Los pecados de la Conferencia Episcopal.

Feijoo, Rajoy y Cospedal parecen exigir silencio al obispo de Santiago

Hoy es domingo y fiesta de guardar según los preceptos de la Santa Madre Iglesia y según la rutina de quien, a estas alturas, aún disponga de un trabajo aunque sea mal pagado. Es domingo y cada cual acudirá al templo de su preferencia para rendir cuentas a su dios particular, único e intransferible. Unos acudirán al estadio de fútbol en busca de terapia o el estadio acudirá a ellos, otros acudirán a los centros comerciales acuciados por la fe consumista, otros acudirán a la taberna para entregarse al dios Baco, otros saldrán al campo a rendir homenaje a Pachamama y los más tradicionales acudirán a la iglesia para purgar pecados y restaurar conciencias. Habrá quienes compaginen varios templos y varios dioses a lo largo de la jornada.

En todos los países y en todas las culturas, la religión más arraigada históricamente es la que pasa por los templos dedicados al culto divino, sean iglesias, catedrales, mezquitas, pagodas o locales adaptados ex profeso. En estos lugares, son habituales los ritos transmitidos secularmente y practicados con un rigor establecido y vigilado por quienes se autoproclaman herederos de una tradición proveniente, en última instancia, de los mismísimos dioses. Suelen ser elementos comunes de estas tradiciones unas escrituras sagradas, unos intérpretes autorizados de las mismas y un público receptor cuyo papel fundamental es repetir las fórmulas orales y gestuales que componen el rito. Un papel poco participativo por parte de los fieles y muy activo por parte de los sacerdotes.

Hay quienes acuden a misa verdaderamente convencidos de que es eso lo que necesitan y que es allí donde encontrarán una orientación verdadera y gratificante para sus vidas y para sus almas. Acuden de buena fe y salen con las pilas cargadas para soportar su paso por este purgatorio llamado mundo, por este valle de lágrimas. Los verdaderos creyentes conocen, aunque sea de oídas, el mensaje cristiano que se predica en las iglesias y disfrutan sintiéndose amantes del prójimo, caritativos, solidarios, humildes, desprendidos y justos.

Pero nos encontramos con el hecho constatable de que la clientela parroquial está cayendo alarmantemente en número desde hace muchos años. Teólogos tendrá la Iglesia que analicen y den una explicación al fenómeno sin caer en la tentación de culpar también de ello a Zapatero. Antes bien deberían mirarse al espejo y analizar qué hace o qué no hace la propia Iglesia para que su prima de riesgo particular esté alcanzando los niveles que tiene hoy día.

La Iglesia siempre ha sido una imponente maquinaria propagandística capaz de llegar a los lugares y a las personas más insospechadas y convertir cualquier menudencia en un asunto de repercusión transfronteriza en muy poco tiempo, así lo demuestran los recientes casos mediáticos del juicio a Javier Crahe, la represión totalitaria de las Pussy Riot en Rusia o el Eccehomo tuneado por doña Cecilia en Borja. La Iglesia ha utilizado este poder comunicativo durante más de dos mil años para mantener su estatus social y político en el mundo y ahora parece haberse vuelto en su contra.

Quizás tenga que ver en ello su alejamiento del pueblo para alinearse junto a los ricos y a los poderosos -incluso a costa de manchar sotanas y casullas con la sangre inocente derramada ante su cómplice silencio- en determinados periodos de la historia reciente; tal vez tengan que ver determinadas declaraciones de prelados, y la actitud pasiva y tolerante al respecto por parte de la Conferencia Episcopal, ante casos relacionados con la homofobia, el abuso sexual a menores o el maltrato a la mujer; y hasta es posible que su particular crisis esté relacionada con la distancia que muestra el Vaticano entre lo que predica y lo que practica.

En los últimos meses estamos asistiendo a un silencio demasiado cómplice por parte de la Conferencia Episcopal respecto a las medidas nada cristianas que está llevando a cabo el gobierno con la excusa de la crisis. Estamos asistiendo a la censura que Rouco Varela impone a colectivos cristianos, incluidos curas, que denuncian los efectos demoledores de las reformas del gobierno sobre sus parroquianos. Estamos asistiendo al cobro de las 30 monedas de plata, en forma de prebendas educativas y financieras, con que el gobierno paga su colaboración altruista en manifestaciones y pastorales durante los últimos años del zapaterismo y su silencio, siempre el silencio, actual ante las acometidas sociales del gobierno.

Estas actitudes pecaminosas de la Iglesia conllevan su condena y penitencia y es por ahí por donde la fe y el respeto se resquebajan hasta los niveles que estamos viendo. Se echa de menos una Iglesia cristiana comprometida firmemente con el pueblo y defensora de los más débiles. Una Iglesia alineada con los ricos y poderosos es una Iglesia que prefiere canjear la fe y la devoción por sepulcros blanqueados que acuden a ella para limpiar sus sucias conciencias. Y esto no es popular.

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Sexo en la Iglesia.

Nunca he entendido que un electricista imparta clases sobre construcción o que un albañil las imparta sobre fontanería. Cada uno es especialista en lo suyo y, todo lo más, puede asesorar al otro en asuntos fronterizos entre una especialidad y otra para intentar conseguir un producto final más armonioso, perfeccionado y funcional. Lo demás son chapuzas, la antesala necia de la ruina.

En un mundo saturado de listos sin estudios y saltadores de opinión sin paracaídas, destaca la obstinada y secular fijación de la iglesia por pontificar sobre cuestiones relacionadas con el sexo sin que teóricamente lo hayan experimentado. Lo suyo son los dogmas basados en la fe y alejados de la razón, el creacionismo frente al darwinismo, lo teórico frente a lo empírico, lo divino sobre lo humano, el esperpento frente al teatro. Lo suyo es construir la casa alrededor del grifo, levantar el edificio sobre el contador de la luz o aprovechar las rozas del agua para embutir el cableado eléctrico.

Lo peor de la intromisión religiosa en los asuntos mundanos es que la posición de poder político y social de la iglesia nos afecta a todos, seamos creyentes o no, y sus chapuzas en el edificio social las sufrimos durante nuestras vidas y, a veces, durante generaciones. El celibato y la castidad que practican sus miembros es un inmenso condón comunal en el que pretenden meter a los demás miembros de la sociedad (entiéndase la palabra miembro en la séptima acepción del Diccionario de la Real Academia y no en la segunda). El modelo de familia consagrado por la iglesia es irrepetible para la propia naturaleza que se obstina pecaminosamente en la unión de esperma y óvulo para tener descendencia. Y su modelo de matrimonio se asienta más en una relación mercantil de propiedad perpetua del hombre sobre la mujer que en relaciones afectivas y sexuales.

La iglesia, sabedora de que el pecado fluye libremente por las venas sociales, mucho más que la virtud, y de que el miedo y el temor de dios pasaron a mejor vida con el feudalismo medieval, ha buscado siempre la evangelización a través de púlpitos paganos capaces de obligar a los individuos a actuar como no lo harían por la fe. Es así como, a través de los poderes terrenales, hace que el código civil y el penal condenen y castiguen lo que las homilías y pastorales no consiguen reprimir. El precio a pagar es el silencio cómplice con el gobierno de turno en asuntos de su propia competencia como la pobreza, la esclavitud laboral y el maltrato a enfermos y dependientes, un precio que no llega a las 30 monedas de Judas.

Ha conseguido la Conferencia Episcopal que la homofobia y la xenofobia desparezcan como problema social en Educación para la Ciudadanía, que el aborto vuelva a ser un problema de primera magnitud para muchas mujeres, que se vuelvan a entornar las puertas del armario para la homosexualidad, que se segreguen las aulas por sexos y que se jodan quienes dependan de las células madre para vivir dignamente. Al César lo que es del pueblo y a dios lo que es de todos. Esas manifestaciones de kikos, pro vidas y demás gente de bien están dando los frutos previstos y Rouco Varela vuelve a legislar en el BOE como en los mejores tiempos del franquismo.

El gobierno, como contrapartida, vuelve a desfilar bajo palio. Durante el veraneo muchos cargos públicos del PP se han encomendado a santos y vírgenes (de las que adornan las iglesias) para dar al pueblo al que castiga una buena dosis de fe y esperanza para que se resuelvan los problemas que el gobierno de este partido origina. Gallardón y Wert son los ministros mitrados por excelencia de un partido de ideario cristiano para vergüenza de los seguidores de Cristo, un gobierno que cada día echa a cientos de miles de españoles a los leones financieros que rugen en este valle de lágrimas silenciando las plegarias sotto voce de curas y monjas mantenidos por las mamandurrias de un estado laico y aconfesional.

Los llantos por el empleo perdido, por la casa embargada, por la imposibilidad económica de atender a los mayores, por la dificultad de obtener alimentos y por la pérdida de los derechos civiles han dejado en un segundo plano los llantos de los niños abusados por religiosos de sexualidad extraviada, los llantos de mujeres maltratadas ante la comprensión del maltrato por parte de algún obispo y los llantos de tantos ovarios que han sido encadenados de nuevo con rosarios.

La romería veraniega se ha completado con el entierro de la estafadora vidente del Escorial (consentida por la iglesia) o el caso de unas monjas que expropiaban al Banco de Alimentos para alimentar a las residentes por seiscientos euros al mes. Pecados veniales para esta iglesia pecadora.

Gordillo y Rajoy: la barba del vecino.

España es un país de excesos donde la moderación no rige ni siquiera a la hora de atender necesidades tan elementales como el sueño: o no despertamos, o no pegamos ojo. O se monta una hoguera en la plaza o se saca la procesión, el término medio de los españoles es aquél que no pasa por ningún sitio que no sea un extremo de la cuerda.

Algunos sindicalistas del SAT han hurtado unos carros de la compra con productos de primera necesidad de dos grandes superficies. Medio país ha saltado a la arena defendiendo la acción. Medio país ha hecho sonar las alarmas para denunciarla. Medio país no sabe o no contesta, a la espera de que alguien le diga qué debe opinar al respecto. Medio país se desentiende del asunto diciendo que no entra en política. Medio país confunde a Gordillo con un lateral del Betis y de la selección. Medio país no se ha enterado. No es que España sea un país tan grande, es que es excesiva.

No hay político que no se haya pronunciado al respecto, coincidiendo todos en abordar las formas y la imagen y pasando de puntillas sobre el fondo de la cuestión. Todos los medios de comunicación se han atrincherado en las líneas editoriales de sus empresas no para dar cuenta de un hecho, sino para desplegar toda la artillería al servicio de su ideológía y no al servicio de la información. El circo montado alrededor del hecho ha sido excesivo para el mediocre espectáculo que había en la pista.

Ha habido mucho cacareo en el corral. Se ha hablado tanto de la kufiyya (pañuelo palestino) como de los trajes de Camps, se ha comentado la camisa abierta y por fuera del pantalón como se comentó el bolso Vuitton de Rita Barberá, se han dicho tantas cosas sobre la barba mesiánica como de la melena de Aznar en su momento o los implantes capilares de Bono. Se ha denunciado la vida sibarita del personaje y las pésimas condiciones demócratas (asamblearias) en las que vive el culag de Marinaleda, se ha puesto de relieve la pésima administración que han hecho los marinaleños de las subvenciones públicas recibidas, se han resaltado los enormes emolumentos que recibe el alcalde y diputado y las estratosféricas comisiones que recibe de inconfesables trapicheos con banqueros y constructores de la comarca. Gracias a este debate nos hemos enterado de que existe una realidad diferente, distinta y distante de la que nos ofrecen cada día las noticias.

Y nos hemos enterado también de que España no va bien, de que va fatal y de que el gobierno, ése que tenía la fórmula para sacarnos de la crisis, ése que gozaba de credibilidad internacional, ése que jamás mentiría, ése que gobernaría para TODOS los españoles, ese gobierno del PP navega a la deriva reservando los botes salvavidas para la banca, para los mercados, para su banca y sus mercados, que para eso es neoliberal.

En cuanto a la oposición del PSOE, continúa siendo una “suposición” ocupada en reclamar para su pecho cualquier medalla que salte de la situación y renunciando a su cuota de responsabilidad en la crisis (más por lo que no hizo en sus momentos de gobierno que por lo que hizo). El PSOE debió seguir siendo un partido socialista y obrero, pero se acomodó en el neoliberalismo.

De lo que dudo que nos hayamos enterado bien, a pesar de la evidencia, es de que España vuelve a padecer hambre y miseria y de que la iglesia, aliada histórica del diablo, calla a diferencia de la iglesia de otros países castigados como el nuestro. Véase si no el contrapunto que ofrecen el arzobispo de Braga en la homilía de Fátima y nuestra inefable Fátima Báñez en el Rocío.

Gordillo, ateo confeso y diablo practicante, se ha encomendado a Mercadona y Carrefour para que se hable de una realidad evidente, palpable y en progresivo deterioro.

El debate está servido y los españoles posicionados en los extremos.

Herodes se instala en La Moncloa.

Siempre me pareció que el castillo de Herodes, con sus soldados armados, sobraba en el belén de casa, pero, en mi infancia, era la única pieza que tenía una utilidad lúdica más allá de las fiestas navideñas, pues servía para enfrentar ejércitos de buenos y malos junto al fuerte de los soldados, los tipis indios y los tanques de plástico de mis amigos.

Los niños siempre decidían quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos en función de las guerras que inventaban y del material o el estado de conservación de las figurillas de plástico. El papel de malos solía recaer en las figuras descoloridas o amputadas por el uso; los buenos solían ser las figuras que mejor resistían el paso del tiempo o que estaban policromadas. Los guardias de Herodes, policromados y de plástico resistente, solían desempeñar el papel de buenos a pesar de que eran, junto a los indios, los personajes más deficientemente armados y sospechosamente vestidos.

Su verdadero papel de desalmados asesinos de infantes nunca se sacaba de la caja de cartón donde descansaban junto a pastores, animales, artesanos, ángeles, reyes magos, san José, la virgen y el niño, desde el siete de enero hasta el veinte o veintidós de diciembre. En la edad adulta es cuando se comprende el papel asignado a Herodes y su guardia en el belén: figurar en un escenario destinado al público infantil como un referente del poder y las leyes que inexorablemente les vigilarán y les condicionarán cuando sean mayores.

A los niños y a los jóvenes se les ha restringido recientemente su derecho a la educación en etapas no obligatorias, o sea, preescolar, bachillerato y universidad, en el caso de que la economía familiar no disponga de remanentes suficientes para costearla.

Se les limita el derecho a una sanidad de calidad en la medida en que se limita el acceso a la misma a sus padres si éstos no pueden afrontarla económicamente. Se les niega en Castilla La Mancha hasta la prueba del talón, considerada por Dolores de Cospedal un capricho prescindible y reemplazable por unas plegarias y unos cirios encendidos días antes del parto.

Esperanza Aguirre ha decidido que atender a los niños autistas de Madrid es un despilfarro económico, seguramente porque estos niños nunca llegarán a ser trabajadores rentables para ninguna empresa, ya que su estado les impedirá rendir como dios manda.

Los gobiernos que posibilitan este tipo de exterminio infantil pertenecen al partido para el que la iglesia española pide el voto cada dos por tres como defensores de la familia y de la infancia que se autoproclaman. No es de extrañar, tratándose de una iglesia cuyo extravío sexual le lleva a pontificar sobre sexo, familia y otros menesteres de los que enfermiza y voluntariamente se privan de conocer y cuyos efectos nocivos para la salud también reperccuten en niños y niñas acosados sexualmente por curas de todo el mundo.

Esta misma iglesia es la que permite que un cura niegue la comunión a una discapacitada y remate la faena pecando más con la justificación que con el hecho en sí mismo. Para este cura, y para una parte importante y poderosa de la iglesia, las personas que no son como dios manda tampoco pueden acceder a los beneficios que la religión ofrece al resto de los mortales. Este mismo cura, quizás, no lo sé, se permita bendecir, hisopo en mano, a los cerdos el día de san Antón.

Viendo este tipo de actitudes es como se comprende el verdadero papel de Herodes en un belén, es como se comprende el castigo desde la infancia a una sociedad condenada a sufrir por los incumplimientos bíblicos y constitucionales que los poderosos practican con insano placer y perversa complaciencia.

Por si fuera poco el castigo a que nos someten, llega Gallardón, con la Biblia en una mano y la Constitución en la otra, y se permite hurgar en úteros ajenos para imponer por bendecido decreto la venida al mundo de seres congénitamente malformados que luego serán abandonados miserablemente por sus compañeros de escaño y por sus compañeros de púlpito.

En esta guerra que vivimos, los niños hacen el papel de malos y ya saben quiénes hacen el papel de buenos.

Su dios les premie como se merecen.

Crisis y desFACHAtez.

Como muchas casas antiguas de rancio abolengo, este país tiene un desván donde se han ido guardando durante los últimos treinta años los muebles viejos (que no antiguos), algunos enseres que por un valor u otro nos resistimos a tirar y las nostalgias. Los desvanes son piezas que acumulan polvo, óxido y telarañas a modo de pátinas protectoras que consiguen envejecer aún más, con el tiempo, los objetos que cubren.

Como los viejos muebles de un desván, el partido del gobierno ha ido acumulando capas de acechanza sobre su intemporal ideología hasta que la crisis ha tocado zafarrancho de limpieza y los plumeros y sprays han comenzado a aplicarse con rigor para deshacerse de las molestas capas de democracia y moderación que la transición había acumulado sobre ella. Como una legión (más por la actitud que por el número) de sirvientes, los miembros del gobierno llevan ocho meses rasca que te rasca para hacer relucir su pasado explendor bajo la férrea dirección de la FAES, tal vez a modo de homenaje póstumo al fallecido cuerpo de su presidente de honor.

Llevan desde el 20N pasado entregados a una orgía de limpieza en la que la primera faena ha consistido en quitar de enmedio todos los muebles que trajo consigo la democracia para colocar los derechos de los ciudadanos, muebles cuyo destino es el vertedero inmundo del despotismo y derechos cuyo destino es una fosa común o una cuneta al borde de una carretera poco transitada por la memoria.

Como sucede con los muebles sucios, las tareas de limpieza suelen rescatar para la vista de quien quiera apreciarla la verdadera naturaleza de la madera con la que están fabricados. Así, poco a poco vamos contemplando el verdadero rostro, la verdadera faz, de personajes que estaban ahí, como quien no quiere la cosa, con varias capas de democracia ejerciendo de toscos maquillajes.

La faz de Aguirre, por ejemplo, apenas tenía una liviana capa de polvo que permitía vislumbrar su macizo componente de alcornoque desde mucho antes del 20N. Su último vómito verbal nos ha permitido conocer su dominio del castellano al utilizar la palabra mamandurria, de la que ella en sí misma es un claro exponente (y acreedora a otros vocablos que participan de la misma raíz latina, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua), para referirse al estado de miseria en que nos sumen cada día aquéllos a quienes ella defiende y por quienes se desvela cada día.

Pero hay un mueble cuya limpieza a fondo está dando unos resultados espectaculares y llama poderosamente la atención, pues lo teníamos por formica y, tras quitarle varias capas de polvo, estamos descubriendo que es caoba de la que amueblaba en tiempos el Palacio de El Pardo. Se trata de Gallardón, el “hijoputa” en palabras de la propia Aguirre, quien ha pasado de ser un “verso libre” a ser la recia literatura que escribió los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Su actuación desde que accedió a su ansiado y esperado rango de ministro así lo dejan ver.

Entre unas y otros han conseguido que las capas de suciedad azul gaviota, con que se habían cubierto estos muebles durante veinte o más años, vayan dejando ver que el verdadero azul de su lustre original tira más bien a un azul Primo de Rivera que tratan de actualizar con un barniz mate democrático que poco puede hacer para validar la pintura original en el mercado demócrata.

Un efecto llamativo y sangrante de la “operación limpieza” desatada desde Moncloa permite ver que otros muebles externos al desván también se están limpiando con el mismo fragor y parecidos resultados. Las actuaciones del ministro Wert en educación, de Montoro en hacienda, de Guindos en economía o de Ana Mato en sanidad están poniendo al descubierto que la iglesia, cómplicemente callada ante la crisis que fulmina a su rebaño, está recibiendo el pago a su colaboracionismo en la actual situación.

Sus esfuerzos para dar cobertura a las pocas manifestaciones en las que se han visto militantes y altos cargos del PP en la calle o el voto de silencio impuesto a los pocos curas y monjas opuestos a las reformas de Rajoy se están viendo pagados con treinta monedas entre las que relucen la mamandurria de 10.000.000.000 de euros que la Conferencia Episcopal recibe del estado, la mamandurria del profesorado de sus escuelas adoctrinantes a cargo de los presupuestos del estado (incluidos los adoctrinadores de la “asignatura” de religión), la exención del IBI para sus negocios (aparte de sus templos), la vista gorda sobre la punta del iceberg que es el robo de dinero -no declarado ni denunciado por el santo obispo- perpetrado por el electricista calixtino, la condena para quien libremente decida abortar o la miseria y la enfermedad que le permitirán ejercer la caridad.

Como vemos y sufrimos, los muebles viejos han vuelto con el mismo ardor guerrero de quienes nunca creyeron en los valores democráticos y la iglesia vuelve a demostrar que su reino sí es de este mundo y que no le importa que los mercaderes desalojen de los templos a los cristianos para instalar en ellos sus becerros de oro, aunque ello le suponga aliarse con el diablo, cosa que ya demostró con Mussolini, Hítler, Franco, Pinochet y cuantos “angelitos” se le han puesto a tiro a lo largo de su historia.

El beneficio es mutuo: unos llenan sus arcas y otros limpian sus pecados.

Como dios manda.

Rajoy futbolero

El presidente, como todos los presidentes, chupando cámara

El problema que tienen PP y PSOE se llama, ni más ni menos, bipartidismo. Ambos juegan un partido amañado a sabiendas de que sólo uno de los dos puede ser campeón y ambos se han acostumbrado a ganar elecciones más por los errores del rival que por aciertos propios.

Los espectadores, pasivos como nunca, se limitan a pagar el abono cada cuatro años para ver los partidos desde casa, pagando de camino la televisión, la luz, el asiento, los refrescos y las tapas. Finalizada la liga, los votantes se plantean, año tras año, si vale la pena perder el tiempo con esta competición falseada y se dedican a rajar del equipo propio y del rival porque no juegan como cada cual desearía. A los cuatro años vuelven a comprar el abono y se cambian de camiseta y de bufandas como si eso influyera en algo en el resultado final de la competición.

Durante cuatro años, el equipo ganador ejerce de ganador y el perdedor hace de perdedor, aunque en la práctica ambos roles sólo sirvan para machacar al resto de los participantes y a los propios votantes con la dudosa legitimidad que otorgan las urnas.

Y digo dudosa legitimidad porque el equipo ganador planteará el 4-4-2 para mantener el poder mientras el subcampeón planteará un 3-4-3 para tratar de recuperar el título, independientemente de lo que prometieran durante la campaña electoral. Así vemos al PP ejecutando medidas que no llevaba en su programa electoral (en realidad, no sabemos si llevaba programa) y acutando de la misma forma que durante ocho años criticó al PSOE. También se permite, sin rubor, contradecirse alarmantemente en las ruedas de prensa como en el caso de la amnistía fiscal. Sin rubor. Sin vergüenza. Sinvergüenza.

El PSOE peca de lo mismo, pero como subcampeón. Así, critica medidas adoptadas por el PP que son iguales a las practicadas durante los gobiernos de Zp, exige un IBI a la iglesia que Zp nunca exigió, critica recortes en las plantas que había podado previamente, critica subidas de impuestos en impuestos que ellos no subieron o exigen impuestos a los ricos que no practicaron durante sus mandatos.

Los hooligans (léase sindicatos) del PSOE reclaman los penaltis en el área del PP como nunca los reclamaron en el área propia, mientras los ultrasur (léase patronal) se ha instalado en el banquillo del PP y piden la expulsión de todos los jugadores del contrario, cosa que van camino de conseguir con la táctica impuesta por el gobierno no sólo a sus jugadores, sino también a los contrarios.

El resultado es el partido bronco que estamos presenciando, propiciado por las exigencias de la UEFA para jugarlo sin botas reglamentarias, con el tamaño de las porterías duplicado y en un sólo campo. Más tarde, el campeón de nuestra liga será llamado a jugar la champions junto al campeón alemán, francés, inglés, holandés, italiano, griego o portugués para disfrute de Platiní y pocos más. Una champions también amañada en la que el dominio del balón o la calidad de los jugadores poco importan: ganarán Alemania, Francia e Inglaterra, aunque no levanten la copa.

A nivel de liga local, los equipos hacen lo que pueden para parecerse a sus mayores y hay que aplaudirles el valor de saltar al campo sabiendo de antemano que toda la afición les silbará y abucheará antes incluso del pitido inicial. Saben que el público, cómodamente desde su sofá, les recriminará por no jugar como el Madrid y el Barça, les insultará por no tocar el balón en el preciso instante en que se destapa la segunda cerveza ante la tele doméstica, les acusará de tongo y de no sudar la camiseta… Hay que aplaudirles, ya digo, simplemente por la osadía de saltar a un terreno de juego ante un público al que no le interesa el fútbol y que parace disfrutar únicamente con los goles en propia meta o con la lesión de algún jugador.

Es triste, aunque anima pensar en los muchos espectadores que sí disfrutan con sus equipos locales, sin estrellas mediáticas, apoyando las jugadas o indicando posibles mejoras de las mismas. Estos espectadores sí están legitimados a exigirles que lo den todo en el campo, que se rebajen los sueldos y que renuncien a las primas por ganar o empatar.