaba aireando sus actividades de caza con el ministro Bermejo y denunciándolo, hasta apartarlo de la justicia, por investigar lo que hoy es evidente. Como en la familia de El Padrino, en la banda pepera se imponen la omertá y la mentira.

Garzón, persona discutible y discutida, representaba para el Partido Popular un doble peligro. De una parte, el juez estaba sobre la pista fiable, ahora se comprueba, de la maquinaria corrupta del partido y, por otra parte, amenazaba con investigar también su corrupción ideológica. En Génova no estaban dispuestos a que nadie echara por alto los trajes de Camps, el Jaguar misterioso de Ana Mato o esos sobres de los que se han beneficiado la cúpula del partido, voceros afines como Jiménez Losantos, Rosa Díez y quién sabe qué otras personalidades e instituciones manejadas a billetazo limpio. Tampoco estaban dispuestos a “lo otro”.

El PP tampoco estaba dispuesto, Garzón sí, a que saltara por los aires la hagiografía del franquismo encargada por Aznar, con impúdico dinero público, a los sabios de la Academia de la Historia. El PP no podía permitir que la investigación del franquismo, cosa propia de países con decencia democrática, perjudicara directamente a muchos de sus mentores y militantes en activo. El PP se negaba a condenar el golpe de estado del 18 de julio y a renunciar a su histórico papel de martillo de rojos, herejes y masones. El PP escribe su propia historia de España, la historia sufrida de los españoles.

El caso Gürtel enseña que el Partido Popular participa de la misma moral corrupta que el PSOE, que para ellos el fin justifica los medios, que codearse con los poderosos reporta beneficios materiales o que la pertenencia a un partido es algo más que un carnet con una gaviota o un puño. La ciudadanía ha perdido la ocasión de aprender que la justicia está por encima de los partidos, que la ideología es algo diferente a una transacción económica, que la política puede ser una actividad al servicio del pueblo, que la ética debe ser la guía para la convivencia o que el pueblo es realmente soberano.

El caso Gürtel suspende el informe PISA de la transparencia y pisa con desprecio los principios más elementales de la democracia.

Corruptos, corruptores y lavadoras

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Como el bobo que mira el dedo y no hacia donde éste señala, la ciudadanía, interesadamente adiestrada por medios de comunicación y políticos, azuza sus pupilas y sus lenguas contra los corruptos dejando escapar a sus secuaces por las impunes y cómplices rendijas del silencio. Lo corrupción alarma cuando un caco se deja coger. Sólo entonces se le mete en el saco de la infamia durante unos días, quizás un mes en casos de relumbrón mediático, y se espera pacientemente a que salga un nuevo caso que confirme la sospecha generalizada de que España entera es corrupta, desde la suntuosa casa real hasta la más mísera de las chabolas.

La mancha corrupta cubre todos los estamentos sociales: cultura, economía, sanidad, ocio, deporte, política, iglesia, sexo, luz, teléfono, agua y hasta las hamburguesas de El Corte Inglés. Hay chapapote para cubrir la piel de toro y aún sobra para exportar. ¿Es la Marca España? Es la mancha España, más bien, y su vergonzoso catálogo de lamparones, tiznados, borrones, churretes, chafarrinadas y pecados. Es tanta la inmundicia, tal la impunidad, que la corrupción ha dejado incluso de alarmar y enrojecer los rostros de sus implicados.

La caterva hispánica se ha ocupado y preocupado de señalar y pedir tormento para los corruptos, seres tan mediocres que se han dejado atrapar con las manos en la masa. Es como aplicar mercromina y una tirita decorada con el pato Donald sobre la zona gangrenada; nada de torniquetes ni mucho menos de amputaciones traumáticas: cura, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana. Las causas que producen la necrosis del sistema social permanecen inalterables y nunca pasan por el quirófano, ni siquiera por alguna superviviente consulta de urgencias. Los virus y las bacterias que provocan la corrupción, los corruptores, gozan de insolente inmunidad.

Detrás de cada corrupto siempre hay una legión de garrapatas corruptoras pugnando entre sí para inocular su veneno y sacar beneficio patrimonial de los daños producidos en el tejido social. Detrás de cada concejal de urbanismo acechan empresarios inmobiliarios, detrás de cada alto cargo de sanidad merodea la industria sanitaria, en el ministerio de Industria pululan las termitas eléctricas y petroleras, la Dirección General de Consumo está plagada de polillas oligopólicas, la carcoma financiera corroe los ministerios de Economía y Hacienda. En España, detrás de cada cargo público hay un interés privado que no duda en sobornar, extorsionar, untar y cohechar para corromper. Es la verdadera epidemia de la que apenas se susurra sotto voce por miedo.

La industria de la corrupción genera un PIB negro paralelo que necesita lavadoras de altas prestaciones para eliminar los restos delictivos del dinero y restaurar en los billetes la impronta del curso legal. Las lavadoras gozan de una indecente inocencia consensuada política y socialmente. Son máquinas que siempre están ahí cuando alguien las necesita y a las que nadie se atreve a corregir su truculento funcionamiento. El modelo más utilizado es la banca y el modelo más popular la directiva de un club de fútbol. Lavadoras industriales y lavadoras domésticas. Paraísos fiscales para evadir divisas y estadios para evadir la realidad.

Se castiga al corrupto, cuando se le coge, de rodillas mirando a la pared, mientras los corruptores y las lavadoras continúan su actividad impunemente y con naturalidad. Este país goza de una especial habilidad para reprender al tonto que se deja coger, hacer la vista gorda ante corruptores o lavanderías y castigar al médico que ataca la cepa del virus. El juez Garzón puede dar fe de ello. Luis Bárcenas también. Donar dinero negro a un partido político condena al partido, al corrupto, pero no al donante, al corruptor. Todo ello contribuye a que los gobiernos se perciban como sucias lavadoras.

España huele a franquismo

Neofranquismo

El 8 de enero nos enteramos de que CiU devolverá el dinero estafado a la Unión Europea para eludir a la justicia y a la decencia del estado. El día 9 de enero, la “justicia” libera a un joven preso político a los 56 días de su detención durante la huelga general del 14N. El 10 de enero, en Elda (Alicante), policías de paisano irrumpen en una reunión de presuntos terroristas desahuciados por los bancos para identificarles. El 12 de enero, en Segovia, la “justicia” libera a un condenado por homicidio imprudente militante del partido del gobierno. El 12 de enero, en Granada, la Coordinadora Sindical Estudiantil organiza un concierto para pagar el impuesto revolucionario que la injusticia exige a dos estudiantes detenidos en un piquete del 14N. Enero de 2013, siglo XXI.

El 11 de enero, el gobierno responde por escrito a una pregunta de Gaspar Llamazares sobre multas y detenciones indiscriminadas de manifestantes y dice, sin rodeos ni pudor, que “La sanción administrativa a la que se hace referencia tiene como objeto concienciar del deber de cumplimiento con la normativa vigente y de colaboración con los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, cuya misión es proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana”. El 12 de enero dimite el secretario de Estado de Seguridad por “razones personales”. Nada más personal y más íntimo que una conciencia atormentada por la responsabilidad de su firma ante la obediencia ciega y desbocada de sus subordinados.

Informarse es un ejercicio que, en la última semana, eriza los vellos del recuerdo y produce escalofríos en la memoria. Parece ser que la conciencia de la ciudadanía de a pie debe ser formateada de urgencia para instalar una nueva clonada del ideario del Partido Popular. Los métodos utilizados para el cambio (¡al fín se conoce el verdadero cambio!) son los mismos sobre los que la transición pasó de puntillas y los mismos que provocaron el acoso y derribo al juez Garzón. Yugos y flechas vuelven a despertar en la geografía del recuerdo de un país en el que demasiada gente hibernaba de espaldas a la luna, la cara al sol, el brazo izado hacia adelante y la palma de la mano extendida hacia el horizonte.

El gobierno del Partido Popular tatúa a la ciudadanía la palabra “enemigo” en un lugar visible de sus cuerpos o de sus almas, lo mismo les da. El gobierno necesita un enemigo para mostrarse como amigo de quienes merodean en los contenedores de basura buscando alimento, de quienes no tienen más ocupación que encontrar respuestas y culpables asequibles de su ruina personal, de quienes han perdido hasta su imagen cuando se miran al espejo y no se reconocen. Ahí están los enemigos de siempre: los pobres, los que protestan, los rojos, los desaliñados, los extranjeros, los ateos, los parias, los rebeldes, los gitanos, los homosexuales, los intelectuales… la gente de mal vivir en definitiva.

Preocupan los hechos protagonizados por el gobierno y preocupan los supuestos que pueda protagonizar. Preocupa Morenés tarareando marchas militares para responder a catalanes y vascos, preocupa Wert esputando el verbo españolizar sobre la diversidad, preocupa Gallardón situando la justicia en un anaquel imposible para el bolsillo medio, preocupa Aguirre sembrando la cizaña de vagos y maleantes, preocupa Cospedal, preocupa Cristina Cifuentes, preocupa Báñez, preocupa el marido de Ana Botella, preocupa don Tancredo Rajoy, preocupan los somatenes de La Razón, ABC, Intereconomía, la COPE o la TRVE secuestrada, y preocupa la conducción de odios individuales que está pergeñando el aparato del PP para enfrentar a las dos Españas sempiternas.

Los españoles, por la presión psicológica y social que la crisis neoliberal ejerce a diario y por la tensión acumulada, necesitan desfogar, necesitan un rostro al que culpar, necesitan una explicación creible o no, necesitan un enemigo identificable al que desarmar. El gobierno hace lo posible para ofrecer un enemigo fácil, pero su interpretación, sus actos, le hacen acreedor al papel de enemigo que se está ganando a pulso. De enemigo del pueblo. De enemigo público.

Violadores verbales e ideológicos.

Las palabras cuentan las cosas que la mente almacena en el interior de las personas. La expresión oral permite desnudar las ideas ante los ojos de los demás, liberándolas de su condición de pensamientos y dotándolas de una identidad reconocible por los demás como discurso ideológico. El lenguaje permite a las personas expresar sus ideas de forma directa o modularlas con una forma adecuada a un momento preciso o a un auditorio concreto. En ocasiones, las ideas salen a pasear con su desnudez natural y provocan efectos quizás no deseados por quienes las transforman en palabras.

Cuando se pretende ofrecer una determinada imagen a la sociedad con un objetivo determinado, los oradores recurren a la retórica como disfraz ambigüo para encajar en un mismo mensaje varias ideas a veces contradictorias. En el escenario político el lenguaje se utiliza con cirujana precisión para expresar al mismo tiempo lo que se dice, lo que no se piensa y lo que se quiere ocultar. Este ejercicio de funambulismo verbal tiene sus riesgos, calculados o no, y es frecuente que, tras unas declaraciones, el político vuelva a hablar para matizar, negar o cambiar lo que todos los oídos del país acaban de oír de forma clara y meridiana.

Llevamos tiempo asistiendo a una euforia en el partido del gobierno que permite a sus cargos y militantes abrir la boca sin freno para proyectar sus ideas desnudas hacia la sociedad, sin abalorios superfluos, con la autosuficiencia que conceden la mayoría absoluta lograda y el miedo confuso provocado por la estafa que sacude a Europa. El Partido Popular ha tenido la habilidad poco democrática de ocultar su programa electoral durante la campaña y ahora se permite gobernar dando rienda suelta a su ideario fuera de programa. Este es el contexto que propicia las escandalosas declaraciones soltadas de forma orquestada por el pepero o pepera de turno durante el último año.

Las perlas más recientes de su militancia ya no ocultan su naturaleza ideológica y, además, muestran un orgullo por dicha naturaleza que hasta ahora habían disimulado por vergüenza democrática. Ya no la sienten. La han perdido y la desprecian. Sólo así se pueden explicar las expresiones de Andrea Fabra deseando a quienes lo pasan mal “que se jodan” o el papel de Alberto Ruiz Gallardón decidiendo por su cuenta y riesgo que el papel de la mujer en la sociedad es parir bajo demanda del mercado o del marido, lo mismo le da, sin tener en cuenta ninguna opinión femenina. Andrea y Alberto han expresado pública y desnudamente lo que piensan y el partido les ha respaldado sin fisuras. ¿Espontaneidad o lugar y momento perfectamente elegidos y orquestados?

El gobierno del PP se sitúa en las antípodas de la participación democrática de la sociedad cuando despliega toda su artillería demagógica y manipuladora para criminalizar a quienes se pronuncian de forma contraria a sus hechos y palabras. No duda su portavoz, cargo de especial relevancia cuando se trata de expresar ideas, en socavar la democracia despreciando e insultando al juez Pedraz, representante nada menos que del poder judicial. El partido orquesta y respalda el ladrido de Rafael Hernando al servicio de su objetivo represor. Ya lo hicieron a través de Manos Limpias, su testaferro cuando eran oposición y mostraban rastros de vergüenza demócrata, con el juez Garzón. Consiguieron deportar al juez y amedrentar hasta el silencio a la Justicia.

Lo último del PP ha sido expresar sus pulsiones violadoras. Es grave y delictivo formular la idea de que las mujeres están para violarlas, aunque no causa sorpresa proviniendo de un cargo público de un partido que siempre se ha opuesto a la igualdad de género, que banaliza la gravedad de la violencia machista y concede a la mujer un puesto en la sociedad basado en postulados bíblicos. Además de grave y delictivo, es preocupante y peligroso saber que lo expresado se corresponde con lo pensado. Orquestado y previsto, el infumable José Manuel Castelao ha hecho el paripé de presentar su dimisión por motivos personales, sin denuncia por parte de la fiscalía ni censura por parte de su partido. Ha dado la puñalada, que era lo importante para el PP.

Más grave si cabe es que las declaraciones de este sujeto apunten a la violación de la Ley como un deber de salvapatrias impune. Señalando a la mujer como objeto violable, condena a dicha condición a la mitad de la población, debidamente segregada por sexo como le gusta a Wert y a Aguirre; señalando a la Ley como objeto violable, extiende esta condición a toda la sociedad sin distingos sexuales, religiosos o ideológicos. La gravedad está en la consideración de la violación como deber político por individuos y partidos de esta calaña que ni siquiera llegan a ser amonestados por la fiscalía, ocupada y preocupada por criminalizar las protestas ciudadanas motivadas, entre otras causas, por actitudes como las de este presunto y presuntuoso delincuente verbal e ideológico.

Andrea nos jode, Alberto nos preña, Rafael nos insulta y José Manuel, por último, nos viola. La justicia callada, ciega, sorda, sin gusto y con mal tacto, permanece contemplativa con estos bocazas mientras descarga su ira en el indefenso y pobre pueblo que no tiene recursos para abogados.