Ana Mato en la rebotica.

Ana Mato, una mujer a la que no le llama la atención la repentina presencia de un flamante Jaguar en la cochera de su casa, es una ministra curada de espantos y dotada de una agudeza intelectual suprema que le permite afirmar que todos los niños andaluces son prácticamente analfabetos a pesar de no tener mesas ni sillas en las aulas. Un talento.

Quizás los dones que la naturaleza le ha concedido hayan sido la causa última que la han llevado a ser la responsable de la salud de todos los españoles. Con su privilegiada inteligencia ha descubierto que el sistema sanitario español es deficitario porque los españoles enfermamos mucho y consumimos fármacos genéricos de mercadillo en lugar de las aspirinas Loewe o los antiinflamatorios Jaguar que hasta hace poco se dispensaban en los ambulatorios públicos, a mayor gloria de las multinacionales farmacéuticas que tanto han hecho por nuestra salud y sus bolsillos. Ha llegado justo a tiempo de paralizar la subasta de medicamentos que la Junta de Andalucía había realizado con el inmoral objetivo de abaratar los costes de las medicinas. Hasta ahí podíamos llegar, pobres laboratorios.

Ella, que todo lo ve, ha decidido que otra de las causas del déficit sanitario es que va demasiada gente al médico y los centros de salud se estaban conviertiendo en una suerte de club social donde el derecho de admisión daba cabida a gente que no viste de etiqueta. ¿Cómo resolverlo? Muy fácil: dando instrucciones al portero para que no se permita la entrada de inmigrantes, parados y gente de mal vivir, aunque paguen la entrada. Al selecto club de la sanidad pública ya pueden entrar tranquilas las clases medias y pudientes sin miedo a compartir la sala de espera con enfermos menesterosos.

Hace años que la industria farmacéutica venía renqueando en sus beneficios debido a la intromisión de los poderes públicos que limitaron los obsequios-soborno a los médicos para que recetasen sus remedios (al modo “Jaguar de la Gürtel”) y a la obligación de dispensar genéricos menos costosos para las arcas públicas. Ana Mato ha acudido a su rescate promocionando la sanidad privada, libre de injerencias democráticas, a costa de desmantelar la pública que no es la suya.

Esos laboratorios que Ana Mato protege realizan una encomiable labor a nivel mundial invirtiendo parte de sus oscuros beneficios en I+D+i para determinar de qué debe morir la humanidad y de qué no. Son estos laboratorios los que expropian gratuitamente los saberes tradicionales de los chamanes, los que patentan las sustancias que libremente provee la naturaleza, los que prueban sus productos en cobayas humanas de Sudamérica, África o Asia, los que provocan desastres como el de la talidomida en la Alemania de los años 50. Son estos laboratorios privados los que hacen cotizar la salud en las gráficas de la bolsa.

Los laboratorios también ayudan a mejorar la salud y trabajan incansablemente en la búsqueda de remedios para combatir o prevenir enfermedades. Lo hacen de una manera curiosa conocida como “GAP 90/10” que consiste en destinar el 90% de sus recursos a investigar el 10% de las enfermedades mundiales. Este 10% corresponde a enfermedades del primer mundo, rentables en el mercado de la salud, mientras se olvidan sistemáticamente el extenso y apocalíptico catálogo de las llamadas enfermedades olvidadas que afectan e infectan al tercer mundo y no producen beneficios económicos.

Otro sector que se beneficiará de la sabiduría neoliberal de Ana Mato es el de los curanderos y milagreros a quienes habrá que acudir en casos de dolencias graves que nuestra situación no permita tratar en la sanidad pública del PP y nuestro bolsillo no sea capaz de llevar a la privada del PP.

El repago de los medicamentos es el tributo ofrecido por Ana Mato a los dioses balsámicos y pastilleros que juegan a la especulación financiera con las enfermedades y dolencias del pueblo español, sacrificado de forma paralela en el altar de la banca por su propio partido.

Éste era el cambio: el cambio de dirección que nos lleva hacia atrás en el tiempo. Un cambio en contra del progreso, un verdadero retroceso.

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El gobierno de Pilatos, colaboracionista.

Como un auténtico ejército, entrenado para dominar el mundo, ese genérico denominado “los mercados” avanza asolando estados, destruyendo países enteros, extendiendo la pobreza y la miseria bajo la bota del terror que pisotea los derechos, las conciencias y los cuerpos de seres humanos. Este ejército intangible utiliza el arma genocida del dinero.

Su estrategia terrorista ha ido exterminando resistencias ciudadanas, país a país, uno tras otro, con un objetivo claro: arrasar los derechos y las conquistas cívicas sumiendo a las personas en un estado de esclavitud propicio para sus intereses de dominación financiera. No se detiene ante nada porque se sabe superior a cualquier resistencia posible de unas atemorizadas masas que no saben dónde golpear para defenderse. Y si acaso golpearan, tiene en la reserva los letales ejércitos tradicionales que no dudará en utilizar para aplastar cualquier conato de rebeldía.

Cuentan además con gobiernos colaboracionistas en cada uno de los países que les sirven ciegamente mediante ardides manipuladores con los que consiguen que el pueblo machacado distraiga su atención de la verdadera naturaleza de esta estafa criminal y asesina que están llevando a cabo. Los gobiernos se encargan de convencer a sus pueblos de que el mal es irremediable, de canjear fraudulentamente derechos por dinero, y de enfrentar a unos ciudadanos con otros mediante falsas responsabilidades que acusan a personas, partidos y estamentos sociales concretos, más fáciles de identificar y golpear con la furia que debieran recibir los mercados.

Concretamente, en España, el gobierno utiliza el señuelo de la herencia recibida como una percha donde colgar sus propias responsabilidades, su colaboracionismo total con los mercados, su entrega a la hora de depreciar la Constitución, su sectario concepto del poder o la toalla de Pilatos que utiliza para lavarse las manos cada vez que firma con sangre un decreto. Se trata de una percha de múltiples brazos donde el gobierno todavía va a colgar alguna felonía más a la vuelta de sus vacaciones.

Manejando y manipulando a las masas consiguen criminalizar cualquier rebelión, por insignificante que sea, utilizando el látigo del orden público que aprendieron a manejar durante la dictadura y secuestrando la información con una maestría digna de Manuel Fraga en sus mejores momentos. Medio pueblo anda sumiso y callado ante tanta tropelía, dominado por el terror que produce una cesta de la compra repleta de hambre y frustaciones. El otro medio se encuentra agazapado a la espera de una señal de sus gobernantes para saltar sobre los enemigos que les señalan e identifican desde unos medios de comunicación tambien colaboracionistas del propio gobierno y de los mercados.

La derrota está servida. Han conseguido que los funcionarios sean atacados por casi todo el mundo, que los sindicatos sean vistos como enemigos por los trabajadores, que los parados esperen en sus casas algún trabajo sin salario, que los ancianos prefieran la muerte a una vida de posguerra sin dignidad, que los jóvenes viajen en patera buscando un futuro que no existe, que los enfermos vuelvan a confiar en curanderos y milagros por no disponer de alternativa a su alcance y que hasta los árboles se quemen a lo bonzo en el absurdo mundo que los humanos les robamos. Divide y vencerás.

A la vuelta de las vacaciones, los mercados entregarán unas nuevas condiciones de rendición que el gobierno, gustoso, nos leerá en los huecos que el fútbol, la duquesa de Alba y las elecciones americanas dejen libres en las parrillas televisivas y las portadas de los periódicos.

Alguien resultará premiado por la Bonoloto y todos sentiremos que la suerte existe y puede llegar a cualquiera en cualquier momento.

El desmantelamiento del estado y la ruina nos toca a todos sin necesidad de comprar boletos. Bueno, sí: casi once millones de españoles compraron papeletas del PP en las últimas elecciones generales, el premio gordo nos ha tocado sin piedad a los cuarenta y siete millones de españoles y la pedrea a los inmigrantes que pasaban por aquí.

Un gobierno “sin papeles”.

Quien olvida su historia, se condena a repetirla.

Durante los últimos años, la “enriquecida” sociedad española ha contemplado con satisfecho deleite cómo miles de inmigrantes acudían a nuestro país atraídos por las “oportunidades” que la población autóctona les ofrecía para trabajar sin papeles en tajos que gozaban del desprecio general y a precios de semiesclavitud. Éste, y no otro, fue el verdadero efecto llamada.

Nuestros campos se llenaron de jornaleros magrebíes, peruanos o rumanos mientras nuestros peones agrarios cambiaban la hoz por el palustre, más rentable para poder atender las exigencias de las desmesuradas hipotecas generadas por su propio trabajo o las cuotas de coches excesivos generadas por la estupidez consumista. Las casas de nuestros ancianos se llenaron de asistentas chilenas, bolivianas o ecuatorianas mientras los familiares de los necesitados afilaban las calculadoras para que los sueldos no subieran muy por encima de la propina. Los puticlubs del país se llenaron de rusas, colombianas o eslovenas con la ilusión juvenil esclavizada por la mafia amorosa para satisfacer el placer de quienes disponían de dinero para pagar una noche de amor y olvido. Los semáforos se adornaron con la molesta presencia de quienes no eran aptos para otra cosa que ofrecer un paquete de pañuelos para sonar los mocos de los conductores a cambio de una limosna. Todos ellos sin papeles y con las mismas necesidades, o más, que el espécimen hispano.

Este paisaje de desesperación y lucha, ignoradas por ser ajenas, sirvió para que los españoles nos hiciésemos, por contraste, la ilusión de que éramos más ricos de lo que pensábamos. Nadie se preocupó de estos trabajadores venidos de fuera nada más que para señalarlos con el dedo cada vez que se cometía algún delito o alguno de ellos tenía la osadía de trabajar legalmente ocupando algún puesto que los nacionales considerábamos patrimonio exclusivo de los bien nacidos españoles.

Los hemos usado y hemos abusado de ellos mientras la miseria era inmigrante. Ahora que la miseria nos ha igualado, pretendemos seguir siendo superiores a ellos y, como esto es ya casi imposible, buscamos su expulsión de nuestra vista para no ver en ellos el destino que nos aguarda. Ahora somos los españoles los pobres, los miserables, que trabajamos por una propina y casi que ni tenemos papeles.

En un país que se autoproclama cristiano, llama la atención la frialdad con la que hemos puesto a la explotación el disfraz de caridad y la irreverencia con la que este pecado ha sido pasado por alto tanto por los propios pecadores como por los confesores en todas las iglesias cristianas del país. El colmo de este agnosticismo sobrevenido lo tenemos en un gobierno cuyo partido incluye el cristianismo entre sus principios estatutarios y cuya secretaria general no duda en ponerse la mantilla para presidir las procesiones de su pueblo, rodeada de obispos y monaguillos, ante el mismísimo copón bendito (disculpen la expresión, pero es que clama al cielo).

Este gobierno cristiano no duda en renegar de su Cristo, que sanaba enfermos, para situarse en el lado contrario y castigar con la enfermedad a quienes no tienen dinero para merecer la salud. Precisamente, hace acreedores a la enfermedad a los más desprotegidos, a quienes no disponen de dinero ni papeles, aunque están dispuestos a pasar por alto los papeles si se tienen 710 euros al año para curarse un resfriado.

Y todavía hay que agradecerle que no haya hecho extensiva la desprotección sanitaria a quienes tengan el ADN manchado por un gen gitano, a quienes no les hayan votado o a quienes no sean altos, rubios y con los ojos azules.

La incógnita de porqué en España no hay representantes institucionales de partidos de ultraderecha parece despejarse al ver muchas de las actuaciones de este gobierno que pierde los papeles día a día.