Y ahora, las pensiones

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En el verano de 2011, Zapatero y Rajoy abandonaron su habitual pose pendenciera, aprovechando las vacaciones, mercidas o forzosas, de júbilo o duelo, de la ciudadanía, y se pusieron de acuerdo, por una vez y sin que sirva de precedente, para reformar la Constitución. Decidieron reformar el texto apobado por sufragio popular con vacacionalidad y alevosía, acudiendo a la sala de urgencias para justificar que no se avisase a nadie, que no se consultase a la dueña de la paciente, la ciudadanía, ni se explicase en detalle la operación para no alarmar.

La reforma de la Constitución fue realizada con los mismos sentimientos que conducen a muchos abuelos a residencias y a muchas mascotas al abandono en gasolineras de paso. Lo aconsejable era deshacerse de engorrosas compañías -ya vendrían las explicaciones- acabar las vaciones en paz, dar un beso a la abuela al recogerla a la vuelta y comprar una nueva gata para redimir la culpa. Lo urgente era introducir el punto 3 del artículo 135: “Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta”.

Poco les importó lo que la ciudadanía pudiese opinar al respecto, no dieron opción al debate y mucho menos a un referéndum. No corrieron el riesgo de consultar a la abuela o a la gata porque no quisieron correr el riesgo de perder la confianza de los mercados. Las familias y las mascotas son incertidumbres de la vida, los mercados son certezas incuestionables. Hay que gobernar pensando en los mercados, estar a bien con ellos, dejarse la piel y el alma en el empeño. Y si hay que sacrificar a la familia o a la mascota, se hace, por el propio bien de los sacrificados.

La deuda pública española, tras recortes y estafas, baila al ritmo de los mercados. Zapatero avaló en 2008 la financiación de la banca con 100.000 millones de euros y nacionalizó las pérdidas de varios bancos y cajas. Rajoy recibió un rescate en 2012 de hasta 100.000 millones de euros destinado a la banca y ha cambiado las pérdidas bancarias, de los mercados, por los servicios públicos. Estas operaciones amenizan el baile carroñero, los mercados ya bailan con España, y la deuda pública ha saltado del 69,3% del PIB a comienzos de 2012 al 87,8% actual. Gran parte de esta deuda está producida por los rescates desde que la constitución consagró su pago.

España es una gasolinera perdida llena de mascotas abandonadas sin pudor por sus gobiernos y apaleadas cuando maúllan, pían o ladran. Muchas mascotas españolas olisquean el viento para detectar dónde arrojan sus dueños las sobras de la comida, otras caminan por las carreteras de Europa buscando pan y agua a cambio de sus servicios, otras se lamen las ilusiones malheridas y algunas apuestan su destino a la ruleta rusa. Las mascotas españolas son simpáticas, fuertes y sumisas a los ojos de los mercados que aprecian, sobre todo, que no muerden. Por ahora.

España es una residencia peculiar donde viejos autóctonos proporcionarán confort a viejos foráneos que voluntariamente eligen venir a deshojar al sol los últimos pétalos de sus vidas. La tercera edad también ha sido abandonada por los gobiernos, ya ni siquiera sirve como votos a disputar. Ni servirán en el futuro de pensiones sin dignidad que se asoma detrás de trabajos temporales y mal pagados. Calcular la edad laboral, el tiempo de cotización y la cuantía cotizada es un ejercicio depresivo que conduce a la certidumbre de que la vejez y la pensión se han separado y no volverán a encontrarse.

Para pagar la ilegítima deuda consagrada se han tocado los impuestos, las cotizaciones, la salud, la educación, la energía, los alimentos, los salarios y hasta el derecho al habla. Y ahora las pensiones, retocarlas para hacer caja, recortarlas y dejar lo justo para pagar media mortaja.