2015: otro infeliz año

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A estas alturas, la duda podría suponer un resquicio de luz en el oscuro siglo XXI, pero la certeza apaga cualquier chispa de esperanza: la democracia, cautiva y mortalmente herida, sufre un apagón casi definitivo. Van pasando los años, ayer el 2014, y el sur de Europa avanza hacia el pasado vestido de modernidad: esclavos con smartphone, trabajadores sin salario, colectivos sin identidad y personas desechables contemplan un viejo paisaje medieval en la era digital.

No hay recuperación a la vista de lo desandado económica y socialmente bajo la dictadura de las élites políticas y económicas, dueñas y señoras del latifundio global. A la estafa financiera le sucede en el calendario la estafa política –de añejo color absolutista– en la que, dicen, todo se hace para el pueblo pero sin el pueblo, todo por nuestro bien, como dios manda. La ciudadanía moderna sufre las tétricas estafas económica, política, laboral y social a manos de los mismos estafadores.

Abandonada la guillotina, desechado el cadalso, olvidado el motín popular, sólo queda el sospechoso recurso de la urna, la hoguera donde arden sueños y esperanzas al calor de la mentira y la manipulación. El 2015 y el 16 se presentan calientes, a punto de ebullición, porque tanta presión sobre el cuello social no hay quien la soporte. Los estafadores, Juncker el socio evasor de De Guindos, Lagarde la imputada sucesora del imputado Rato, Goldman Sachs la maquilladora de la deuda griega, entre otros, amenazan con el infierno si las urnas no son favorables a los suyos, a los de siempre, al PP y al PSOE en España.

Dura es, para el votante del nuevo año y del siguiente, la tesitura de tener que elegir entre el infierno conocido y un mañana por conocer, entre una hipotética amenaza y contrastados rompepiernas. En España, el coro de agoreros y sicarios del dinero que pululan por los foros del régimen bipartidista advierten, intimidan y amenazan tratando de proyectar al electorado su miedo. Miedo, más que real, ante la posibilidad de perder el mando, de renunciar a su estatus y rendir cuentas por las más que evidentes muestras que de su maestría estafadora han dado.

La mediocridad de Zapatero se instaló en Moncloa como prueba de que mérito y capacidad son accesorios prescindibles para gobernar este país. Rajoy lo ha superado de largo en demérito e incapacidad y todavía hay una mayoría dispuesta a votar a sus respectivos partidos para alegría de sus amos los mercados. Como en Grecia, en España, la democracia representa un peligro para las élites porque el pueblo exige a voces algo distinto a lo que nos ha llevado a este calvario, diferente a la dictadura capitalista que padecemos.

Las advertencias de Rajoy o del hermano de Juan Guerra sobre lo que ocurrirá, si el extremismo radical del PP o el socialismo de derechas del PsoE son vencidos en las urnas, son el canto del cisne. Los mercados, a buen seguro, no pagan a traidores y tratarán, mediante amenazas o sobornos, de controlar al futuro inquilino de la Moncloa como han hecho hasta hoy. En el peor de los casos, el poder financiero y empresarial, ha hecho caja con su crisis/estafa y no le importará esperar otros diez o quince años para repetir la jugada. Son profesionales.

Ya hemos visto que la realidad está cambiando y el negocio electoral se adapta a los nuevos tiempos. La campaña es continua, global, sin tregua, ni armisticios, ni jornadas de reflexión. Los medios de comunicación emplean sin sutilezas el lenguaje manipulador para hablar de izquierda radical, ceden el prime time a banqueros, empresarios y políticos del régimen para que las amenazas del FMI, el BCE o el CE sean tan cotidianas como la escasez de condumio a la hora de comer.

España debe recuperar, antes que nada, la dignidad, la autoestima y la democracia.

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Un país para robar

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La excepcionalidad deja de llamar la atención al ser aceptada como costumbre social, por repetición sistemática, y provoca rechazo cuando se convierte en rutina. En los albores de la transición, el aceite de colza o Fidecaya se vieron como los últimos coletazos del entramado estafador de las élites del franquismo. Matesa y Sofico eran un recuerdo reciente de las mafiosas costumbres hispanas y la gente confió en la democracia como antídoto.

El caso Flik llamó la atención de la ciudadanía que asistió perpleja al desfile de corrupto dinero en un partido que celebró, un lustro antes, sus “cien años de honradez”. El Congreso lo consideró algo excepcional y absolvió a Felipe González. Luego Filesa, el AVE, Juan Guerra, Ibercop, Luis Roldán y una larga lista advertían de que corrupción y estafa se asentaban de nuevo como cancerígena costumbre en España y el PSOE fue evacuado de la Moncloa.

La llegada del Aznar al gobierno, con Naseiro y Hormaechea en las alforjas, acabó por convertir la costumbre en rutina con el lino de Loyola de Palacio, la Telefónica de Villalonga, Tabacalera o Gescartera. Aznar también fue evacuado de la Moncloa. Y llegó Zapatero, y llegó Rajoy, y la rutina se confundió con la marca España ante el rechazo generalizado de la población y el temor de las élites a perder el chollo.

El siglo XXI se estrenó con la estafa del euro, antídoto peor que la enfermedad, y la capacidad de España para mover dinero negro goza hoy de universal fama. A los partidos se han unido patronal, sindicatos, Casa Real, artistas, deportistas, PYMES, autónomos, fundaciones y hasta gestores de cepillos parroquiales. Por la costumbre, por la rutina, por no ser excepcional, el res honorable caso de la famiglia Pujol apenas llama la atención.

España es un país aclimatado al fraude, partícipe y cómplice del pillaje. El consuelo y la justificación de que todos roban es un silenciador de conciencias que concede presunción de inmunidad a los ladrones. No es extraño que la crisis/estafa global se cebe con un país donde el estraperlo, los ERE y la Gürtel forman parte de un paisaje cotidiano consentido, aplaudido y ampliamente votado, un país cuyo presidente ensalza a los chorizos como paradigma de know how.

Las empresas españolas no invierten en I+D+i, sino en arquitectura contable, picapleitos y agendas políticas en excedencia. Aquí, la inversión publicitaria se desvía a rentables donaciones a partidos políticos y el merchandising más productivo son trajes a la medida, confeti y bolsos de Loewe. Un agente comercial eficaz ha de tener tapado con un parche el ojo de la ética, de palo la pata de la decencia y un garfio con carnet de partido ensartado.

Partido Popular y PSOE han esparcido tanto estiércol que los frutos de la corrupción han dejado de ser excepcionales y se acepta por rutina hasta el sofisticado y constitucional fraude del artículo 135. El gobierno saquea lo público en nombre del interés privado, uso y costumbre en las puertas giratorias, y ha convertido a España en un país para robar donde jamás, nadie, rescata a las personas y donde votar se ha convertido en inconsciente y cómplice rutina.

28F: ¿día de Andalucía?

28F

Los debates sobre qué nombre poner a la criatura cuando nazca indican falta de acuerdo entre las partes implicadas. La controversia obedece a distintas causas, según los casos, y no es extraño que en ocasiones el triste aroma de la cizaña envuelva las palabras. Para limar asperezas se suele recurrir a lugares comunes que están para eso: el nombre de la abuela, el del padre, el de la patrona, el del artista, el de la madrina o el santo del día del parto.

Elegir el santo del día es señal de agotamiento dialéctico y puede marcar una existencia, pero todos se dan por satisfechos aunque a nadie agrade. Ese día, durante toda su vida, será de fiesta, con canciones, ceremonias y festivas galas, pero llevará implícito el estigma de la porfía, del recelo, del desarraigo. Celebrar una onomástica el día de San Sindulfo eremita o de Santa Cancionila mártir suena tan extravagante y desangelado como hacerlo el 28F.

Puestos a buscar una fecha de consensos, a señalar una marca temporal cercana al parto de la nueva Andalucía, había dos alternativas: el 4D y la elegida. El 4 de diciembre de 1977, dos millones de andaluces salieron a la calle para reclamar, la historia de Andalucía es un reclamo continuo y desatendido, su derecho a una identidad; uno de esos andaluces, Manuel José García Caparrós, perdió su vida blanca y verde. Ese día, en 1868, el pueblo de Cádiz empuñó armas para reivindicar una República Federal. Una fecha propicia y con arraigo andaluz que sin embargo fue desechada.

Los padrinos electos, más que padres, decidieron que el mérito del parto les pertenecía y así adoptaron la fecha, por ellos decidida, del referéndum (¿cuantos padres inscribían a sus hijos, nacidos días antes de las navidades de posguerra, el día de nochebuena para beneficiarse de la cesta que el Movimiento obsequiaba?). Un puñado de parlamentarios decidió celebrar el día de Andalucía valorando más su trabajo que el de millones de andaluces: 28F de por vida.

La infancia de la criatura discurrió feliz entre comentarios de sus mayores que, zalameramente, le aventuraban un futuro en que “no la iba a reconocer ni la madre que la parió”. En su pubertad fue obsequiada con regalos tan aparentes como innecesarios y disfrutó de una Expo y de un trenecito de alta velocidad. Mientras, su mayores administraban el patrimonio distrayendo beneficios de forma corrupta e ilegal. Eran los tiempos de Juan Guerra y de Filesa, que reforzaban el papel de Andalucía como eterna sede de la cuadrilla de Monipodio.

Alcanzada la mayoría de edad, continúa recibiendo un trato infantil por parte de casi la misma familia y casi el mismo vecindario, todos luciendo canas sobre pieles arrugadas. El pueblo andaluz, perito en resignación y desilusiones, aún se debate entre malos tutores y peores alternativas, olvidado del espíritu del 4D que tanto bien le hizo. Asumiendo su historia como sino, resignado, ese pueblo recibe desprecios y reprimendas desde Madrid, Cataluña, Valencia o cualquier punto de España, incluidas Sevilla, Málaga o Granada.

Vuelve a sonar el himno, vuelven a relucir las medallas, se celebran fiestas y romerías en honor a San 28F, un día sin mañana, a lo largo y ancho del Guadalquivir. Todos, quienes la desprecian y quienes la aman, cantan su himno, quizás con el puño levantado sin atreverse a descargarlo sobre la mesa. Se vuelve a escuchar lo de “¡Andaluces, levantaos!, ¡Pedid tierra y libertad!” en bocas que rechazan un Banco de Tierra, sucedáneo de la Reforma Agraria eternamente postergada, para la Andalucía necesitada.

Andalucía merece otra política, otros políticos, y, da miedo pensarlo, otro pueblo. Andalucía debe ejercer su histórico papel reivindicativo, en las calles y en las urnas.

La mafia electoral

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Como una mafia, la clase política española se enriquece ilegalmente estafando a sus votantes de manera persistente y continuada. El enriquecimiento ilícito atrae, como la aguja imantada de una brújula, a rufianes, granujas, pícaros y truhanes de todo pelaje y condición que buscan orientar la riqueza inmediata hacia sus bolsillos y bienestares particulares. Como las mafias, los timoneles que gobiernan las naves municipales, regionales y nacionales, se agrupan en familias napolitanas o sicilianas que delinquen para ganarse el sustento diario y, fundamentalmente, controlar la calle como forma de dominar el comercio de votos que sin escrúpulos traducen en euros.

Cada familia política dispone de sus capos, lugartenientes, emisarios, sicarios y pandilleros que velan por el negocio, que se ayudan unos a otros, que vigilan expectantes los pasos del enemigo y los de la propia banda, que obedecen ciegamente y que construyen con el miedo y la extorsión el edificio social que habitamos todos. Los capos se suceden designados por el dedo índice de cada padrino, alejándose de una elección democrática, mientras las dos familias más poderosas se suceden en el control de las calles en una canalla alternancia donde las bandas menores aparecen eventualmente como apoyos y recolectoras de migajas sobrantes.

Hace mucho tiempo ya, el PSOE demostró contar con una falta de escrúpulos sin precedentes cuando el padrino Felipe González permitió que rufianes de la talla de Roldán o Juan Guerra robaran a huérfanos o cobrasen un impuesto a empresarios sin escrúpulos que medraban favores de la familia socialista. Filesa, Time Export y cientos de tinglados y tingladillos sirvieron para el enriquecimiento de quienes manejaban los votos como argumentos para apropiarse de la calle pública y financiar así a la familia y a cada uno de sus capos. El olor del dinero aniquiló la fragancia democrática recién estrenada y los mafiosos partieron las piernas ideológicas a la política participativa y decente.

Hoy, el PSOE sigue las mismas pautas de comportamiento, pero la familia del PP está haciendo una demostración de fuerza inaudita y ha conseguido llenar la calle de un nauseabundo aroma de corrupción que va camino de superar el hedor de la banda rival. Rufianes como Bárcenas, Correa, Camps, Igancio González, Matas, Rato, los Fabra, Baltar, Milagrosa Martínez y cientos de sicarios menores y medianos han convertido España en un nido de corrupción descomunal. Los timos de estos personajes son bagatelas comparados con la gran estafa que el partido gobernante realiza empuñando un BOE de cañones recortados para vender en el mercado negro los derechos y las libertades de los españoles como quien vende alijos de éxtasis, caballo o farlopa. El padrino Aznar y el gran capo Rajoy les designaron en su momento y les amparan.

Ambas familias, la genovesa y la de Ferraz, trafican con los votos para presentarse legitimados ante la ciudadanía, apuntar con el BOE a los bolsillos, ordenar que se levanten las manos y apropiarse de todo cuanto poseemos que sea de valor, incluida la libertad. Ambas formaciones, además de dedicarse al atraco social, también comparten otra afición ruin y miserable como el contrabando ideológico. Se trata de trileros profesionales que, cuando menos se espera, te han robado el voto depositado en la urna en la creencia de que sus ideas y promesas eran de fiar, eran legales. Mudan de ideología con la misma facilidad que las serpientes de camisa.

El PP se presenta a las elecciones como partido de centro, moderado y liberal y, como el pueblo español está sufriendo, actúa como un partido radical que exhibe abiertamente unos sesgos franquistas que me avergüenzan de ser española. El PSOE se presenta a las elecciones como partido de centro, moderado y socialista y, como el pueblo español ha sufrido y sigue sufriendo, actúa como un partido desnortado que, abandonado su presunto socialismo obrero, practica políticas muy parecidas a las de su oponente.

Ante este panorama, habrá que plantearse la posibilidad de formar patrullas ciudadanas de autodefensa política o echarse al monte, dado que ninguno de los dos partidos está dispuesto a soltar la calle amparados en un sistema electoral que les favorece. A diferencia de otros traficantes, contrabandistas y mafiosos, muy pocos de éstos pisan la cárcel.